MAESTROS COMPLUTENSES DE HISTORIA DEL DERECHO


SEMBLANZAS: RAFAEL DE UREÑA Y SMENJAUD

Por Adolfo Bonilla y San Martín

Boletín de la Academia de la Historia, tomo 79 (1921), pp. 297-307.

 

Tarea punto menos que imposible es la de condensar en breves términos los resultados capitales de la magna labor realizada por el señor Ureña en el orden científico y en el universitario. Capacitóse para ella con serios y prolongados estudios, parte de los cuales constituyó el aprendizaje de la lengua arábiga, en la cual es autodidacto; y después en artículos, en monografías y en libros de extensión considerable, ha procurado fijar las leyes de la evolución del Derecho, ha editado textos de singular importancia, ha resuelto obscuros problemas de nuestra historia jurídica y ha trazado las líneas fundamentales de esta última con erudición exquisita.

Recordad, a título de ejemplos, aquél su curiosísimo estudio sobre La influencia semita en el Derecho medio-eval de España (Madrid, 1898); su magnífico trabajo sobre Las ediciones de los Fueros y Observancias del reino de Aragón, anteriores a la compilación de 1547 (Madrid, 1900); su disertación sobre una interesante familia de jurisconsultos musulmanes: Los Benimajlad de Córdoba (Zaragoza, 1904); su excelente discurso inaugural, verdadero resumen de la historia de la literatura jurídica española: Observaciones acerca del desenvolvimiento de los estudios de Historia del Derecho español (Madrid, 1906); su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia (Madrid, 1909) sobre Una edición de las “Leges Gothorum Regum” preparada por Diego y Antonio de Covarrubias; aquel otro, de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas sobre Una tradición jurídica española (la patria potestad conjunta) (Madrid, 1912), y el minucioso y profundo libro sobre Las ediciones del Fuero de Cuenca (Madrid, 1917), preparatorio de la magna edición, que tiene casi terminada, de los textos latino y romanceado del más extenso e importante de nuestros antiguos fueros municipales, a la que procede añadir las ediciones de los Fueros de Usagre y de Zorita de los Canes (publicada la primera en colaboración con el que os habla).

Pero, sin ninguna duda, la obra capital del señor Ureña es la Historia de la Literatura Jurídica española (Madrid, 1906; dos grandes volúmenes en 4º), desgraciadamente interrumpida, y de la cual forma parte el libro admirable sobre La Legislación gótico-hispana (Madrid, 1905). Como en otro lugar he dicho, esta obra representa la producción más valiosa de cuantas han visto la luz en nuestra patria, sobre historia de fuentes jurídicas, desde los tiempos del insigne Francisco Martínez Marina. No solamente se recogen en ella, con escrupulosidad benedictina, cuantos datos ha aportado la erudición española y extranjera sobre la materia, sino que se examinan con criterio original, fundado en el estudio directo y paciente de los códices, las distintas etapas evolutivas del gran cuerpo legal gótico, conocido propiamente con el título de Liber iudiciorum, y en la versión castellana que se supone hecha en tiempo de San Fernando, con el Fuero Juzgo. Brunner, en su clásica Deutsche Rechtsgeschichte (2ª ed.), tratando de las fuentes del Derecho visigodo, sólo menciona, fuera de los alemanes, este trabajo del señor Ureña.

Dióle motivo a tan insigne obra la edición de las Leges Wisigothorum, dirigida por el profesor de Berlín Carlos Zeumer y publicada a fines del año 1902, edición que el señor Ureña rectifica en puntos muy capitales. La parte más sustanciosa y extensa de la obra del señor Ureña es la referente a la transformación evolutiva de la Lex Wisigothorum, donde, con sólidos razonamientos, especifica las etapas de semejante evolución, desde el Edictum Theodorici II regis (del cual cree que forman parte los fragmentos de Holkham, descubiertos por Gaudenzi), hasta la forma Vulgata, pasando por los Statuta legum de Eurico, el Breviarium Alarici II, el Codex revisus de Leovigildo, la serie de Novellae leges, el Liber iudiciorum de Recesvinto, con las Novellae leges del mismo, la Lex renovata de Ervigio y la Lex revisa de Egica.

Preciso es remontarse a los tiempos de Martínez Marina, para encontrar un investigador de esta talla entre los historiadores de nuestro Derecho. Unos han recopilado, con afán benemérito, textos y disposiciones; pero no han pasado de ese plano; otros, como el insigne Eduardo de Hinojosa, han dado a la luz monografías de incuestionable mérito, que siempre deberán ser leídas; pero no hallo ninguno, fuera de Martínez Marina, que pueda compararse con el señor Ureña en la amplitud de miras y en la general trascendencia de su labor.

Y si al orden pedagógico y universitario atendemos, no aparece menos alta la personalidad del señor Ureña. Para todas las grandes empresas, no sólo hacen falta medios, sino el hombre, y aún puede decirse que el hombre crea los medios. La Facultad de Derecho de la Universidad Central, encontró a ese hombre en el señor Ureña, que ya había dado pruebas de su espíritu organizador en las Universidades de Oviedo y de Granada. El creó el Museo-Laboratorio jurídico, institución de la cual puede enorgullecerse justamente nuestra Universidad, y, donde, además de aparatos para diversas enseñanzas (Derecho penal, Antropología criminal, etc.) y de un excelente gabinete fotográfico, existe una riquísima Biblioteca, la mejor, sin duda, en su género, de las que tenemos en España. Y todo esto hubo de establecerlo el señor Ureña paso a paso, con habilidad y diligencia nunca bastante ponderadas, luchando unas veces con la indiferencia de éstos, otras con la mala voluntad de aquellos, y siempre con las trabas que la burocracia suele oponer a tales iniciativas en nuestros establecimientos oficiales. Profesores y alumnos pueden trabajar libre y cómodamente en ese Laboratorio; y no ha sido menester, para fundarlo y conservarlo, construir cenáculos de cofradía, ni pedir millones al Estado, ni rehusar el pan del espíritu, bajo el absurdo pretexto de incapacidad, a los que de él se sienten hambrientos, ni salir siquiera del perímetro del humilde edificio universitario.

Tal es, en síntesis expuesta, la obra meritísima del ilustrísimo señor don Rafael de Ureña y Smenjaud.


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