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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de octubre de 2021

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Como el lúcido diamante (inédito)

La angustia de la consciencia, de la comprobación en carne propia que la normalidad no existe.

Fragmentos, aleatoriamente escogidos, del diario de un aprendiz de intelectual  paranoico, esquizoide, con manía persecutoria y asquerosamente responsable, casi masoquista, apodado "Tío Calambres".

 

 

 

 

  ..., y es que tengo que escribir, ahora sí. Algunos dirán que mi escrito no vale para nada,  pero a mí, ...

 ,sí me vale. Aquello de que escribimos porque pretendemos ser leídos es una falacia creada por los teóricos. Lo que me gustaría es que alguien me escuchara, pero cómo expresar en una conversación coherente lo que me está atenazando desde hace ya más de medio año, cómo escribir..., todos los problemas que se me han ido acumulando y que no acaban de estallar. Veo la caída mas alta del mundo, el abismo de incomprensión más grande, el filo más amargo de ciertas espadas de hiel que me están secando el aliento, que no acaban de rematarme en el charco de sangre en que me destrozo.

..., y lo malo es que soy consciente. Estoy viendo la destrucción lenta e inexorable de todo lo que he creído ser durante toda mi vida: tampoco sé hacia dónde me conduce este proceso irremediable, la consustancial mutabilidad de la rueda de Fortuna. Dudo sin rosa de los vientos entre las manos, sin calavera premonitoria de la muerte ante la vista (memento mori), tengo tiempo para pensar en esta interna vorágine que me va consumiendo, pero tampoco es que pueda quitarme las múltiples máscaras que me encubren ante mi entorno. Casi nadie está preparado para el brillo frecuentemente maldito de la Verdad, de la no apariencia, de lo único que existe. No nos bastamos para tenernos en pie entonces, aunque sí ante el artificio de los incontables ídolos con pies de barro que nos hemos creado (...)

Debo escribir para intentar racionalizar, para intentar calmarme, porque las personas esta vez no son suficientes, no pueden ponerse en mi piel, no puede haber una solución para lo que yo todavía no tengo fuerzas de acometer. Son problemas de maduración personal, tengo que tragarme todo lo que me está ocurriendo e intentar digerirlo. Será lo mejor. La gente está ahí afuera, me están tendiendo cálidas llamadas de fraternidad, pero lo cobarde es aceptarlas ahora, porque la solución no será tal, me enseñarán a evadirme, a ir más lento porque sí, porque..., a tomar la cuesta abajo, la cuesta fácil, accesible, del eterno bivium, del eterno camino de dos direcciones a que se enfrenta toda persona a cada instante, y sé que aceptaré sus componendas, porque estoy demasiado débil: aceptaré la facilidad, porque el dolor puede frustrar, aunque siempre es bueno (porque todo es bueno, según la ascética medieval); pero no hablemos de esto: nadie creerá en lo que estoy diciendo, porque la edad de los dioses ya pasó, al igual que la de los héroes y la de los hombres, y solo nos queda la descarnada Postmodernidad antes de que el mundo se quiebre por su eje. Como venía diciendo, ya no soy el que solía, si es que alguna vez he sido en medio de una vida tan fácil como la que he tenido hasta el momento. Quizá la vida es tan sólo (y nada menos que) lo que me está ocurriendo ahora, la percepción tremenda e implacable, dura como el lúcido diamante que todo lo madura y asume, así temblores de la Tierra como fúlgidos rayos del Sol, la percepción, digo, de que nada es para siempre, de que sufrimos mil muertes de cualquier suerte antes de la única y verdadera, carnal, de que no hay inmutabilidad sino en los altos cielos de esperanza y piedad. Pero es que resulta que no puedo desprenderme de mi responsabilidad, de mi inteligencia (poca las más veces, mucha las menos) y mis sentimientos. Yo aspiro a vivir en la dificultad, en lo meritorio, porque me parece que es lo único que se acerca al conocimiento, único ideal por el que vivo, verdadera versión laica de cualquier verdad religiosa, verdad a la que, mísero de mí, me considero indigno de aspirar de modo directo. No puedo volar tan alto y profundo con alas de plomo, terrenas, que me están pesando porque, ahora más que nunca, puedo decir con el poeta que

 

(...) después de tanta luz, de tanto

       tacto sutil, de Tántalo es la pena.

 

Y todo ello porque, como diría el latino, ego, tamquam Prometheus, in Caucaso detineor, o, lo que es lo mismo, en román paladino y para entendernos -o simplemente intuirnos, o graciosamente confundirnos-: porque que yo, al igual que Prometeo, también fui encadenado al monte Cáucaso.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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