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DE CAPA Y ESPADA

Javier García García 22 de Enero de 2009 a las 09:40 h

En este blog estamos empeñados en contagiaros el vicio incurable de la lectura. Vais teniendo propuestas para todos los gustos, algunas francamente invitadoras. Pero pocas os van a resultar tan gratificantes como esta mía de hoy: Scaramouche.

También yo soy partidario de los géneros, tanto en la literatura como en el cine. Al creador le proporcionan andamiajes para edificar sus obras, el MacGuffin para desplegar su creatividad; al lector, o espectador, lo aficionan a serlo. Cierto director de cine (no precisamente malo) se presentaba a sí mismo diciendo: "Me llamo John Ford y hago películas del oeste". Gracias, mil gracias por los géneros.

Y si de géneros se trata, no podíamos olvidarnos del de capa y espada. Quien reniegue de él, reniega de su infancia, que engloba literatura, cine y juegos, y se priva del inefable placer de redescubrir a edad adulta aquel otro placer incontaminado y desprejuiciado de su niñez, con joyas literarias como ésta que hoy os traigo.

Todo el mundo debería leer este clásico de aventuras que es Scaramouche -probablemente la mejor novela de Rafael Sabatini, que lo consagró como autor de éxito en 1921, redoblado al año siguiente con El capitán Blood y con otras obras también llevadas al cine como El cisne negro o El halcón del mar-. Es un libro delicioso, de esos cuya lectura no puedes interrumpir, porque está plagado de ingenio, de comicidad, de acción, de tiras y aflojas sentimentales y hasta de historia. Sí, de historia también. Pocos libros saben reflejar de forma tan amena y plástica lo sucedido en la Francia prerrevolucionaria de finales de1788.

Cartel de la película Scaramouche

Es más que probable que hayáis visto la película -no la de Ramón Novarro de 1923, sino la protagonizada por Stewart Granger y dirigida por George Sydney en 1952-. En ese caso coincideréis conmigo en que la peli es estupenda, de las buenas de "Jolibú". El papel le va que ni pintado al chuleta resultón y ocurrente que da en pantalla Stewart Granger (cuyo nombre verdadero era James Stewart y tuvo que cambiárselo por obvias razones) y el impávido Mel Ferrer (en la lista negra de muchos por casarse con Audrey Hepburn para luego, encima, ser capaz de divorciarse de ella) interpreta un malo estupendo: un aristócrata elegante y soberbio que termina obligando a su oponente a hablar, como él, con la espada antes que con la lengua. Las coreografías de lucha a espada de la peli pasan por ser de las mejores de la historia del cine; no en vano Stewart Granger era de lo más atlético y Mel Ferrer fue, como también su esposa, bailarín antes que actor. En cuanto al casting femenino, la cosa cambia, porque no resulta muy creíble que el protagonista se quede con la insípida Janet Leigh en lugar de con la exhuberante y guapa Eleanor Parker. Pues bien, aunque la peli vale la pena y el guión de Ronald Millar es bueno, resulta aún mucho mejor el original del que está tomado, esto es, la novela de Sabatini.

La trama no os la pienso contar. Contiene aventura trepidante en una espiral de situaciones divertidas y tensas, encuentros y desencuentros amorosos, estupendos personajes (comenzando por el protagonista), lecciones de esgrima y hasta lecciones de historia. Y aún más, incluso cierta dosis de reflexión del autor, nada despreciable y muy característica de él, sobre la vida humana: el mundo está loco y la injusticia obliga a pelear al justo, al que sólo quiere que le dejen en paz. No podemos quedarnos en el cinismo al que nos incita la desesperanza; hay que pelear por un mundo mejor, si no en nombre propio, sí al menos en nombre de aquellos a quienes queremos. Tres escenarios se suceden en la bien construida trama del libro en correspondencia con sus tres capítulos: los tribunales (La toga), el teatro (El coturno) y el Parlamento, lugar de la venganza del "tercer estado" por la fuerza de las armas (La espada). Sabatini, gran admirador de Shakespeare, compartía su idea de que el mundo es un teatro tragicómico. Si en él, piensa Sabatini, hemos de interpretar algún papel, que no sea el del conformista escéptico, sino el de quien lucha contra la injusticia. Para no ser más que una de capa y espada, no está mal, ¿verdad?

Desgraciadamente para Sabatini, la vida no fue muy justa con él y le hizo probar más de lo trágico que de lo cómico. Como si de una historia de guión inverosímil se tratara, perdió a su único hijo en un accidente, lo que le llevó a divorciarse de su primera mujer, y posteriormente, tuvo la desgracia de ver perecer junto a su segunda mujer al hijo de ella, cuando el joven piloto de la RAF quiso saludar desde el aire a sus padres y se estrelló delante de sus ojos...

Para quienes no os avergoncéis de disfrutar del género de capa y espada, os reservo una recomendación interesante y curiosa, una antología de relatos de capa y espada del siglo de oro español recopilados por Gerardo González de Vega en La espada olvidada (Barcelona, Ediciones B, 2005), autor también de otro par de libros anteriores sobre la historia de la piratería hispana.

Volviendo al libro de Sabatini, terminaré estas líneas con su primera frase (para alimentar, con una de las mejores, el repertorio de primeras frases propuesto por Anabel), un comienzo tan brillante y prometedor que espero que nadie se resista a la tentación de continuar leyendo: "Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ése era todo su patrimonio".

 

SABATINI, Rafael. Scaramouche. Madrid, Debate, 1999, 405 p.

 

Javier García García

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Comentarios - 2

Adam

2
Adam - 15-10-2019 - 13:33:18h

Amo la historia del cine, me voy a animar a leer este libro y les comentaré que me pareció.

Anabel

1
Anabel - 22-01-2009 - 13:31:50h

"Scaramouche" es una novela deliciosa. La frase con la que comienza no sólo invita a seguir leyendo, sino que da el tono de la novela: mucha alegría de vivir -que, estoy con Sabatini, es un don-, acompañada, que no empañada, con el suave regusto agridulce del reconocimiento de que, sin embargo, las cosas no son como deberían ser. Muy bonito. La película también es muy recomendable, con esos elegantes y briosos duelos a espada inmejorablemente coreografiados. Quizás sólo se puedan comparar -no son tan elegantes, aunque sí muy divertidos- a los que aparecen en la versión de "Los tres mosqueteros" también de George Sidney -uno de esos "artesanos" de Hollywood capaces de hacer maravillas- con un Gene Kelly al que le sobran unos veinte años para el papel de D'Artagnan, pero también vitalidad.


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