Nuestro fascismo

EDUARDO HARO TECGLEN

Forma parte de nuestras vidas. El fascismo es permanente, con cualquiera de los nombres que haya podido tener; y con ningún nombre, como ahora: los fascistas no dicen su nombre. Lo pensaba hace días escuchando a Cuevas, patrón profesional, pidiendo como siempre el despido libre. El fascismo actual no sólo no dice su nombre, sino que no dice el nombre de nada, sólo el de sus eufemismos. Pensaba oyéndole en los millones de personas que viven bajo el terror de un despido que puede ser definitivo: no sólo de la empresa para la que trabajan, sino para todas las demás de este mundo. Y en cómo viven cada día con esa amenaza, que produce otra: el fascismo de empresa. No me refiero al del Consejo de Administración, que simplemente cree que la empresa está por encima de todo, sino al capataz, al jefe directo, al chivato, al compañero que empuja. No sé qué le importa la democracia a ese pueblo de trabajadores, y me acuerdo de Lenin cuando decía "libertad, ¿para qué?": y le salió de las manos, y de su sucesión, otra forma de opresión. Pero la frase era real.

El fascismo permanente: el de pareja, el de familia; el de la pobreza. Algunas formas se han ido atenuando: el de padres sobre hijos. Y el del maestro de la regla en los nudillos o la palmeta. El fascismo de "es por tu bien", o del "sufro yo más que tú": y es mentira. Muchos lo añoran, y se oyen quejas de que la juventud está desaforada, y las chicas se acuestan con quien quieren, y las esposas empiezan a vivir un poco más. Y hay maridos que dicen que el fascismo es del hijo abusivo o de la crueldad mental de la esposa, que le explotan. Y los fantásticos fascismos del mito: el del consumidor y su coche y su frigorífico y sus vacaciones, el de adelgazar, el de engordar, el de no andar, el gran fascismo corporal del gimnasio, el del sexo que se querría tener y no se puede, el de la edad que ha dejado de ser un hecho natural para convertirse en un abandono social, familiar, económico: en una invisibilidad.

Puede que seamos todos algo del Duce, o del Caudillo, sobre algunas personas dependientes, o menos fuertes, o más libertarias; puede que seamos al mismo tiempo las víctimas. Una cadena sin fin de fascismos. Va a ser un poco difícil arreglar esto: quizá un día, cuando haya una democracia verdadera, y no una ficción del poder.