LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


SOBRE LA CONFUSION

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Vivir intensamente la confusión. Vivir la intensidad misma.

Todo es reconvertible al mismo ritmo, con idéntica intensidad. Ritmo e intensidad que marcan los intereses --no siempre acotables--  de la reconversión.

Porque la confusión es el resultado, a uno no le queda más remedio que perderse en el caos y hacerlo alevosamente. La justificación sólo es posible si hay garantía de que la infracción se ha consumado sin ningún tipo de atenuantes. Ficción de garantía, es cierto, como tan ciertas por útiles son aquí las ficciones de infracción y justificación, si queremos aplicar esos atenuantes.

Los campos de la confusión, sin embargo, la planicie del olvido, las redes de un paradójico --por programable--  azar se proyectan en espacios que la posibilidad enmarca. Es decir, sobre nuestra más inmediata y perentoria existencia.

Se convierte uno así en sujeto-objeto de la miseria que acumula --el registro de la experiencia--, miseria que termina reproduciendo y perpetuando --el registro de la acción--. No existe más allá la posibilidad de fijación de proyecto alguno. Tampoco lo hubo más acá --ni jamás va a haberlo--  siquiera como recuperación de la conciencia perdida.

Dando vueltas sobre lo mismo, uno se acuerda de Hegel, un pensamiento procesado que la práctica académica redujera a la mismidad (pseudo)cómplice con pretensiones de alteridad, con frustrada vocación de otreidad sin salir de lo mismo: los juegos que uno juega en solitario. No de otra forma podría objetivarse eso mismo, a pesar de su correspondiente historia y de los hechos que dice narrar.

Vivir intensamente la confusión. No hay registro alternativo alguno. No queda ahora otra confesión posible: reconocerse culpable de haber sido testigo y cómplice del fracaso; saberse, aún más, gestor y guardián de un caos en el que todos viven, creyendo nadar en la opulencia que el sistema dice brindarnos, orden gratificante por cerrado, bueno, pues, por naturaleza.

Es así que soy --y me reconozco--  un ser imperfecto, luego estoy vivo. La muerte cierra el ciclo: fija el límite de las posibilidades de perfección.

Cuando uno habla en primera persona simula nombrar la muerte desde su propia experiencia vital o desde la suposición estadísticamente fundada de la existencia del fenómeno.

No se nombra realmente la muerte-que-se-muere, porque los nombres se asignan a lo que es, no a lo que puede o es posible que sea. Se nombra, es cierto, la clausura de la vida desde una objetiva constatación psicofísica de la propia decadencia, del deterioro ajeno que está a mi alcance registrar.

Ficción de nombre, por tanto: se anticipa esa clausura nombrando la propia muerte. Me voy a morir, me muero, son, por tanto, proposiciones sin sentido: uno comienza a morir desde el nebuloso instante en que empieza a ser/saberse viviente. Y entiendo en este caso por ser la sabiduría posible que uno difícilmente llega a controlar, en tanto que por saberse la sabiduría real como participación en/de la sabiduría posible del ser.

La muerte, en definitiva, es un fenómeno de proyección, no de análisis: el/su sujeto se retarda más allá de uno mismo.

La muerte de los otros la viven otros-cercanos que no han muerto y la registran terceros en relación con el medio en donde alguien ha muerto. Sin embargo, lo que se registra es el sufrimiento/ padecimiento de ese otro cercano.

* * *

Expresiones, en consecuencia, de la/nuestra vida cotidiana, como las que a continuación señalo, pueden ser objeto de una peculiar interpretación --en este caso, la mía-- si observamos previamente que:

a) Se suele utilizar --y yo lo utilizo--  el paréntesis para hacer --tal vez, caprichosa-- traslación de significado. Se trata, claramente, de un uso/ab-uso interesado de los términos.

Así podemos llegar a fijar una definición provisional de lenguaje entendiendolo como expresión última de una selectiva suma de los supuestos intereses culturales.

b) Se suele a su vez utilizar --y también yo lo utilizo--  el entrecomillado para destacar un determinado metavalor de los términos empleados. Un metavalor o valor de valores útiles y, por tanto, valor exponencial.

De esta manera la ideología podría soportar la siguiente definición provisional: conjunto de metavalores vigentes.

Aventurémonos, por tanto, a definir esas expresiones anunciadas:

01. No sabe (vivir) =df. no selecciona las relaciones y circunstancias de disfrute que más le convenga/gratifique.

02. Intenta (vivir) =df. selecciona, al menos, relaciones y circunstancias reales/posibles de disfrute. (Mensaje a un interlocutor presente).

03. Quiero (vivir) =df. quiero participar del --u optar al--  juego de intercambio/trueque, vigente juego de intereses.

04. Dejadme (vivir) en paz =df. dejad que me organice al margen, ya que sois incapaces de homologar mi marginación por considerarla a-típica.

05. Vivir sin (vivir) en mí =df. sobrevivir --en un margen legal--  sin vivirse psico-culturalmente a sí mismo.

06. Yo soy la (vida)/vida =df. yo soy el dador de sentido/el sentido mismo.

07. (Vida) vs. muerte =df. imposibilidad de adaptación a un modelo cultural de intercambio/disfrute.

08. Vida vs muerte =df. acotación del espacio vital: la muerte como margen/marginadora.

09. (Vivir) la (vida) =df. consumir al máximo en el mercado del disfrute.

10. Vividor =df. el que acumula/reconvierte en gratificante cualquier tipo de relación/intercambio.

11. ¡Qué (vida) se pegan! =df. visión propia de la presunta adaptación de otros al modelo óptimo de disfrute.

12. Esto no es (vida) =df. conjunto de circunstancias cercanas que no encajan en el modelo óptimo de intercambio/disfrute.

13. Esto no es vida =df. aquí no hay organización reconocible a nivel micro-físico/natural.

14. Aquí hay (vida) =df. aquí hay organización homologable del modelo de (vida), modelo óptimo de intercambio y disfrute.

15. Aquí hay vida =df. aquí hay organización reconocible a nivel micro-físico/natural.

16. ¡Puta (vida)! =df. conclusión de análisis de pequeña historia de vida no integrable/adaptable.

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