MAESTROS COMPLUTENSES DE HISTORIA DEL DERECHO


 Don Manuel Torres López (1900-1987)

Joaquín de Azcárraga

Catedrático de Historia del Derecho

Universidad Nacional de Educación a Distancia

 

 

          Cuando recibí el encargo de redactar esta nota en memoria de don Manuel Torres López me sentí envuelto en muy encontradas emociones. De un lado, el vanidoso halago de que la Facultad de Derecho se acordase de mí; de otro, el deseo de no ser yo quien tuviese que escribir estas líneas, porque yo creo que no es una relación fría de sus obras o de los puestos académicos que desempeñó, ni siquiera una valoración de su aportación científica en el campo de la Historia del Derecho. Yo creo que esta nota debe servir para que quienes lo conocieron puedan recordarlo, pero, sobre todo, para que quienes no lo conocieron puedan hacerlo, y si es difícil conocer totalmente la dimensión de una persona, en el caso de Torres es imposible, no sólo por su gran magnitud, sino también por su propio empeño en mostrarse sólo parcialmente empujado por el deseo de no decir ni una palabra más de las precisas por miedo a ahondar heridas que él, como hombre bueno, en el sentido más amplio de la palabra, quiso siempre restañar y cerrar.

          Mis recuerdos se remontan al comienzo de mi carrera en el viejo y querido «caserón» de San Bernardo. Era catedrático de Historia del Derecho, en primer curso, el gran maestro don Galo Sánchez, y don Manuel, que impartía los cursos de Doctorado, el Decano de la Facultad. Mis primeras noticias sobre él las tuve en el mes de diciembre en la Fiesta del Rollo, fiesta en la que los alumnos de quinto curso parodian a los profesores de la Facultad, y en ella aparecía un Torres López vestido de domador y tratando a golpe de látigo al personal del Decanato, secretario y vicesecretario incluidos. Cuento esta anécdota porque desde que empecé a tratar a don Manuel, como colaborador honorífico en 1962 y ya más frecuentemente desde 1965 como ayudante de clases prácticas, jamás me lo he imaginado vestido de domador y dando latigazos; al contrario, he visto siempre en él al hombre que cuando tenía que llamar la atención a alguien lo hacía, quizá a gritos, pero procurando que sus palabras no pudieran herir. ¿Es quizá que quienes no lo conocieron personalmente confundieron su actitud enérgica con un autoritarismo casi irracional? ¿Es quizá que convenía creerlo así? y no me refiero a aquellos alumnos que muy pronto se volcaron en defender a su Decano, que a la vez se había jugado todo en defender a la Facultad y a los alumnos en los conocidos sucesos del 56.

          Lo sucedido entonces dejó en Torres profunda huella; sentía quizá la amargura del comportamiento de sus compañeros de claustro, que, con honrosas excepciones, le dejaron solo. Su cese como decano se publicó en la prensa y se repitió machaconamente en Radio Nacional, pero no apareció jamás en el Boletín Oficial del Estado, y esa ausencia de un cese formal, que él tantas veces alegaba, es quizá el único dato que denotó su desilusión. Pero no se crea que su lucha por mantener ese pequeño símbolo de autonomía universitaria, ese llamado fuero que impedía que las Fuerzas del Orden penetraran en el recinto universitario sin autorización del decano, había sido estéril. En el año 1956 penetraron las Fuerzas del Orden y las del desorden sin que el resto del claustro reaccionara contra ello; era el sometimiento total y sin lucha de la Universidad. Por ello Torres se marginó en alguna manera.

          Nunca dejó de dar sus clases, ni cuando fue Decano ni cuando desempeñó alguna Dirección General. Pero no se limitó a dar sus clases teóricas tres veces por semana, es que, además, enemigo de los exámenes, puso en práctica un nuevo sistema que le obligaba a acudir todas las tardes dos horas a las clases prácticas, en las que a través del manejo de fuentes, comentarios de texto, pequeñas pruebas de control, etc. , se calificaba a los alumnos, que sólo tenían que examinarse en el caso de querer alcanzar mayor calificación de la que habían obtenido por curso. Y esto en una época en la que el hecho de que los catedráticos fueran a la Facultad por la tarde resultaba ciertamente excepcional.

          Sus últimos años en la Facultad fueron también azarosos, porque como catedrático más antiguo le correspondió ocupar el Decanato en momentos difíciles, en los que una vez más don Manuel prestó grandes servicios a la Facultad adoptando posturas enérgicas ante las casi diarias entradas violentas de la Fuerza Pública en la Facultad, engañando al director general de Seguridad cuando éste exigía que se retiraran los carnets a los estudiantes y don Manuel se ocupaba de retirarlos, evitando que llegaran a la Puerta del Sol. Tampoco entonces le apoyaron ni entendieron algunos grupos de estudiantes que gozaban de libertad gracias a la actuación de aquel a quien denostaban.

          Y así llegó el 7 de noviembre de 1970; creo recordar que era sábado. Yo le acompañé a clase; él dio la clase con absoluta normalidad y al terminar se volvió hacia mí y me dijo: «A partir del lunes se ocupa usted; yo me he jubilado en este momento.» Así salió de la Facultad, en silencio. Quisieron que diera una última lección solemne, pero él se negó, no le entendieron; alguno se sintió incluso molesto, pero él se mantuvo coherente con la postura que había adoptado el año 56.

          Su actividad académica no terminó, sin embargo, con su jubilación; continuó impartiendo clases en la Universidad Autónoma de Madrid como profesor contratado. La razón es que en el plan de estudios de dicha Universidad habían suprimido la asignatura de Historia del Derecho, sustituyéndola por unas lecciones que se explicaban como apéndice del programa de Derecho Romano, bajo el epígrafe de Fuentes históricas del Derecho Español. También allí tuve ocasión de colaborar estrechamente con don Manuel y fui testigo de la ilusión con que de la nada creó la biblioteca de Historia del Derecho, organizó la enseñanza, impartió clases, atendió personalmente a los alumnos, pues diariamente permanecía de nueve y media a dos de la tarde en la Facultad. Cuando se modificó el plan de estudios y se implantó el plan del 53, se hizo cargo de la Historia del Derecho, y aún con más ahínco dedicó sus esfuerzos a organizar un Seminario de Historia del Derecho, dotado de suficientes fondos bibliográficos.

          Tampoco entonces le entendieron. Algunos le acusaron de querer prolongar indebidamente su vida académica cerrando el paso a otros compañeros que pudieran querer ocupar esa plaza. Quienes eso afirmaban desconocían, sin duda, que en el contrato que le ligaba con la Universidad había una cláusula, impuesta por Torres, que decía que el contrato terminaría automáticamente en el momento que alguien se hiciera cargo de la asignatura; ignoraban que si la cátedra no salía a oposición o concurso era por las maniobras de quienes querían suprimir la Historia del Derecho del plan de estudios o temían que quien pudiera ocupar esa cátedra no fuera persona grata para quienes de alguna manera mantenían el control de la Facultad.

          Si fecunda fue su vida académico-docente, su calidad humana es sin duda lo más destacable. Desde 1965, de Torres he aprendido mucho, no sólo Historia del Derecho, he aprendido lo que es o debe ser la Universidad, he aprendido a ser tolerante con los demás, he aprendido, en definitiva, todo lo que de un verdadero maestro universitario se puede aprender, especialmente cuando, alejado ya de toda actividad docente, sus discípulos nos reuníamos con él en su casa los sábados y pasábamos las tardes en agradable tertulia, donde siempre, respetando las opiniones de los demás, afablemente las combatía o compartía, mostrando en todo momento su gran inteligencia y su grandeza de espíritu.

          Torres ha muerto, pero sus enseñanzas perduran y sus discípulos, bajo la dirección de aquel a quienes Torres, por antigüedad y méritos, entregó su testamento espiritual, procuramos que así sea.


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