TODOS LOS DÍAS, LAS PUERTAS DE LAS CÁRCELES SE ABREN PARA RECIBIR A ALGUIEN, NO SIEMPRE MÁS CULPABLE QUE TÚ.


En la cárcel he visto a muchos hombres y mujeres destrozados moralmente porque cárcel es un palo demasiado fuerte, sobre todo para los que no se sienten delincuentes ni están acostumbrados a convivir con la delincuencia. Hablo de gente como tú y como yo, ciudadanos más o menos respetuosos y respetables que un día cometieron un error o se dejaron arrastrar por la bestia que todos llevamos dentro. Una de las cosas que he aprendido en la cárcel es que nadie está libre de acabar preso. Nadie puede decir de esta agua no he de beber, porque son infinitos los caminos que conducen a prisión e infinitas las razones por las que se puede perder la libertad. Basta con dar un mal paso para que una vida se trunque irremediablemente, para que un hombre normal se convierta para la justicia en un delincuente y lleve encima para el resto de sus días el estigma de presidiario.

Este estigma no sólo afecta al propio presidiario. La cárcel es también el dolor de una madre que hace cola para ver a su hijo. La humillación de una esposa o una novia en la intimidad vigilada de un vis a vis. La vergüenza de unos hijos que tienen que soportar insultos y bromas de mal gusto porque su padre está preso. La cárcel no sólo estigmatiza al delincuente. Estigmatiza también a su familia.(...)

La cárcel no es evidentemente un mundo para vivir en él. Entre estos muros no se resisten esos tópicos de que los presidios son hoteles de cinco estrellas.(...)Aquí se puede sobrevivir vegetar, esperar tiempos mejores, soñar con la libertad y con la vida. Pero vivir, difícilmente. Si lo dudas, imagínate diez años de tu vida compartiendo una celda con tipos duros y para nada dispuestos a hacerte agradable la existencia. Imagínate la rutina de los días, la soledad de las noches, la desesperación la impotencia, la humillación, el miedo. Imagínate diez años lejos de tu familia, de tu casa, de tu ambiente, de tu trabajo, sometido a una absurda disciplina de partes y recuentos, obligado a ser duro y a parecerlo, continuamente vigilado, presionado, tratado como un crío que si se porta bien obtiene beneficios y si se porta mal castigos. Imagínate diez años de tu vida soportando las mismas bromas pesadas, escuchando las mismas órdenes, mirando el mismo muro, recorriendo las mismas galerías, sabiendo que la vida bulle fuera, tan lejos de tu alcance como la libertad perdida. (...)

En la cárcel he visto que la cárcel no sirve para nada, que no mejora al hombre, que lo endurece o lo destruye. Que las cárceles son criaderos de odio.

En la cárcel he visto, sobre todo, que los monstruos no existen. Hasta el más sanguinario asesino es un ser humano, a veces fieramente humano. Puede que los que están aquí estén más equivocados, más presionados por las circunstancias, más locos, más enfermos; puede incluso que sean más agresivos, más violentos, más malvados. Pero son seres humanos que hacen lo que los seres humanos vienen haciendo desde la noche de los tiempos: matar, robar, herir, engañar, estafar, traficar... No son la escoria de la sociedad. Son un producto de la sociedad, un espejo de las contradicciones, de sus luchas, de sus desigualdades e injusticias, de su agresividad, de su falta de amor y humanidad. No son la escoria. Son un síntoma de que el mundo está enfermo.(...)

Más temprano o más tarde, de la cárcel se sale. Es cierto. Lo difícil es salir de los pantanos que conducen a ella. Por eso vuelven tantos. Porque de aquí se sale, pero ¿cómo se sale de la miseria, del hambre, de la marginación, del error, de la droga, del arroyo?

Decía Concepción Arenal que pocos saben lo que pasa en la cárcel porque es éste un mundo repugnante para unos, terrorífico para otros, y del que todos apartan la vista. (...)

Extracto del libro de Jesús Quintero "Cuerda de Presos"