LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


EL DISCURSO DEL ENCIERRO: PARA UNA CRITICA DE LA RECLUSION

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01. El sociólogo es un analista con vocación de terapéuta: escribe sobre lo que está oculto, sobre lo que no se manifiesta de inmediato. Y lo hace con una cierta voluntad de cierre, de tachar su propio discurso, corriendo el riesgo de devaluar su oficio al convertir en público --generalizable--  ese cualificado, por alternativo, texto: el discurso sobre lo que se estima sucede, tal como hablantes nobles/selectos analistas convienen que realmente así está sucediendo.

Aunque no otra cosa hacen los analistas sociales: saben que lo público se muestra, lo privado se insinúa. De esta forma, ciertos comportamientos privados, sin dejar de serlo en su ejecución y vivencia, se convierten en públicos, por homogéneos en su estructura y desarrollo. Como otros tantos comportamientos públicos, por excesivamente evidentes y habituales terminan, sin dejar de ser públicos en su ejecución, por ocultarse al conocimiento espontáneo. Es entonces cuando el sociólogo encuentra su más genuino oficio.
 

02. Desearía escribir sobre el encierro. Hasta ahora, casi siempre, había escrito sobre muchas cosas dejándome confundir con ellas unas veces, como observador otras. Algo, lo segundo, mucho menos habitual y, por supuesto, menos arriesgado.

Sobre encierros --en plural--  considero haber escrito bastante, si bien nunca he sistematizado mi reflexión. Los encierros emulan al encierro por excelencia: la cárcel, el hospital y el manicomio. Por eso no soportan discursos cerrados que, aunque con voluntad de cierre, tan sólo ofrecen, para ser útiles, una aproximativa clausura provisional.

Tales encierros siempre fueron (aparentes)reclusiones voluntarias. Desde la perspectiva, claro está, de aquel que se esconde tras esa engañosa lógica de un sistema de relaciones considerado óptimo. Aunque sabiendo que el modelo es la síntesis de construcciones caprichosas, ordenamiento socio-político y cultural, que se legitima en su propia vigencia: la organización y gestión de un estado del bien-estar que las utopías de turno nos venden.

Del encierro sobre el que quiero hablar, sin embargo, puedo contar todo o nada. De contarlo todo, clausuraría ahora mismo mi propio discurso. De narrar algo, tendría que situarme fuera, estando dentro. Un ejercicio que, a la inversa, con tanta frecuencia he hecho. En ocasiones, sin duda, con tanta frivolidad.

Si opto por clausurar mi discurso es, simplemente, porque aquí --en el encierro reglado--  toda palabra es ciertamente una palabra de más: tal es el impacto del efecto reclusión que convierte en irrelevante cualquier comportamiento que correspondiera a una situación de margen, en sus formas de olvido o apartamiento vigilante. O, al menos --forzando la transferencia--, en relevantes para el que pretenda, como yo, escribir sobre el encierro desde un encierro no voluntario.

¿Quién podrá, en efecto, entender un lenguaje que se cierra sobre sí mismo --sin proyección posible alguna--, simplemente, porque jamás será un discurso vendible, por no-demandable?.
 

03. Sé que hay situaciones no-regladas de encierros que pudieran provocar también sensaciones de impotencia o irrelevancia, como aquellas que ahora me acosan. No de otra forma podría hablarse --y hablamos--  de bolsas de marginación, localizadas en diferentes espacios o planos de emergencia, bolsas que hemos convenido en clasificar primero, para apartar/recluir a continuación, más allá del equilibrio gratificante de un medio que, por demasiado cerrado, no admite divergencias excesivamente antagónicas. No de otra forma se diseñan estrategias, se organizan autodefensas.

Pero desde esas reclusiones no sólo se puede alterar el medio en el que sus pobladores viven --justificando el espacio de la reclusión--  y del que viven --legitimando ese medio--. Desde ellas es además posible forzar la invasión de otros campos cercanos, de donde los ahora reclusos en libertad han sido expulsados.

De esta forma la moderna tolerancia institucional garantiza la reconversión permanente diseñando programas que conduzcan al cambio demandado y legitimen una idea de progreso.

Hasta tal punto este tipo de reclusión se filtra por campos acotados, que los ciudadanos de los correspondientes medios han generado mecanismos de autodefensa, ante una previsible e inevitable incursión de individuos proscritos procedentes de encierros --socio-políticamente también reglables--  y a los que se conoce con el confuso y ambiguo nombre de marginados.

Pero la expulsión, en estos casos, se confunde con el nombre de la reclusión. Esos nombres sólo pueden ser pronunciados por los administradores del poder, en todas sus manifestaciones y ramificaciones. Y por sus agentes, es decir, el complejo y sofisticado aparato represor del Estado.

En nombre de una política de selectiva inserción, los candidatos a re-incertar --meticulosamente extraídos de esas bolsas--  son sometidos a un proceso de re-iniciación más política que social, aunque se simule repetir los procesos de socialización. Re-iniciación que necesariamente pasa por la aceptación acrítica de la escala de valoración del medio de referencia, con renuncia --o voluntad de renuncia--  expresa a los valores del medio de adscripción.

De esta forma, dando credibilidad a un supuesto estado social y de derecho, se garantiza el no-desarrollo de culturas competitivas dentro de un espacio --culturalmente cerrado--, que defiende su hegemonía por el solo principio del sostenimiento de un interesado modelo de equilibrio entre producción y consumo e incorporación del beneficio a los medios y condiciones de producción, para un posterior consumo pretendidamente más gratificante. Y así sucesivamente.

Esta es la razón por la que cualquier política de reinserción tiene que ser necesariamente restringida y selectiva. Restringida, porque la producción --los productos a consumir--  ha de responder a la demanda --la capacidad de consumir--.

Y selectiva, porque han de seleccionarse los previsibles mejores productores y posibles consumidores óptimos de la producción correspondiente, una vez procesada, es decir, legitimada como producto, introducida en el mercado de la competitividad. Y entendemos por consumidores óptimos aquellos que, habiendo sido previamente informados de la existencia del producto, generan la necesidad de consumir, se les permite hacerlo y tienen, por último, medios para satisfacerla.

Este es el precio de la modernidad, por mucho que insistamos en nuestra condición post-moderna.

Yo, sin embargo, nadando como de habitual contra-corriente, me he propuesto contar la nada de ese encierro: narrar la interminable historia de la in-acción. Mis palabras no van a ser, por consiguiente, palabras de más, porque, preñadas de amargura, están siendo fijadas sin voluntad de respuesta, sin voluntad siquiera de registro/herida que no sea otro/a que la voluntad de autoafirmación en mi propio discurso.

Las simpatías, por consiguiente, que mi reflexión pueda provocar, serán fruto de la amable activación de conectivas secretas que a mis lectores su pudor les permitan introducir.
 

04. La organización de los espacios reglados de la reclusión responde a intereses que un ellos-impersonal cantan desde fuera, para que la melodía se escuche dentro y se sepa fuera que se escucha. Pero jamás con voluntad de rebote, de ex-reclusión/re-habilitación, no sea que el interno aprenda a cantar y su melodía derribe las murallas de la reclusión.

La voz queda, pues, fuera, en los espacios de la libre inter-acción, del opcional disfrute.

El mal nombrado, la objetivación de la culpa, deja la huella que hace de uno otra cosa: interno recuperable/ex-interno recluíble, expuesto a la re-incidencia, es decir, sujeto de fácil re-inculpación. Va a estar/ser objeto de observación preferente por parte de los guardianes de turno, se manifiesten éstos como agentes formales o a través de actos de represión, más dolorosos los segundos, por sofisticados.

A uno, en el encierro, le dejan mudo: le despojan de todo objeto codiciable, incluído el valor psicoafectivo y emocional que uno haya atribuído a esos objetos. Ellos se quedan la canción. Ellos, que diseñan en su provecho el encierro.

A uno le dejan aquí mudo, porque el discurso, desde aquí, es cíclicamente endogámico, autoenvolvente, jamás traspolable/ transferible. La palabra, en el encierro, es una herramienta peligrosa: porque no pertenece al espacio de la ficción, al plano del consenso.

Aquí no hay referente alguno. No hay convención posible. Todo se refiere a sí mismo. No hay valor añadido, no existe sobre-estimación: los objetos son sin más, objetos de consumo discrecional. Todo objeto es un valor en-sí-para-sí. Y el recluso pertenece a esta clase de objetos.

Todo consumo, en consecuencia, es un acto indiferente: no transforma al consumidor. ¿Qué sentido va a tener entonces la palabra?. Y si las palabras nada nombran más allá de sí mismas, ¿para qué el discurso?.
 

05. La voluntad de apertura, por contraposición a la voluntad de encierro, no es posible en/para modelos socio-culturales como el nuestro.

La voluntad de encierro no es otra cosa que la misma voluntad de clausura, que rige en esos espacios del interés no-competitivo. Voluntad de clausura es voluntad de límite, de fronteras.

Cuanta más voluntad de apertura se generalice, si de una voluntad político-económica se trata, mayor será la voluntad de cierre. En nuestro caso, una voluntad de cierre homologable a la voluntad de otros espacios geopolíticos contiguos, como la utopía de esos pretendidamente positivos efectos a valorar cuando entre en vigor el Acta Unica Europea.

Así, los regímenes afectados agudizan la represión que les es propia cuidándose de señalar/marcar los límites de los espacios de la reclusión interna, que sólo tendrá sentido si esos espacios están repletos de reclusos, están poblados de/con sus internos.
 

06. La expectación, la avidez por la noticia de fuera, cumple aquí una función de exutorio, una forma de huída hacia espacios en donde a uno le hacían creer que se movía a capricho.

La noticia es, pues, aquí pantalla del mundo-otro, espacios que convierten en real sus protagonistas. Nosotros somos también pantalla para ello. Pero detrás de nuestra pantalla dólo se esconde/sucede lo que un interesado/curioso espectador desee considerar real.

Ahora aquí, desde dentro, lo que sucede no es una ficción útil. Sencillamente, porque no regula algo en lo que uno se mueva para, justificándose, justificar el desplazamiento en ese algo: para dar sentido al compromiso, a la acción, en tanto que acción humana, pretendidamente cómplice. Para saberse/sentirse (auto) satisfecho.

Porque noticia es el mensaje, el vehículo o herramienta posible hacia el cambio, aquí nada es noticiable: los espacios de la reclusión no se autodefinen, porque la estructura del encierro es una estructura interesada. Responde a objetivos interesados de aquellos que, creyendo ser ecuánimes, imponen el aislamiento a unos para resguardar el interés de los otros, juego de intereses que consideran amenazado.

La vida cotidiana --algo que tanto me ha (pre)ocupado--  está llena de sorpresas. Es precisamente la sorpresa registrada o anunciada lo que da fe de esa cotidianidad.

Aquí, sin embargo, --larga noche del olvido--  el factor sorpresa no tiene cabida. ¿Cómo es o podría ser, por consiguiente, una vida cotidiana en los espacios de la reclusión?.
 

07. La lógica del discernimiento de lo patológico, de la culpa, ha de responder, en consecuencia, a los patrones represivos que desde la gestión/administración de los intereses pretendidamente generales los políticos diseñan, como respuesta a un alternativo conjunto de grupos de intereses, que se pretende asimismo excluyentes, por supuestamente generalizados o, en su caso, generalizables.

Desprovisto de interés, del interés que se oculta tras la ética y la estética del reclusor --y que regula el beneficio de su consumo en un modelo hegemónico de disfrute-- , el discurso del interno responde a intereses públicos que el público no comparte. Porque público es solamente aquello que se mueve en un espacio cómplice --como hemos subrayado--, en donde no existen actos ciegos o indiferentes.

Aquí se rompió/se clausuró la dicotomía: público-privado son/va a seguir siendo registros inútiles.
 

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