LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


CONCLUSION (PROVISIONAL): MI PADRE ERA UNA ARAMEO ERRANTE

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Es una temeridad que me haya propuesto hacer la CRITICA DE LA RAZON DE ESTADO (*), entre otras razones porque, en este caso, los términos Razón y Estado son intercambiables y porque la crítica sólo podría ser asumida desde una cierta posición terrorista que el terrorismo de Estado, desde las Universidades hasta las comisarías, no iba a permitir.

Mi posición al respecto ha sido a la inversa de lo usual en cualquier teórico. Hago la crítica desde una posición de compromiso ciudadano, desde el análisis de la realidad social más inmediata en la que me vea implicado, registren o no los medios esos acontecimientos ciudadanos, tengan o no éstos una dimensión político-social, que, estimaciones aparte, siempre la tienen.

La Razón de Estado no es otra cosa que el estado instituído de la racionalidad, el referente obligado de cualquier discurso --se formule éste en términos de teoría, se diseñe bajo la cobertura de la acción--. Pensar es pensar correctamente, hacer es comportarse correctamente. Quién define la corrección es, como siempre, "el dueño de la casa, la haciencia y la pistola" (León Felipe), esto es, los intereses de las minorías que controlan, usan y abusan en su beneficio de los intereses de la gran mayoría.

La legitimación democrática se puede convertir así en un cheque en blanco que se entrega --nunca mejor utilizado el término en su sentido de sumisión--  a esas minorías, único y excluyente mejor postor. Aunque lo hagamos con resistencia. Una resistencia que, en la mayoría de los casos, termina en simple mostración de la rabia e impotencia ante la arrogancia y prepotencia de los llamados hombres de Estado.


La Crítica de la Razón de Estado empieza con/por la crítica de lo inmediato, es decir, por la autocrítica. Uno --con mayor o menor conciencia de ello--  determina el medio en el que se proyecta, desde la propia casa --espacio de la privacidad por excelencia, de la oscenidad permitida--  hasta ese micromundo de la interacción supuesta, el grupo, una especie de privacidad pluriproyectada/prostituída: espacio/plano de reconocimiento de otras privacidades con las que y en las que uno, por razones de afinidades familiares, afectivas, laborales, políticas o sociales, asimismo interactúa.

Llamo interacción a un comportamiento consensuado: aquella individualizable mostración reglada de equilibrio que hace decir a un observador no cualificado que uno se comporta como debe ser. Es decir, que desempeña el rol que ha asumido y la función que le han encomendado a plena o tolerante satisfacción de los controladores, dispersos y plurales agentes, garantes de que se respete y encargados de hacer respetar la integridad del sistema, los supuestos intereses generales y, en todo caso, siempre a generalizar.

Lo demás pertenece al plano de la referencia macro, esto es, el espacio histórico-cultural más cercano, la realidad estadística, que los medios se encargan de describirnos día a día, generando posiciones homologables de opinión.

La realidad estadística da cuenta de lo aparente, lo formal y sistemáticamente cuantificable. La realidad, sin embargo, es mucho más compleja: Por eso el análisis cualitativo --la descripción global de los hechos--  tiene tan poca prensa. Se nos recordó siempre --y se nos enseñó más a menudo--  que no era lo mismo el número que la razón de número. Preferimos no entenderlo: la edad de la razón nunca fue el tiempo de la estupidez.

Hablamos entonces de opinión pública, esa referencia a la que uno tiene necesariamente que adaptarse, si bien guardando la distancia de lo genuino por excelencia: aquello que hace de mí un número diferente, mis señas de identidad. Atrapado en la red social que me acoge y corresponde, dentro de una supuesta generalidad normalizada, ciertamente éste puede ser el mejor de los mundos posibles, falacia en la que es cómodo caer. Tal vez por aquello de la voluntad de permanencia en lo mismo, ante el temor --con o sin temblor--  que lo nuevo supone.

De esta suma de conjuntos surge la necesidad de modelos de equilibrio, fuente de cualquier proceso de normalización, que se traduce en organización macro que un determinado territorio limita. A esta estructurada aunque compleja suma de organizaciones hemos convenido en llamar Estado.

El intelectual de esos Estados pierde, sin embargo, la privacidad. El político también la pierde, aunque más a menudo. Transfiere el discurso de la simulación/seducción, ese discurso que le legitima, a los espacios reservados para las relaciones micro. Por eso se afirma -- y con razón--  que los filósofos --en su más amplio sentido y en cuanto diseñadores de racionalidad--  somos malos amantes.

Parafraseando a Anhouil, el ciudadano, cuanto más cercano está, es decir, cualquier vecino --o el prójimo, utilizando un lenguaje más clásico--  termina convirtiéndose en enemigo a controlar y combatir. Es cierto que decir vecino es decir enemigo, aunque un enemigo entrañablemente necesario, espejo complementario de lo que a uno le gustaría ser sin renunciar a sí-mismo, sencillamente porque uno accede al otro desde posiciones de debilidad, desde fuera: lo que sabemos y envidiamos de los otros es su (pseudo)capacidad de simulación, su rostro ..., su confusa y provocadora máscara, en último término.

La programada destrucción del enemigo no es, en consecuencia, otra cosa que una mostración de afecto hacia ese otro. Un otro competitivo, porque tanto como yo ha desarrollado no su voluntad de fragmento, sino su más primitivo instinto de ocupación/ dominación. Los creyentes ?? es igual de qué signo sean ??  lo han entendido muy bien cuando, amando al otro, terminan engullendo a su propio dios. Un ateo no puede, por eso, rebelarse contra el cielo ??como nos recordaba Bataille ??, porque ha renunciado a cualquier tipo de transcendencia que no sea la interacción puntual entre sus propios intereses y los intereses de los demás: un selectivo conjunto de otros, situados en supuestas posiciones de privilegio, posiciones envidiables precisamente porque, en tanto que provocadora alternativa, son para mí una constante amenaza.

Termina uno así perdiendo el norte de nuestra ocupación/función de legitimadores de racionalidad a la que me he referido, porque olvidamos que el sur también existe, que primero uno tiene que sentirse humano, demasiado humano, para entender la miseria de los demás. Amor y odio, por eso, son complementarios, jamás excluyentes. No de otra forma se justifica el tráfico de influencias, no de otra forma se justifican las guerras --frías o calientes, de baja o alta intensidad--  que paralelamente justifican el tráfico de armas que propician. Armas, por cierto, que no siempre tienen por qué disparar, aunque sigan siendo de fuego, como es el caso, por ejemplo de un bloqueo económico.

Nosotros nos empeñamos en llamar a las cosas por su nombre, cuando las cosas no admiten, no soportan otro nombre que el nombre que el interés de sus usuarios les atribuyan. Cuando hablo de cosas lo hago en su más amplia acepción: cosas son objetos (pretendidamente)inanimados, pero cosas son también acontecimientos, estados de opinión. Cosas también son -- y eso es lo que más me preocupa--  los pueblos y los individuos que en ellos se organizan, es decir, nosotros mismos.

Una organización social se distorsiona ante la llegada de elementos que no pertenecen al conjunto ya configurado. Pero las situación de los elementos de ese conjunto y la interacción correspondiente pueden verse asimismo distorsionada por la generación de focos no integrables de alteración del equilibrio consensuado o simplemente por la (auto)expulsión de algunos de los miembros de esa organización. Es, en política, por ejemplo, respectivamente el caso de la Alemania-Reunificada y el de la Yugoslavia-Dividida, para no salirnos de la Vieja Europa. Pero puede ser también el caso, en economía y por citar alguno reciente, el de la fusión Banco Central-Hispano o , remontándonos un poco a nuestra historia más inmediata --que todavía nos salpica--  el de Rumasa. En microsociología podría acudirse al ejemplo más paradigmático: inclusión en la familia de nuevos miembros, por nacimiento o reagrupación, o exclusión por emancipación, divorcio o muerte. Otros elementos, como cambio de domicilio o de la situación laboral de algunos de sus integrantes contribuyen, a su vez, a alterar el tipo de organización social al que nos estamos refiriendo.


La gente quiere y espera que se hable como cada uno habitualmente habla. Por eso a menudo se hace tan ininteligle tanto el discurso del político como el de los intelectuales que legitimamos ese discurso, sospechoso discurso antes de la provocación que de la convicción que, a veces, se convierte en un muy poco discreto discurso de la seducción, con sus componentes de distracción o juego. E incluso de engaño.

La gente exige que a sus cosas se les atribuya el nombre que ellos mismos entienden que les corresonde. Convendría ser de vez en cuando autocrítico y reconocer, desde nuestra privilegiada posición de nobles hablantes, legitimados social y estatalmente para ello, que no somos fieles/leales a nuestra función de prestadores de servicios: nosotros, intelectuales y políticos, sin embargo, seguimos empeñados en llamar a las cosas por el nombre que estimamos les corresponde o por aquel que nuestro coyuntural interés nos obliga a atribuir y a pronunciar, que es más grave.

A veces, esa legítia opción que cualquier posición crítica supone se vuelve contra el principio mismo que tras la idea de progreso se esconde, ya que --por economía de esfuerzos o simplemente por miedo al fracaso--  nos empeñamos en seguir llamando a las cosas por el nombre que hace tiempo ya no les corresponde. Cómoda y poco comprometida costumbre de transmisión acrítica --neutral, dicen algunos--  de conocimientos: intentar reproducir, leyendo si es necesario, lo que otros dijeron y escribieron. Esos otros, en este caso, reconocidos padres fundadores o refundadores, que en su momento diseñaron atrevidas teorías que suponían se adaptaban a las cosas, pero a esas cosas que entonces se suponía asimismo que existían.

Nietzsche tuvo la osadía de romper a tiempo la linterna y entonar --como nos cuenta en La Gaya Sciencia-- , un requiem para que fuese Dios el que descansara eternamente en paz, ante el estupor de ciudadanos que estaban acostumbrados a justificar sus creencias utilizando el discurso de la confusión, única herramienta de integración e interacción que entonces tenían, es decir, un determinado credo político-cultural, en donde se confundan los valores de la historia --registro interesado de algo que ya no es-- con los valores de la esperanza que los intereses del momento diseñaran. Nietzsche rompe la linterna porque su luz no enfocaba rostro alguno que respondiera a una pregunta clave: ¿has visto a Dios?.

Evidentemente nadie, ni entonces ni ahora, ha podido haberlo visto, porque el dios de la cultura cristiano-mediterránea no habla. Y cuando se atrevió a hablar se hizo carne, terminó disfrazándose de demiurgo, es decir, terminó asumiendo funciones hoy tan reconocibles como la de intelectual o político: los modernos chamanes, los sacerdotes laicos en que nos hemos convertido.


Con frecuencia se me ha preguntado cuál era mi credo. Solía responder como lo hacía Sartre en situaciones similares: que ése es sólo un problema del que hace la pregunta. Yo he terminado creyendo en un Dios del Silencio, una trascendencia asexuada, carente de sentimientos y que no habla. Ni permite siquiera que nadie lo haga en su nombre. Ese Dios del Silencio que dejaría de serlo cuando pronunciara la primera palabra: Porque la palabra da cuenta de la miseria, el silencio termina relatando el espectáculo de lo reconvertible, de lo eternamente nuevo.

¿Guardar silencio sigue siendo, todavía ahora, un acto de rebeldía?. Es posible, aunque cada día estoy menos seguro de esa mi vieja posición. Sé que alguien ha merecido el título de dios o héroe porque ha sabido callar a tiempo. Lo demás fue desde entonces prostitución de la palabra originaria. ¿O al principio, en lugar de la palabra, fue la acción?.

Mientras tanto --y nunca esperé a Godod--  los conventos --laicos o no--  de nuevo han comenzado a seducirme, esos espacios para la meditación, la reconsideración del discurso de/sobre la vida, del que tanto hemos abusado. Espacios de recreación, en definitiva, espacios sagrados que justifican cualquier planificación/diseño urbano. Esos espacios que hemos convenido en llamar, en unos casos, iglesias, en otros --¿lo lamentablemente más habitual?--  bares, cafeterías, discotecas, etc ...

Porque nuestras Universidades se han convertido en un sacrílego y extemporáneo monumento a la cultura, desde una iglesia o desde la barra de un bar se conecta mejor con lo oculto, lo trascendente: He terminado, por ello, convenciéndome de que era cierto aquello de que los diosos --por ser quiénes son--  estaban en cualquier parte y en todas y cada una a la vez. La mejor afirmación democrática que conozco, principio que, por desgracia, ninguna Constitución recoge.



(*) Crítica de la Razón de Estado es precisamente el título bajo el que se presenta la Edición-94 de la
Universidad Libre de Maspalomas (Gran Canaria).
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