LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


VIERNES SANTO

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Escribir sobre la muerte, cuando se supone que la muerte está cerca. Escribir desde una posición débil. Porque la muerte de la que vamos a hablar aún no ha acontecido. Porque el narrador de esa muerte llora antes de tiempo el fenómeno que se espera.

Suponer, llorar, esperar. Ninguna de estas tres actitudes pertenencen a la historia. Son momentos que, respectivamente, determinan, atenúan y justifican el hecho que nadie se atreve a nombrar. Y hacemos bien, porque nombrable es sólo lo que ya no está, lo que ha sucedido. Se añade a ello lo que, a su vez, se estima ha pasado. Todo un teatro, toda una ficción que mobiliza a un conjunto de actores que legitiman la tragedia: los deudos .., o aspirantes a deudos.

En otro contexto y circunstancia --porque para mí la circunstancia siempre ha sido más importante que el contexto--  me he referido a la muerte como fenómeno cultural, no como vivencia de un fenómeno que registramos estadísticamente existente.

Se habla/escribe, en definitiva, más sobre lo primero --es lo cómodo/vendible--; aunque, en ocasiones --como ahora--  prefiramos hablar/escribir sobre lo segundo. Pero, en este caso, los protagonistas --nosotros mismos--  son irreemplazables. Reemplazar es consensuar la sustitución; sustituir es simular ese papel.

La serenidad. ¿Ante qué?. No me atrevo a nombrar algo, porque hasta aquello que en mí motivara la escritura apenas resiste discurso posible. La serenidad ante mi padre. Sería, tal vez, la proposición más adecuada. La serenidad, aquí sentado ... cerca. La serenidad porque todo está dicho/hecho. El mismo ha pedido la presencia de un cura. ¿Tal vez lo pidiera por mi madre?. Sin duda no: lo ha pedido por sí mismo. Lo trascendente empieza a ceder, empieza a dejar de serlo en situaciones que uno vive como límite: da igual qué credo representen los curas de turno. Importa que en nombre de lo inmanente alguien invoque su sustento.

La presencia del cuerpo, de su cuerpo. Un cuerpo envejecido. Resulta incluso blasfemo hablar sólo de ese cuerpo. ¿Un cuerpo moribundo?. Sin duda tampoco: una historia moribunda, sí. Mueren sólo los relatos. Los personajes subsisten.

Es casi una obsenidad escribir sobre la muerte, cuando yo no veo muerte a mi alrededor. Más bien, debería ser éste un canto a la vida.

Una vez más --desde dentro--  a uno se le invierten los esquemas habituales. Uno deja de pensar racionalmente para hacer, sin pretenderlo, la mejor crítica que a la racionalidad académica pudiera hacerse.

He de ser consecuente con mis viejos discursos. Ahora es simplemente eso: este momento. Y ahora sólo hay espacios en donde se intercambian sentimientos/silencios. Ahora no hay tensión, ahora no hay llanto, ahora no hay esperanza, ni lamento, ni olvido. Ahora es tiempo de la presencia más provocadora. Ahora ni siquiera es tiempo de ocasionales ausencias ... aunque el espacio que la cultura diseñara no esté animado por/con sus protagonistas.

Uno se pregunta entonces por qué el espacio de la última y definitiva reclusión tiene que identificarse con lo otro. Por qué hay que apartar el soporte de lo uno, es decir, el cuerpo, para que lo mismo --cuerpos historiables, los nuestros--  continúe siendo.

Por qué, en definitiva, nos-otros seguimos siendo lo uno a costa de lo otro, cuerpo ya historia. Por qué tiene que morir alguien para que uno --en su egoísta y alevosa ignorancia--  se entere de que existe.

Ciertamente mi padre era también un arameo errante. Lástima que lo constatara tan a destiempo.



[Vecindario (Gran Canaria), 17-21 de Abril de 1992]
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