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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de octubre de 2021

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Todos los fríos, el frío (inédito)

 Ficción sobre el misterioso Petrus Romanus, nombre que se da al que será, según el también misterioso texto de la Profecía de San Malaquías, el último papa de la Iglesia Católica.

 

 

Todos los fríos, el frío.

                                                                

                                                

"6-6-2013. Sede vacante.

 

Al final no morí en aquel avión, y supe en carne propia que no creo en las invocaciones, pero que las invocaciones sí creen en mí; ellas han venido esta cardenalicia tarde a posarse en la punta de mi lengua como líquenes inevitables, y basta ya de plagios y hablemos ahora de la conspiración de todos los orbes para que yo me encuentre hoy a las puertas de la sala por excelencia y conozca que los otros ciento once ya fallecieron: no sé qué va a ser de mí después de salir de estos recintos que contienen el poder, la gloria y la perdición, recintos en los que se han hablado todas las lenguas de la humanidad y en los que se ha planeado el decurso de los siglos humanos, no sé que va a ser de mí cuando finalmente tenga otro nombre y otra vida que quedarán para la historia de la humanidad. Antes, cuando tan solo veía la parte azogada del espejo, únicamente fui una pálida sucesión de difuntos que se entretenía con literaturas de todo cuño, con paseos de toda índole, con fríos esenciales y medioambientales y circunstanciales, porque sí, porque hay tantos fríos que sería muy prolijo enumerarlos y, providencialmente, yo ya los he experimentado todos.

Todos porque algunos me calaron hasta los huesos, otros me llegaron hasta el último jirón de mi alma y los restantes me hicieron algo más resistente a la vida dentro de la debilidad casi extrema que ha gobernado todos mis actos. Debilidad, sí, porque no encuentro otro sustantivo en español para definir lo que ha sido mi vida en el siglo; todo lo que soy hoy, ante estas puertas, ha sido gracias a una conspiración de los orbes. Detrás de estas puertas hay más de cien hombres de provecta edad hablando de mí pero ellos todavía no lo saben, existo dentro de la sala in absentia, aquí donde estoy me retienen dos guardias con bizarros trajes y alabardas de diseño tardomedieval que me dicen que no tengo la dignidad suficiente para traspasar las puertas y penetrar en la estancia ahora, precisamente ahora. Pero no importa, hoy todo conspira para que sea yo el elegido, yo que he visto todos los fuegos, todos los fríos, todas las nieves en mi continuo peregrinar de experiencias mínimas en la vida.

 Recuerdo ahora aquel frío día de noviembre frente al pelotón de fusilamiento uniformado en código del blanquinegro de los eones, o, lo que es lo mismo, frente al tribunal de las oposiciones a profesor de Lengua y Literatura de Secundaria. Rememoro que ahí es donde empezaron mis cuitas, ante dichos encopetados señores, porque fue entonces donde el milagro se produjo realmente, y no en aquel avión a tres mil pies de altura sobre la ciudad de Madrid, fue entonces cuando no pude de dejar de leer, en aquellos folios en los que había desarrollado el tema, y llevado seguramente por el Espíritu Santo (cooperante, como reza la oración, con la mano de Dios), un fragmento extensísimo de la Carta de San Pablo a los corintios, fragmento que aparecía ante mis ojos como escrito de mi puño y letra y que yo no podía dejar de leer, ante la irrisión de los candidatos presentes y la perplejidad del tribunal. Y entonces empezó mi declive, mi sumersión en los bajos fondos de la vida invisible. Fui expulsado de la casa paterna por holgazán, pues tal era mi depresión y mi poca motivación hacia todo que llevaba el horario cambiado, durmiendo de día y velando de noche, y luego apareció aquella súbita inspiración de huir, de ausentarme de mi hogar porque sentía que ya no me pertenecía ni mi propio y solitario lecho, ni mi propia sangre me pertenecía. Debía ahora abandonar a todos los que quería y ser aborrecido por todos los que quería, porque todos ellos sabrían que yo había huido y que estaba vivo pero que me rendía a la vida, todo pura apariencia, claro, porque el hado había dispuesto para mí otras vivencias que no se quedaban en el puro egoísmo de la consecución del bienestar material y emocional de una vida. Yo estaba llamado a ver todos los fríos, todos los fuegos, todas las lenguas, todos los inmarcesibles instantes de plenitud que nos trae la cadente luz del mediodía, todas las risas del niño que todo lo ignora pero que todo lo conoce en su pura candidez, todas las bendiciones de los anhelantes de humanidad, de los mendigos, todas las impregnaciones y contactos del agua de la lluvia o del estanque en las tazas de mármol o en las pizarras lacustres o en los asfaltos de alquitrán o en la dura piedra caliza.

Y entonces vino el Viaje. El viaje que me llevó mendigando de Madrid a Roma, más de mil kilómetros en mis pies, cientos de paisajes que se quedarán todos y para siempre en mi memoria que ahora ya no pierde argumentos, porque ahora ya no hay libros en ella, solo hay vida jugada a cara o cruz, ya no hay esa vida invisible de las noches solitarias desvelado para escuchar la radio o leer u otras actividades no por silenciadas menos honorables, pero ya está ahí el tabú de la civilización occidental. He de decir que los ángeles y los santos me protegieron para llegar sano y salvo a la ciudad que se opone al mundo casi desde su mítica fundación. Porque hubo momentos de desesperación, de yo qué hago aquí, si mi sitio está en mi ciudad natal, allá en la cálida España, pero siempre que se producían estas depresiones en mi ser consciente, aparecía alguien que me protegía contra lo que no era yo, contra el medio hostil, mediante una moneda, mediante un café caliente, mediante una breve conversación que me decía que seguía siendo humano, mediante, a veces incluso, un exiguo pero reconfortante lecho.

 Así, por fin entré en la Ciudad Eterna justo cuando todas las iglesias de la urbe tocaban a muerto, y entonces sí, entonces lo vi, había alguien que me esperaba allí, en Santa María de los Montes, en aquella iglesia en la que entré al azar y en la que se estaba leyendo una homilía en un idioma desconocido para mí, me estaba esperando porque me llamó por mi nombre, yo que como mendigo y peregrino no tenía ya ni nombre ni nacionalidad, o al menos ese nombre y esa nacionalidad quedaban yacentes en un lugar inconcreto y que a la vez es todos los lugares, allí donde los perros se destrozan entre sí a viva sangre, donde se encuentran monedas de países que ya no existen, donde da la vuelta el aire en su eterno vagar por el mundo.

Y entonces apareció la Misión en mi vida. Porque yo no sabía hasta entonces que tenía una misión, que había sido etimológica y realmente lanzado del sosegado regazo divino hacia la última de mis reencarnaciones para descifrar todas las preguntas, para anular todas las prerrogativas, para ser todos los hombres y todas las mujeres en un momento excelso de la historia en que la humanidad necesitaba ver la Verdad en carne y hueso, y esa verdad iba a ser yo mismo cuando aquel adyuvante me invistiera de toda la sabiduría que infiltraba en lúcidas vetas minerales a todas las religiones del orbe, porque ninguna era verdadera en su totalidad, en el conjunto de sus preceptos, pero todas contenían alguna de las múltiples facetas de aquel diamante nunca visto de ojos humanos y que hasta aquel instante de la historia permanecía madurando el sol del sufrimiento y de los descubrimientos de toda índole de las incontables y esclavizadas generaciones en las profundidades de la tierra del conocimiento aparente, de la falacia y de la mentira. Aquel hombre, aquel adyuvante de la Verdad, era nada más y nada menos que el inmortal Conde de Saint-Germain, el último de los grandes iniciados espirituales del mundo y que, yo no lo supe, pero sabía que moriría aquel mismo día, después de revelarme toda la Verdad de lo visible y lo invisible.

Y, por último, me dijo mi nombre secreto, el que tenía mi alma, y ese nombre no era Álvaro Feijóo Silva, el nombre terrenal de la última de mis reencarnaciones, sino Pedro el Romano, porque yo sería el mayor usurpador de todos los tiempos, atravesaría finalmente los pesados portones de la Capilla Sixtina disfrazado de sacerdote y reduciendo a los guardias suizos con palabras de fuego escritas en la cal de todas las urdimbres del tiempo, seduciría a la mayoría de los señores cardenales (y yo en mi Arcadia, et Spiritu Sancto cooperante), llegaría al papado sin creer en la Iglesia y después, en el balcón más famoso del mundo, pronunciaría conmovedoras palabras de alivio, de perdón y de verdad inmarcesible para todas las naciones de la Tierra, les diría cuál era el verdadero trasfondo de este continuo teatro que es la vida. El Espíritu Santo, que existió sempiternamente, desde su renombrado aleteo sobre las aguas de la oscuridad increada, será más que nunca cooperante y hará que los impíos, los radicales y los inicuos, que estarán entonces a mi espalda, no se atrevan entonces a asesinarme. Ahora que ya está todo cumplido, lo harán, sin duda, más pronto o más tarde, con el veneno o con la soga o con la daga o con el volante y aleve plomo (y yo la espero ya en mi cámara inminente y dulce, con la dulzura que da, después de tantas reencarnaciones, haber sabido lo único cierto), pero no podrán hacer nada por detener la riada de la Verdad, que se impondrá en todo el mundo. Desaparecerán todas las religiones y solo quedará la Verdad, que podrá ser practicada o no según el temple del individuo, que la podrá creer o no, pero se cumplirán aquellas palabras simbólicas que ya estaban en San Malaquías, que ya vio la Verdad hace ochocientos años: vio que yo sería el papa usurpador, el número ciento doce desde el año de inicio de su profecía, desde 1142, y se hará realidad, simbólicamente, que la civitas septicollum diruetur, es decir, que la ciudad de las siete colinas, y, por extensión, todas las restantes ciudades sagradas (Benarés, Jerusalén, La Meca y tantas otras) serán arrasadas por la Verdad, que ya no habrá jerarquías ni órdenes ni clausuras ni traiciones ni asesinatos ni violaciones ni injusticias entre los pueblos del mundo, sino, tan sólo, la fulgurante y esplendente y cadente del cielo, y torturante para tantas almas monolíticas, Dignidad Humana, que no pertenece, ni perteneció nunca, como hoy por fin confirmamos y siempre supimos en nuestro eje diamantino, a ninguna religión".

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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