Vivan las cadenas

EDUARDO HARO TECGLEN

Por mucho que los progresistas se quejen del progreso, es imparable. La esclavitud:hace poco más de un siglo, las expediciones de caza de esclavos y su transporte en barcos, donde se les estibaba científicamente, eran carísimos. Ahora vienen solos, y devolvemos a muchos. ¿No es un gran avance sociológico y cultural? Y deja intacta la idea de libertad. La palabra esclavitud se empleó ayer en el Congreso para definir la Ley de Extranjería del Gobierno popular: es así. Es falsa la misma denominación: los extranjeros en general tienen otras condiciones de vida, y muchos son poderosos.

Es una ley de pobres, es una ley de esclavitud, por la cual se aceptarán los más fuertes, no sé si mirándoles los dientes o tocándolas pechos y trasero, como entonces, y se les dará trabajo sin sindicación, con la posibilidad de expulsión del país y de la empresa.

Es un enorme retroceso disfrazado de caridad y seguridad: en su beneficio, dicen los esclavistas. Las partidas de la porra los golpean, los persiguen, les queman las casas; los vecinos expulsan a los gitanos para no asimilarles ni dejarles en las escuelas de sus hijos blancos: "Son ellos los que no quieren, porque prefieren robar y dormir en chabolas". El jueves de madrugada oí a uno que llamaba a una radio que pedía que se ahorcara a los homosexuales, aseguraba que él arrojaría de su casa a su hijo si lo fuera y a la hija que amara a un negro, mientras devolvería, enteros o no, a los inmigrantes a sus países: que vienen aquí a ser vigilantes nocturnos para quitarle a él su trabajo. La locutora le soportó con entereza profesional. Son agentes del Gobierno, quizá sin saberlo: y los extremos de una opinión pública más temerosa que no lo dice así. La coincidencia es notable: la homologación de inmigrantes y homosexuales responde a la oposición a las leyes de parejas de hecho y a la nueva ley de esclavitud.

La esclavitud abarata el trabajo. No sólo el de los esclavos, sino el de los nativos de clases fronterizas.La homosexualidad recorta mucho los gastos de protección familiar y de seguridad social del Estado, quizá más que las listas de espera para la operación, que adelantan algunas muertes de lo que los economistas llaman "unidades de gasto": personas que no dan ya, sino que piden.