15 de abril del 2001
Ser comunistas, hoy

Ferran Gallego
Veualternativa

Veinte propuestas de reflexión

Hace ya casi cuarenta años, el filósofo francés Roger Garaudy se preguntaba, en el título de uno de sus libros: "Se puede ser comunista hoy?". Ahora, la pregunta adquiere una calidad distinta, una urgencia mayor, que procede de los malos momentos que vive el conjunto de la izquierda. En este periodo de "post-comunismo", en este momento en que tantos han pasado a llamarse y organizarse como "ex- comunistas", debe responderse a las cuestiones centrales de nuestra identidad. Nadie se pregunta por la legitimidad de ser democristiano, o liberal, o socialdemócrata, o nacionalista, o conservador. En cambio, los comunistas debemos responder a una pregunta elemental, inicial, que comienza por cuestionar nuestra necesidad histórica y la legitimidad moral de nuestra existencia. En la propaganda más indulgente, somos algo superado por los acontecimientos. En la más sectaria, una pieza del museo de los horrores de la historia, compartiendo el espacio de las tiranías de nuestro siglo.

Es posible que la respuesta más inmediata proceda de nuestra propia existencia.

Somos necesarios porque somos reales, porque vivimos. Pero no es suficiente. Nuestra presencia no nos legitima por sí misma, nuestras ideas no pasan a ser reales por el hecho de que alguien las defienda. En estos momentos, además, tenemos que responder a los motivos que exigen nuestra existencia porque no se nos pregunta sólo desde las instancias de los enemigos de clase. Se nos interroga desde nuestra propia historia. Se nos interroga desde la conciencia de las clases populares ante las que hemos perdido credibilidad. Y a ellas sí les debemos una respuesta, que trate de edificar nuestra identidad sobre la base firme de nuestro propio conocimiento, de nuestra tradición y de nuestra capacidad de dar respuestas a los problemas reales de quienes sufren.

La nuestra es una situación de perplejidad, por el volumen de la derrota que se ha sufrido. Una derrota moral, que une, a sus características de retroceso político ante el enemigo, la forma en que hemos perdido terreno en la conciencia de quienes deberían ser nuestra base social. El adversario de clase ha conseguido imponer una propuesta ideológica contundente, que es la del final de la historia. Según ella, hemos llegado, en los tramos finales del siglo XX, a la situación en la que la humanidad ha encontrado las formas fundamentales de su organización, a las que ya no seguirá ninguna otra de naturaleza distinta. A partir de ahora, se dice, ya no habrá transiciones de una forma de producción a otra, radicalmente diferentes en su forma de tramar las relaciones sociales. A partir de ahora, sólo habrá acontecimientos, girando en torno al mismo núcleo inmutable de las relaciones sociales del capitalismo. El mundo ha alcanzado el final hegeliano de la historia, el tramo definitivo de la trayectoria de los seres humanos. Y, al contrario de lo que pensaba Marx, la historia ha decretado el triunfo del liberalismo económico, de la desigualdad y de la alienación. Lo que se niega no es solamente la continuación de la historia, sino su expresión político-social: el proceso revolucionario. Resulta curioso que, en nombre del liberalismo, se niegue la capacidad humana para modificar sustancialmente sus condiciones de vida, de acuerdo con la voluntad de la mayoría. ¿Habrá de ser un marxismo tantas veces acusado de determinista, quien salga en defensa de esa posibilidad de cambiar las cosas según las necesidades y los deseos de las capas mayoritarias de la población? Nadie se atreve a señalar que éste sea un mundo perfecto. Por el contrario, los mismos defensores del sistema vienen a decirnos que aceptan todas sus impurezas.

Pero se ha alcanzado una naturalización de las relaciones sociales, una normalización que ha convertido en sentido común de nuestro tiempo las ideas de la burguesía. Se ha llegado a hacer creer a todos, a explotados y a explotadores, a gentes que vienen de tradición de lucha y a jóvenes a los que se les roba la historia, que no hay otra forma de organizar las cosas, que el capitalismo responde a la naturaleza misma de los seres humanos. Y que cualquier intento de violentarla sólo conduce a catástrofes sociales como la imagen del comunismo que proyectan los medios de comunicación de masas. Así se ha instalado, entre quienes gozan del sistema y entre quienes lo sufren, una cultura de la resignación a aceptar lo real como lo racional, lo existente como lo posible. Así se ha tendido un muro de desmoralización que ha impedido, durante muchos años, restaurar la capacidad de combate contra un orden no sólo injusto, sino también superable. Así ha llegado a creerse que el socialismo no era sólo políticamente imposible, sino históricamente inviable y moralmente indeseable.

En esta situación, en la que los comunistas nadamos contra la corriente, como en ninguna otra fase de la historia reciente, es urgente que nos planteemos algunos de los problemas que pueden justificar nuestra propia necesidad. Porque la capacidad de comunicar que el mundo está mal hecho no nos concede de inmediato el beneficio de su transformación. Porque la aceptación generalizada de que la injusticia es extensa, no nos asegura convertirnos en una alternativa. Porque la emergencia de formas fragmentarias de descontento no hace de nosotros una parte imprescindible de la reconstrucción de la izquierda. No somos más necesarios de lo que podamos y sepamos construir culturalmente, de lo que podamos y sepamos organizar políticamente.

Algunas de las cuestiones fundamentales para nuestra actividad tienen que proceder, por tanto, de ajustar cuentas con nosotros mismos, de medir nuestras insuficiencias y de restaurar nuestro perfil. De aprender a convivir con la sociedad y no sólo con nosotros mismos. Enumeremos algunas de ellas.

1. Debemos asumir no sólo el volumen, sino la calidad de la derrota que se ha sufrido. Como se decía en el último congreso del Partido Comunista de España, no se trata solamente de haber padecido un retroceso, un contratiempo en los vericuetos de la lucha de clases. Se trata de una verdadera fractura de época que ha provocado mutaciones definitivas en la forma de organización de la izquierda. Que ha causado una verdadera sangría en su prestigio ante las capas populares. Hemos de reconocer el fin de una época, y la entrada en una nueva. Las deficiencias para definirla son tan inmensas que sólo acertamos a llamarla por lo que ya no es: sociedad postfordista, sociedad postmoderna...pero no por lo que la caracteriza. Ese reconocimiento de salto cualitativo es indispensable para poder avanzar.

2. Debemos analizar la fase histórica en la que nos encontramos, comprendiendo que, tras una derrota de estas características, de lo que se trata es de acumular fuerzas en un periodo dilatado, que nos permite situar niveles adecuados de resistencia y espacios cada vez mayores de hegemonía social e ideológica. A ello corresponde la defensa de nuestra identidad, porque esa búsqueda de los propios principios identificadores es lo que corresponde en las etapas de acumulación de recursos. Pero la búsqueda de la identidad no es el aislamiento ni el dogmatismo. No es la negación al contacto con una realidad contaminante, que podría desmoralizarnos con sus problemas nuevos y su indiferencia. La identidad es aquello que nos distingue de los demás, no lo que nos aísla de la gente y de las circunstancias históricas en que vivimos. Y la identidad es precisamente lo que se nos niega, cuando se nos acepta con mayor benevolencia el dogmatismo. Al enemigo de clase no le preocupa en absoluto que instauremos un reino perfecto de ideas encerradas en sí mismas, incapaces de comunicarse con las mayorías sociales. Lo que le preocupa es la recuperación de la identidad como un perfil ideológico que restaure nuestra actualidad.

Por ello, tenemos que reconocernos en una tradición.

3. La tradición es una constante vuelta a los orígenes, a aquello de lo que estamos hechos, a los ingredientes de nuestra materia cultural. Y ese regreso implica el reconocimiento de una trayectoria, de una serie de ciclos vitales de algo que no es sólo un cuerpo ideológico, sino un movimiento social.

Nuestra identidad es también nuestra experiencia. La defensa del hecho revolucionario, la voluntad de cambiar la historia, la lucha por la emancipación, la defensa de la democracia contra el fascismo no son sólo episodios del pasado, sino que son partes de nuestro organismo, células con una preciosa información genética que nos permite continuar actuando, que nos orienta. Ninguna corriente política parte de cero. Pero una tradición sólo lo es si se actualiza, o se convierte en lo contrario a una tradición: en un burdo manual de buena conducta que sólo sirve para los iniciados en un ritual sectario.

4. Lo que nos identifica, lo que constituye el eje de esta tradición es la lucha contra la explotación. Es reconocer en las relaciones entre capital y trabajo el núcleo de la misma. Y su actualización supone entender en qué consiste ahora la explotación, cuáles son los recursos que alimentan la reproducción del sistema. No podemos conformarnos con la enumeración de las desigualdades, del hambre, de la concentración de la riqueza o con cualquier otro mecanismo descriptivo de la realidad. Tenemos que analizarla. Y ello implica hacer lo mismo que llevaron a cabo los cuadros sociales del comunismo del pasado siglo: caracterizar las relaciones de clase de nuestra época.

Sin conocer cuál es el vientre del sistema, cuáles son los recursos de su alimentación, sin definir de una forma apropiada la explotación, no lograremos definir de una manera precisa nuestra función social, nuestra estrategia, nuestra razón de ser. Ni siquiera estableceremos una sólida línea de resistencia ante el enemigo de clase.

5. Esta tradición implica también hallar un lugar preciso en nuestro discurso a las formas nuevas de exclusión social, que definen una parte sustancial del proceso de explotación de nuestra época. La marginación, la expulsión del tejido productivo y de las relaciones sociales normalizadas es un ingrediente básico para que el sistema continúe funcionando, y ello genera sujetos sociales nuevos a los que tendremos que referirnos.

6. Debemos recalificar la política. El discurso del final de la historia es también el discurso del final de la política, porque ésta sólo puede basarse en el enfrentamiento entre proyectos sociales alternativos. Sostener el antagonismo es ya una forma de realizar la política, de devolverle sentido. Pero la burguesía ha conseguido crear una impresión generalizada de inutilidad de la política, un discurso en el que, por una parte, se declara el carácter natural e inmutable de la economía, mientras, por otro lado, se señala la reducción de la soberanía política en favor de la económica. Si las decisiones no se toman en el ámbito de quienes son elegidos, la democracia se presenta como un fiasco, del que van distanciándose precisamente quienes más sufren las condiciones del sistema. La abstención consciente es una forma de expresar este impresión. Los movimientos nacional-populistas y neofascistas son otra manera de hacerlo. En ambos casos, lo que se expresa es el desprestigio de la política. Y eso nos atañe, porque sólo a la izquierda puede interesarle una redefinición de la democracia en términos del control de los individuos sobre su vida cotidiana. La democracia no es una forma de controlar a quienes gobiernan, sino una forma de organizar el gobierno de todos sobre todos los asuntos sociales. Acabar con la corrupción de las palabras, restaurar la dignidad y la viabilidad de la democracia sólo puede ser un objetivo de la izquierda radical.

7. Debemos definir el papel de la alienación en nuestra sociedad, porque las formas de explotación que vivimos suman, a su forma material, un proceso de aniquilación de la conciencia como el que nunca se ha vivido. Los recursos de la burguesía para arrebatar identidades, para homogeneizar discursos, para penetrar en la mentalidad de las personas y doblegar sus principios morales son inmensos. Los medios de comunicación han normalizado una cultura de la pasividad, de la privacidad, de la insolidaridad, la desigualdad y la competencia. El grado de alienación, de pérdida de propiedad intelectual del individuo, alcanza niveles pavorosos, sujeto como está a un proceso de laminación que lo convierta en un siervo ávido de las formas más degradantes de consumo, de enfrentamiento con sus semejantes, de indiferencia ante el sufrimiento ajeno o de falta de reconocimiento de la propia explotación. En el origen mismo del marxismo se encuentra la lucha por la liberación del ser humano. Los escritos de juventud de Marx pretendieron hallar precisamente la naturaleza de la alienación, de la corrupción de la libertad del individuo como ser social. Ésa es otra parte de una tradición que hemos de actualizar.

8. Los dos puntos anteriores nos enfrentan a una necesaria revisión de lo que entendemos por socialismo. Demasiadas veces, el discurso economicista de alguna tradición marxista se ha limitado a señalar los aspectos de corrección de las fuerzas materiales. El socialismo no es la socialización de los medios de producción, ni la aceleración de las fuerzas productivas. Esas son condiciones para dar una base material al socialismo. El socialismo es la fase necesaria de tránsito para la emancipación del ser humano, y debe contener ya los elementos básicos de esa liberación. Sin libertad, sin pluralismo, sin control de las decisiones por la base, sin democracia, el socialismo no existe, sino solamente una sociedad que centraliza las decisiones económicas y entrega al Estado la propiedad de los medios de producción.

9. Debemos recordar, con los autores del Manifiesto comunista, que no somos algo distinto al resto de los trabajadores y las trabajadoras. Lo que nos distingue, según dijeron los jóvenes Marx y Engels, es poner los objetivos finales en el punto de mira de cada lucha parcial, y colocar los intereses de la clase en su conjunto por encima de los de cada fracción del proletariado.

10. Lo primero nos obliga a acumular conocimiento social. La función de nuestro partido es ir sumando cada una de las experiencias fragmentarias de explotación para construir con ellas un saber colectivo. Y devolver ese conocimiento total a nuestra clase, convertido no sólo en análisis, en diagnóstico, sino en propuesta de acción. La sociedad burguesa demanda el pensamiento débil, ensalza el relativismo y el conocimiento fragmentario. Nosotros tendremos que defender el conocimiento sistemático, global, como el instrumento para que cada uno se reconozca como parte de un mismo proceso, para que cada cual vea en su sufrimiento una pieza de la lógica de la explotación.

11. Lo segundo nos conduce a un nuevo internacionalismo. En otros tiempos, el llamamiento a la unidad de los proletarios podía ser una referencia genérica. En el nuestro es, además de reconocernos como parte de la humanidad, es la única vía para resolver problemas políticos inmediatos, para articular alianzas que tengan poder de negociación y de lucha en el corto plazo. Y ese internacionalismo no puede basarse sólo en nominalismos, o en criterios estrechos ideológicos, sino en el encuentro con izquierdas diversas, en continentes distintos, que responden a formas diferentes de enfrentarse al capitalismo.

12. La acumulación de conocimiento y el contacto teórico con una realidad global nos exige también un código capaz de comunicar nuestras ideas. Tenemos que conseguir que las palabras signifiquen algo más que el sentido que les ha dado la burguesía, porque la primera conquista realizada por ésta ha sido la ocupación del lenguaje, su confusión y su puesta al servicio del significado que más interesaba a sus necesidades de clase. Las palabras sirven para comunicar, pero también son un instrumento de conocimiento, son el mecanismo básico de comunicación entre la conciencia y la realidad.

13. El Partido ha de ser el lugar de encuentro entre experiencias fragmentarias, y en especial el punto en que se reconocen generaciones distintas. No hay otro territorio político, organizativo, ideológico, donde pueda darse ese contacto, a través del uso común de una tradición. La acumulación de experiencia y la atención a los cambios, la sabiduría colectiva agregada por los años de lucha y la limpieza de prejuicios deben ser los valores que se intercambien las edades distintas que coinciden en un mismo espacio orgánico.

14. Debemos reconstruir la sociedad. La nueva economía no crea relaciones sociales distintas, sino que destruye las relaciones sociales. Hace que resulte cada vez más difícil de reconocerse el sistema en el que se vive, que cada uno se sienta cada vez más aislado, hace imperceptible la explotación colectiva y la convierte en un episodio personal. Se trata de volver a edificar la trama social devastada por el capitalismo portfordista, de establecer formas de sociabilidad, de crear mecanismos para que la gente se reconozca en otra gente, que comparta experiencias de lucha contra aspectos parciales del sistema para que todos vayan descubriéndose como seres sociales.

15. Se trata también de hacer de la identidad el encuentro con otras tradiciones. No podemos descubrir quiénes somos más que en contacto con otras izquierdas, estableciendo con ellas un marco de convivencia que nos permita avanzar juntos. El principio de un partido único cargado con todas las razones de la historia, poseedor único de un código revolucionario, pertenece a un aspecto caducado de nuestra historia, que vulnera el contenido íntimo de la actitud de generaciones de revolucionarios, para el que la emancipación humana había de partir de la pluralidad de la experiencia de quienes luchaban contra el capitalismo. Porque hay otras izquierdas, y esta afirmación no se limita al reconocimiento de la socialdemocracia como la otra izquierda sino, sobre todo, a la existencia de numerosas expresiones sociales que tienen naturaleza anticapitalista, porque la realización completa de sus objetivos pondría en serios apuros la lógica del sistema. Este mosaico de piezas de resistencia, este movimiento emergente de distintas preocupaciones sociales convoca a una necesaria fundación de un espacio de encuentro del conjunto de la izquierda anticapitalista.

16. Hallar este lugar de encuentro de la izquierda va más allá de una clásica política de alianzas del partido, algo que quede en el ámbito de la propuesta electoral o el acuerdo cupular. Cada vez que el socialismo ha sufrido una derrota, como la que siguió a la Comuna de París o a la instauración del fascismo, se ha realizado una adaptación a las circunstancias que ha sido mucho más que un mero recambio de estrategia. Esto es fundamental, porque sitúa las tareas del Partido Comunista en el ámbito de una nueva fase de acumulación de fuerzas y en la responsabilidad máxima de construir un movimiento unitario capaz de no desperdiciar ni una sola de las energías dispersas que se enfrentan al sistema.

17. La relación con alguna de estas tradiciones revolucionarias distintas debe realizarse en un marco de mutuo reconocimiento, no sólo de la legitimidad de cada uno, sino del aprendizaje mutuo, de la contaminación ideológica. Así, el encuentro con el ecologismo exige una revisión de la concepción del crecimiento económico de la tradición marxista. El encuentro con el feminismo implica la apuesta por la consideración de las luchas de género como algo que nuestra cultura no tuvo en cuenta con la suficiente energía. O el encuentro con las tendencias libertarias nos señala el carácter de la democracia socialista como elemento que define nuestro proyecto, que no puede construirse sin pluralismo y decisión de la base.

18. Hemos de ser capaces de dar solución a los problemas concretos. Hemos de conocer lo general nutriendo los análisis globales con la experiencia determinada local y temporalmente. No podemos envolver nuestra legitimidad en el recurso exclusivo a los grandes principios de emancipación, ni basarnos tan sólo en unas normas generales que acaban teniendo el peor sabor de las consignas. La gente sufre en tiempo real, no en ciclos históricos intergeneracionales. La persona percibe sus problemas en el ámbito concreto. No se le puede responder con una simple referencia a la abstracción, sino mostrando que hay soluciones parciales a los problemas, que existe también capacidad de gestión. Un buen ejemplo es la lucha por la jornada de 35 horas, un caso de combate necesariamente internacional, que afecta al contenido mismo de la plusvalía, que mejora las condiciones de vida de quienes trabajan y de quienes buscan empleo en tiempo real, y que se convierte en parte del sentido común de clases populares. No haber podido rentabilizar esta ofensiva, no haber sido capaces de presentarnos como los más coherentes defensores de esta medida, en nada oculta su carácter de lucha ejemplar en la mezcla entre lo sectorial y lo general, entre lo nacional y lo internacional, entre la reforma dura y la erosión de las condiciones de explotación.

19. Debemos afrontar nuestra propia experiencia histórica no como un mero ejercicio académico ni como un lugar de identificación simbólica. Ya se ha señalado la importancia de la tradición. Pero el socialismo marxista ha gobernado sociedades, ha establecido relaciones de poder, ha construido proyectos de futuro reales. El análisis adecuado de tales experiencias y de su crisis ha de constar en la definición de nuestro perfil, porque buena parte de nuestra veracidad se juega en ese terreno. No somos una secta utópica que ha permanecido encerrada entre los muros de una biblioteca, somos un movimiento social y político que ha desempeñado un papel fundamental en nuestro siglo. Necesitamos contrastar nuestras propuestas de futuro con lo que ha sido la experiencia del "socialismo real".

20. Y, por último, debemos recuperar credibilidad. El socialismo es también la falta de distancia entre lo que promete y lo que se realiza, entre lo que se hace y el cómo se hace, entre los fines y los métodos. El socialismo tiene que volver a aparecer como algo deseable, en primer lugar. Verificable, en segundo término. Ambas son virtudes que se han perdido en estos años. Todas las tareas del partido deberían resumirse en su restauración. En hacer que el socialismo vuelva a ser necesario y, por tanto, posible.


Ferran Gallego, profesor de Historia de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha sido elegido secretario general del PSUCviu ­partido de los comunistas catalanas, integrado en EUiA­ este fin de semana, en el transcurso del VII Congreeso del partido. Este articulo suyo forma parte de los documentos discutidos en el congreso.

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