Función Social de la Marginación
Juan M. Olarieta Alberdi  |  ASOCIACIÓN LIBRE DE ABOGADOS - MADRID


El mito de la marginación social
La función soical de la marginación y la miseria
Delito e ideología dominante
Criminología burguesa
Economía política de la miseria
Nueva política de exterminio
 

EL MITO DE LA MARGINACION SOCIAL

La crisis económica ha puesto al descubierto el progresivo empobrecimiento (absoluto y relativo) de la población bajo el capitalismo. Pero donde unos aprecian una ley tendencial del capitalismo, otros necesitan poner los dedos en la llaga y comprobar que la "sociedad opulenta" sólo está en los escaparates, no en las despensas. No hay mérito en constatarlo hoy, sino en haberlo denunciado, por ejemplo, en los años sesenta, en plena euforia desarrollista.

El capitalismo es el modo de producción en que las crisis no son por carestía sino por abundancia, por superproducción, por exceso. Pero esto tampoco tiene mérito subrayarlo: lo correcto sería -más bien- reconocer que hoy las necesidades son mayores y, sin embargo, hay cada vez menos posibilidades de satisfacerlas, porque los medios de producción se centralizan cada vez más, mientras la mayoría expoliada crece sin parar y se pauperiza.

Este proceso involucra cuatro fenómenos simultáneamente: los países dependientes se empobrecen progresivamente; el volumen de trabajadores que no tienen otra cosa que vender que su fuerza de trabajo crece también, en detrimento de las viejas clases medias; la situación económica de los trabajadores es cada vez peor; y finalmente, la situación relativa de los trabajadores con respecto a los capitalistas también se deteriora.

Es esto exactamente lo que está sucediendo y no por efecto de la crisis, sino por evolución natural del capitalismo; es decir, no por la política neoliberal actual, no por la crisis, sino porque esas son justamente las consecuencias a las conduce inevitablemente la acumulación capitalista bajo cualquier circunstancia.

No es un problema de marginación social sino que la crisis recae -fundamental pero no exclusivamente- sobre las espaldas de la clase obrera. No tiene sentido hablar de una clase obrera integrada y un sector social excluido del "progreso" capitalista; ni tampoco tiene sentido afirmar que ello es consecuencia sólo del ingreso en la moneda única europea y no de la sociedad bajo la que nos ha tocado "vivir". El paro ha existido siempre, incluso en las etapas de mayor "prosperidad" económica, porque el capital necesita siempre una fuerza de trabajo de reserva para evitar las alzas salariales.

De modo que los marginados desempeñan un papel económico fundamental y no son ningún residuo social desechable. Son el colchón que amortigua las caídas y evita que el sistema se rompa en mil pedazos. La legión de los excluidos no se caracteriza por su inadaptación, sino por su exceso de adaptación. No se trata sólo de un sector social desclasado sino privado de su conciencia de clase y, en consecuencia, el más expuesto al bombardeo publicitario: todas las taras ideológicas de la sociedad actual (el machismo, el consumismo, el egoismo) se manifiestan más acusadamente entre los marginados. El lumpen es extraordinariamente vulnerable y, por ello, es en su seno donde la burguesía ha reclutado la "carne de cañón" imprescindible para sofocar cualquier rebelión dirigida contra su dominio.

En consecuencia, tan erróneo es oponer a la clase obrera con el lumpen, como constituir a este sector social en protagonista exclusivo de la crisis. Tampoco creo que haya políticas económicas capaces de erradicar la marginación social, porque es un fenómeno consustancial a esta sociedad que interesa alimentar y promover como fuerza de choque contra los trabajadores. Al menos así ha sido históricamente hasta hoy mismo: la caridad, la beneficencia y los servicios sociales es lo que siempre han pretendido. La política social es la otra cara de la política represiva: no es algo distinto sino más de lo mismo, una continuación de lo mismo.

LA FUNCION SOCIAL DE LA MARGINACIÓN Y DE LA MISERIA

Dicen que el delito es una parte de un fenómeno social más amplio, que califican de inadaptación, desviación o marginación. Esto es falso, no obstante lo cual sí resulta cierto que ambos, delito y desviación, lejos de resultar disfuncionales, desempeñan labores concretas en esta sociedad. Por una parte, contribuyen a la difusión e imposición de la ideología de la clase dominante y, por la otra, tienen un papel económico en la regulación del mercado de trabajo.

En el marco de esa mistificación, parece haber acuerdo en afirmar que la "causa" del delito está en la pobreza y en la miseria de los barrios urbanos: para prevenir el delito hay que actuar sobre la pobreza y erradicar la marginación, hay que sustituir -en realidad complementar- a la policía con los asistentes sociales. Todo ese discurso reformista se resume en "prevenir" el delito mejorando el estado de nuestros depauperados barrios. Estas tesis reformistas son también falsas, justifican la intervención desde el poder sobre los barrios, reclaman el control social sobre ellos y propician la represión policial.

Por otra parte, el discurso reformista defiende el fortalecimiento del "estado de bienestar" cuyo objetivo es que no haya pobres, repartir la riqueza, quitar a los de arriba para dar a los de abajo, etc. Los pobres y marginados no serían algo imprescindible sino, por el contrario, un obstáculo para la expansión del mercado. Eso es igualmente falso: la miseria no es una lacra del capitalismo, una secuela, sino algo necesario e imprescindible para engendrar plusvalía y reproducir la explotación en una escala cada vez más ampliada.

Si todo eso es falso, no cabe duda de que el "estado de bienestar", los programas de erradicación de la pobreza y toda la burocracia de "servicios sociales" forman parte de un formidable mecanismo ideológico del capitalismo que interesa desentrañar en su círculo vicioso: el capitalismo necesita de la pobreza para subsistir y, al tiempo, el capitalismo pretende luchar contra la pobreza y "elevar el nivel de vida". Los capitalistas, que viven de la miseria de los demás, generan su propio antídoto, el "estado de bienestar"; la ideología dominante también desarrolla sus propias vacunas reformistas: la asistencia social, el reparto, la fiscalidad progresiva, etc. En consecuencia, capitalistas y reformistas se necesitan unos a otros para mantener el sistema tal y como está.

DELITO E IDEOLOGIA DOMINANTE

La desviación y el delito provienen del establecimiento de un sistema de prohibiciones de lo más diverso: cultural, moral, legal, social, etc. La ideología dominante determina de ese modo todo un conjunto de pares dialécticos de contraposiciones: el vicio y la virtud, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo normal y lo anormal, lo natural y lo antinatural, lo recto y lo torcido, etc.

Las prohibiciones son, como he dicho, de muy distinto carácter. Unas son extralegales y tienen su sede en convicciones religiosas, culturales o sociales no fijadas por normas jurídicas. Por ejemplo, la prohibición de escupir en público carece de respaldo legal. Otras tienen un respaldo legal pero no penal, como es el caso de la prohibición de la infidelidad conyugal por el artículo 68 del Código Civil, que puede dar lugar a una demanda de separación o a la desheredación, pero nunca a una sanción penal.

De manera que determinados aspectos de la ideología dominante disponen de un respaldo penal y, a su vez, la puesta en marcha de los instrumentos penales extiende y refuerza la ideología dominante. Si la ley penal criminaliza la blasfemia, refuerza la ideología religiosa, y si la cárcel impone la reeducación y reinserción (artículo 25.2 de la Constitución), está obligando a la asunción de valores extraños a un sujeto que, supuestamente, no estaba "dentro" de la sociedad, es decir, no aceptaba la ideología dominante.

La imposición de la ideología dominante tiene efectos distintos en una u otra clase. Entre la propia burguesía da lugar a los fenómenos de la hipocresía social, del disimulo y de la doble moral. Y entre la clase obrera ocasiona un grave problema de asimilación, de interiorización, especialmente por el contraste entre las pautas a seguir y los medios para conseguirlas. De ahí que la variante más importante a través de la cual se difunde la ideología dominante entre los trabajadores sea el reformismo.

La ideología dominante está concebida y dirigida para que la burguesía pueda ejercitar su papel dominante, pero fundamentalmente está para el consumo de la clase dominada, para que ésta asuma e interiorice su deber de obediencia y sumisión: la prohibición máxima es la prohibición de la resistencia, de la rebelión.

Por otra parte, la ideología dominante hoy no admite la división de la sociedad en clases sociales y pretende la recomposición de la unidad perdida, la obtención del consenso, de la adhesión, en definitiva. El sistema de prohibiciones y delitos estigmatiza las desviaciones de unos para reforzar la identidad de los otros, encasilla la dispersión de algunos para agrupar a todos los demás. La unidad de todos es también la igualdad de todos, su identidad: todos nos parecemos, la sociedad no es más que la suma de cada uno de nosotros; esa suma es posible porque sumamos cantidades homogéneas. La sociedad es, por tanto, homogénea e igual a nosotros mismos. La sociedad somos nosotros.

Un paradigma de todo ese discurso (para-fascista en definitiva) fue la breve intervención del alcalde de Vigo Manuel Soto en las IX Jornadas de Protección Ciudadana de octubre de 1990. La marginación -decía este alcalde- engendra violencia contra la que hay que reaccionar mediante lo que llamaba "políticas de afirmación democrática" que, por supuesto, debían ser consensuadas: "Habrá que buscar y trabajar -decía- por encontrar elementos comunes de discurso político que permitan un gran pacto social para la seguridad en las ciudades".

EL PUNTO DE VISTA DE LA CRIMINOLOGIA BURGUESA

La Criminología burguesa parte de una radical escisión de la sociedad entre los criminales, un sector muy minoritario, marginal, por un lado, y todos los demás, por el otro. Extiende la falsa idea de que existe un tipo de personas que son morfológicamente delincuentes que, además, presentaban una serie de rasgos físicos y psíquicos patológicos que los diferenciaban de los demás. Este tipo de sujetos debían provocar una reacción de la sociedad, que se veía obligada -y legitimada- para defenderse.

La sociedad -sostienen- tiene una "parte sana" y otra "enferma" sobre la que hay que actuar inevitablemente. El crimen -según estas opiniones- tiene poco que ver con la política, la economía o la ideología: es un fenómeno de la naturaleza como cualquier otra enfermedad (invertido, degenerado, pervertido, etc.). La Criminología se incorpora a las Facultades de Medicina, el delincuente se asocia al loco y ambos tienen el mismo "tratamiento clínico". De ahí que el artículo 4.2 de la vigente Ley Penitenciaria disponga: "Se procurará fomentar la colaboración de los internos en el tratamiento penitenciario con arreglo a las técnicas y métodos que les sean prescritos en función del diagnóstico individualizado". Como los enfermos, los presos también son objeto de dianóstico y en función del mismo, se les "precribe" el correspondiente "tratamiento". Es por ello frecuente oir a veces "Fulano es incapaz de hacer una cosa así": existe un patrón de delincuente totémicamente instalado en las conciencias de las personas que acaba en paradoja cuando la etiqueta recae en un familiar, un vecino o un compañero de trabajo.

Tales pretensiones "científicas" carecen de ningún fundamento, pero son las que hoy circulan y se manejan con más asiduidad, imponiendo un esquema ideológico del delito que va de abajo arriba. Existe el delito de robo porque hay robos, el de homicidio porque hay muertes, etc. Dentro de esta fantasía ideológica, el crimen se presenta también como "la causa" de toda una serie de fenómenos sociales (inseguridad, miedo) que a su vez requieren nuevas medidas sociales, policiales, etc. Al tomar el delito como causa y origen, se pretenden legitimar toda suerte de medidas demagógicas, cada una de ellas presentada como pócima milagrosa y remedio de muchos de los males sociales.

En realidad no existen "delincuentes" sino comportamientos sociales que aparecen criminalizados "desde arriba", desde el poder por una decisión que, en última instancia, carece de connotaciones científicas: es una pura configuración política, económica o cultural por la cual unos hechos "se convierten" en delito y otros no. Y por otra parte, toda la sociedad delinque y delinque, además, cotidianamente, como consecuencia de la progresiva criminalización de cada vez más extensas formas de comportamiento. No solo no es posible que nadie diga que no ha delinquido jamás, sino que no podría afirmar que no está delinquiendo todos los días. Cuestión muy distinta es ponderar las razones por las cuales unos delitos se persiguen y otros no.

La difusión de una ideología dominante fuera de la clase de la que proviene consiste, entre otras, en la creación de etiquetas, estigmas y símbolos que posteriormente circulan con vida propia, se transmiten "de padres a hijos" y se fijan poderosamente en las conciencias desde la misma infancia, constituyendo a la familia como el más poderoso vehículo transmisor de los patrones ideológicos dominantes.

Uno de esos patrones ha consistido precisamente es separar al delito del Estado, del poder y de la clase que lo domina, cuando ahí está justamente la génesis del delito y de toda suerte de desviación. Como escribe Matza, "el sujeto desviado está vinculado de modo permanente al Estado" . La Criminología positivista dio un paso al separar el pecado del crimen, pero no bastaba con erradicar lo sobrenatural: había que hacer lo mismo con lo natural y reconocer que, en realidad, todo es plenamente artificial, que el delito es una construcción humana impuesta, además, desde el poder del Estado, que no existe "en sí" sino como calificación y estigmatización externa. El robo no solo presupone la propiedad privada, que ya es mucho; presupone igualmente que determinadas acciones constituyen robo, precisamente esas y no las otras. Basándose en ese tipo de definiciones -legales y no científicas- se construye todo un sistema ideológico sobre lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo moral y lo inmoral, lo virtuoso y lo vicioso. Sobre la base de él se recompone la unidad y la cohesión de la mayor parte de la sociedad: hay ladrones, luego hay un peligro, un riesgo y una amenaza sobre todos los demás.

Este sistema es tanto más poderoso en cuanto se difunde con carácter absoluto fuera de cualquier clase de coordenadas de espacio, tiempo y modo de producción: lo justo es siempre justo y lo es para todos; lo bueno es siempre bueno y lo es igualmente para todos, etc.

ECONOMIA POLITICA DE LA MISERIA: EL LUMPENPROLETARIADO

El delito, en consecuencia, no es atemporal, no se fundamenta en principios milenarios, en criterios ancestrales, ni en valores culturales nacionales. Es un método de control social impuesto "de arriba abajo" que dosifica la desviación en función de determinados criterios políticos, económicos e ideológicos. Y más concretamente en su aspecto económico no es más que un método de regulación del mercado laboral que sostene un "ejército industrial de reserva" de mano de obra.

El mercado de trabajo no está condicionado por la demanda (los capitalistas) y la oferta (los obreros) sino por la existencia de una población obrera en activo y otra en paro: "A grandes rasgos, el movimiento general de los salarios se regula exclusivamente por las expansiones y contracciones del ejército industrial de reserva, que corresponden a las alternativas periódicas del ciclo industrial" . El capital actúa sobre ambos factores, de modo que es capaz de condicionarlos a ambos: crea la demanda de trabajo y aumenta la oferta de trabajo a través del "ejército industrial de reserva" para tener a la población obrera ocupada permanentemente presionada en dos frentes. El capitalismo se esfuerza por enfrentar a ambos sectores del proletariado porque "toda inteligencia entre los obreros desocupados y los obreros que trabajan estorba el libre juego de esa ley".

Marx distinguía tres formas de "ejército industrial de reserva" (el flotante, el intermitente y el latente) y añadía: "Los últimos despojos de la superpoblación relativa son los que se refugian en la órbita del pauperismo... El asilo de inválidos del ejército obrero en activo y el peso muerto del ejército industrial de reserva. Su existencia va implícita en la existencia de la superpoblación relativa, su necesidad en su necesidad, y con ella constituye una de las condiciones de vida de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza" . De estos despojos forma parte el lumpenproletariado cuyo volumen crece y se expande al mismo ritmo que la acumulación capitalista: "La población obrera crece siempre más rápidamente que la necesidad de explotación del capital... A medida que se acumula el capital tiene necesariamente que empeorar la situación del obrero, cualquiera que sea su retribución, ya sea ésta alta o baja. Finalmente, la ley que mantiene siempre la superpoblación relativa o ejército industrial de reserva en equilibrio con el volumen y la intensidad de la acumulación mantiene al obrero encadenado al capital con grilletes más firmes que las cuñas de Vulcano con que Prometeo fue clavado a la roca. Esta acumulación determina una acumulación de miseria equivalente a la acumulación de capital. Por eso, lo que en un polo es acumulación de riqueza es, en el polo contrario, es decir, en la clase que crea su propio producto como capital, acumulación de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud, de despotismo, y de ignorancia y degradación moral".

Tradicionalmente el "ejército industrial de reserva" se componía de campesinos y el sistema penitenciario se creó precisamente para habituarles al trabajo fabril: al ritmo, el calendario, el horario y la disciplina del taller mecanizado. La cárcel era la intermediaria entre el campo y la ciudad: nace con el capitalismo para "reconvertir" la superpoblación agrícola al trabajo industrial . En definitiva, todo el sistema penal burgués (jueces, leyes, cárceles) no es más que uno de tantos instrumentos de control social sobre la población. El sistema productivo deja al margen toda una masa de personas incapaces de incorporarse a su acelerada dinámica que, por unas u otras razones, van siendo encasilladas y clasificadas como objeto de la sospecha y el peligro: vagabundos, gitanos, okupas, homosexuales, drogadictos, trileros, punkis, locos, prostitutas, etc.

Hoy el cambio tecnológico y la reconversión salvaje no sólo expulsan a un creciente número de trabajadores del mercado de trabajo, sino que arrinconan a un creciente número de personas en un estado de "analfabetismo funcional" que les hace incapaces para desenvlverse en una sociedad cada vez más compleja y exigente. Ya no existen oficios para toda la vida; el aprendizaje debe ser permanente; los trabajadores en paro están obligados por el INEM a un reciclaje permanente y agobiante. En esta marcha vertiginosa, el proletariado va perdiendo sus unidades por millares en cada aceleración, que van a parar irremisiblemente al pelotón de los desviados.

La incorporación, tanto al sistema productivo como a otro tipo de mecanismos sociales (como por ejemplo la escuela) exige un esfuerzo (de comprensión, de habilidad, de relación) que no todos pueden realizar. Entre quienes no superan la criba se organiza el reclutamiento delincuencial, dentro de una espiral que se retro-alimenta a sí misma: se etiqueta la desviación y la marginación, lo que engendra inadaptación y rechazo y, en última instancia, intervienen los mecanismos penales que imponen la máxima estigmatización: la de delincuente. En definitiva, el encasillamiento y clasificación de comportamientos y colectivos desde el poder, por efecto de la ideología dominante, acaba creando el delito y el delincuente, que a su vez multiplica la marginación del sujeto: "La lógica de la prohibición -escribía Matza- crea una fuerte posibilidad de que el sujeto se haga todavía más desviado a fin de poder desviarse" . A determinadas categorías de personas, por ejemplo los homosexuales, se le vetan determinados trabajos, por lo que deben recluirse en otros (por ejemplo, los espectáculos de variedades, la peluquería) en los que la marginalidad es admitida, que acaban siendo trabajos marginales y para marginales, de manera que todos los que allí trabajan acaban siendo reputados como marginales y quienes ya eran marginales resultan aún doblemente marginados.

LA NUEVA POLITICA DE EXTERMINIO

Hoy las crisis ya no son cíclicas, el "ejército industrial de reserva" es mayor que el de trabajadores empleados y no es ya necesario tal volumen de superpoblación para regular el mercado de trabajo. Como expone Bergalli, "los detenidos no son aprovechables para rellenar las lagunas del mercado laboral"  y se plantea claramente su drástica reducción. La reinserción se planteó históricamente como fruto del trabajo del preso; pero ya no hay trabajo ni empleo que ofrecer; la cárcel se concibió como un mal, como un castigo, mientras que el trabajo hoy es una bendición, una suerte.

La reducción de la fuerza de trabajo en cantidades importantes sólo se puede obtener por medio de la guerra, pero tampoco hay que descuidar el creciente volumen de muertes a causa de la drogadicción, así como la difusión masiva de enfermedades infecciosas como el SIDA que puede permitir que a medio plazo una parte importante del "ejército industrial de reserva" vaya desapareciendo paulatinamente o se recluya en el sistema hospitalario. En España la cifra de presos, que se acerca ya a los 40.000, es más elevada que nunca y a ella hay que sumar otras 24.000 personas etiquetadas y recluidas como "enfermos mentales". La reconversión y sus secuelas (obsolescencia y envejecimiento prematuro del trabajador) han disparado los índices de alcoholismo, así como la tasa de suicidios.

El tráfico de drogas, además, abre nuevos mercados "legales" como son los de desintoxicación, en los que pululan todo tipo de sectas y religiones junto a un arsenal de "expertos" en la materia: psicólogos, médicos, pedagogos, asistentes sociales, etc., proceso al que no es ajeno el "informe Abril" en el que se proponen los primeros pasos para la privatización del sistema sanitario, lo mismo que hace unos años se sugirió la privatización de las cárceles. Ambas vías confluyen, en definitiva, en ponernos en manos de "profesionales" en condiciones de vida hospitalarias o de semi-reclusión. No es extraño que esos "expertos" hablen de los drogadictos como "pacientes" , o sea, como objetos de tratamiento, no como sujetos y artífices de su propia recuperación. Y no vacilan en presumir de un análisis progresista: el drogadicto no es un delincuente sino un enfermo. Aunque no requiera intervención quirúrgica, también debe ser anestesiado, e incluso el gobierno del PSOE preconiza -y ha legalizado- el tratamiento farmacológico basado en metadona, una droga de idénticos efectos que la heroína pero con estatuto legal.

La sociedad se "prisioniza" cada vez más, se convierte en un gigantesco campo de concentración para el control "científico" de la población. La rehabilitación social ya no es una política exclusivamente carcelaria: también fuera hay personas que deben ser "reinsertadas" en la sociedad. La sociedad debe cumplir el mismo papel que antes cumplía la cárcel, debe convertirse en cárcel. Un ejemplo es el Decreto 218/90 del gobierno vasco sobre residencias de la tercera edad, que obliga a redactar en cada una de ellas un "reglamento de régimen interno", definido como "el conjunto de reglas que disciplinan la organización y el desenvolvimiento de las funciones y actividades del Servicio Residencial", cuya redacción no la aprueban los ancianos sino la Administración Autonómica.

Mientras, las cárceles pierden su vieja función (doma y disciplina laboral fabril del campesinado) y se ciñen a la "seguridad", al aislamiento y exterminio  de los sectores más conscientes de la clase dominada. Hoy la cárcel, ha escrito Pavarini, "sobrevive como instrumento de modulación del terror de clase" . De manera que todo reconduce finalmente a la idea de exterminio que en cualquier momento puede transformarse en verdadero holocausto. Vamos regresando así hacia la etapa anterior al siglo XVI, cuando la inexistencia de recursos penales hizo del aniquilamiento el único remedio frente al delito, la pena de muerte como pena única y exclusiva.

El capitalismo monopolista extiende los sistemas "duros" de control social fuera de los muros de las prisiones. Antes el capital sólo contaba con la fábrica o la cárcel para regular el mercado o imponer su disciplina. Fuera de ambas esferas, el individuo quedaba abandonado a su propio arbitrio, fuera del control público, lo que engendró la idea del "derecho a la intimidad y a la inviolabilidad de domicilio". La idea era que la sociedad estaba separada del Estado y se autorregulaba. Hoy, normas como la "ley Corcuera", demuestran que se trata de imponer la disciplina en la calle , sobre los momentos de ocio, de tiempo libre y de esparcimiento. El control social se ha convertido en un control total, en fascismo puro y duro. Lo que antes era un control selectivo, sobre grupos sociales clasificados y estigmatizados (delincuentes, vagabundos, locos, inadptados, desviados o invertidos) ahora es control de masas y la política criminal, como ha expuesto Pavarini, se ha convertido en política de orden público  encubierta bajo el calificativo de "seguridad nacional" y más recientemente de "seguridad ciudadana".

La "despenalización" que asoma en el nuevo Código Penal (artículos 77 a 86), incluso con bendiciones progresistas, no solamente no es tal, sino que implica un control político sobre los colectivos fuera de los muros de las prisiones, en la calle ("probation", libertad vigilada, condena condicional, arresto domiciliario) y por toda una parafernalia de "profesionales" a sueldo del Estado. Resulta que esos "gastos sociales" de los que alardean los reformistas y sindicalistas no van a parar a los marginados, sino que se invierten en financiar a toda la red de burócratas gestores de los "servicios sociales". Ese "estado del bienestar" dedicado a la asistencia camufla así sus tentáculos con una apariencia benefactora y políticamente aséptica que, no obstante, sostiene Pavarini, "es la forma principal a través de la que se ejercita el control social".

Las dos vertientes del capitalismo (la explotación y la beneficencia, el liberalismo y el reformismo) se abrazan siempre en este punto: el mercado margina y los servicios sociales integran; la cárcel descompone y la asistenta social recompone; la policía destruye y la caridad reconstruye.

Apenas queda al cubierto el carácter represor de las funciones asistenciales, caracterizadas por desarrollar unos programas de control absoluto sobre la población marginada, por reforzar y acumular la información sobre la clientela dependiente de los barrios periféricos. Y lo que es más grave para el "estado de bienestar": la actuación de los servicios sociales multiplica y refuerza la marginación porque auxilian a algunos en detrimento de los demás, cuya situación resulta todavía más comprometida. Por ejemplo, el art.44 del Reglamento del gobierno vasco sobre el "salario social" dice: "Podrán quedar exluidos del cumplimiento de las contraprestaciones aquellos beneficiarios que, a juicio del preceptivo informe del servicio social de base municipal, constituyan personas inactivas sin posibilidad real de inserción en la sociedad y en el mercado laboral". Es decir, que el "preceptivo informe de los servicios sociales" puede convertir a un persona en absolutamente inhábil, no ya para el trabajo sino incluso para vivir en sociedad, alguien totalmente irrecuperable, el eslabón débil de la cadena. Y eso que, según la exposición de motivos de esta norma autonómica, el "salario social" se pretende configurar como "un paraguas protector, el último del sistema público de protección social al que accedan únicamente aquellas personas o colectivos que se escapan a través del reticulado de la red de dicho sistema público".

Las contradicciones son evidentes y mientras tras el "estado de bienestar" no hay más que un deliberado propósito de control social y diversión ideológica, resta constatar la saturación de mano de obra y el destino real que el Estado va a dar a esas decenas de miles de parias excedentes que deambulan por las calles y para los cuales el exterminio -directo indirecto- no aparece como absolutamente inverosímil. Sólo cabe discernir las formas en que se va a llevar a cabo para que todo encaje dentro del marco de esta Constitución.


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