17 de mayo del 2001

Soldados jóvenes se rehúsan a ir a las zonas ocupadas

Brotes rebeldes en el ejército israelí


Anne Marie Mergier - Proceso

ParÍs.- Calvo a pesar de sus escasos 30 años, delgado, tenso, Yehuda Agus fuma cigarro tras cigarro. No parece percibir el entorno ruidoso del café donde estamos hablando. Se ve concentrado, animado por el sólo deseo de intentar explicar lo que aparentemente sigue sin poder explicarse del todo a sí mismo: la esquizofrenia de un joven judío llevado por la vida a combatir todos los valores que forman los cimientos de Israel. Insiste en que no es "alguien especial", sino tan sólo una "manifestación radical, extremista, de la profunda crisis social y de identidad que hoy más que nunca sacude a la sociedad israelí".

El caso de Yehuda Agus provocó acaloradas polémicas en Israel a finales de los años noventa. Reservista, se rehusó a servir en el Ejército en 1997. Fue encarcelado. Agus no tomó esa iniciativa en forma individual. Lo hizo en colaboración con un grupo de objetores de conciencia que explicó públicamente los motivos políticos de su rebeldía, denunció su encarcelamiento, intervino en los medios de comunicación, interpeló al Parlamento, organizó manifestaciones y armó debates y controversias.

Los primeros casos de objetores de conciencia aparecieron en Israel en los años setenta, cuando soldados y reservistas se negaron a participar en la guerra de Líbano o a servir en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania. El movimiento resurgió con cierta fuerza a finales de los ochenta, cuando se produjo la primera Intifada. Y hoy renace.

En 1997, cuando Agus se rebeló, el tema de la objeción de conciencia se había apagado, pero criticar al Ejército empezaba a dejar de ser tabú en Israel. "Pensamos que montar toda una campaña a partir de un nuevo caso de objeción de conciencia nos permitiría agudizar ese cuestionamiento al Ejército y sobre todo a la patológica militarización de nuestra sociedad. Por eso decidimos convertir mi caso en algo emblemático. Logramos nuestro objetivo. Pero debo confesar que tuve miedo: me costó tener que enfrentarme a la jerarquía militar de mi país y aceptar la perspectiva de ser encarcelado".

Fue largo, conflictivo y doloroso el recorrido de Yehuda Agus hacia la rebeldía. "Conozco a jóvenes de 18 años que actualmente se niegan a ingresar en el Ejército y están condenados a penas de encarcelamiento mucho más largas que las mías. Los admiro. Yo me demoré casi 10 años antes de asumir esa posición radical."

Agus nació en una familia acomodada y religiosa de Jerusalén. A los 14 años ya tenía convicciones fuertes: después de la barbarie del Holocausto era justo que los judíos estuvieran por fin viviendo en Israel, la tierra prometida, su tierra, una tierra que no podía ser de nadie más; el Estado judío no se parecía a ningún otro: era único, de esencia divina, sagrado; ser judío implicaba en primera instancia estar dispuesto a dar su vida para defender su tierra; las fuerzas armadas, espina dorsal de ese Estado, también eran sagradas y servirlas era mucho que más que una obligación o un deber, era una "Misión".

Sus héroes eran los colonos: "Para mí eran los únicos judíos que vivían de acuerdo con sus convicciones. Eran nobles y valientes. Tomaban riesgos diarios para defender cada metro cuadrado de la tierra de Israel. En mi casa todo me parecía cómodo. Yo aspiraba a algo más absoluto. Por eso me fui a vivir a una colonia en el Golán (territorio sirio anexado por Israel en 1967 a raíz de la Guerra de los Seis Días). Mi meta era volverme colono y rabino. Me inscribí en una escuela talmúdica (donde se estudia el Talmud, libro santo de los judíos que contiene las enseñanzas de los antiguos doctores de la ley). Y allí me quedé hasta los 18 años". Luego "me volví ultranacionalista, ultraderechista... Fascista... En Israel hay fascistas. Fui uno de ellos".

En Israel a los 18 años todos los jóvenes, hombres como mujeres, deben prestar tres años de servicio militar. Luego pasan a ser reservistas y les toca servir un mes cada año en las Fuerzas Armadas.

"Todos los muchachos y las muchachas, prácticamente sin excepción, pasan los más bellos años de su juventud en el Ejército, sometidos a una disciplina de hierro, con tareas muy duras, que se vuelven muy sucias en los territorios palestinos... Aun si no lo confiesan abiertamente, estos tres años los enferman a todos, los marcan para toda la vida. Nadie sale indemne. Es incuestionable. Es imposible entender la patología colectiva israelí si no se toma en cuenta esa realidad."

Sigue: "En Israel el Ejército no representa sólo el poder militar, tiene también un gran poder simbólico, es el crisol de la sociabilidad en mi país. Si alguien no presta sus tres años de servicio militar, no existe para la sociedad. Una de las primeras preguntas que se hace la gente cuando se conoce es: ¿Dónde hiciste el servicio militar?

"Eso hoy me horroriza. Pero a los 18 años me sentí muy orgulloso cuando me incorporé al Ejército. Me sentía con luz divina. Me iluminaba la 'misión' que iba a cumplir."

La decepción

Agus empezó sus tres años de servicio militar en 1988, en pleno auge de la primera Intifada. Pronto fue trasladado a una unidad especial y enviado a Cisjordania. Llegó a Naplusa un día después de que Yasser Arafat había reiterado la proclamación del Estado palestino. La ciudad estaba llena de orgullo y excitación a pesar de la masiva presencia militar israelí.

"Era impresionante. Allí estaba yo, con mi uniforme, armado hasta los dientes, judío hasta el tuétano, moldeado por toda la mística de nuestra guerra de independencia, con todas mis ideas sobre el carácter sagrado del Estado de Israel, sobre el derecho indiscutible de mi pueblo a tener ese Estado. Y ¿qué es lo que veía en frente de mí? Otro pueblo que reivindicaba el mismo derecho a estar en la misma tierra, a conquistar su independencia, a tener su Estado. Me quede petrificado. Jamás había visto a tantos palestinos juntos, combativos, animados por convicciones tan fuertes como las mías... Empezó mi bajada al infierno de la duda..."

Los seis meses que pasó en la unidad especial acabaron con todos sus valores. No entra en detalles sobre lo que le tocó vivir, hacer, presenciar en los territorios ocupados. Resulta difícil insistir para obtener más precisiones. Se siente que las heridas siguen abiertas, sin ninguna posibilidad de cicatrizar.

"No maté a nadie ni vi matar a alguien, pero jamás olvidaré el terror que inspirábamos. Los soldados de mi unidad éramos unos rambos arrogantes, impulsados por nuestra fuerza, nuestra impunidad, nuestras metralletas y nuestros uniformes... Un día vimos una bandera palestina colocada en un poste. Era una provocación. Tocamos con violencia en la puerta de la casa más cercana. No tengo palabras para describir el rostro aterrorizado del hombre que sacamos de esa casa, al que obligamos a subir al poste para descolgar la bandera."

Cuenta: "Un día recibimos la orden de destruir una casa palestina. Primero la vaciamos. Al principio mis compañeros sacaron los muebles con cierto ciudado, pero perdieron la paciencia y empezaron a tirar todo por las ventanas, con una violencia que iba creciendo. Era atroz. En mi unidad todos eran de izquierda... Ahora nadie me puede echar cuentos sobre la izquierda israelí".

Ningún recuerdo más. Sólo algunas reflexiones: "Éramos jóvenes militares sin experiencia y teníamos responsabilidades de policías profesionales. Era cruel y absurdo. Reprimir manifestaciones era lo que nos tocaba hacer con más frecuencia. Y sembrar terror entre la gente. Dejé de ser religioso. Perdí la fe en Cisjordania".

Después de medio año en los territorios ocupados, Yehuda Agus logró ser trasladado a otra parte: "Ni un sólo segundo se me ocurrió desertar. Estaba totalmente perturbado, a menudo asqueado. Mis convicciones de derecha se habían derrumbado. Las religiosas también. Pero seguía en el Ejército. Pasé la última parte de mi servicio militar en el Golán, en una unidad que servía de enlace con las Fuerzas de las Naciones Unidas que estaban desplegadas en la región. Cuando volví a la vida civil me sentí como un barco sin brújula".

Trabajó después un año como labrador en el Golán, luego fue guía de turistas en el Monte Sinaí (ocupado por Israel en 1967 y devuelto a Egipto en 1980). Y finalmente regresó a Jerusalén. Durante varios años cumplió con sus obligaciones de reservista cada vez con más problemas de conciencia. Se había involucrado con corrientes anarquistas, solidarias de la causa palestina, opuestas a las negociaciones de paz: "Para mí las negociaciones de Oslo fueron una vil trampa que permitió a Israel engañar al mundo, consolidar la colonización de los territorios palestinos y debilitar a Arafat".

La rebeldía

En 1997 volvió a servir un mes como reservista en un campo militar "un poco extraño, ubicado al sur del país, donde estaba almacenado mucho material de guerra que el Ejército ya no utilizaba, pero en buen estado. De vez en cuando veía delegaciones extranjeras que inspeccionaban ese arsenal, discutían y se iban. Nunca pude conocer su nacionalidad ni saber nada sobre su presencia. Era un simple vigilante de bodegas, pero estoy convencido de que se trataba de un 'supermercado de armas', como hay varios en Israel. Ahí se abastecen 'los gobiernos democráticos' de América Latina y África... Sé que Israel es uno de los primeros vendedores de armas del mundo, pero presenciar eso fue un detonante".

De regreso a Jerusalén, envió una carta al ministro de Defensa en la que avisaba que nunca más serviría en el Ejército y que tomaba esa decisión por razones políticas. Precisó que la próxima vez que lo convocaran llegaría con una mochila llena de libros para tener que leer en la cárcel...

En Israel sólo las mujeres tienen la posibilidad de negarse a servir en el Ejército por razones de conciencia y nada más por razones religiosas. En los último 30 años, sin embargo, se formó un movimiento informal de objetores de conciencia que, según Yehuda Agus, tiene dos grandes tendencias: los objetores parciales, dispuestos a realizar el servicio militar, pero no a participar en la ocupación de Gaza y Cisjordania. Esa tendencia nació cuando Israel ocupó Líbano. Y los objetores totales, que se dividen en dos ramas: los pacifistas, que rechazan la guerra, son los más numerosos, y los políticos, en su mayoría anarquistas y antisionistas, "totalmente opuestos a la guerra colonial de Israel en los territorios palestinos".

En la cárcel

Poco después de enviar la carta, Agus fue citado: "Llegué con mi mochila repleta de libros. Un oficial me preguntó: 'Te niegas a acatar una orden militar. ¿Por qué?' Expuse mi posición política. Me escuchó y me condenó a un mes de prisión".

En la cárcel militar convivió con soldados y reservistas desertores, drogadictos o que habían cometido actos de violencia de todo tipo. En su mayoría eran sefarditas (judíos de Oriente) de origen social muy modesto. Lo tenían en la mira por ser ashkenaze (judío de Europa Central) intelectual, de origen burgués. Había también muchos judíos rusos recién emigrados, pobres, totalmente desilusionados y amargados, que se sentían más rusos que judíos y no querían perder su tiempo o arriesgar su vida en el Ejército para defender a un sistema que los tenía totalmente olvidados y marginados.

"Estaba bastante asustado. Logré salvar el pellejo convirtiéndome en su escribano. Todos los días a las 10 hacían cola para que les escribiera las quejas o peticiones que querían enviar a la administración carcelaria o a otras instancias", cuenta.

Dos meses después de recobrar su libertad, Agus fue citado otra vez por las autoridades militares y lo condenaron a un mes más de prisión. La campaña de solidaridad que sus compañeros habían realizado lanzado durante su primer encarcelamiento cobró más fuerza. Cumplió su segunda pena bajo la mirada de la prensa y en medio de fuertes debates.

Lo soltaron al terminar el mes, pero "durante un año cada mañana me despertaba pensando que me iban a detener de nuevo. Y me volvieron a citar. Llené otra vez mi mochila con libros. Pero no me detuvieron. Me anunciaron que me habían 'liberado' de mis obligaciones militares por considerarme 'no apto'. En sus archivos no aparece en ninguna parte mi calidad de objetor de conciencia por razones políticas".

Yehuda Agus está convencido de que su caso demostró que era posible decir "no" a las fuerzas armadas, no ser cómplice de la "guerra despiadada" en los territorios palestinos, y que pudo ayudar a otros soldados y reservistas a vencer su miedo para empezar a resistir.

De hecho, desde que se inició la segunda Intifada los grupos pacifistas y de izquierda radical están en comunicación con unos 100 objetores de conciencia.

"Por el momento —explica Agus— la objeción de conciencia sigue siendo un acto político simbólico, pero importante, que permite proclamar públicamente que en Israel hay personas que están contra esa guerra y contra el apartheid que se impone a los palestinos." Las autoridades militares hablan de 800 rebeldes. Agus cuestiona esa cifra: "¡Cuánto quisiera que fuera exacta! Puede haber casos individuales que nuestros grupos no conozcan. Pero nos parece que el mando militar infla esas cifras para obtener más presupuesto. Hay malestar en el Ejército, es evidente, sobre todo entre los reservistas. Pero creo que exageran para asustar a los políticos y sacarles dinero".

En 1999 Agus dejó Israel por razones personales. Empezó a estudiar sociología en París. Su compañera, que también fue objetora de conciencia por razones políticas y luchó dos años contra los militares, regresó a Jerusalén, donde sigue luchando.

Agus no puede explicar por qué se quedó. Le remuerde la conciencia. Confiesa que es duro reconstruir una identidad hecha pedazos. Dice que a veces se siente como una tierra de nadie. Explica que con otros estudiantes creó una coordinación de información sobre Palestina, que actúa en todas las facultades de París. Se sonríe con tristeza: "Eso me permite tranquilizar un poco mi conciencia... No mucho, sólo un poco".