LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


EL DISCURSO DEL ENCIERRO: LA MIRADA DEL RECLUSO

<<< anterior

17. Porque se quedaron la canción, el recluso mira. Y cuando mira, parece que está solo. Siempre mirando a través de una ventana, que no admite complicidad.

Triste mirada incierta, mirada perdida esa mirada del recluso que no se proyecta en parte alguna: no hay siquiera oportunidad de proyección, ni a su alcance encuentra ocasionales pantallas que registren su dramático mensaje.

La visión panóptica --mirar a la vez a cualquier parte--  es el sueño y privilegio de los dueños y señores de los espacios de la reclusión.

La voz del interno no tiene eco: las paredes de la celda no admiten transferencia alguna, como tampoco uno, en el encierro, se confunde con los muros de sus patios, obligadamente reglados.

El espacio de la reclusión no es domesticable. Termina uno aquí, por el contrario, engullendo el propio espacio: en el encierrro uno va y viene sin perderse. No hay riesgo. ¿Hay entonces intimidad?. No hay un más allá al acecho. ¿Hay entonces sí-mismo reconocible/nombrable?.

Porque todo recluso es de antemano un perdido --kafkiana paradoja--  aquí no hay gasto: aquí sólo se acumulan las pérdidas, de las que resulta soporte/exponente último el propio recluso. ¿Pero es que hay, ciertamente, pérdida?. ¿Qué significa ganancia cuando la pronunciamos en/hacia el encierro?.

La mirada del recluso se pierde en el tiempo. ¿Pero es que hay aún mirada?. Porque el olvido es otra categoría que sólo se valida en la diáspora, aquí no hay recuerdo: la memoria de las cosas perdidas que a diario nos activan esas infranqueables murallas del antiespacio de la im-productividad, de la in-acción. O de la acción in-móbil, porque aquí el intercambio es no-gratificante y el discurso jamás legitima ni predispone a acción alguna.

El silencio se hace norma. El silencio es esa ventana indiferente a través de la que discurre la mirada del interno. Los silencios también se engullen. Por eso la voz del recluso no tiene eco. ¡Pobre hablador solitario!. ¿Quién cosechará su lamento para que florezcan besos al amanecer?.

Los espacios de la reclusión tampoco tienen norte: mayor es por ello su amargura, ya que le han dicho que, en vano, puede rebelarse contra el cielo. Aquí todo el mundo es agnóstico. Por eso, cabizcajo, el recluso va y viene sin moverse de su sitio.

¿Por qué empeñarse entonces en seguir mirando más allá a través de esa ventana?. Mirar desde el encierro hacia los campos del desafío. Porque nos enseñaron que la vida es lucha. Pero aquí no se sabe qué es beligerancia.

¿Qué significa aquí, pues, mirar?. Significa todo y nada al mismo tiempo. Todo, porque nuestra mirada se traduce en sumisión para los otros. Nada, porque para nosotros la mirada no es otra que la versión más trágica de la resistencia.

Y porque a su tiempo se nos organizó la sumisión hemos llegado demasiado tarde: ya no hay lugar para una resistencia organizable.



[Madrid, Febrero/Marzo de 1992]
siguiente >>>

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

<<< HOME