Lunes, 14 de mayo de 2001

Cataluña, tierra de acogida

JORDI PUJOL

Jordi Pujol es presidente de la Generalitat de Catalunya. Discurso pronunciado en el acto de la inauguración de la exposición Catalunya, tierra de acogida. Centro Cultural Conde Duque. Madrid. 10 de mayo de 2001.

Ante todo quiero agradecer a los Reyes su presencia en la inauguración de la exposición Cataluña, tierra de acogida, que interpreto como una prueba de su consideración hacia Cataluña y hacia lo que Cataluña representa. Como una prueba más en una larga lista de gestos como éste.

La operación de contemplar Cataluña como una tierra de acogida tiene una cierta complejidad. No puede hacerse simplemente considerando lo que ha sido la inmigración del resto de España en el siglo XX, o la francesa en el XVI y el XVII. Ni puede hacerse tampoco sólo desde la óptica de la imagen de Cataluña. Porque por lo menos hay tres factores entrelazados: la incorporación a la sociedad catalana de elementos diversos exteriores a Cataluña, la proyección de Cataluña fuera de sí misma -en la imagen y en la acción- y, la más importante, aquello que hace que Cataluña haya podido ser durante décadas y siglos tierra de acogida, sin descomponerse y al propio tiempo portadora de un mensaje que la trasciende.

Tierra de acogida. No empezaré por lo más próximo, que es el resto de España. Empezaré lejos de aquí. Hace años, deseoso de hacer comprender a los catalanes la necesidad de ser un país abierto a influencias externas, positivas si se saben incorporar bien, escogí la Universidad de Berkeley, en California, para lanzar un mensaje que encajaba bien con lo que California es y con lo que, en la medida de lo posible, queremos que sea Cataluña: una Welcome society, una sociedad de bienvenida o de acogida. De acogida de gentes, de ideas, de técnicas. Lo hemos intentado, y no nos ha ido mal.

Pero tierra de acogida, o de bienvenida, también sobre todo de muchas personas del resto de España. Y creo que en este aspecto Cataluña ha dado lo mejor de sí misma. Cataluña tiene sus defectos y sus virtudes, sus fracasos y sus méritos colectivos. Uno de sus mayores éxitos como país es, sin duda, la forma como ha recibido y acogido a una tan ingente cantidad de gente foránea, sin perder su identidad, sin perder su cohesión, sin merma de la convivencia. Y ofreciendo a los venidos de fuera unas posibilidades de promoción muy grandes. Mantenimiento de la identidad y al propio tiempo defensa a ultranza de la convivencia. Creación de una sociedad porosa, donde la promoción de todos sea posible. Y como resultado, un alto grado de integración. Y otro resultado: una sociedad dinámica, rejuvenecida, emprendedora.

Y ello ha sido así en condiciones a menudo muy difíciles para Cataluña. Difíciles en ocasiones internamente. Y a veces también por el contexto español. Difíciles sobre todo, precisamente, desde la perspectiva de mantener la propia identidad -frecuentemente perseguida y maltratada en sus elementos básicos, desde la lengua a las instituciones- y mantener su paz social y su cohesión interna.

Haber conseguido esto es para los catalanes -para los seis millones de catalanes que somos- un gran motivo de orgullo. Otros pueblos nos superarán en muchísimas cosas, pero pocos en haber sido capaces, en estas condiciones, de crear una sociedad como la nuestra. De progreso y de respeto. Integradora y convivencial. Y de paz. ¿Será esto debidamente valorado?

Creo que en el haber de Cataluña hay otros méritos.

Uno de ellos, que aun siendo un país a menudo empujado a la defensa identitaria, no se ha encerrado en sí mismo. A veces se nos tacha a los catalanes de ensimismamiento, pero en general lo cierto es que hemos procurado proyectarnos, trascendemos. En general, pero sobre todo en el marco español. Es cierto que a veces nuestras aportaciones y nuestros mensajes parece que no resultan adecuados a la mentalidad de buena parte de España y que ello puede producir una cierta incomunicación, de responsabilidad probablemente compartida. Pero basta con leer el artículo de Javier Tusell en el libro de presentación de esta exposición para ver que la aportación catalana al quehacer español ha sido importante. Difícil y controvertida a veces, pero importante. Y no la aportación hecha desde una Cataluña claudicante en su identidad, en su lengua, en su cultura y en su conciencia histórica, o claudicante en su proyecto político propio y para el conjunto español, sino desde una Cataluña con una voz propia y segura.

Fue, en palabras de Tusell, 'gracias en gran medida a la eclosión del nacionalismo' que se produjo una positiva evolución política primero en Cataluña y luego en España, como dice otro ilustre historiador español Vicente Cacho Viu, que tituló su libro sobre este tema publicado en 1998 El nacionalismo catalán como factor de modernización (de España, según se explica en el texto).

¿Pero cuál es la imagen en el resto de España de esta Cataluña que intenta a un mismo tiempo afirmarse y proyectarse? Tiene vacilaciones, pero es cierto que a menudo se produce -por lo menos en sectores importantes- incomunicación, desconocimiento y recelo. Ya he dicho antes que supongo que la responsabilidad de que así sea es compartida. Y puesto que esto probablemente es compartido, bueno será que desde Cataluña procuremos superarlo en la parte que nos corresponde. Máxime cuando todas las encuestas coinciden en que la valoración que hacen los no catalanes de Cataluña es tanto mejor cuando mayor es su conocimiento de nuestro país. Y ésta es una de las justificaciones de la exposición Cataluña, tierra de acogida.

Aunque bien es cierto que la mejor propaganda de Cataluña no es la que pueda hacer el Gobierno de la Generalitat. Ni la citada exposición. Hace unos días, dos jóvenes cantantes catalanes de origen extremeño, que forman un dúo que actualmente tiene mucho éxito, y que cantan en castellano, decían textualmente que la mejor propaganda de Cataluña la hacen los inmigrantes que en verano se reparten por España; nosotros nos sentimos catalanes'. Y así es. Sólo un reparo a su frase: creo que la palabra inmigrante aplicada a los ciudadanos catalanes de origen no catalán dejó de tener sentido hace ya tiempo. También decían, textualmente, que 'Cataluña es el mejor ejemplo de convivencia del mundo'. Y así es, afortunadamente. No sé si el mejor, pero sí un buen ejemplo.

Esto no nos exime de hacer desde la Generalitat todo lo que esté a nuestro alcance. Y tampoco nos exime a las personalidades políticas, académicas, mediáticas, etc., del resto de España que puedan contribuir, si su concepto de Cataluña es bueno, a dar de ella una imagen positiva. Porque lo que ellos digan pesa mucho más ante la opinión pública española que lo que puedan decir el Gobierno de la Generalitat o cualquiera de nosotros.

Hablo de tierra de acogida. Hablo de vocación de proyección, y a caballo de ambos temas, de la imagen de Cataluña en España. El tercer aspecto a contemplar es contestar a la pregunta siguiente: qué es lo que explica que Cataluña haya podido ser durante décadas y siglos tierra de acogida, sin descomponerse y manteniendo abiertas sus ventanas al exterior.

Pues más allá de un aspecto a menudo frágil y más allá de sus limitaciones; más allá de momentos de aparente eclipse y de errores históricos, más allá también de los cambios profundos demográficos y sociales, más allá de todo esto, Cataluña tiene una personalidad fuerte. Ha habido en su historia suficientes periodos difíciles -y suficientemente largos- como para que desapareciese como lengua, como cultura y como país. En realidad, en más de una ocasión políticos, pensadores, historiadores, militares han hablado de Finis Cataloniae. El final de Cataluña. Sin embargo seguimos aquí. Y seguiremos aquí mientras no aceptemos cambiar carreteras por identidad y mientras situemos alto nuestro ideal de país.

Seguimos aquí y no de cualquier forma. Más allá de coyunturas políticas, seguimos aquí con el doble propósito de afirmación de país y de voluntad de proyección. Habiendo asumido todas las transformaciones que la historia política, los cambios sociales, la evolución de las ideas y la demografía han introducido en nuestro cuerpo colectivo. Pues es cierto que las identidades varían. Pero sólo pierden su sentido si dejan de ser útiles a las personas individual y colectivamente.

Seguimos aquí convencidos de que, más allá de las coyunturas, Cataluña está en condiciones en los años venideros de jugar un papel importante y positivo. En beneficio propio y en beneficio del conjunto de España.

Quisiéramos que la exposición Cataluña, tierra de acogida no diera solamente a conocer Cataluña al resto de España en su realidad, sino también en su sueño y en su ambición. En su demanda y en su compromiso. En su demanda y en su compromiso.

Estoy seguro de que los Reyes captaron bien el sentido y el alcance de mi discurso. Y agradezco que su presencia diese realce y solemnidad, y sirviera de sello de autentificación a esta demanda y a este compromiso.