Martes, 22 de mayo de 2001

David es palestino

EDUARDO HARO TECGLEN

La imagen del chino haciendo regates a un tanque en Tiananmen sigue recorriendo el mundo: un héroe al que ayudar. La del niño árabe que tira una piedra a un tanque israelí es la de un provocador. Es un ejemplo de cómo hemos perdido la pelea por ver las cosas como son, las situaciones mientras pasan. 'Está pasando. Lo estás viendo', dice de sí misma la CNN, versión española, y es verdad: lo estoy viendo, pero hay algo que se pone entre lo que veo y lo que debo ver: algo más que esa emisora y que todas juntas.

Las palabras con que trabajamos son equívocas: se habla de guerra y es una matanza, se habla de respuesta y es un arsenal de aviones, misiles, tanques, que destroza a unos harapientos de piedras con honda o viejos fusiles rusos que se desmontan; o que, víctimas del absurdo ardor guerrero o de la rabia del humillado y ofendido, se atan un cinturón de pólvora y se hacen estallar en un autobús lleno de otros inocentes. Decimos que hay un 'proceso de paz', pedimos que cese 'la agresión palestina', hablamos de 'reciprocidad'. Quizá nos impulsa nuestra antigua culpa con los hebreos, o simplemente no nos paramos en el valor de las palabras cuando recibimos la masa de la información o pensamos en la continua imagen fija que todos tenemos dentro de las víctimas de Hitler: tan fuerte, tan dolorosa, que todas las demás víctimas se nos borran o empalidecen. Es verdad que creímos que aquellas víctimas valían por todas, que representaban a todas: todos fuimos, todos somos judíos. Menos los palestinos. Son los solitarios agonizantes, machacados desde hace años, abandonados, hambrientos. El 'proceso de paz' no ha existido nunca. Y la Liga Árabe, las naciones árabes, no quieren, no pueden hacer nada. Les conviene tener ahí ese enorme grupo malherido y cercado, para que forme una barrera que los proteja.

Es un caso de política internacional. Primera lección: estamos en un imperio que toma el nombre de globalización y hace lo que le conviene. Segunda, tiene fuerza como para hacer que veamos la situación como quiere, porque la palabra es suya. Tercera, aceptamos esas situaciones porque hemos perdido una conciencia colectiva y la hemos sustituido por una leve y lejana comprensión televisiva.