MAESTROS COMPLUTENSES DE HISTORIA DEL DERECHO


La Memoria de Torres López: estableciendo el modelo

por Raquel Medina Plana

 

            La oposición de Torres López, celebrada entre los meses de febrero y marzo de 1926, será la primera ocasión en la que se aplique la nueva exigencia de una Memoria[1]. El opositor titula su trabajo  (mayúsculas y subrayados son suyos): MIS IDEAS SOBRE EL CONTENIDO Y ENSEÑANZA DE LA “HISTORIA” y de la “HISTORIA DEL DERECHO ESPAÑOL”. Por si tal enunciado no fuera suficientemente revelador del tono que Torres quiso dar a este trabajo, en su exposición comienza por destacar el carácter personal de los contenidos de esta Memoria, de estas “sus ideas”, lo que justifica por haber adquirido estas ideas “no sólo en libros”, sino también a través de su experiencia pedagógica y como estudiante (adelanta aquí, aunque más tarde tendrá ocasión de reiterar las alusiones, la mención a sus estudios en Alemania, a lo largo de los cursos de 1924 y 1925[2]), y también por entender que la disposición que vino a exigir este tipo de trabajo como requisito añadido en los ejercicios de oposiciones estaba solicitando, “más que un estudio general, erudito y teórico de los problemas todos de concepción y metodología históricas”, una exposición de “los resultados que estén concordes con la peculiar concepción de cada cual”[3]. Inmediatamente después matizará que ello no significa prescindir de toda fundamentación científica, sino que, muy al contrario, considera un gravísimo defecto en la investigación histórica la falta de aparato crítico. No obstante, la tensión entre su discurso propio y el de las citas bibliográficas se percibe a lo largo de toda la obra, y parecerá en ocasiones que sólo a contracorriente cede la palabra a  otros autores, “puesto que se nos pide científico apoyo a nuestras ideas”[4]. Pero queda también en esta introducción su bienvenida a la aparición de esta nueva exigencia de reflexión sobre los problemas metodológicos, que entiende “entran totalmente dentro del contenido de nuestro trabajo”.

            La Memoria está dividida en cuatro partes. Las tres últimas se ajustan con exactitud a lo exigido en el enunciado del Real Decreto: lo que éste pide al opositor, recordémoslo otra vez, es una exposición de “su manera de entender el contenido, carácter y límites de la disciplina cuya Cátedra es objeto de provisión; el método y el procedimiento pedagógico de enseñanza que emplearía; las fuentes y medios necesarios para su estudio”. El opositor Torres ha entendido que cada una de estas frases es una demanda separada, y, como decimos, dedica a cada una una parte de la Memoria.

            Pero el desarrollo de esta tríada no comienza hasta casi la mitad del grueso de la Memoria, a partir de la página 119 de las 307 totales. Las páginas anteriores constituyen algo más que una introducción: es toda una parte primera, en la que se ocupa de reflexionar sobre cuestiones de concepto. Asunto sin embargo no exigido por el Real Decreto (sí lo será, como vimos, en el Reglamento de 1931, que ya habla de “concepto, método, fuentes y programas”). Así pues, Torres se adelanta en doce años a esta exigencia, y lo hace llevado por las propias exigencias de su desarrollo teórico: “No hay ni que ponderar la necesidad de hablar del concepto de la Historia, de la ciencia histórica y de su objeto, problemas éstos tan enlazados -por el objeto llegaremos al concepto, construyéndolo peculiarmente- y al propio tiempo tan capitales guías en las cuestiones del conocimiento, investigación, exposición y sistematización de la materia histórica”[5].

            Torres reflexiona sobre el concepto de la asignatura partiendo del concepto de Historia, para lo cual repasará las más recientes concepciones de la Historia generalista, partiendo de la base de que estas nuevas concepciones deben necesariamente tenerse en cuenta a la hora de acercarse a la definición de la Historia del Derecho. Sigue aquí el postulado desarrollado por Dopsch con motivo de la polémica centrada en su artículo sobre el Capitulare de Villis. Se trata de una discusión candente en los meses inmediatamente anteriores y posteriores a la oposición de Torres; la polémica queda recogida en los primeros números del Anuario de Historia del Derecho Español, con artículos traducidos por Ramón Carande: se publicará en primer lugar la crítica de Ernest Mayer[6] y en el segundo tomo, de 1925, la respuesta del propio Dopsch a ésta y otras críticas[7]; continuará en el número 3 del Anuario con un artículo de Marc Bloch[8]. Torres adopta la postura de Dopsch, en especial “en cuanto a la necesidad de enlazar la Historia del derecho con sus ciencias afines haciendo que desaparezca totalmente esta contradicción sólo penosa y encubierta, entre ellas y el perfil general de la Historia del Derecho y de la Economía[9]. Es necesario resaltar aquí, dejando aparte por el momento su llamada a la historia de la economía, algo cuyas implicaciones tendremos más adelante ocasión de comprobar: Torres parte de la base, teóricamente impecable, de la necesidad de estudiar las interrelaciones de la Historia del Derecho con otras disciplinas históricas, y en especial con las más recientes; ésto le llevará a plantearse cuestiones de filosofía de la Historia, de donde deducirá -siempre partiendo de una determinación previa del objeto- un concepto de Historia en general, que aplicará luego a la Historia del Derecho. En este nivel de abstracción, más que relacionar una y otra ciencia, Torres las identifica. Así, será frecuente leer: “por lo que atañe a la Historia, y por lo tanto también a la Historia del Derecho”... Es decir, su concepto de Historia del Derecho parte de su concepto de Historia, e incluso, más tarde, lo veremos aplicar esta misma concepción a la propia ciencia del Derecho. Para Torres, podríamos decir, la distinción entre Historia e Historia del Derecho es puramente disciplinar, o de contenido, mientras que a un nivel más abstracto considera a ambas parte de la misma ciencia.

            Pero veamos paso a paso cómo se desarrolla su exposición. Comienza, como ya dijimos, resaltando la importancia de la reflexión sobre concepto y método. Una reflexión que entra “totalmente dentro del contenido de nuestro trabajo”, pero que, además, considera totalmente imprescindible en el momento actual, en el que se están produciendo cambios sustanciales en la manera de concebir la Historia. Siguiendo la propuesta de Dopsch de apertura a otras y nuevas ciencias, la Historia del Derecho ha de recibir (o, dependiendo del caso, defenderse de) la influencia de: a) la nueva concepción teleológica y valoración procesual de la Historia; b) una ciencia que “como tal es nueva”: la Historia de la Economía; c) la sociología (o, más específicamente, su “renacer violento”, que “amenaza invadirnos, confundirnos, perturbarnos”); d) las nuevas aportaciones de las ciencias auxiliares; e) la “liberación” de toda concepción dogmático-jurídica previa ante el hecho histórico, y f) la agudización del espíritu crítico ante las fuentes.

            “A modo de ejemplo” tratará, en primer lugar, de la influencia de la “Historia de la Economía”: la aparición de esta nueva ciencia, dice, ha traído como resultado que en los nuevos estudios sobre instituciones jurídicas -surge ya el término “historia de las instituciones jurídicas”, que más tarde relacionará con la superación de la “historia de la legislación”-, éstas vayan necesariamente enlazadas a la problemática económica. Se apresura a matizar que ello “no significa en nada -bien visto, al contrario-” una asunción de los planteamientos del materialismo histórico. Para él, esta influencia es una ampliación del contenido de la Historia del Derecho. En este sentido, hace una cierta relegación de tales planteamientos, al entenderlos como “conocimientos”: unos conocimientos que si bien necesarios, constituyen únicamente una aportación, por muy importante y previa que sea, a la investigación de las instituciones jurídicas. Pero también algo más, y aquí hay que llamar la atención sobre otra introducción terminológica: la atención a las “instituciones económicas y sociales” va a prestar “un contenido de vida real” a la Historia del Derecho[10]. El término es instituciones, o bien problemas: no “fenómenos”, aunque sea precisamente una concepción fenomenológica la que se esté formulando; pero solo más tarde, al abordar el planteamiento teleológico de la Historia, y citando a Kant, se decide por este término. Algunos autores han señalado que es precisamente esa concepción fenomenológica del derecho lo que impide que en  líneas generales la Historia del Derecho postulada en esos términos saque partido del impulso que los planteamientos materialistas podían aportarla[11]. Aquel contenido de “vida misma” es lo que dota, sí, de “contenido material” a la ciencia de la Historia del Derecho, que así “dejó de ser algo formal”. Es pues, mucho más que esa mera ampliación de contenido que antes explicitó: hay un cambio fundamental en el objeto de conocimiento. Pero esto no lo explicita con tanta decisión; más allá de una posición doctrinal determinada podría estar pesando la valoración ideológica que en la época se hacía de la historiografía materialista[12].  En las siguientes Memorias vamos a encontrar recatos similares. Habría que recordar lo que dijimos al principio sobre los condicionantes a que estos autores se ven sometidos en un contexto opositor: sin duda, hay en su actitud alguna previsión del impacto que tales planteamientos pueden tener en los círculos científicos de la época y en el campo más específicamente académico de la Historia del Derecho española. El efecto de auto-censura que resulta de esta previsión, aún más fuerte por la propia naturaleza de este texto (la “visión” personal sobre la materia, exigida reglamentariamente y asumida, aquí, como presupuesto informador del texto de la Memoria) puede estar pesando en la tensión del discurso que acabamos de observar en la Memoria de Torres. En este trance, el opositor se apresura a “legitimar” sus ideas con citas que son, además, de los materiales bibliográficos que pueden resultar más cercanos a sus interlocutores en la oposición: como ilustración de esta renovación, cita los Anuarios de Historia del Derecho Español de 1924 y 1925, y en especial el ya citado artículo de Dopsch.

            En todo caso, interesa dejar claro cuanto antes, y para todo este análisis, que cuando se habla aquí de intenciones o de previsiones que se achacan a los autores que estamos leyendo, no se está aludiendo a planes racionalmente calculados, a estrategias surgidas de una comprensión global del campo científico o disciplinar en el que estos autores se encuentran. Como hijos de su tiempo, tal comprensión les está vedada: carecen de la perspectiva que el transcurso del tiempo puede ofrecer. Pero ello no es razón suficiente para que nosotros no podamos tenerla en cuenta. Incluir tales factores en nuestro análisis puede despertar críticas que consideren que se está pecando de subjetivismo. Más bien al contrario, de lo que se trata es de resaltar lo que de objetivo puede hallarse en las conductas -las prácticas- de los individuos, de los actores en cuestión. Es evidente que tampoco podemos aquí proceder a desmontar el conjunto de esquemas generadores de prácticas anteriores a la reflexión individual en este contexto[13]. Pero sí podemos resaltar que la función inmediata de estos textos es la oposición: es la obtención de una plaza dentro de la jerarquía universitaria, con todas las restricciones que ello implica. Una práctica (la función opositora para nuestros autores) que es necesario tener en cuenta ante todo en un análisis de los desarrollos teóricos de estas Memorias.

            Cerrado “este paréntesis” -así lo denomina Torres- sobre “las nuevas ciencias”, el autor emprende la discusión del concepto y del objeto de la Historia, que entiende como problemas enlazados y también, como ya vimos, en una sucesión peculiar: “por el objeto llegaremos al concepto, construyéndolo peculiarmente”[14]. Comienza con una aproximación puramente metodológica. De García Villada, autor ocupado en estas cuestiones[15], toma la separación de distintas “acepciones” de la palabra historia: la investigación de los hechos; el conocimiento de los mismos, y la exposición por escrito, acepciones que Torres recoge, aún con un relevante -o, al menos, revelador- cambio de lugar respecto a la formulación de García Villada, al anteponer el conocimiento a la investigación. Añade, además, la “sistematización” a la exposición. Al no entrar Torres en mayores desarrollos, no se puede precisar si estas variaciones introducidas son efectivamente relevantes. Pero sí lo es, ya por sí misma, esta concepción de la tarea del historiador dividida en distintas operaciones, siendo éstas tan heterogéneas como las arriba enumeradas. Situar en un mismo nivel de análisis la investigación de los hechos, o su exposición, y su “conocimiento” implica una relativización de este último, que quizá Torres quiso paliar al cambiar el orden de enumeración. Que no pase a desarrollar sistemáticamente cada una de estas operaciones deja un vacío sobre una cuestión crucial: la relación entre la recogida de los hechos y su posterior clasificación y agrupación para dar lugar a la síntesis. Veremos que en otras Memorias se logrará avanzar algo más en esta dirección, aún sin llegar nunca a enfrentarla directamente. 

            Seguidamente, y -según afirma- llevado únicamente por la intención de dar unidad a su exposición, aborda otra cuestión, de la que, según dice, “con gusto no hablaría”. El tema en cuestión, que expresamente quiere separar del desarrollo de su Memoria, para patentizar el rechazo que parece producirle, es la pregunta de si la Historia es o no una ciencia. En la primera nota[16] advierte ya de que no va a hacer aportaciones personales sobre el tema, y nos remite a las Cuestiones modernas de Historia de Altamira, además de otros autores. Para hacer más patente su disgusto por “tener” que hablar de este tema, presenta sus conclusiones inmediatamente, como para subrayar que no ha querido desarrollar una aportación propia, y las enuncia además con un llamativa brusquedad, muy expresiva de su rechazo: “Mis conclusiones son: la Historia es desde luego una ciencia; la Historia entra en el concepto de las ciencias culturales de Rickert; la Historia es la ciencia cultural por excelencia; no confundamos ni en conceptos ni en métodos las ciencias culturales y las naturales”[17].

            ¿Qué hay detrás de este rechazo? ¿Qué es lo que hace a Torres querer patentizarlo de una forma tan contundente? Adelantemos que, a pesar de su manifiesta pretensión de aislarlo, de tratarlo rápidamente para dejarlo cerrado lo antes posible, veremos cómo no lo consigue: al contrario, esta cuestión va a informar el cuerpo de la Memoria por entero. Es más: el resto de las Memorias va a sufrir un similar contagio expansivo de esta cuestión. Parece claro que estamos ante un tema importante, que se sobrepone a otras preocupaciones más específicas, incluida la conformación de la propia ciencia histórico-jurídica en el campo de la Historia o en el del Derecho. Detrás de cada uno de los apartados, y esto se repetirá en todas las Memorias que nos ocupan, lo que está latiendo con fuerza es la oposición entre la historia y las ciencias naturales, que sin duda es el tema de la época. El tono exasperado con que se aborda provendría de las numerosas implicaciones, científicas y disciplinares, de esta distinción. La oposición entre la historia y las ciencias naturales resulta esencial, porque es partiendo de ella como se articula la construcción del concepto y naturaleza científica de la Historia, y, por ende, de la Historia del Derecho. Este enfoque a la defensiva va a lastrar la reflexión metodológica, impidiéndola alzar vuelo hacia una aproximación menos mediada y, por tanto, verdaderamente epistemológica, de su tarea como científicos[18].

            La cuestión, tal y como se plantea en las Memorias, no es, aparentemente, una de actualidad. El desarrollo de las ciencias naturales viene del siglo XVII: las “ciencias de la cultura”, como estos opositores, de acuerdo con Rickert, denominan a la categoría que acoge a su ciencia, habrían tenido tiempo para sobreponerse al golpe. En realidad, desde esta óptica, toda la actividad de la Escuela Histórica podría interpretarse como una respuesta a las pretensiones hegemónicas de los “naturalistas”, logrando una consideración científica para los estudios sobre la cultura ya a principios del siglo XIX. Entonces, ¿qué es lo que hace que el tema siga siendo vital en los comienzos del siglo XX? En primer lugar, anotemos que nuestros opositores no contextualizan esta cuestión. Únicamente López Ortiz, siguiendo muy de cerca a Von Below en un artículo publicado en el tomo tercero del Anuario[19] -artículo que ya conocía Torres: en su Memoria anuncia su próxima publicación- , va a apuntar la antigüedad de esta cuestión, para sólo en parte relativizarla. Según él, como ya veremos, el origen de la polémica puede encontrarse en la Escuela Histórica alemana, que, en un ambiente “de cuasi hostilidad” al naturalismo -representado por el movimiento enciclopedista- concibió una metodología y una elaboración de la Historia del Derecho, a las que considera en gran medida definitivas[20]. No yerra López Ortiz, o más bien Von Below, al ubicar el origen de esta discusión en los principios del siglo XIX. Sin embargo, esto no explicaría la preocupación que la misma sigue suscitando entre sus contemporáneos. El problema es algo más complejo, y se extiende a otros aspectos como la posición de la Historia del Derecho del momento ante el positivismo, así como ante el materialismo histórico, pues los argumentos esgrimidos para rechazar lo uno o lo otro son los mismos. Ahondar en esta polémica supone, pues, un acercamiento a los temas de índole científica e intelectual que más pesan en estas Memorias.

            Efectivamente, es la Escuela Histórica la que dota de rango científico a la Historia del Derecho, o más ampliamente, a la Historia en general. Y no por sabido hay que olvidar que esta Escuela surge como reacción al Enciclopedismo, y a su correspondiente desarrollo de las ciencias naturales. Así lo reconoce el mismo Von Below en el artículo citado. Esta situación de partida instaura lo que después se consagrará como principio: la constitución científica de la Historia siempre a remolque y como reacción ante los avances de las ciencias naturales. Y lo que fue una reacción científica se internaliza ya por los investigadores de la historia como oposición ciega a todo lo que recordara a “métodos naturalistas”. Pasa a ser un patrón de conducta, en el que sin duda está pesando el temor a la pérdida del poder -intelectual y social- que disfrutaban los historiadores, tanto o más que el proyecto en sí mismo de desarrollo científico. El problema es que este esquema de conducta va a devenir en cerrazón a nuevos planteamientos científicos. La reacción a las ciencias naturales se va a convertir así en oposición radical al positivismo, y en esta nueva lid la conducta defensiva va a tomar tintes agresivos: ya vimos a Comte calificado de “ave dañina”.

            Naturalismo y positivismo se confunden[21], y la actitud de defensa cerrada impedirá tomar distancias y sacar lo aprovechable de los nuevos enfoques. El Curso de filosofía positiva se interpreta así únicamente como un nuevo ataque a la Historia, en cuanto le niega un rango científico que sólo tendría la nueva ciencia de la Sociología. En el debate de la época, la cuestión de fondo no era tanto la de los fundamentos científicos, sino la relación a mantener con la Sociología académica. Lo más llamativo del tratamiento que nuestros autores dan a la sociología es el que no entren ni por un momento en los temas más sustantivos derivados de las principales aportaciones teóricas de esta ciencia; los problemas que se les plantean son muy otros, tienen un peso específico que es sobre todo disciplinar, en el sentido en que este término se contrapone a lo puramente científico; son de una índole fundamentalmente corporativa. Principalmente, se plantea la supervivencia de la historia como ciencia frente al ímpetu de la sociología; es, desde luego, un problema que se refiere a la propia sustantividad del conocimiento histórico.  El proyecto sociológico de Comte no niega la Historia, ni la utilidad de las tareas que realiza. Más bien al contrario, considera esencial su labor, pero desde una perspectiva instrumental. En este sentido, para los historiadores Comte hace algo peor que negar la Historia: según su concepción, los sociólogos vendrían a trabajar sobre ella, sobre la recopilación y comprobación de los hechos que los historiadores llevan a cabo. Partiendo de ello los sociólogos procederían a descubrir las conexiones causales entre esos hechos, y enunciarían las leyes que los ordenan. Ante tal panorama, la reacción primordial de los historiadores académicos es de alerta frente al peligro de que la Historia, en cuanto ciencia de lo particular, se transformase en una simple cantera de hechos para las ciencias sociales. La identificación del positivismo con el naturalismo hace que el surgimiento de aquel sea ubicado en una ya instalada actitud de animadversión; para los historiadores este nuevo programa de las ciencias sociales se presenta como una reedición de las intenciones enciclopedistas, que tuvieron la osadía de adelantárseles en la construcción científica. No es de extrañar, pues, que en el intento del positivismo de construir leyes explicativas, sólo vean una pretensión de utilizar por analogía las leyes sacadas de la ciencia natural, desvirtuando así por completo el objeto de estudio, la sociedad. Por otra parte, este segundo “embate” de las ciencias naturales que a ojos de los historiadores constituye el positivismo,  encuentra enfrente a una Historia mucho más reforzada y segura de sí misma: una Historia que, a través fundamentalmente de los métodos críticos de la filología, disfrutaba de un método mucho más definido, sistemático y consciente de sí de lo que fuera medio siglo antes. Este es otro factor que hace que desde la Historia se rechace lo que en otro contexto tal vez hubiera podido interpretarse más favorablemente como un proyecto de construcción conjunta: reforzados, los historiadores rechazan un programa que relegaría a sus tareas a la consideración de auxiliares, precisamente en un momento en el que su actividad ha ganado peso científico. La “invitación” de la sociología se juzga deshonrosa; del otro lado, habría también que señalar que la actitud de esa Sociología académica con la que los historiadores tenían ahora que compartir su sitio era también un tanto premiosa e interesada[22].

            Esta es la situación denunciada por la bibliografía que citan nuestros opositores. Sin embargo, después del Curso de filosofía positiva se va a producir todavía un giro esencial en esta cuestión: el evolucionismo. En 1859 se publica El origen de las especies; ya antes, en los círculos científicos, la concepción de la naturaleza como un sistema estático donde todas las especies eran -de ahí su nombre- creaciones especiales, había sido superada por una concepción de las especies surgiendo dentro de un proceso temporal. El efecto de este descubrimiento fue aumentar el prestigio del pensamiento histórico[23]. Sin embargo, para la Historia, este acercamiento entre la Historia y las ciencias naturales supone un grave peligro: sacar como consecuencia la idea de que el progreso histórico dependía de la misma llamada ley de la naturaleza y de que los métodos de la ciencia natural, en su nueva forma evolutiva, eran adecuados para el estudio de los procesos históricos. Las prevenciones contra el evolucionismo se relacionan, a través del naturalismo, con las que se observan también hacia el materialismo[24].

            La obra de Rickert, en especial su Ciencia cultural y Ciencia natural, traducida al castellano unos años antes por García Morente, como dijimos uno de los principales representantes del neokantismo en España, va a ser, como también lo será para los demás autores, el principal apoyo en su posición sobre el tema, en su defensa de esa autoconscientemente ambigua categoría de “ciencias culturales”[25]. Rickert había publicado en 1896, en el mismo Friburgo en donde más tarde vendría a estudiar Torres, su primera obra; perteneciente a la escuela neokantiana de Baden, su principal preocupación es la de ahondar mediante la filosofía en la distinción entre naturaleza e historia, distinción que, constituida en lugar común a lo largo de todo el siglo XIX, estaba desde luego necesitada de revisión. En este empeño habría que situar también a Dilthey, con su Introducción a las ciencias del espíritu, y a Windelband (su Discurso Rectoral pronunciado en la Universidad de Estrasburgo en 1894, Historia y Ciencia Natural, conoció una amplia difusión); sus intentos, aunque diferentes entre sí, apuntan en conjunto, como herederos todos de la perspectiva kantiana, a una construcción en negativo de la cientificidad de la Historia[26]. Debido a ello, caen, en numerosas ocasiones, en la trampa que precisamente tratan de salvar: el intento de definir a la Historia con los mismos parámetros de las ciencias naturales. Es en este sentido en el que hemos calificado de ambiguo el propio término de “ciencias culturales”, que Rickert acuña[27]: intenta ocultar la profunda diferencia entre historia y ciencias naturales, pero siguiendo justamente el patrón de estas últimas, aunque la intención explícita sea la de distinguir radicalmente la una de las otras, y resaltar positivamente lo característico de la historia frente a las ciencias naturales. Al tratar de defenderse del positivismo, se cae en su misma trampa: del intento de Rickert dice Collingwood: “Considera la naturaleza a la manera positivista, como dividida en hechos separados, y luego pasa a deformar la historia considerándola de manera similar como un conjunto de hechos individuales que difieren supuestamente de los hechos de la naturaleza sólo en que son vehículos de valor”[28]. La concepción axiológica, la referencia a los valores ya había aparecido en la construcción de Windelband, en especial en su Introducción a la Filosofía, en donde distingue entre teoría del conocimiento y teoría de los valores; la historia, para Windelband, pertenece indudablemente a la segunda categoría teórica. De aquí se puede deducir que lo que hace el historiador con lo individual no es conocerlo ni pensarlo, sino intuir de alguna manera su valor, actividad afín a la del artista.

            Sobre este aspecto incidiría el mismo Torres pocos años después de su oposición, en una conferencia dada en el Centro de Intercambio Intelectual Germano-Español, en diciembre de 1930, con el título de La Historia como obra de arte. Y lo hace afirmando que, más allá de la calidad estética que pueda tener el resultado final de la investigación histórica, es la propia tarea del investigador la que se inviste de cualidad artística. Apunta así con finura la diferencia entre La Historia considerada como obra artística -título del Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia de Marcelino Menéndez y Pelayo en 1883- y La Historia como obra de arte, título de su propia conferencia: “Parece que se fluctúa entre la idea de estudiar la Historia en su ropaje y su posible aspecto artístico y la médula misma del problema: la naturaleza verdaderamente artística de la intuición del Historiador, que ante el cúmulo de datos los coordina, los interpreta, los traduce, los desarrolla, los construye; en una palabra, creando o resucitando -dando nueva vida- las vidas que murieron y que los datos encierran y acariciadoramente velan y difuminan”[29]. Interesa a Torres defender que una tal concepción no va en descrédito de la objetividad propia del historiador: “El artista puede dejarse llevar de su fantasía; el poeta, de crear, en el más amplio sentido, puede manejar a sus concepciones en la forma que desee, mientras que el historiador, sujeto siempre a la realidad, dominado por las necesidades de la objetividad y la verdad histórica, tendrá que ser esclavo de las mismas. Esto, señores, es absolutamente exacto, pero nada, absolutamente nada, dice contra nuestra afirmación (…) ¿Quién puede dudar que un mismo momento histórico puede ser constituido, creado, concebido, en formas diversas por varios historiadores dentro siempre de la objetividad?”[30].

            El problema de la objetividad es central, cuando la intención principal de la época es, como vamos viendo, afirmar la cientificidad de la Historia. A ello va dirigida la obra de Rickert, y da testimonio claro su acuñación de ésta como “ciencia cultural”. Pero tal intención de la escuela neokantiana no deja de tener aspectos paradójicos, puesto que se hace evidente que para comprender la diferencia entre naturaleza e historia, para arrancar esta distinción del carácter pétreo y estéril de lugar común que había alcanzado a lo largo de todo el siglo anterior, es necesario abordarla desde el punto de vista de la subjetividad: la distinción radicaría así en el modo como el hombre de ciencia y el historiador ejercitan su pensamiento. La situación es compleja: puede que en esta complejidad radique la incomodidad patente de Torres al abordar el tema, también apreciable en la conferencia citada. En ella tampoco se aparta radicalmente de la argumentación sobre la cientificidad de la Historia esgrimida en la Memoria; afirmar que el historiador es un artista no se desdice de su consideración de científico. Así lo plantea, de nuevo de la mano de Rickert, en 1930: “Líbrenos Dios de plantear aquí el problema arduo, complejo, de la Historia arte y de la Historia ciencia. En el sentido que nosotros hemos hablado de la Historia como obra de arte y del historiador como artista no hay la menor contradicción con nuestra afirmación de este momento de ser la Historia ciencia. Y lo es, y sea esto suficiente para nosotros, desde el punto de vista de la crítica histórica y de la investigación; y lo es desde el punto de vista de poder adquirir la verdad; y lo es a pesar de que la Historia trate de conocer, no como las ciencias naturales lo genérico, sino lo típico; y lo es aunque nosotros rechacemos la idea de las leyes históricas de las concepciones generalizadoras y lo es con el sentido de ciencia cultural de Rickert y ciencia teleológica más que causal y teleológica con la base de la concepción filosófica de los valores”[31]. Oímos de nuevo a Torres con el tono brusco, la sintaxis golpeada que reserva para este tema, también aquí.

            En la Memoria Torres había recogido y aceptado plenamente la categoría de Rickert de “ciencia cultural” para la Historia: “Querer aplicar a las ciencias culturales -a la Historia en concreto- leyes, métodos, definiciones, conceptos de las naturales, engendra la obscuridad iniluminable, sin la aclaración previa -para que irradie luz- del nudo de la cuestión”[32]. Este concepto de “ciencia cultural” de Rickert también le servirá después para construir su enfoque sobre la naturaleza del hecho histórico. Asimismo muy citado por Torres, aunque aquí estaríamos ante una cita indirecta, pasada por Altamira, es el francés Monod[33].

            La relación de esta polémica entre ciencias naturales y culturales con la que enfrentaba a la Historia con las nuevas ciencias sociales es evidente. Para Torres, el punto álgido de la primera se concentró en un artículo de Von Below oponiéndose a Lamprecht; defendía este último la asimilación de la Historia a las ciencias sociales, afirmando que como éstas, a su vez, se inspiran en los principios de las ciencias de la naturaleza, el fin último de la ciencia histórica debía de ser el descubrimiento de leyes rigurosamente causales. El gremio de los historiadores alemanes rechazó casi sin excepción este ataque frontal del positivismo, pero fue efectivamente Von Below quien virtió las críticas más implacables sobre el sociólogo-historiador[34]; había en ello, como vimos, mucho de reacción gremial frente a actitudes que eran o se interpretaban como desafiantes[35]. En apoyo de las ciencias culturales asume Torres enteramente la distinción de Xenopol entre hechos de repetición (como son los que constituyen el objeto de las ciencias naturales) y hechos de sucesión (los propios de las ciencias culturales), que, no sometibles a leyes, han de ser agrupados en series para establecer entre ellos relaciones de causa y efecto. Aquí, aunque “sin negar la relación causal” vuelve a anticipar su “concepción procesual”, o “valoración teleológica”, como necesaria para “llegar a la determinación de los hechos históricos y del concepto y contenido de la Historia”[36]. Es decir, el enfoque teleológico, que se califica de “concepción”, o “valoración”, no sólo se aplica y sirve para determinar hechos, sino también para determinar conceptos y contenidos de la Historia. Esto le sirve para establecer el puente a través del cual, en apariencia, abandonar definitivamente el asunto: la Historia es una ciencia particular porque particular es su objeto. La relación entre ambas afirmaciones viene dada porque, como una vez más subraya, “el concepto de la Historia, y por tanto el problema de su carácter científico no puede surgir sino en función de su objeto”[37]. Se dijo en apariencia porque después se verá que los siguientes temas tratados, que le van a llevar paso a paso a su propia concepción de la Historia, están, como ya se adelantó, transidos de la polémica entre ciencias naturales y ciencias culturales, y en realidad no parece sino que su concepto final de Historia esté construido exclusivamente sobre esta distinción. Ya hemos adelantado, al igual que Torres lo va haciendo en su exposición, que su concepción de la Historia es la Historia teleológica, la Historia de valoración. Llega a ella tras determinar que el objeto de la Historia, los hechos históricos, son hechos sucesivos, “encadenados no sólo causalmente -cosa exacta- sino en forma de proceso final” [38]. Es necesario recoger la aclaración, que repite cada vez que trata el tema, de que no por abogar por una concepción teleológica rechaza la relación causal. Esta distinción, escolástica según él dice, entre causa eficiente y causa formal o final no es para él una oposición.

            Uno de los principales factores que parecen haberlo movido a la defensa de tal concepción teleológica es la necesidad de seleccionar, de entre todos los hechos o actos humanos, los hechos históricos, los hechos que han de ser el objeto de la Historia. El razonamiento, formulado como silogismo, procedería de la siguiente manera: a. la Historia ha de tener un objeto determinado; b. los hechos humanos en el tiempo (tal sería la más básica definición de lo que ha de ocupar a la Historia) son inabarcables; ergo, c: para hacer Historia se necesita seleccionar algunos de estos hechos. La clave se halla, desde luego, en la primera proposición. La segunda es evidente por sí misma (en cuanto estamos aquí en una concepción idealista de la ciencia, y del científico como individuo, y por lo tanto limitado y aislado), y la tercera sería una conclusión impecablemente lógica de las dos proposiciones anteriores. Pero ¿en qué se apoya la primera? Su base es el axioma, afirmado por Torres ya al comienzo de esta Memoria, de que el concepto de una ciencia ha de partir de su objeto. En este punto vuelve sobre ello una vez más, dando ahora toda su fundamentación lógica: “El concepto de la Historia, y por tanto el problema de su carácter científico no puede surgir sino en función a su objeto, es decir, al material a construir-, que diríamos en un tecnicismo kantiano; de la misma manera que la idea directriz que informe todas sus partes y que dé unidad científica a esos materiales ha de estar en función al propio objeto. Es ésta una exigencia que la lógica impone a todo conocimiento científico, a toda ciencia”[39]. El peso de la lógica kantiana se impone aquí en toda su amplitud. La clave aquí, es el axioma, que se da como “exigencia que la lógica impone a todo conocimiento científico”, y por tanto inatacable -de aquí que fuera la primera afirmación de esta Memoria-, de que para llegar al concepto es necesario partir del objeto. Construir el concepto científico desde su objeto, y no del mismo conocimiento, es lo que lleva a la necesidad, inmediata, de pura supervivencia científica, de seleccionar este objeto. Lucha por la supervivencia científica, de cada ciencia por sí misma, tan cercana a la lucha por la supervivencia disciplinar, gremial, menos defendible. Y, también, más literalmente, la lucha por la supervivencia del propio científico, puesto que partiendo de la concepción del científico cultural como individuo aislado, enfrentado al edificio de su ciencia, la selección de su objeto de estudio había de procurar, sin duda, un muy humano sentimiento de alivio. En todas las Memorias hay reflexiones que apuntan a esta concepción del científico individuo, aislado y limitado. Veremos así a García de Valdeavellano afirmar: “Quien intente sólo una vez describir la realidad exactamente y aprehenderla en conceptos, tal como ella es, con todas sus singularidades, se dará cuenta de que la realidad empírica, manifestada como una muchedumbre incalculable que crece sin cesar conforme ahondamos en ella, no puede ser descrita íntegramente por un hombre finito[40] (las negritas son nuestras). Pero el caso más paradigmático será el de García-Gallo, en cuya Memoria se observa la más radical separación entre objeto y sujeto investigador: ante la “realidad total” el científico sólo puede “a lo sumo acotar una parte para dedicar a ella sus esfuerzos”[41]. A este aspecto será necesario dedicarle una atención separada cuando estudiemos su Memoria.

            Esta construcción goza aún en la actualidad de mucho predicamento[42]. Desde una perspectiva más centrada en aspectos epistemológicos, queda bien de relieve el peligro existente en fabricar artificialmente (pues no otra cosa es “seleccionar”) la materia, el objeto de la investigación. La raíz del problema, como hemos visto, está en partir del objeto, para en un primer momento determinarlo, y de ahí ascender abstractamente hasta el concepto científico. Si, por el contrario, el punto de partida se situara en una comprensión racional, articulada -o, al menos, en una interrogación igualmente racional o articulada- sobre el propio tipo de conocimiento científico que se aplica al objeto a investigar -y por esto no se entiende más que los instrumentos teóricos y metodológicos de que se dispone- el objeto se presentaría determinado por sí mismo, y no sería necesario elaborarlo artificialmente. Desde este planteamiento lo acientífico sería precisamente elaborar, mutilar, pre-seleccionar el objeto de estudio: todo lo contrario de lo que, según la filosofía neokantiana, por boca de Torres, son las exigencias inexcusables, impuestas por la lógica a la ciencia. Por ende, una tal perspectiva epistemológica es lo que dota a las “ciencias culturales” de la seguridad de que carecían, en la época de estas Memorias, frente a las “ciencias de la naturaleza”.

             Veamos como procede Torres a efectuar su selección del objeto. El primer intento de delimitación que pasa a examinar es el de Dilthey y Wundt y su distinción entre procesos naturales y procesos psicológicos. Torres, una vez más con Rickert, reprocha a la psicología como fundamento metodológico su falta de cohesión, que llevaría siempre a una interpretación casuística. De aquí pasa una vez más a Lamprecht, que también hace, según Torres, una distinción basada en la psicología: la del método psicológico individual y el método psicológico social; pero lo que a propósito de Lamprecht va a discutir ya no es esta distinción, sino su defensa del método comparado. Contra el método comparado, y contra Lamprecht, utilizará de nuevo Torres a Von Below. El argumento de ataque tampoco es nuevo: la suplantación que este método hace del hecho histórico por un “producto” elaborado por quienes utilizan la comparación, por unas “leyes por ellos creadas”. Torres reconoce que la comparación es necesaria, o mejor dicho, inevitable. Pero hacer de ella ya no sólo la base del método histórico, sino el núcleo del concepto de Historia no es de recibo. Para él, es factible utilizar la comparación; “lo rechazable son las exageraciones sociológicas”[43]. El comparativismo no le está vetado al historiador; así, “la comparación es perfectamente aplicable como antes decíamos sobre todo si lo que se trata es de conocer la unidad total de los elementos que se comparan”[44]. De ello se trata; y eso aunque, como seguidamente se afirme, “la historia es ciencia de lo individual y no de generalizaciones”[45]. La historia como ciencia de lo particular y lo único era una concepción muy de la época; el más citado de los teóricos que la defendieron es Xenopol, que aquí Torres no cita[46], aunque sí le hayamos visto hacerlo un poco antes, para sostener la misma concepción de la historia ante al mismo enemigo, Lamprecht, pero en un frente distinto: el de la crítica a la sociología. Combinar el conocimiento total con los hechos singulares a través de la comparación exige sin embargo un expediente previo: precisamente porque la historia es ciencia de lo individual y no de generalizaciones, “la comparación lícita tiene en la ciencia histórica del derecho que basarse en una previa determinación de los parentescos de los pueblos cuyos derechos se han de comparar, para de este modo dar una base a la comparación distinta de los caprichos de la sociología”. La idea de la necesidad previa de determinar parentescos es de Von Amira. Apuntemos aquí que la crítica al método comparado no debía de ser fácil en la época. El propio Torres cita la importancia de este movimiento, que tenía una revista en Alemania y otra en Francia, el Boletín de la Sociedad de Legislación comparada[47]. Será en otras Memorias donde encontraremos una animadversión más declarada.

            Emprende seguidamente Torres, todavía en relación con su crítica al método comparado, la crítica de la obra de Spengler (una crítica que parece ser, ésta sí, absolutamente propia -no hay citas, aunque también aquí Rickert se ha pronunciado en el mismo sentido-, y que mantendrá palabra por palabra en los “Preliminares” de sus Lecciones) y al positivismo histórico de Comte. Su crítica a este último atestigua una vez más el modo de entender, en íntima relación, positivismo y  materialismo histórico: una vez enunciado el nombre, no lo cita nunca directamente, sino que lo incluye de una vez por todas en la corriente del materialismo histórico. Sobre esta corriente, calificada con un término muy de la época, “monismo económico”, pasa Torres sin citas ni aparato, porque “tan larga podría ser nuestra bibliografía sobre el monismo económico que su exceso nos obliga a casi prescindir de ella”[48]. Lo peculiar del tratamiento dedicado al materialismo histórico encuentra explicación, una vez más, en una concepción que Torres parece haber heredado de su maestro Von Below. Al igual que se incluye el positivismo dentro de la corriente del naturalismo, sin destacar otra cosa que su sumisión a los métodos de las ciencias de la naturaleza y su ignorancia de la que para Von Below es la genuina tradición de estudios sobre la sociedad, la de la Escuela histórica, el materialismo histórico es interpretado igualmente de una manera restrictiva. En el artículo citado, Von Below afirma: “El hecho de que con tanta exageración se festeje el manifiesto de los comunistas de 1847, ofrece ocasión especial para recordar los trabajos mencionados [se trata de las obras de Müller y Stein] acerca de la condicionalidad social de los fenómenos históricos, sirviéndose del método sociológico, emprendidos por las escuelas influenciadas por los románticos. Se repite con frecuencia que la interpretación económica de la historia de Marx y Engels, inaugurada con el “Manifiesto” al despertar un poderoso interés por la historia de la economía, dio vida a una literatura de la historia económica hasta entonces no cultivada. La verdad es, por el contrario, que la época precedente, y ya con mucha anterioridad, produjo en la historia de la economía las más diversas manifestaciones literarias, y que Marx, lejos de ser su fundador, figura dentro de la corriente cuyo manantial está más lejano”[49]. Se trata, una vez más, de defender una disciplina, a través del señalamiento de su tradición, frente al empuje de otras ciencias, manteniendo la separación radical entre ellas[50].

            Tras ello, vuelve Torres a la contraposición ciencias naturales / ciencias históricas, el tema que sigue latente, para asumir una vez más los planteamientos de Rickert y sus presupuestos neokantianos, ahora expresamente declarados. Las ciencias históricas son el exacto opuesto de las naturales: “Las ciencias históricas quieren exponer la realidad que nunca es general sino constantemente individual; es decir que precisamente hace la ciencia histórica lo contrario que las naturales, que separan y excluyen lo individual por inesencial”[51]. Y de esta afirmación inmediatamente colige su concepción teleológica de la historia, también rickertiana, también neokantiana, y a la que dedicará las restantes veinte páginas de esta primera parte de la exposición. Porque si la historia es la ciencia de lo individual, de los hechos individuales, tendrá forzosamente que haber algo que los enlace. Y este enlace es la idea de proceso. Un proceso que necesita, para poder ser concebido de un punto de fuga: “Ese concepto de proceso no se construye sino en relación a un algo, en relación a una meta, a un objetivo”[52]; “para emplazar, por decirlo así, el fenómeno, es preciso que anteriormente tengamos la previa representación, el previo concepto del mismo y que podamos relacionarlo, referirlo a un objetivo... La Historia está dirigida por determinados puntos de vista[53]; “Estos fenómenos distintos han de ser traídos al ambiente común creado por la finalidad, por el “telos”, por la “idea” que aunque no es constitutiva del fenómeno como hecho físico natural sí lo es del hecho histórico, del objeto histórico porque ella unifica el proceso sirviendo de norte a todas las unidades que sin la idea de fin quedarían dispersas. En la idea, como diríamos siguiendo al Kant de la Crítica del juicio, en la valoración como diríamos siguiendo a los neokantianos, surge el fenómeno histórico”[54] (los subrayados son suyos).

            La cuestión que inmediatamente se nos presenta es, evidentemente, cuáles sean esos valores; la virtud unificadora de los valores tal vez no se ponga en duda, pero solo unificarán si a su vez son únicos. Sobre qué se asienten queda aún por definir. Nos topamos de nuevo con la paradoja entre objetivismo y subjetivismo, que nos parece la clave, el punto ciego, de toda la construcción teórica de esta época. En cierta medida consciente de ello, Torres acude a la misma idea de progreso para justificar, o como él dice, “consolarse” de los fallos de este planteamiento teórico: “Claro que estos valores no son fijos e inmutables, pero contra el carácter de relatividad que esta consideración puede dar al conocimiento científico, está el consuelo de que la nueva constelación de valores que surja superando la actual es el resultado de la propia superación ética de la humanidad en su estado actual”[55]. Su argumentación es circular: admitiendo lo extraño de que esta teoría -“si así quiere llamársele”, apostilla Torres- no haya tenido una mayor resonancia, a pesar de todos sus antecedentes filosóficos, va a culpar de ello a -una vez más- la confusión entre ciencias naturales y ciencias históricas. Y continúa, viendo rezagos de esta concepción incluso en el antes denostado “monismo económico”, lo que le lleva a percibir la naturaleza finalista ya no sólo en la misma historia, sino también en el derecho.

            Así cierra esta primera parte, que le ha llevado, como se dijo, más de la mitad del grueso de su Memoria, para desarrollar algo no expresamente exigido por el reglamento: el concepto. La segunda parte, que se ocuparía del contenido y carácter de la Historia del Derecho Español, y la delimitación y organización de la materia, es sustantivamente diferente. De entrada así estaba concebida, en cuanto el desarrollo conceptual se ha hecho ya, en la primera parte, referido a la historia en general. La Historia del Derecho, en cuanto resulta ser una cuestión de perfilamiento de contenidos, tiene un planteamiento más limitado, disciplinar. En esta parte, además de trabajar, aunque de un modo bastante expedito, en la aplicación de su concepción de la historia como proceso teleológico -sin mayores desarrollos, salvo el apoyo que para ello le brinda su concepción del derecho como fenómeno orgánico (“El derecho es un organismo”, dirá[56], a la manera de la Escuela histórica alemana) y de aportar, “sin ánimo completo de definir”, el enunciado de la Historia del Derecho: “será la ciencia que se ocupe en forma orgánica del estudio crítico de la evolución de nuestro derecho atendiendo tanto a su desarrollo general cuanto al especial de las distintas instituciones”[57], concepción ésta que reconoce tomada de Brunner-, el grueso de esta parte se dedica a exponer la evolución de la distinción historia interna/historia externa, y finalmente a justificar su programa de la asignatura.

            En la cuestión de la distinción entre historia interna e historia externa, asunto tradicional en la época[58], y que ninguna de las Memorias va a perdonar, Torres toma también partido, como lo hizo para enunciar su definición de la disciplina, por una posición que representa una novedad respecto a las  anteriores concepciones sobre tal distinción[59], y que proporciona un espacio mayor de juego a los factores materiales. Se trata de la posición de Brunner: la historia externa sería una historia general, que englobaría hechos sociales, económicos y políticos externos al derecho, al igual que el proceso general de evolución jurídica, y las fuentes, mientras que la historia interna se ocuparía de las instituciones jurídicas particulares. Esta postura se refleja en su programa, en el que, aún decantándose por el criterio histórico frente al sistemático, opta por un método de organización heterogéneo, que en parte aplica el criterio histórico (cronológico), y en parte el sistemático (sincrónico), en los temas de derecho privado, procesal y penal. Además de estos dos métodos, aplica también otro criterio, lo que él llama “el criterio de razas e influencias”[60], para dar cabida a los elementos romanos, germánicos, semíticos, etc. Más adelante veremos cómo García-Gallo rechazará esta multiplicidad de criterios por considerarla demasiado compleja[61]; la inclusión de ese último criterio por Torres parece deberse a necesidades de coherencia con su concepción del Derecho en sentido orgánico, concepción ésta construida a su vez para armonizar con el concepto de Historia. La organicidad se erige en la clave, en la base filosófica sobre la que reposan las conceptualizaciones. De ella daba razón también Altamira en La Enseñanza de la Historia, partiendo igualmente de contenidos para llegar al concepto de Historia: “Para juzgar bien del grado de fidelidad con que los autores han interpretado las ideas modernas acerca del contenido de la historia, conviene, antes de seguir adelante, determinar por completo el concepto. Y no cabe duda de que éste reposa sobre una base filosófica; a saber: la consideración de la vida social como un organismo en que todas las partes y manifestaciones tienen valor propio y esencial; y por tanto, la necesidad de estudiar a los pueblos como unidades corporativas, orgánicamente, en todos los aspectos de su actividad y en todas las funciones de su energía, de las cuales una sola (la política) no puede reclamar, en absoluto y para todos los casos, la supremacía real”[62].

            Parándonos en su desarrollo del concepto y carácter de la Historia del Derecho, vemos cómo Torres defiende la aplicación de la concepción teleológica a la Historia del Derecho por la “circunstancia” de que el derecho “es propiedad humana”; Torres toma esta afirmación, como tantas otras, de Altamira: “No hay ni qué decir que este sentido de proceso, fundamental en todo lo histórico, es suministrado al derecho por la circunstancia, esencial a dicho concepto, de ser propiedad humana, sin que tengamos que acudir a consideración otra alguna para poner de manifiesto la evidente idea de existencia de proceso jurídico, de desarrollo, y como tal de Historia del Derecho, posible”[63] (los subrayados son suyos). Si hemos de seguir el hilo de su argumentación, parece que este postulado, junto al anterior,  “el derecho es un organismo”, responden únicamente a una necesidad inmediata: el distinguir la Historia del Derecho de “las Antigüedades jurídicas”. Los ejemplos que Torres pone de “Antigüedades jurídicas”, o “Arqueología jurídica” son las obras de Grimm, e incluso se remonta hasta Heinecio; pero también incluye las obras de Mommsen y de Marquardt; en España, las Antigüedades de Berganza (1719-1721) y la obra de Briz (1620). Frente a este tipo de obras, la función esencial de su planteamiento teórico sería insuflar un contenido de vida en la Historia del Derecho. Pero la concepción orgánica, cuando además se refiere específicamente al derecho, tiene otras implicaciones, en cuanto denota por sí misma la existencia de un ente que la encarne. Sin embargo, no queda en Torres tan explicitado como lo veremos en otros de los autores estudiados que este organismo jurídico tenga un trasunto político: la nación, a través de su formulación como derecho patrio. La transposición entre esta conceptualización de la Historia del Derecho con los procesos de construcción de estados corporativos en la Europa de esos años está fuera de toda duda[64]. Sin embargo, ya hemos visto a Altamira restar importancia a los “aspectos” políticos, con una formulación que ya nos ha de resultar familiar: la de que es necesario atender a todos los demás “aspectos” para no incurrir en “monismos” en la explicación, argumento que también sirvió para rechazar los planteamientos materialistas de la historia. El organicismo da base así a una concepción idealista de la historia, cuyas imbricaciones con el proyecto nacionalista son evidentes[65]. Para Torres, la evolución  del derecho nacional ha de ponerse en relación con la de las instituciones: “Nuestra Historia del Derecho habrá de tratar de individualizar nuestra evolución jurídica general y particular, poniendo de manifiesto lo relevante, ya en relación con otras evoluciones jurídicas nacionales generales, ya con relación a las evoluciones jurídicas individuales o particulares de las instituciones, entre sí -dentro de la evolución española- o enlace con otras instituciones similares de otro organismo jurídico”[66]. Pero el asunto le ocupa poco, al menos en esta sede; se encuentran sin embargo derivaciones del mismo un poco más adelante, cuando le veamos tratar del método pedagógico. Tendremos que esperar a que en otras Memorias se incida con mayor intensidad en este punto.

            Torres, por su parte, inmediatamente después va a volver a cuestiones más precisas: de la diferenciación con la arqueología jurídica pasa a otro tema también típico, que aborda citando una vez más Brunner: el de si la Historia del Derecho ha de incluir aquellas instituciones que hoy ya no existen. Torres se muestra decididamente favorable, pues entiende que ésto es lo que diferencia la Historia del Derecho del “derecho históricamente estudiado”[67]. Y ello porque justamente esas instituciones que se perdieron dan ideas fundamentales para entender la evolución del derecho. En relación con ello se trata también la cuestión de si la Historia del Derecho ha de estudiar sólo el derecho justo. Ni que decir tiene que Torres, al igual que Altamira, no cree que esta limitación sea de recibo. No parece casual el ejemplo que escoge para demostrarlo: el derecho privado, los innumerables documentos de actos jurídicos “concretos” que están en contradicción con los principios del derecho. Actos jurídicos recogidos en documentos - “la primera de las fuentes” - y a los que hay que prestar toda la atención “cuando se concibe la Historia del Derecho como algo real, en íntima conexión con la vida diaria, y con su debido fondo de contenido económico y social”[68]. El último punto tratado, y el que le sirve para enlazar ya con la distinción historia externa/historia interna, es el de si la Historia del Derecho ha de incluir también aquellos hechos que “son meramente manifestación del pensar o sentir humano sobre el derecho”[69]. La respuesta la deja en suspenso, se supone que porque la contesta a lo largo de su extensa exposición del problema Historia interna/Historia externa, que ya hemos visto: no hay duda de que estos hechos se incluirían en la Historia externa.

            La tercera parte la dedica al “método y procedimiento de enseñanza”. Comienza con su acostumbrada personalización de la materia, desarrollándola en primera persona: “el método que yo emplearía...”. La primera cuestión que surge es el rechazo de la enseñanza memorística. Emplea aquí la cita de Kant ya utilizada por Altamira en su La enseñanza de la Historia[70], y que también pasa a sus Lecciones: “Sólo algunas cosas pueden ser aprendidas de memoria. La historia no es de éstas. Su aprovechamiento esencial consiste en practicar el conocimiento en la formulación de juicios”. Su elección es la de un método “empírico”, basado en los materiales y en la “intervención recíproca del maestro y el alumno”. Siguiendo también a Altamira, entra así en la cuestión de si la enseñanza del Derecho ha de ser técnica o científica, abogando, por supuesto, por ésta última. Esta postura, junto a su predilección por una enseñanza “no narrativa” le conducen a superar el enfoque de la Historia del Derecho como instrumento para conocer el Derecho actual, enfoque que si no inatacado hasta entonces, había prevalecido en la manualística anterior, deudora de la situación no emancipada de la asignatura respecto al Derecho civil. Al contrario, Torres pretendería una ampliación del programa, para lograr así “poner al educando frente a frente de toda la realidad, para que según ella se desarrollen y determinen sus facultades y su dirección ideal”[71]. Esta “toda la realidad” se ha de entender que es la realidad histórico-jurídica; la aspiración a la globalidad de lo histórico era una de las causas de la historiografía de principios de siglo para sobreponerse a una Historia tradicionalmente restringida a lo político, en su acepción más évenementielle[72], y que también Altamira toma como causa propia a lo largo de toda su obra, no sólo como correlato de su concepción de la Historia sino también como clave de su proyecto educativo[73]. Hemos apuntado ya las implicaciones políticas del regeneracionismo reformista, tutelar y educativo, y más precisamente de esa reacción contra la historia política; Torres sitúa también en la docencia las aspiraciones de explicación global, pero se hace evidente que al desarrollar su “Método y procedimiento de enseñanza”, nuestro autor está pensando más en la formación de investigadores que en la de juristas. Y ello apoyándose de nuevo en una cita de Altamira que también aparece en el apartado dedicado a la Historia del Derecho en su Enseñanza de la Historia[74]: “Cuando menos, debe confesarse que resulta algo bochornoso para los jurisconsultos el hecho de que les escriban su propia Historia los alumnos de la Facultad de Letras; así como lo es para los naturales de una nación que les escriban la historia patria los extranjeros[75].  Torres asume esta postura, aún ampliándola en la misma nota: “Si la Historia del derecho debe hacerse, es evidente que se requieren juristas historiadores, y estos no sólo pueden -posición del Sr. Altamira, para evitar todo bochorno- sino que deben ser juristas”. No es que Torres desconozca las críticas que a este enfoque se le pueden hacer, pero igualmente las asume: “Nosotros queremos defender la enseñanza de la Historia del Derecho en la forma y con el método que nosotros empleamos, no por la necesidad de tener historiadores del derecho pues en este caso se nos diría que nuestro método debería utilizarse para sólo aquellos que se orientasen hacia esa especialidad”[76]. Su contraataque es considerar que los juristas necesitan formación histórica, “una formación del espíritu y del criterio histórico indispensable para todo jurista”. La Historia del Derecho es una ciencia de formación, una formación que los estudiantes de Derecho necesitan para poder hacer “una interpretación histórica del derecho”, para “interpretar históricamente un principio jurídico”, y para “la aplicación y estructuración de sus conocimientos jurídicos”. Es la misma postura de Altamira. Pero Torres nunca abandona la conciencia de lo necesario de esta enseñanza para la formación de investigadores. No es sólo que enseñanza e investigación vayan unidas; es que ésta última está siempre en su mente al desarrollar su procedimiento pedagógico. Así, cuando se lamenta de la actual situación de la disciplina en las facultades de Derecho (siempre en un pasado inmediato, para salvar a “toda una legión de profesores” que ha roto “brillantemente” esta tendencia), lo hace por las consecuencias que ésto ha traído a la investigación: “Nuestra Historia del Derecho está por hacer y no poco se debe a efectos de los hechos apuntados. No hay que decir que en la Historia general sucedió lo propio... o algo peor. También es cierto que hoy también va dejando de suceder así”[77]. Y su defensa lleva implícita, y también explícita, una prioridad de la Historia sobre la Historia del Derecho. Así, cuando enuncia los principios generales de lo que “él haría” para mejorar esta situación: “...relacionaría la Facultad de Derecho con la de Historias, emplearía en cierto modo sistemas cíclicos, haría una radical reforma en la enseñanza del Derecho en general; daría a la Historia la importancia metodológica que considero le corresponde...”[78]. Parece Torres tener en mente un proyecto de relación entre ambas facultades, pero consciente de las dificultades de ésto, o de las críticas que pudiera despertar, no se atreve a formularlo: “El gran porvenir de los estudios de Historia del Derecho está a este respecto -sin pensar, repito, en modificar la organización existente- en un enlace con la Historia de España mediante un procedimiento de organización del profesorado hoy factible legalmente pero que no quiero indicar”[79]. Pasará después a detallar su sistema de enseñanza, directamente tomado de su experiencia alemana: división del curso en dos períodos, uno para la enseñanza teórica de la parte general (hasta abril) y el otro para desarrollar un tema monográfico; implantación de seminarios y “proseminarios” y la realización simultánea de prácticas.

            La cuarta y última parte la dedica al estudio de las fuentes y los medios necesarios para el estudio de la Historia del Derecho español. Sigue las clasificaciones de fuentes que hace Brunner; cita también a Pertile. Lo más relevante de este capítulo, y que, a pesar de sólo rozarlo brevemente resulta fundamental en relación con lo que acabamos de ver sobre su posición hacia el Derecho y la Historia, es el tratamiento de las ciencias auxiliares. Al principio de su exposición define a estas ciencias como medios o instrumentos de conocimiento: “Dado nuestro concepto y método de enseñanza esas ciencias son medios de enseñanza. Como dice Ballesteros son esas ciencias conocimientos instrumentales y por tanto medios”[80]. Pero lo relevante es que en la enumeración de “ciencias auxiliares indispensables” va a incluir a todos los conocimientos jurídicos, incluido “el derecho dogmático actual”. Sigue en ella, una vez separada la Filología (en referencia al “dominio de lenguas clásicas y vivas”), a la que no considera ciencia, sino “medios auxiliares” , una clasificación de Brunner[81]. Segregados en el cajón de las “ciencias auxiliares”, los saberes jurídicos son así considerados instrumentales, si bien indispensables. No menos relevante para entender el edificio teórico de Torres es el dato de que la Dogmática -“el derecho dogmático actual”- no sea en sí mismo más que una más entre las disciplinas jurídicas. Tendremos ocasión de comprobar en otras Memorias la existencia de planteamientos de defensa de la concepción dogmática del Derecho, que tan relegada aparece en Torres.


 

[1]    Las actas de la oposición, que incluyen el original mecanografiado de la Memoria, se encuentran en el legajo 5373, expediente nº 3, de la Sección “Cultura” del A.G.A., en Alcalá de Henares.

[2]    En esos años, tuvo como profesores a Von Below, Finke, Von Schwerin, Fabricius, Eitel, Marschall, Von Bieberstein, y romanistas como Lenel, Levy y Stoll. Sobre algunos de ellos puede encontrarse bibliografía en la nota necrológica que J.M. Pérez-Prendes dedicó a Torres López en el Tomo LVII (1987) del Anuario de Historia del Derecho Español , pp. 1112-1127.

[3]    Torres López, Memoria,  p. 4.

[4]    Torres López, Memoria,  p. 75.

[5]    Torres López, Memoria,  pp. 24-25.

[6]    E. Mayer: “Dopsch y el Capitulare de Villis”, en AHDE nº1, 1924

[7]    A. Dopsch: “Carlomagno y el Capitulare de Villis”, en AHDE nº 2, 1925. En este artículo de contrarréplica, Dopsch responde a las críticas no sólo de Mayer, sino también de otros juristas (Gareis) e historiadores (Bloch), al tiempo que destaca la buena acogida que tuvo el artículo “El Derecho visigodo en el Capitulare de Villis” y su obra Desenvolvimiento económico de la época carolingia entre los filólogos como Winkler. Al final de este artículo hace una valoración de la polémica surgida por su artículo que nos parece de gran interés: “La polémica en torno al Capitulare de Villis tiene una gran importancia en general para el desarrollo moderno de las ciencias históricas. A la antigua doctrina de la dogmática histórico-jurídica, de la que ha brotado la moderna disciplina de la historia de la Economía, se opone con vigor el postulado de una exposición independiente, libre del yugo de las teorías recibidas y de toda coacción dogmática, sobre la base de una comprobación crítica de las fuentes para conocer cómo las cosas se han dado realmente, in concreto. Ha de ir afirmándose un realismo individualizador que ponga sus cimientos sobre el brillante apogeo de las ciencias afines y que encuentre nuevas fuentes de conocimiento (...) En lo futuro debe desaparecer esta contradicción, sólo penosa y encubierta, entre ellas y el perfil general de la Historia del Derecho y de la Economía. Esta tiene que ser más bien un extracto de la investigación científica total de la historia de la cultura. Ha de avanzar siempre sobre las fronteras de los pueblos y las órbitas del Derecho, manteniendo a la vista la evolución fuera de los mismos, en las vecinas zonas de cultura, para no incurrir en juicios unilaterales” (pp. 47-48) (los subrayados son nuestros). Muy pronto tendremos ocasión de reflexionar sobre un aspecto muy importante de esta apertura: vemos a Dopsch igualmente muy interesado en “individualizar” su ciencia, en marcar su independencia al tiempo que se abre a la colaboración con otras ciencias.

[8]    M. Bloch: “La organización de los dominios reales carolingios y las teorías de Dopsch” , en AHDE nº3, 1926.

[9]    Torres López, Memoria,  p. 18. Las cursivas recogen literalmente la afirmación de Dopsch en el artículo publicado en el AHDE de 1925.

[10]   Ya Hinojosa había señalado la importancia de descubrir esa “vida real” en el Derecho, pero de una manera ciertamente mucho más limitada. Lo hace al tratar, en la introducción de su manual, las “Ciencias afines a la Historia del Derecho”: la Historia política y la Historia de las instituciones económicas. Sobre la primera, juzga necesario que se integre en un tratado de Historia del Derecho “como preliminar indispensable”, por la influencia que los “sucesos de la Historia política (...) suelen ejercer en el desenvolvimiento del Derecho”. Para demostrar la importancia de la Historia económica, acude sin embargo a criterios civilistas o privatistas: “siendo los supuestos y datos de la vida real la materia sobre que se actúa o ejercita el Derecho, las instituciones jurídicas versan en la mayoría de los casos sobre las relaciones entre las personas o sujetos de derecho y las cosas que pueden ser objeto del mismo... puede decirse que ellas no solamente son la base y el presupuesto del derecho privado, sino que se reflejan también en el derecho público, en cuanto que el estado u organización social que sirve de base a éste último, es en gran parte reflejo y resultado del estado económico” (Hinojosa, Historia general del Derecho Español, Madrid, 1924 (2a ed.), p. 7).

[11]    Así lo ha señalado Bruno Paradisi para la historiografía jurídica italiana. Compara este autor el camino seguido por una historiografía jurídica, la de Solmi, incapaz de sobreponerse a la idea fenomenológica del derecho, con los logros de la historia política, que sí supo aprovechar el impulso revolucionario que propugnaba la historiografía económica: “Che per la storia politica i fatti economici e sociali fossero l’oggetto immediato dell’osservazione, mentre per la storia giuridica sono soltanto dei criteri interpretativi, costituiva una differenza essenziale sulla quale il Solmi non aveva posto abbastanza l’attenzione. In sostanza, il materialismo storico non aveva suscitato in lui una reazione paragonabile per originalità a quella che si era invece verificata nella storiografia politica. L’idea fenomenologica del diritto, che persisteva nel Solmi, gli impediva in realtà di rivivere in modo indipendente, entro la storia giuridica, quell’impulso rivoluzionario che innalzava la storiografia economico-giuridica sulle scuole che l’avevano preceduta” (B. Paradisi, “Gli studi di storia del diritto italiano dal 1896 al 1946” en Apologia della storia giuridica, Bolonia, 1973, p. 155)

[12]    Como muchos autores han señalado, la revolución bolchevique sin duda pesaba en la conciencia de los intelectuales de la época; más aún en la muy concreta intelectualidad que alberga el mundo académico.  Dice Fontana: “Bolchevismo y materialismo histórico aparecían como las dos caras de una misma moneda. Para cerrar el paso al uno en la realidad política, era necesario desterrar el otro de las mentes de los hombres” (Josep Fontana: Historia: análisis del pasado y proyecto social, Barcelona 1999, p. 154). J. Lalinde ha apuntado, refiriéndose ya en concreto a la iushistoriografía de la época, otro factor: el confesional: “Hinojosa y sus discípulos más directos, han reservado siempre un lugar a las circunstancias sociales y económicas en sus exposiciones históricas, pero su confesionalismo les aleja totalmente de cualquier explicación materialista de la evolución jurídica. El propio Altamira, menos vinculado confesionalmente, tampoco ha seguido la vía materialista. Posiblemente, en la escuela directa de Hinojosa, las circunstancias sociales y económicas tienen un carácter más cultural que propiamente socio-económicas, y esto es lo que explicaría lo que de otra manera tiene que resultar paradógico” (J. Lalinde, en el ya citado “La Iushistoriografía Española y Europa en el umbral del siglo XX”, pp. 993/994).

[13]    Sería esto tarea de una sociología de los cuerpos académicos, como la que Pierre Bourdieu ha llevado a cabo en sus obras Homo Academicus , Paris, 1984 y La noblesse d’État: grandes écoles et esprit de corps, Paris, 1989. La intención de este autor es la de “inscribir en la teoría los principios de la práctica”, proyecto al que viene a servir una de sus herramientas conceptuales, el habitus, con la que abarcaría todo ese conjunto de esquemas generadores de prácticas interiorizado en las conductas individuales.

[14]    Torres López, Memoria,  p. 24.

[15]    Zacarías García Villada es el autor de dos obras sobre metodología de la historia: Cómo se aprende a trabajar científicamente. Lecciones de Metodología y Crítica Históricas, Barcelona, 1912, y Metodología y crítica históricas (Historia Universal). Vol. I.I, Barcelona, 1921. Ocupado también de metodología histórica por esos años está A. Ballesteros Baretta, Cuestiones históricas, Madrid, 1913, que será asimismo citado por Torres más adelante.

[16]    Se incluyen en nota: Julián Ribera (precisamente un contradictor de Rickert en España; Dorado Montero, Azcárate, Müller, Benedetto Croce, Gentile, Lacombe (Torres López, Memoria,  nota nº 29, p. 27). Pero en una nota posterior reconoce que “toda nuestra tesis sobre los hechos históricos será desarrollada estudiando a Rickert; precisamente creemos que de la confusión no aclarada entre ciencias naturales y ciencias de la cultura, vinieron toda la tradicional discusión y todas las contradictorias posiciones” (Torres López, Memoria, nota nº 31, p. 28).

[17]    Torres López, Memoria,  pp. 27-28.

[18]    El neokantismo es heredero del análisis que sobre la naturaleza científica de la filosofía metafísica hacía Kant. Frente a ello, la epistemología de la segunda mitad de este siglo ha hecho patente las dificultades de construir en negativo, partiendo del enfrentamiento con otras ciencias. Así, Robert Blanché: “El punto de partida de la filosofía kantiana es un interrogante sobre la posibilidad de la ciencia; pero, por ello, no debe considerarse epistemólogo a Kant. En primer lugar, porque su análisis de la ciencia es muy poco circunstanciado, parándose a veces en determinadas nociones fundamentales consideradas necesarias y definitivas. Y en segundo lugar porque el problema de la posibilidad de la ciencia no se trata en sí mismo, sino como medio para resolver el auténtico problema: saber si se puede otorgar a la metafísica el mismo carácter científico que tienen la geometría de Euclides y la física de Newton” (R. Blanché, La Epistemología. Barcelona, 1983, p. 29).

[19]    Se trata del artículo “Comienzo y objetivo de la Sociología”, aparecido en AHDE nº 3, 1926, con traducción de Ramón Carande. El artículo se centra en la crítica a Comte, “ave dañina que anida en un árbol frondoso”, por su intento de apropiarse del estudio de la sociedad, negando una tradición ya existente -la que arranca de la Escuela Histórica alemana- de estos estudios, e  ignorando lo que para Von Below constituye el “nervio del problema”: la vinculación del individuo con la sociedad a través del Volksgeit de los románticos, para tratarlo con la óptica y los métodos de las ciencias naturales. Volveremos más adelante sobre este artículo, que resulta de gran interés en el tema que estamos desarrollando.

[20]    López Ortiz, Memoria, A.G.A. legajo 8588, expediente nº 1 (p. 6).

[21]   A esta confusión alude  J.L. Abellán al hablar de la recepción del positivismo en el pensamiento español, en donde adquiere gran importancia “una doble tergiversación derivada del positivismo: la llamada falacia ontológica y la también llamada impostura ideológica. Por la primera, se asimiló al ámbito de lo humano las conclusiones referidas a la naturaleza y obtenidas en un terreno puramente científico (...). En lo que se refiere a la impostura ideológica, hay que destacar la utilización del transformismo por el socialismo” (J.L. Abellán, Historia crítica del pensamiento español. Tomo 5, vol. I: La crisis contemporánea (1875-1936), p. 80)

[22]   Así califica Carreras Ares la actitud que Durkheim, y en España Adolfo Posada, dejan traslucir al tratar de las diferencias y apoyos mutuos entre historia y sociología (en “Altamira y la historiografía europea”, artículo recogido en Estudios sobre Rafael Altamira, Alicante, 1987, p. 408)

[23]   Como apunta Collingwood, “hasta ese momento, la relación entre el pensamiento histórico y el científico, es decir, el pensamiento acerca de la historia y el pensamiento acerca de la naturaleza, había sido antagónica. La historia exigía para sí una materia esencialmente progresiva; la ciencia una esencialmente estática. Con Darwin, el punto de vista científico capitulaba ante el histórico, y ambos estaban ahora de acuerdo en concebir su materia como progresiva” (R.G. Collingwood, op. cit.  p. 131).

[24]   Así, vemos a Torres distinguir en sus Lecciones dos direcciones de la concepción materialista: de la Historia, que en general “propugna una interpretación unitaria de la filosofía, las ciencias naturales y las ideas políticas y sociales, pretendiendo el descubrimiento de causas naturales únicas para la interpretación de tan diversos fenómenos”. Estas dos “direcciones” serían el materialismo económico de Marx y el “materialismo biológico”: la “aplicación de la doctrina de Darwin” (M. Torres, Lecciones de Historia del Derecho Español, Salamanca, 1933, pp. 4-5).

[25]   J.L. Abellán relativiza la acogida en España de esta escuela neokantiana: “El neokantismo alemán tendrá en Alemania dos centros básicos de irradiación. La Escuela de Marburgo (H. Cohen, P. Natorp, E. Cassirer), específicamente dedicada al problema del conocimiento científico desde una consideración crítica de las ciencias y a la fundamentación gnoseológica del saber; y la Escuela de Baden (W. Windelband, H. Rickert), que se ocupará del problema del valor y de todas las cuestiones axiológicas conexas. Por lo que se refiere a España, sólo la primera tendrá influjo predominante” (J.L. Abellán, op. cit., p. 120). Parece que en lo que respecta a la Historia del Derecho de esos años tal relativización no puede tenerse en cuenta.

[26]   V. nota nº 84 de este artículo.

[27]  V. G. Bueno, El mito de la cultura. Ensayo de una filosofía materialista de la cultura, Barcelona, 1977.

[28]   R. G. Collingwood, Idea de la historia, México, 1992, pp. 168 y ss.

[29]   Torres López, La Historia como obra de arte, separata, Madrid, 1931 (p. 6)

[30]   Idem, p. 22.

[31]   Idem, p. 25.

[32]   Torres López, Memoria, nota 31.

[33]   La obra citada de éste es un folleto elaborado por Lavisse, Monod, Hinsdale, Altamira y Cossío: La enseñanza de la Historia, en Ciencia y Educación. Metodología. Eds. de la Lectura, s.f.

[34]   De las “apasionadas críticas” de Von Below contra Lamprecht informa también Altamira en La enseñanza de la Historia. La postura de éste último sobre la polémica que nos ocupa es más matizada: “El principio orgánico falla casi siempre en los historiadores modernos, ya porque se dejan llevar por cierta exageración, suprimiendo casi la historia política externa, ya porque no guardan la proporción debida entre las partes diferentes de la historia general. Ejemplo de ello pueden darnos la Historia de Alemania de Lamprecht, que apenas trata los sucesos políticos, y de la cual (sin suscribir las apasionadas críticas de Below) bien puede decirse que resulta desproporcionada en el estudio de los diferentes órdenes de la civilización” (p. 170).

[35]    Dice Carreras Ares en el artículo citado: “El mérito y riesgo de Lamprecht consistió precisamente en que no se limitó a teorizar, sino que desafió a la ciencia tradicional alemana, llevando su osadía a escribir como miembro del gremio profesional que era nada menos que una historia de Alemania en 18 volúmenes. No se trataba, por lo tanto, de un teórico filósofo o sociólogo, que podía despacharse caritativamente en unas notas a pie de página” (Carreras Ares, op. cit., p. 401)

[36]    Torres López, Memoria,  n. 43.

[37]    Torres López, Memoria,  p. 38.

[38]    Torres López, Memoria,  p. 39.

[39]    Torres López, Memoria,  p. 38.

[40]   García de Valdeavellano, Memoria, A.G.A. Legajo 8136, expediente nº 2 (p. 19).

[41]   García-Gallo, Memoria, A.G.A. Legajo 9.142, expediente nº 1 (p.3).

[42]   Tal es el caso del artículo de J.A. Escudero,  “En torno al objeto de la Historia del Derecho”, publicado en la Revista de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, XIII, nºs 34-35-36, 1969, y recogido en las dos ediciones de su Historia del Derecho: historiografía y problemas, Universidad Complutense, Sección de Publicaciones de la Facultad de Derecho, de, respectivamente, 1973 y 1988. En este artículo se sostiene la necesidad de somete al objeto a una triple limitación: material, temporal o cronológica y, por último, espacial.

[43]    Torres López, Memoria,  n. 77.

[44]    Torres López, Memoria,  pp. 67-68.

[45]    Torres López, Memoria,  p. 69.

[46]   En palabras de Altamira, “la Historia es para Xenopol, un puro encadenamiento de hechos singulares, que no se producen más que una vez en el transcurso del tiempo y que jamás se reproducen de una manera idéntica, y por eso mismo la Historia pertenece al grupo de las ciencias de sucesión que no puede, como las de repetición, formular leyes de producción de los fenómenos y predecir los futuros”. (En Cuestiones, 1905, pp. 8-10.). En esta cuestión Altamira se había apartado del teórico alemán por el despojo que suponía para la historia de cualquier capacidad de generalización; en ello no le sigue Torres.

[47]    Torres López, Memoria,  n. 82.

[48]    Torres López, Memoria,  p. 89.

[49]    Von Below, op. cit., p. 19

[50]   Como ha señalado PierreVilar, “el signo más evidente del amplio rechazo de Marx en la historiografía europea residió tal vez menos en el estricto positivismo de la investigación y en la preferencia por lo “contingente”, que en la indiscutida división entre sectores de la historia. Porque si el campo político, diplomático y militar seguía considerado alrededor de 1900 como el campo de lo histórico por excelencia, no se puede decir que el de lo económico, lo institucional o lo espiritual fueran despreciados. Pero se les consideraba un asunto para especialistas” (P. Vilar, “Historia Social y Filosofía de la Historia”, recogido en Economía, Derecho, Historia, Barcelona, 1983, p. 164).

[51]    Torres López, Memoria,  pp. 94-95.

[52]    Torres López, Memoria,  p. 97.

[53]    Torres López, Memoria,  p. 98.

[54]    Torres López, Memoria,  pp. 100-101.

[55]    Torres López, Memoria,  p. 105.

[56]    Torres López, Memoria,  p. 125.

[57]    Torres López, Memoria,  p. 120. La definición queda completada en los “Preliminares” de sus Lecciones: “La historia del derecho español será la ciencia que investiga y trata de conocer y exponer, a través de una sucesiva concepción dogmática inductivamente adquirida, la vida peculiar de los distintos sistemas jurídicos que han existido en el territorio, histórica o actualmente español, tanto en su desarrollo como organismo total, cuanto en el parcial de las instituciones que las integraron y condicionaron, siempre que, mediante una valoración causal-teleológica, hayan sido significativos para la vida jurídica posterior” (M. Torres López, Lecciones..., p. 45)

[58]    La manualística histórico-jurídica venía recogiendo ya esta distinción; ver, por ejemplo, la Historia de la legislación española, de J.M. Antequera, en su segunda edición (Madrid, 1874): existen “dos métodos bajo los cuales puede escribirse la historia legal de un pueblo:  la historia interna del derecho (cuadro de las instituciones y su progresivo desarrollo) y la externa (cuadro de la legislación en sus vicisitudes y en sus relaciones con la vida política, religiosa y social)” (p. 6).

[59]   La de Hinojosa, por ejemplo, reducía la historia externa a historia de las fuentes del Derecho, “o sea la exposición de las formas con que se revela y actúa el derecho, así en la costumbre como en la legislación y en la ciencia”. La interna sería la que “muestra el origen, florecimiento y decadencia de las instituciones jurídicas”. Por su íntima relación, han de estudiarse ambas, cuidando de que la externa preceda siempre a la interna  (Hinojosa, Historia general del Derecho Español, Madrid, 1924 (2a ed.), p. 2)

[60]    Torres López, Memoria,  p. 186.

[61]  Este último autor nos informa en su Memoria (nota 1, p. 77) de que Torres modificó sus criterios en la segunda edición de sus Lecciones.  Si en la primera defendía el criterio político de Xenopol, en la posterior  Torres describe las ventajas del sistema histórico frente al plan sistemático: éste no puede dar la visión de conjunto del sistema jurídico que se pretende, partiendo de la concepción orgánica de los sistemas jurídicos; además, se corre el riesgo de trasladar a épocas pasadas clasificaciones jurídicas actuales, que pueden ser falsas y conducir a error. La periodificación ha de ser basarse, defiende ahora, en categorías propias de la Historia del Derecho.

[62]    Altamira, La Enseñanza de la Historia, pp. 167-168.

[63]    Torres López, Memoria,  p. 123.

[64]   Entre otros muchos, ver: Georges Lefebvre, El nacimiento de la historiografía moderna, Barcelona, 1974-1985; Norberto Bobbio y Nicola Mateucci, entrada “Nación” de su Diccionario de Política, Madrid, 1973, t. II, p. 1.078; P. Cirujano, T. Elorriaga y J.S. Pérez Garzón, Historiografía y nacionalismo español (1834-1868), Madrid, 1985; Gurutz Jáuregui, Contra el Estado-nación. En torno al hecho y la cuestión nacional, Madrid, 1986.

[65]   Alfonso Ortí ha destacado la relación entre este proyecto político y el regeneracionismo, en el que sitúa la obra de Altamira, y cómo los ideales que se predican no cumplen otra función que la de “hacer converger las energías y sentimientos de todas las capas y grupos sociales (por encima de divisiones clasistas que pretenden ignorarse) en una suprema identificación con la nación” (A. Ortí, “Regeneracionismo e historiografía: el mito del carácter nacional en la obra de Rafael de Altamira”, en Estudios sobre Rafael Altamira, Alicante, 1987, p. 331)

[66]    Torres López, Memoria,  p. 123.

[67]    Torres López, Memoria,  p. 129.

[68]    Torres López, Memoria,  p. 138.

[69]    Torres López, Memoria,  p. 139.

[70]    Altamira, La enseñanza de la Historia, p. 314.

[71]    Torres López, Memoria,  n. 5, p. 199.

[72]    La Escuela de los Annales y su invocación de la Histoire totale vendría en ese sentido a situarse sobre terreno abonado, entre otros, por insignes representantes de la escuela alemana. Ya en 1864 nada menos que Droysen postulaba que “se puede y se debe estudiar desde el punto de vista histórico las artes, las formas jurídicas, todas las creaciones del espíritu humano, todos los aspectos del mundo moral, a fin de comprender el presente a partir del pasado” (Droysen, “Kunst und Methode”, Historik, Darmstadt, 1960, pp. 422-423; cita tomada, junto con la que sigue, de Carrera Ares, op. cit., p. 401); con acentos del todo braudelianos afirmaba Monod en 1895 que “la mayoría de los hechos llamados históricos no son, respecto a la verdadera historia humana, más de lo que son, frente al movimiento profundo y constante de las mareas, las olas que se elevan en la superficie del mar, se colorean un instante con destellos luminosos y, después, se rompen en la arena sin dejar nada detrás” (G. Monod, “La societé franco-écossaise”, en Revue Historique, nº 61 (1896), p. 322)

[73]    Entre las numerosas citas que se podrían escoger de la obra de Altamira sobre su pretensión de historia total, creemos que ésta marca bien la relación entre esta pretensión y la concepción orgánica antes analizada: “Todo lo que no sea ofrecer al lector (niño o adulto) la impresión clara de la unidad de la vida social, está, en rigor, fuera del nuevo concepto de la historia; porque no basta añadir numéricamente capítulos a capítulos, destinando cada uno a la historia particular de un ramo de cultura (arquitectura, ciencias, ideas religiosas), si no se da a cada cual la significación e influencia que en general tiene, y más propiamente la que ejerciera en el pueblo o época de que se trata: de donde ha de deducirse su papel en la historia, y su relación con los demás elementos de ella. Sólo de este modo resultará la unidad orgánica de la vida y de la civilización, y llegará a comprenderse cómo influyen unos en otros los diversos órdenes de la actividad humana, y cuán imprudente es despreciar cualquiera de ellos por creerlo sin importancia para el conocimiento de la verdadera historia” (La enseñanza de la Historia, p. 169)

[74]    Altamira, La enseñanza de la Historia, p. 341.

[75]    Torres López, Memoria,  n. 12, p. 204.

[76]    Torres López, Memoria,  n. 12, p. 205.

[77]    Torres López, Memoria,  n. 17, p. 211.

[78]    Torres López, Memoria,  p. 214.

[79]    Torres López, Memoria,  n. 33, p. 233.

[80]    Torres López, Memoria,  p. 262.

[81]    La enumeración es como sigue:

“Las ciencias auxiliares indispensables son:1º El derecho romano. 2º El derecho germánico. 3º El derecho canónico. 4º Los derechos semíticos. 5º Las historias del derecho de los pueblos que pueden haber sido influidos por esos propios elementos como el alemán, francés, italiano, inglés y los germánicos del norte en general. 6º El derecho comparado con grandes precauciones y en tanto en cuanto que afecte a problemas a resolver dentro de los pueblos indogermanos. 7º El derecho dogmático actual. 8º Las llamadas antigüedades entre nosotros tan olvidadas. 9º La historia política que Pertile considera la primera ciencia auxiliar. 10º La ciencia de las costumbres populares.11º La Arqueología.12º Ciencia del lenguaje comparado.13º Las llamadas en concreto “ciencias auxiliares de la Historia”, como: Diplomática, Paleografía, Numismática, Sigilografía, Heráldica, Cronología, Genealogía, Geografía histórica, etc. Estas ciencias nos sirven para la crítica de la fuente y su valoración. Toda la heurística debe aquí incluirse”. (Torres López, Memoria,  pp. 305-307).

 


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