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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de octubre de 2021

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Dolor de libros muertos en mi memoria antes del mediodía (inédito)

Sobre la teoría fundamental que sustenta en uno de sus ensayos Ricardo Piglia y cuyo nombre no recuerdo (¿ El último lector ?). Me pareció impactante lo que contaba sobre las postrimerías de Borges. El desencadenante concreto de la escritura es la inminencia absoluta de un examen de oposición al que me presenté insomne. Dedicado a una antigua novia.

Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la página abierta.

 

Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta a pesar de todo, continuar. Ésta podría ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara.

 

"Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven".

 

 

 

 

 

 

 

"Cuando falte poco para mi más cercana destrucción, dolor de libros muertos en mi memoria antes del mediodía, cuando me encuentre ante el pelotón de fusilamiento uniformado de un blanco y negro postmoderno que se descifrará una sola vez y a través de modernos lectores ópticos, y, al mismo tiempo, ahora que todo lo veo tan confuso, que leo este apolillado manuscrito que entiendo a duras penas y a pesar de su endemoniada letra procesal, pero cuyo mensaje oculto se encuentra en el brillo de tu mirada al alba, porque para ti viviré a partir de ahora, y ya no más, jamás para la Literatura, mujer eterna sí, aunque defectiva en tantos amaneceres, ahora que sé que estás pensando en mí y/o en qué inspiración divina y por qué ha hecho que yo te escriba estas cibernéticas líneas que contienen el pulso del mundo que no se detiene (no hay trampa, arte o artificio para todo lo que nos viene de arriba, para todo lo que es sempiterno y superior a la humanidad, para la Biblioteca al fin), en este mismo instante, hac hora, te pido que me des la mano, que saltemos juntos este nigérrimo abismo que se nos viene encima y que es el Tiempo Chronos -y qué piedad va a tener de nosotros, míseros mortales, si sabemos hoy por fin, después de tanto tiempo de embelecos y primerizas falsas carantoñas a toda una recién nacida humanidad, que devoró a todos sus hijos neonatos menos a uno- antes de que se derrumben sus políticos, económicos y diplomáticos puentes de arena y sal, vida fallida en tantas almas; ven, quiero que me acompañes ahora y siempre a donde da la vuelta el aire, dimensión atemporal y utópica donde cesan ya en caída libre y sin rosa de los vientos tanto estudio, examen, colación, oposición, búsqueda, esfuerzo, experimento como hemos muerto en muertes pasadas y lo sabemos, cada segundo de nuestro devenir desequilibrados cognitiva y espiritualmente como existimos (porque no hubo lugar para pruebas, sólo para creencias), exactamente al lugar donde José Arcadio Buendía vio por primera vez el hielo, y, también, si nos da tiempo después de tanto amor como gastaremos, de tanto bien como haremos, de tanto mundo como tendremos en la palma de nuestra mano durante el trayecto -nos, homines viatores-, al vetusto y polvoriento castaño donde el viejo coronel perdió la vida tras la caída que sufrió trepando para atrapar a su joven y tunante loro de las Guayanas (pensó en sus últimos hálitos que era una pena no haber muerto en la palúdica y decadente Venecia, y sí en aquel pueblo colombiano que fundó con sus propias manos, tan cercano a un ignoto galeón español encallado y cargado de oro de las Indias), al lugar donde nace la vorágine blanquinegra que es la imaginación en cadáveres de imprenta y que nos recrea, nos relee desde cualquier momento de nuestra vida y en todos ellos a la vez después de un solo nacimiento y de tantas muertes diarias que renovamos sin cesar en cada aliento que respiramos, en cada trauma que superamos gracias a ella, a la loca de la casa, porque si no hubiéramos llegado hasta este que ves nuestro faro del fin del mundo, perpetuo eje diamantino que cela, por medio de potente áncora que se aferra a la soledad,  todo lo que somos, si ella no nos hubiera guiado hasta aquí, lugar que sólo es en nuestra mente pero que, paradojas de la creación, siempre ha estado escrito en la divina inspiración de la humanidad, Literatura, lugar que está pero no es en tantos sitios y en ninguno, conjunto de textos de imposible locación donde no hay norte, sur, este u oeste, donde lo único que existe somos nosotros y nuestro motor, la imaginación, que, junto a su bíblica compañera, la Verdad, nos hará libres a pesar de las clausuras de fuego que nos atenazaron antes, ya no, en espacios habitados, si no nos hubiera guiado hasta aquí, repito, no habríamos sido como nunca antes de conocernos, ninguna de estas palabras tendrían sentido, porque nunca habríamos osado a amar, amantes, en medio de lo grisáceo, concepto que ahora sabes que siempre se opuso, desde los trabajos y los días, a lo blanquinegro de los eones.

 

Hoy sólo ves vastos e innúmeros campos de hielo delante de nosotros dos, nuevas ínsulas Californias, espacios nunca hollados por la mente de hombres y mujeres, humanidad que ha sido petrificada por el miedo al miedo atrás y a la derecha, en lo habitado; hoy somos conquistadores de un nuevo orbe y yo he quedado ciego por tanta luz como aspiré a alcanzar en el fondo del abismo que atravesamos antes, cuando aún pertenecíamos a la realidad, a lo jerárquico. Me dijiste, con acertada intuición, que no mirara, pero cómo no lo iba a hacer, si el abismo, ese denso y magistral final que nunca se escribirá de manos mortales, reflejaba algo que no había leído aún, que no se había escrito aún para mí, para tantos lectores puros, después de mi azarosa existencia mental, donde libros ilegibles pero existentes en cualquier tiempo me acuchillaban las meninges como zahires, como maldiciones vitales sin tregua y por las que uno no lo sabe, pero va declinando poco a poco hasta el saludo final en que el telón cae.

 

Permíteme ahora ya, mi dulce farmacéutica, siendo como soy desde ayer invidente después de tanta lucidez indagada, besarte, acariciarte, ver por la luz que emana de tus pupilas, dame fuerzas a mí para amarte, para saber leerte a ti y al mundo que nos forjaremos, que crearemos amando, siendo como soy desde este instante y para siempre, otro Tántalo en fugitiva fuente de oro, lector de vivas y exquisitas y amorosas y dulces páginas que mis ojos ya no ven".

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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