MAESTROS COMPLUTENSES DE HISTORIA DEL DERECHO


MANUEL TORRES LÓPEZ

 

          Con total propiedad, dentro de la Andalucía del siglo XX, Granada puede denominarse la ciudad de los catedráticos. Por espacio de varias décadas, el esqueleto docente de muchas universidades españolas se ha construido con sustancia granadina. El déficit económico de la aportación andaluza a la renta nacional se ha compensado así con su caudal intelectual... En línea avanzada de esta presencia científica se encuentra el quehacer de uno de nuestros primeros historiadores del Derecho: Manuel Torres López, que tuvo la fortuna de nacer en un hogar donde la cultura se estimaba como uno de los grandes bienes humanos. La ciudad de los Cármenes fue en su infancia y juventud no sólo Granada la bella, sino también Granada la oculta. En un ambiente en el que se cotizaban numerosos valores en alza y en potencia, la inteligencia y firme carácter de Torres López atrajeron esperanzas y elogios. Su pensionado germano no significó ningún derroche del presupuesto estatal y apenas llegado a ese año que Ortega consideraba decisivo en la vida de los hombres -los veintiséis-, Torres López era compañero de claustro de Unamuno. Hasta el hundimiento de la Monarquía el trabajo docente fue duro. Periódicas y excelentes monografías aparecieron sin interrupción en el recién creado Anuario de Historia de Derecho, rematadas algo más tarde con un insuperable manual.

          Vino la República y con ella la movilización de los católicos. Proyectos y planes se aplazaron y la política se enseñoreó de energías y ambiciones. Figura destacada de la A.C.N.P., el catedrático salmantino cooperó activamente con su colega de Facultad, Gil Robles, en la fundación y desarrollo de la C.E.D.A. En la guerra, su crédito siguió escalando cotas. Propuesto rector de la más célebre Universidad española, renunció a ello por honrosos escrúpulos morales. La designación para la Alcaldía de la misma ciudad salmanticense fue más difícil de rechazar y durante un año la desempeñó con probidad y eficacia. En la pleamar falangista, el democristianismo estaba en baja. La nostalgia de la Alhambra  se acentuó hasta el extremo de retornar a ella como profesor -de su primer centro educativo. Pero Madrid era Madrid incluso en los «años difíciles»... Numerario de la Facultad Complutense de Derecho, el atractivo de la vida pública renació en el afamado historiador, que se hizo cargo de un puesto clave en la maquinaria del Poder, en el momento en que comenzaba a despuntar, en la lucha entre el Eje y los Aliados, la aurora de la libertad. Don Manuel es un hombre de convicciones, no de oportunismos ni claudicaciones. Colocado ante un dilema de conciencia conjugó, ante el asombro de propios y extraños, el verbo dimitir.

           De nuevo la Universidad con sus trabajos y sus días. En 1955, una segunda gestión gobernante tan huidiza como la anterior. La llamada de Arias Salgado para que cubriera el hueco dejado por García Escudero en la Dirección General de Cinematografía y Teatro, revelaba los amplios saberes del humanista Torres López. Su rápido abandono del cargo por imperativos éticos dejaba bien claro en su conducta, la subordinación de la conveniencia y provecho personales a la moral. Designado decano por segunda vez, los sucesos de febrero de 1956 le tuvieron como protagonista axial. Al defender el fuero académico de los estudiantes, fue puesto manu militari en la frontera francesa tras una tensión muy viva con viejos compañeros y camaradas. Pero también en esta ocasión iban a equivocarse los que pensaban que don Manuel podía alistarse en otras banderas que no habían sido las de su juventud. Tras regresar  poco después sin contratiempo alguno a las funciones académicas, la página de la política activa  quedaba para siempre doblada en su biografía. La atención a discípulos predilectos, el cultivo íntimo de aficiones y placeres del espíritu, la ensoñación un tanto dolorida de lo que pudo ser y no fue, ocuparon una existencia ordenada y laboriosa, como lo prueba el que tras su jubilación oficial siguiera durante varios años desempeñando como profesor contratado su disciplina de Historia del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid.

           Aunque Andalucía no se ha beneficiado particularmente del trabajo de uno de los estudiosos que han cimentado firmemente la rama historiográfica más prestigiosa de nuestro mundo científico -la de los historiadores del Derecho-, ciertos retazos del pasado meridional se han visto aclarados por el esfuerzo interpretativo de Torres López. Entre ellos, colocados forzosamente en un trance selectivo por razones de espacio, haremos mención especial del estudio sobre el señorío de Benamejí, que marcó las pautas para el análisis institucional de una realidad social, económica y política omnipresente en toda la Europa bajomedieval y moderna; pero de manera muy primordial en nuestra tierra, en cuya textura actual aún son perceptibles algunas de sus huellas, no especialmente positivas. Tal vez para borrarlas, su investigador se sumergiese en el tumulto de la vida pública en una noble decisión que hoy, a la vista de los resultados y del estado de la Universidad española, acaso ponga una nota de melancolía en el ánimo del apresurado biógrafo”.

 Cuenca Toribio, José Manuel, “Manuel Torres López”, en Semblanzas andaluzas (Galería de retratos), Madrid, 1984, 84-86.


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