LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994

LOS SONIDOS DEL SILENCIO

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Más allá del bien y el mal nombrados es posible una posisión de independencia. Pero más acá de ese específico bien/mal difícilmente uno puede mantenerse neutral.

La palabra siempre fué patrimonio del poderoso. Y poderoso es aquel que --desde una posición de privilegio--  controla el discurso de/sobre lo real.

Desde esa posición de privilegio --que en un Estado (supuestamente) Social, Democrático y de Derecho debería ostentar el ciudadano a través de sus representantes--  se justificarían los nombres que se supone soportan las cosas.

Pero desde una usurpada posición de privilegio --legitimando esa usurpación en un supuesto respaldo democrático por verificar--  difícilmente la opción política hegemónica, candidata ahora como cualquier otra alternativa en la oposición, puede poner nombres a esas nuestras más cercanas cosas, nuestros más preciados intereses.

El cómo hacer de las palabras cosas se convierte en lamentable proyecto en vísperas del refrendo de un programa político y de las personas que dicen haberlo generado y prometen cumplirlo. En lamentable proyecto, porque el discurso electoral que se genera simula explicar y resolver las aspiraciones del colectivo legitimante.

Desde mi posición de irreverente predicador laico el discurso de mi seducción persigue un Estado del Bien-Estar sin patrones. El mejor patrón es el modelo que, en libertad, el propio pueblo diseñe. Dejen ustedes --(neo/pseudo) políticos de ocasión--  que el pueblo sea lo que es, lo que desea ser, como le hubiese gustado haber sido.

Silencio, por favor. En tiempos de incertidumbre la voz no formalizable del ciudadano deben escucharla los candidatos a gestores de los intereses del pueblo.

Silencio, por favor. Porque después de un discurso obligadamente artificial, conviene que ese disucrso se consolide/contraste con los sonidos del silencio.

Veinticinco años después de una revuelta --por real, no menos simbólica--  conviene celebrar cualquier manifestación/mayo autónoma/o que consiga un respaldo popular.

Ser cómplice de un proyecto no significa claudicar. Uno opta por el fragmento que considera es el suyo, porque difícilmente se concebiría una lógica de lo real que se apuntale en siglas y personas que no otra cosa persiguen que perpetuarse como siglas y personas.

Más allá del bien y del mal puede que exista una determinada divinidad: Isidoro de Sevilla, santo, no hubiese generado una forma de hacer y perpetuarse en política que se reconociera por una adjetivación de su nombre.

Conservar no es otra cosa que hacer realidad un sueño que jamás pensábamos pudiera alguien objetivar. Y si bien es cierto que la cuna del hombre la mecen con cuentos también es cierto que esos padres/madres mecedores pueden hacer de cuentos realidad.

¿Por qué no un beso, entonces, en lugar de una flor?. De una flor se espera todo: que su presencia nos reconvierta, que su olor nos recompense. Si esa flor está aún fresca. De un beso --y no se marchitan--  se espera algo más: generan discursos que no precisan soportes recurrentes.

El silencio pertene al reino de estos soportes. Y los sonidos del silencio sólo son perceptibles por aquellos actores que han aprendido antes a besar/vivir que diseñar jardines en donde sólo se cultive una rosa.



[Madrid, Junio de 1993]
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