MAESTROS COMPLUTENSES DE HISTORIA DEL DERECHO


 

RAFAEL DE UREÑA Y SMENJAUD

Por Adolfo Posada

Boletín de la Universidad de Madrid, Mayo de 1930, pp. 322-23.

 

La muerte de D. Rafael de Ureña.- Ya en prensa este número, nos sorprende la noticia de la muerte del Decano de nuestra Facultad de Derecho, acaecida en Madrid en la madrugada del 21 del corriente mes de mayo.

Había nacido D. Rafael de Ureña en Valladolid el 3 de febrero de 1852, cursado sus estudios en aquella Universidad. En el 78 ganó la Cátedra de Derecho político y administrativo de la Universidad de Oviedo; más tarde fue Catedrático de la de Granada, y en 1887 pasó a desempeñar la de la Historia de la Literatura jurídica en la Universidad de Madrid. Fue nombrado Decano de la Facultad de Derecho el año 1909, y al ser jubilado, en 1922, se le ratificó en este cargo, que ha desempeñado hasta su muerte.

El señor Ureña era, además, Académico de la Historia y de Ciencias Morales y Políticas.

Durante su larga vida de Catedrático realizó estudios importantes en el campo de la Historia del Derecho, resaltando entre ellos los que dedicó a la transformación evolutiva de la Lex Wisigothorum y su tesis acerca de la legislación anterior a Eurico, desenvuelta en su Historia de la Literatura jurídica española. Son muy importantes también sus ediciones de fueros, muy valiosas para cuantos han de estudiar la historia jurídica y social de España.

Rubricó obras importantísimas, entre las que se destacan La influencia semita en el Derecho medieval de España, Historia de la Literatura jurídica española, Familias de jurisconsultos: Los Beni Majlad de Córdoba, La legislación gótico-hispana, El fuero de Zorita de los Canes según el Cod. 247 de la Biblioteca Nacional y sus relaciones con el fuero latino de Cuenca y el romanceado de Alcázar, El fuero de Cuenca, edición crítica con notas e ilustraciones. En colaboración con Bonilla y San Martín publicó Fuero de Usagre (siglo XIII) y Obras del maestro Jacobo, el de las Leyes.

El Catedrático de nuestra Facultad de Derecho, D. Adolfo Posada, nos remite las siguientes cuartillas, dedicadas a D. Rafael de Ureña:      

La Universidad de Madrid experimenta pérdida dolorosa e irreparable con la muerte del Decano de su Facultad de Derecho, D. Rafael de Ureña, uno de sus miembros más devotos y entusiastas. Profesor antes que todo y por encima de todo, dedicó Ureña a la Universidad su vida, desde que muy joven, primero como Auxiliar en la Universidad de Valladolid, y luego como Catedrático en la de Oviedo, enseñando Derecho político, se incorpora a la labor universitaria para no abandonarla un solo día.

Quien esto escribe, estudió con Ureña en la Universidad ovetense, allá por los años 1877 y 1878, y no como alumno oficial obligado a asistir a una clase por una inscripción de matrícula, sino en calidad de “oyente”, atraído hacia el aula por la ya fuerte personalidad del entonces joven maestro, que iniciaba en la cátedra de aquella Universidad, en renovación, una nueva manera de considerar los problemas del Derecho político. Rompía Ureña con la tradición de una enseñanza elementalísima y de limitado horizonte, practicando nuevos métodos, explicando nuevas doctrinas, dando mayor valor a los fundamentos filosóficos de la teoría del Estado y abriendo dilatadas perspectivas al estudio histórico de las instituciones políticas españolas. Ibamos, pues, a la Cátedra de Ureña, no para “hacer un curso” en vista de un examen, sino sencillamente por gusto, para estudiar, con todo interés, una disciplina que entonces empezaba a considerarse como fundamental para el jurista y de primera necesidad para el hombre culto.

Si alguna vez se hiciera la historia que se dice “interna” –la que no dan los planos- de la enseñanza universitaria del Derecho político en España, a partir, por ejemplo, del maestro Colmeiro, el historiador tendría a mi juicio que señalar, al lado del influjo hondo y renovador –aunque indirecto, desde otras Cátedras y disciplinas- de los grandes pensadores Giner y Azcárate y del ejercicio desde la Cátedra de Derecho político de la Central, por Santa María de Paredes, el del ilustre Decano que nuestra Facultad de derecho acaba de perder.

Ureña pasó de la Universidad de Oviedo a la de Granada, donde enseñó Derecho canónico, renovando la sistemática, y por fin fijó su asiento en la Cátedra de Literatura jurídica del Doctorado de Derecho en esta Universidad de Madrid. En las tareas de esta Cátedra, que había de ser algo así como su “compañera espiritual”, culmina la labor científica y el influjo universitario del maestro que hoy lloramos. Vivió Ureña íntimamente unido a la enseñanza, absorbido por ella, lleno siempre de fe y de entusiasmo, por decirlo así, juvenil, hasta el día en que la dura ley, pero ley, le impuso la cruel retirada de la jubilación. En rigor, bien puede asegurarse que toda la labor científica de Ureña en la Universidad, y fuera de ella, en las Reales Academias de la Historia y de Ciencias Morales y Políticas, así como en la revista y en el libro, tuvo por centro o eje la enseñanza de su Cátedra de Literatura jurídica, o se produjo con ocasión o como irradiación luminosa de ella.

Ureña, que iniciara su función de maestro elaborando una doctrina del Estado de base o cimentación filosófica, inclinó pronto su espíritu curioso y entusiasta hacia las disciplinas históricas, trabajando en ellas con la fe cálida de un discípulo de la escuela histórica del Derecho. Sus investigaciones sobre las instituciones jurídicas del mundo semita y del germano, considerando especialmente su influjo en el proceso evolutivo del Derecho español, son las que consagraron la sólida fama del maestro español, caracterizando con rasgos bien salientes su destacada personalidad científica. Ureña formó en su Cátedra, y con sus labores, discípulos entusiastas. Y no cabe duda que en el notorio y animador renacimiento de los estudios históricos de que la Universidad española puede con justicia enorgullecerse, al lado del influjo de Azcárate y Menéndez Pelayo, Hinojosa y Costa –cito sólo los muertos ilustres- puede, deberá señalarse el de Ureña.

Don Rafael de Ureña dirigió durante muchos años la vida de la Facultad de Derecho de nuestra Universidad, rodeado del respeto cordial de todos sus compañeros, que admiraban su devoción al hogar universitario y advertían reconocidos, en mil detalles, su intervención cuidadosa y su amable y desinteresada labor directora. Era un Decano que a todos nos parecía insustituible. Al ser jubilado como Catedrático, la Facultad, unánime, reclamó su continuación indefinida en el Decanato. Y ahora, arrebatado por la muerte de entre los suyos, persistirá en el alma de todos su amable recuerdo. Desaparecido materialmente el maestro Ureña, persistirá su huella imborrable en las dos obras que la Universidad debe a su fecunda y eficaz iniciativa, a saber: el Laboratorio Jurídico Ureña –con sus miles de volúmenes-, el material científico en él acumulado y la Revista que es en cierto modo su anejo, y la Fundación, que permite a la Facultad pensionar todos los años a alguno de sus discípulos más destacados.


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