Los jardines han inspirado con frecuencia a poetas y escritores; puede que su presencia en la literatura sea casi tan antigua como la construcción de estos espacios de domesticada naturaleza a manos de las más remotas civilizaciones. Sobre el papel, el jardín ha sido escenario de vidas dichosas, como en el caso del Jardín del Edén, y de encuentros secretos, como el de Julieta o el de Melibea, pero también expresión alegórica de distintos aspectos de la espiritualidad humana: la inocencia, la infancia, el ser amado, la nostalgia, el erotismo, la esperanza, la melancolía, e, incluso, la propia concepción de la vida. En una vuelta más de tuerca, el poema, transformado en fértil jardín, puede, incluso, trocarse metáfora del reencuentro del poeta con temores semienterrados o deseos sombríos. Son innumerables en nuestra literatura los ejemplos de poemas en torno a un huerto o un patio: Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Miguel Hernández, ...
Entre los papeles de Lolita Franco, encontramos este texto que os mostramos hoy. Está fechado en 1933, poco después del traslado de la Facultad a su edificio de la Ciudad Universitaria, y se refiere al patio de la sede de San Bernardo de la Universidad Central, compartido entonces por la Facultad de Filosofía y el Instituto Cardenal Cisneros. A pesar de la novedad y la comodidad del nuevo edificio, Lolita echa en falta el patio "pequeño y modesto, humilde y callado" en el que resonaban las voces de los viejos maestros; el jardín donde se arremolinan los sueños de futuro de los que, como ella, se asomaban al mundo desde los ventanales de sus muros por primera vez:
Viejo jardín nostálgico, ¿qué tienes?... Unos cuantos árboles, unas cuantas acacias que apenas se mecen con el viento y que lloran, que, empapados, miran al suelo en los días de lluvia. Y una fuentecita: un tazón con agua verdosa y hojas amarillas, y un surtidor, ¿surtidor?... unas veces, un hilito de agua que juega en madeja antes de caer; otras, un gotear monótono y armonioso, un intermitente romperse el cristal del tazón, una gota que ha caído y no pensamos en ella, otra que esperamos, que va a caer. Todo entre cuatro muros con grandes ventanones, los grandes ventanones de los pasillos claustrales de la vieja Universidad abandonada. Pero, ¿qué tienes, jardín? Estamos en nuevos edificios, espléndidos. Los hemos ocupado con entusiasmo, pensando en el porvenir, en un horizonte abierto y en una vida nueva; con ánimo emprendedor, con seriedad, conscientes de la gran responsabilidad que es la vida y que es esta vida, la que tenemos que vivir esta generación. Hemos dejado sin tristeza el caserón incómodo y lleno de rencores: ¡Vamos a una casa mejor, mucho mejor!.
Y, sin embargo, ¿qué tienes, tú, jardín? Que pareces el corazón de la Universidad ruinosa. Nunca hemos bajado al jardincito sonriente, nunca. Siempre ha estado vacío y silencioso. Sólo lo hemos mirado desde las ventanas encaramados en los bancos. Y parece que es él donde hemos vivido, en aquel amable jardín, donde nos refugiábamos desde los "inhospitalarios" pasillos y las descuidadas aulas. Jardincito cordial. Nunca bajamos a él... ¿Por qué sentimos en él a los estudiantes de otras generaciones que tampoco bajaron? ¿Por qué sentimos en él a los jóvenes de la generación del 98? ¿Por qué sentimos en el jardín a Baroja, con su barbita, retraído y malhumorado? ¿A Ortega Gasset, con su sentir la vida muy hondo, con su mirada brillante y su amada "radical soledad"? ¿A todos los que hoy son nuestros maestros? ¿Por qué están en el jardín entusiasmos y desalientos; alegrías y tristezas, vividas en otros sitios, amores y ternuras, visiones de triunfos futuros, anhelos literales y hasta algún sueño místico? ¿Por qué al pensar yo en mi maestro muerto, maestro querido y venerado que se ha quedado en el camino blanco de un curso húmedo de lágrimas, le siento, sonriente y amargado; en el jardín en que nunca estuvo, y en su silencio rumoroso oigo su voz?.
Jardincito pequeño y modesto, amable y callado. Hueles a tierra mojada y tus árboles lloran. El cielo es violeta y se adivina -amarillo y plata- un sol débil y pálido. La fuente canta y sonríe, y se deshacen raudales de agua entre haces de luz. Hay en ti algo muy puro, y todos te sentimos sin decirlo. Tal vez si nos hubiese sido dado bajar a él alguna vez, se hubiese roto el encanto. En el jardín de la Universidad están todas las ilusiones. En otros lugares cercanos o remotos, en la carrera o en el claustro, en el hogar o en la República, a veces entre mármoles y flores, todas las realidades. Allí eran a nuestro gusto amor y patria, gloria y libertad; allí éramos - en un mañana impreciso- nobles y selectos, héroes y sabios; allí mi maestro vivía siempre y era siempre mi maestro. Y el jardín se deshacía en agua y luz, por debajo de un cielo violeta y de una luna de llantos, azul. Ritmo y silencio... Silencio "Solo la fuente se oía".
L. Franco, 1933
Lolita Franco desde la razón vital. Exposición virtual