LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


EL DISCURSO DEL ENCIERRO: EL TIEMPO DE/EN LA CLAUSURA

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08. Llamamos tiempo a la medida del movimiento en un determinado espacio. Hablo de medida como acción tanto como resultado/s. Y me refiero a la acción y al resultado/s no sólo como programa y objetivo/s, cuanto y especialmente como conjunto de inter-ferencias que los determinan.

Medimos de diferentes maneras y bajo múltiples condiciones. Y no hay forma de asociar actos de esta naturaleza obviando los matices que hacen de cada acto un movimiento (para)intencional. Tales registros, por excesivamente subjetivos, escapan, en un primer momento, al observador. Por más que ese observador sea exponencial, por más que el analista de turno cuestione su propio oficio, en tanto que manipulador de herramientas, cuanto en lo que a su capacidad y experiencia para utilizarlas se refiere.

Discúlpeseme, por favor, la paráfrasis precedente: sencillamente porque lo cómodo en estos casos --es decir, ofrecer una definición standar de tiempo que relaje la expectativa del lector--  es, en el mío, todo lo contrario.

Dando, en consecuencia, por bueno/relevante --provisionalmente útil--  mi punto teórico/metodológico de partida, me permito a continuación fijar/exponer mi reflexión sobre el tema.
 

09. Los espacio de la mobilidad están diseñados de tal forma que los agentes que en ellos se mueven creen hacerlo a capricho. Como a capricho piensan que pueden forzar los límites de esos espacios para invadir otros cercanos o, simplemente, denunciar con su osadía las restricciones del que se supone es el genuino ámbito de la (inter)acción.

Nada más ingenuo, más lejos de la realidad. Sobre ello se ha escrito mucho y hablado mucho más, cuando los teóricos/analistas --más o menos críticos--  de lo real nos han descrito al emisor tipo, al receptor tipo y a las condiciones tipo de (inter) acción. Los tipos no son aquí otra cosa que el molde al que todos y todo ha de adaptarse para que esos y eso se legitime en su función.

Sobre la fijación y vigencia de un molde, patrón o paradigma, no considero el momento de detenerme aquí. En otros lugares he escrito ya suficientemente sobre el tema.

Es, sin embargo, importante --lo es, al menos, en este caso para mí--  el incluir en esos patrones de comportamiento/ verificación la categoría opcionalidad como sujeta/sometida a otro patrón de naturaleza psico-social y cultural similar a las anteriores.

Los críticos del sistema --en la medida que un sistema soporte la crítica-- , del modelo que nos ocupa, saben que es difícil establecer unos criterios/pautas --mínimamente estables--  de adecuación entre la lógica del discurso del acto en toda su complejidad --es decir, medida del movimiento en un determinado espacio--  y la lógica de la estructura de lo real a la que hace referencia ese discurso.

Pero esos criterios no van más allá de la constatación del problema. Ni siquiera se proponen plantearlo correctamente, entre otras razones, porque saben que es irresoluble.

Mantienen, en consecuencia, como útil la ficción de corres-pondencia tomando nota de que se trata tan sólo de eso: mantener un determinado modelo de equilibrio --aunque sea con un soporte tan poco consistente--  porque no hay posibilidad --de momento--  de ser reemplazado por otro. Lo que, en cierto sentido, supone una violación de reglas lógicas al convertir el principio de correspondencia en estimación de correspondencia. O, dicho de otra manera, considerando inconmensurable los dos órdenes de referencia.
 

10. Nombramos el tiempo de/en la clausura por contraposición al tiempo de la apertura. El segundo subordina/condiciona al primero. La traslación se impone. Y esa traslación la hacen actores que proceden de los espacios de la apertura: no existen actores natos en/de la clausura, ya que ésta es una interesada construcción de los gestores de la apertura. Interesada en la medida que, ya con la definición de clausura, se consigue legitimar el espacio de la apertura, pretendidamente ideal y perfecto.

Una vez en el encierro no valen las técnicas adquiridas de apropiación del medio. El trauma es norma porque ese registro psico-político-social, que ha convertido a uno en integrado y respetable ciudadano, aquí se convierte, de inmediato, en obstáculo a superar.

La tensión/emoción del acto --en su ejecución y resultado--, el registro y alteraciones que esos actos provocan no es traspolable al interior de la clausura. Sus límites son sólo permeables para el trasvase de individuos. Pero esos individuos que transitan han de dejar fuera toda dimensión --objetivable o no--  que les catalogaran entonces como ciudadanos. Aquí, dentro, hasta el pensamiento, de serlo, lo sería libre en las cadenas. Tan sólo los sentimientos escaparían/burlarían los controles de rigor. Aunque no hay garantías de que así suceda.

El tiempo aquí --se dice-- transcurre con más lentitud. Como si el tiempo transcurriera. Uno no puede registrar el cambio de la mobilidad en el encierro. Sencillamente, porque los encierros no admiten mobilidad alguna: son espacios rigurosamente diseñados, de tal manera que los actores responden a una rígida programación. Se les permite tan sólo la opcionalidad de la aceptación o rechazo de su lugar en el encierro. Aceptación o rechazo es una falacia: porque aquí toda aceptación es a la vez rechazo, ya que el rechazo se vive fingiendo aceptación.

Pero esta ficción no pertenece al orden de las ficciones-útiles de la apertura: la organización recíprocamente interesada de la mentira en los espacios de la creatividad/re-creatividad cotidianas, en los espacios de los ajustes/re-ajustes gratificantes, en los espacios del equilibrio/re-equilibrio óptimos.
 

11. El desdoblamiento --forzada y complementaria reclusión psíquica--  del interno le hace caer en la ilusión de una transparencia que es opacidad: creer vivir el tiempo de la reclusión con las categorías a través de las que ha vivido el tiempo de la exterioridad.

Incluso el lenguaje que acepta es otra trampa psicológica: lo externo es lo positivo, le hacen pensar. Lo interno es el espacio de la redención, espacio(provisional) desde el que se contempla sin complicidad la estructura de la red exterior y hasta la lógica de la captación espontánea de los individuos que pueblan/ se sitúan competitivamente (en)esa red.

Desde un punto de vista metodológico alguien podría caer en la tentación/trampa de justificar el encierro, ya que sólo desde la negación radical de un espacio, situándose al margen, es como se garantiza la objetividad de lo mostrado/demostrado, una vez convenientemente observado, clasificado, procesado, etc ... Pero, por suerte/desgracia desde aquí no es posible conectar la referencia. No son porosos los límites del encierro, hemos afirmado/constatado más arriba.
 

12. Antes del silencio/después del discurso. Antes de la acción/después de la in-acción. Antes, en definitiva, del espacio/después, irremediablemente, del abismo. Para (sobre) vivir más allá/más acá de la vivencia. A uno le viven: son los otros y lo otro quienes usurpan mi/s vivencia/s registrables. Yo sólo soy el soporte, el sujeto dócil de un registro, necesaria-mete alienado.

Queda, sin embargo, un tiempo intermedio de difícil explici-tación, tiempo puente que separa el tiempo vivido antes/después de la reclusión: el tiempo (pseudo)vivido en el encierro. La determinación antes/después es, sin embargo, irrelevante y se vive aquí como irrelevante, ya que --no me canso de repetirlo--  para un interno el tiempo no transcurre.

Hasta las categorías dentro/fuera pierden también el significado/ uso/función que, en los espacios de la apertura, se les atribuyen. Porque, de lo contrario, ¿cómo podrían entenderse clasificaciones tales como integrado, normal ... o sus negaciones marginado, patológico ... sin el soporte dentro para las primeras y fuera para las segundas?. Paralelamente, el encierro es, por definición, a-categorializable, in-determinable. Sobran, pues, conectivas espacio-temporales que, de cumplir alguna función, lo hacen en espacios/planos de libre posicionamiento y de opcional desplazamiento.
 

13. El tiempo de la reclusión es, no obstante, vivido de otra manera desde fuera: se pretende traspolar un registro intrans-ferible. La versión de ese registro, la narración del preso, del enfermo o del loco se agota en sí misma: son mensajes sin destinatarios, que narran unívocamente la vivencia, asimismo in-transferible, de la reclusión alevosa. Es decir, cuentan el forzado abandono político-social y, a veces, psico-afectivo y hsta cultural: discursos del encierro que no discurren por senderos, es igual que éstos conduzcan a parte alguna --los focos del interés nombrado--  o no --los términos del interés nombrable--.

La personalidad del interno no se altera hasta alterar a su vez su propia estructura biopsíquica. Por eso, en la primera parte de este ensayo, nos hemos referido a reclusos recluídos/ex-reclusos recluíbles, en la medida que el encierro deja huellas, fácilmente reconocibles por los guardianes de la integridad de aquellas instituciones que dicen estar al servicio de un interés colectivo.

Ahora bien, si he utilizado el término no es porque acepte su valor referencial standar/normado: el interno no tiene personalidad alguna, si hablamos con propiedad. Aquí no puede admitirse otra máscara que la de su propia condición de penado/ penable. No hay más. Por mucho que, llamándonos por nuestro nombre --el nombre de la apertura--  mantengan la ficción, permitiéndosenos --en compensación--  localizar a nuestros guardianes/educadores por el nombre a través del que se les señala en el encierro, es decir, sus nombres de pila.
 

14. Por eso, los narradores de cuentos que no han escrito acomodan su propio cuento --el cuento del recluso, que han hecho suyo--  al cuento que esperan escuchar los lectores de esas narraciones. No de otra forma podrían hacer creer a los demandadores de información las historias de vida del interno, que ese interno narra --sin voluntad de lectura--  en el encierro.

Lástima que, cuando ese interno sea ex-recluído, se vea obligado a simular identificarse -- un nuevo trauma a registrar-- con el discurso sobre el tiempo, elaborado desde espacios donde las historias de vida por serlo --es decir, con voluntad explícita de lectura--  han de ser cómplices en su constitución y en su narración, esto es, han de ser narradas en los espacios tipo de transmisión/creación/re-creación de conocimientos.

Y hoy por hoy, los internados no son escuela de algo-otro que no sea su propio producto. Re-insertar, entonces, ¿para qué?. Re-educar, entonces, para alguien. He ahí la perversidad del sistema. He aquí sus contradicciones.

El tiempo, en consecuencia, en/de la reclusión se cierra sobre sí-mismo. Los referentes --de ser nombrados con voluntad de lectura--  no aceleran o relativizan la presente mobilidad del interno, porque, sencillamente, no hay registro de acumulación --selectiva o no-- , ni proyección más allá de los límites de ese espacio.
 

15. El tiempo de/en la apertura se vive desde dentro de otra manera. El tiempo de los otros, del que yo fuera cómplice, se ha detenido bruscamente en el momento de la reclusión. Ese tiempo ahora ya no es siquiera referente alguno: no hay voluntad de proyección en los espacios de la apertura, porque aquí tiempo se dice de otra manera, pertenece a otro orden, a un espacio que a priori excluye el diseño, la construcción y el desplazamiento, la situación espontánea/competitiva en una red cortocircuitada en sus conductos, como pudiera catalogarse el plano de proyección de un recluso.

De ahí que el discurso del interno sea recurrente/circular: siempre estamos en el mismo punto, ilocalizable a través de cualquiera de las categorías --al uso excluyente fuera--  de partida, tránsito o destino.

Aquí la esperanza es ciertamente una actitud mística, la utopía un sueño que da igual soñarlo también despierto, confundiendo la aparición --consciente o no--  de los discursos re-creativos del inconsciente.
 

16. En torno a unos items muy concretos se organiza así el discurso del encierro: la necesidad de narraciones inconexas se impone, como también se imponen silencios, solapados o no, tras los frecuentes cliclos depresivos.

Se hace necesario, pues, una descripción de la culpa, relato que se repite hasta la saciedad, seguido de una complementaria interpretación de las formas y circunstancias de inculpación.

Una vez que el interno fija este soporte opta por una determinada organización de su defensa, apuntalada en su latente negación de la condición carcelaria, hospitalaria ..., manifestable vía alteraciones comportamentales.

Sólo si un cierto pragmatismo tiene aún cabida, si un cierto optimismo --difícilmente desprovisto de fatalismos--  puede aún mantenerse, se organiza una determianda aceptación de la redención o terapia, en donde el recluso va a necesitar de prolongados y reiterativos estímulos.
 

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