Universidad y mafia:
Una hipótesis sobre las actuales estructuras de poder de la universidad española

Francisco Garrido Peña
El Viejo Topo, octubre de 1999

Releía recientemente un viejo manifiesto universitario, redactado por mi admirado Manuel Sacristán, en el que se reivindicaba, como sinónimo de democratización, la autonomía universitaria. Se decía literalmente en aquel magnífico panfleto: "Tal es, por ejemplo, el burocratismo centralista de la política universitaria en general, y, en particular, del sistema de provisión de cátedras, el cual, mientras impide la formación de escuelas científicas y culturales, no cumple con la función de evitar la tendenciosidad (1).

Lo cierto es que hoy en día, y después de años de supuesta autonomía universitaria, el "sistema de provisión de cátedras" (en general la entrada a la docencia universitaria) se ha convertido en un complicado laberinto de intereses corporativos y privados que nada tienen que ver con la deseada autonomía científica v con la reivindicada "libertad de cátedra".

En realidad, en la universidad española del momento la autonomía universitaria no es la autonomía de la inteligencia ni la autonomía de la razón, sino la autonomía de los intereses corporativos del profesorado, y en especial de las castas dirigentes de las distintas "academias v escuelas" o de las castas de "los gestores de las políticas universitarias" (2). La red de intereses que se ha creado en la universidad tiene como asiento una estructura de poder informal y alegal en el que todos, en mayor o menor medida, tienen una expectativa razonable de participación.

Las escuelas y academias

Las escuelas v academias son la denominación informal con la que se conocen los grupos de presión que existen en las distintas especialidades y disciplinas y al frente de los cuales se encuentran uno o varios académicos, normalmente catedráticos. Se trata de una red de poderes invisibles a efectos legales y que se superponen a la legalidad universitaria. Según la ley, el centro administrativo fundamental en cuanto a la dirección de la docencia y la investigación son los departamentos, quedando, legalmente, en lugar residual las áreas de conocimiento. Pues bien, los verdaderos poderes fácticos no están donde la ley dice que debe de estar la capacidad decisoria (Departamentos, claustros, Juntas de Gobierno), sino en un entramado de "academias" y de "escuelas" que son las que verdaderamente deciden.

Las llamadas "academias" y "escuelas" son los nombres que toman los grupos de presión que controlan el acceso al profesorado y a las cátedras. Suelen estar organizados en torno a uno o varios jefes que aglutinan a su alrededor una caterva de "discípulos" fuertemente vinculados al jefe por una lealtad jerárquica y autoritaria. Estos jefes y escuelas se dividen territorialmente, a su vez, el mapa universitario español. Es frecuente oír hablar de que tal o cual candidato es de tal o cual jefe de escuela. No menos frecuentes son las negociaciones entre jefes ante una oposición a titularidad o cátedra que se presenta disputada, con intercambio de candidatos y de favores.

Las disputas más violentas se producen cuando un territorio no está claramente adjudicado a una escuela y a un jefe. Éste es el caso de las múltiples universidades de nueva creación, de las cátedras vacantes o de las universidades donde la división interna de la escuela o el enfrentamiento equilibrado de dos escuelas provoca un "vacío de poder". En estos casos todos se sienten legitimados para actuar y se suelen producir situaciones muy violentas (simbólicamente, claro está) de las que en ocasiones, sólo en algunas ocasiones, sale un "candidato sin padrino".

Los ritos de integración y transición

Las relaciones internas dentro de la escuela rozan en algunos casos el vasallaje medieval con un conjunto de ritos de obediencia y sumisión que van desde la adulación continua del jefe a la obediencia gregaria y ciega ante el grupo que constituye la escuela o el departamento. De todas maneras, en casi todas las escuelas la dependencia jerárquica esta muy acentuada.

Existe, pues, un ritual de sumisión y pertenencia que todos deben cumplir para formar parte de la escuela. Así, por ejemplo, es obligada la cita continua al maestro o jefe en las distintas publicaciones del aspirante a profesor o catedrático. Tan obligadas son estas citas como obligado es también ignorar sistemáticamente a los jefes y las ideas de las escuelas rivales. La renuncia a expresar y tener ideas propias, distintas a las del jefe, es también un rito de transición obligatorio. Otro rito habitual es la invitación continua al jefe (también podríamos llamarlo maestro o padrino) a participar en cursos, conferencias (bien pagadas siempre, por supuesto). De estas invitaciones han de quedar excluidos por completo los jefes de las escuelas rivales. Esto último, la exclusión de la escuela contraria, es más importante aún que los ritos de pertenencia a la propia.

Las escuelas suelen estar rodeadas de un discurso de autolegitimación centrado en motivos ideológicos o epistemológicos. Tales argumentos son meramente retóricos y nada tienen luego que ver con la realidad docente o investigadora. Pondré un ejemplo del exterior, para que nadie se quede exclusivamente con la anécdota. En un reciente viaje a varias universidades de un país sudamericano descubrí cómo allí también funcionaban las "escuelas". Y pude observar un caso muy significativo. El grupo, la escuela, dominante en la filosofía del derecho de este país, es la escuela "del uso alternativo del derecho". Controlan la mayoría de los departamentos v cátedras. El "uso alternativo del derecho" es una corriente de teoría del derecho, europea, para más señas de origen italiano, de los años sesenta v setenta y de un fuerte componente marxista.

Para mi asombro, decenas de profesores de universidades católicas muy conservadoras o de universidades privadas elitistas estaban insertos en esta corriente marxista.

¿Qué extraña conversión ideológica había convertido a aquellos respetables y acomodados profesores en marxistas, ahora, precisamente ahora, que ya no queda rastro en Europa del "uso alternativo del derecho"? La escuela, allí como aquí, es un grupo de poder organizado jerárquicamente y donde la participación se realiza exclusivamente en función de intereses personales de matriz corporativa. La ideología no es el verdadero referencial distintivo de las escuelas. La fidelidad al jefe y la lealtad al grupo son los signos de pertenencia reales. Cualquiera que desee en aquel país hacer carrera académica en la filosofía del derecho ha de "comulgar con las ruedas de molino" del uso alternativo del derecho, aunque sus verdaderas creencias ideológicas sean profundamente conservadoras. La ideología o la epistemología funcionan como mera marca de distinción de la pertenencia a un grupo académico.

La institución mafiosa como modelo

Todo esto nos acerca a la verdadera naturaleza de la organización del poder académico dentro de las universidades. Un poder caracterizado por su alegalidad, que se superpone y utiliza sobre la estructura legal. La legislación universitaria es usada como instrumento al servicio de otra "legalidad" centrada en el reparto de poder de las escuelas y de sus jefes. Esto produce una sociedad estamental al servicio de estas estructuras de poder académico paralelas: el Personal de Administración y Servicios (P. A. S.) o los mismos estudiantes son producidos como estamentos por la ley al servicio de los "poderes fácticos" académicos. La universidad es de esta forma gestionada como un entidad privada pero con fondos públicos. El fracaso de la democratización del la institución de producción del saber ha convertido la autonomía intelectual en autonomía corporativa, la autonomía de la razón en la autonomía de los intereses. La antigua organización académica del tardofranquismo de raíz eminentemente caciquil y autoritaria (y ya fuertemente desideologizada) se tomó en mafiosa.

Los grupos de poder y presión que se enmascaran tras las escuelas y academias persiguen la invisibilidad legal y la omnipresencia fáctica, en esto coinciden también con los métodos y los objetivos de la mafia. Como dice Cuy Debord: "La mayor exigencia de una Mafia, allí donde puede estar constituida es, naturalmente, establecer que no existe" (3).

Este tipo de estructuras alegales y paralelas son propias de las organizaciones mafiosas. La maña es posiblemente un modelo interpretativo útil para entender la naturaleza del poder académico en la universidad española de hoy. Como es bien sabido, en especial en Italia, el Estado y la mafia son perfectamente compatibles y hasta complementarios. La legalidad jurídica se superpone a la legalidad mañosa de tal modo que resulta operativa para aquella. La característica más significativa de la mafia no es que se trate de una organización criminal o ilegal sino que es una organización alegal que se complementa y se superpone con la legalidad. La mafia se organiza sobre la base de una estructura jerárquica, sobre un liderazgo sapiencial y gentilicio, con objetivos de autoayuda y un tipo de interés privadamente comunal o comunitariamente privado.

Esto es lo que ocurre en el juego entre áreas de conocimiento, departamentos universitarios y "escuelas" y "academias . Los centros de decisión reales son estas organizaciones alegales, jerárquicas y servilistas que son las "escuelas" y "academias", camufladas siempre con algún barniz ideológico (son positivistas, son iusnaturalistas), disciplinario ("esto es derecho civil, aquello sociología del derecho") o epistemológico ("somos cognotivistas, no metafísicos"). Pero cuyo centro de aglutinación real son el liderazgo caciquil de algunas personas y una confluencia mañosa (mutua ayuda) de intereses absolutamente privados. Tan privados son estos intereses que están privados de cualquier control o criterio de excelencia profesional.

En la universidad de Granada hubo, a principio de los años noventa, una tímida experiencia de control estudiantil de la calidad docente. Una encuesta realizada evaluaba, desde la opinión de los alumnos y alumnas, numerosos aspectos de la actividad docente del profesorado. Mas allá de las imperfecciones técnicas del tipo de encuesta realizada y de las limitaciones de un sondeo de este tipo; lo cierto es que reflejaba al menos el estado de opinión de un sector de la comunidad universitaria hasta ese momento ignorado: los estudiantes.

Las encuestas levantaron ronchas en el estamento docente y fueron en un primer momento pública y violentamente vituperadas. Para a renglón seguido pasar a una fase de silencio y ocultación que se correspondía, por otro lado, con una continua presión sobre el rectorado para su retirada. Cosa que al fin consiguieron tras dos años con la excusa de elaborar una encuesta más perfeccionada técnicamente. De tal perfeccionamiento nada más se supo, como tampoco de la encuesta. Nunca ningún sistema de evaluación había s