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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de octubre de 2021

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Memento spargere rosas (inédito)

Con el recuerdo en mente de una inscripción latina vista en Santa Maria della Vittoria, Roma, surge un relato en el que la voz narrativa nos habla, incluso después de su muerte, incluso, diríamos, en el momento del Juicio Final, de lo que pretendió que fuera el sentido de su vida. Se diría, entonces, que es un relato de "imposible lectura".

 

"1. Memento spargere rosas. Esta inscripción latina inmediatamente anterior a mi ocaso cardenalicio vuelve hoy a mi memoria con la agudeza de un picotazo de avispa, sí, hoy lo sé al fin, ella estaba allí esperándome desde hace siglos, en aquella iglesia barroca en Roma, para grabarse entonces en mi memoria y emerger hoy de nuevo para dar un pie poético a este intento de relato, y todo ello porque ya dije una vez que, con el poeta, yo no creo en las invocaciones, pero las invocaciones sí creen en mí: recordad esparcir rosas, sí, recordadlo cuando estéis ante mi lápida y yo finalmente repose. 

 

2. Hoy finalmente yacen las rosas allí, hoy finalmente reposo, me decanto líquida y furtivamente del otro lado del espejo, observo la última mutación de mi rostro, y reconozco que no me fui de vacío de la tierra, que no fui precisamente un santo; aunque hice todo lo que pude para crear utopías en este planeta, en realidad no me dolía casi ningún átomo de la podredumbre que me envolvía, nunca estuve realmente nervioso ni tuve ambición en la tierra, porque reconozco que la lentitud del asceta dominó la mayoría de mis actos en el teatro que pronto cesará. Digo esto porque no he pretendido llevarme nada de este mundo (desnudo nací, desnudo estuve en los momentos cruciales de mi vida y desnudo permanecí cuando observé por última vez mi rostro en un espejo), digo esto porque he creído, en mi locura, que todo era una ficción como la que enmarca todos los libros que una vez leí, y, por fin, que yo estaba aquí de prestado, que era un personaje más de los innúmeros que pueblan la comedia humana. Disfrutaba observando ver a la gente, escuchando la narración interceptada de sus vivencias, sonreía cuando veía la inocencia del infante, me sorprendía cuando cataba los primeros visos de los enamoramientos y la dulzura de los labios especulares que apenas se dan abasto para respirar en sus repetidos y morosos combates a primera sangre. Era un placer inagotable que se me escanciaba sin tasa quemar durante unos segundos todo lo que representa el libro, percibir por sorpresa, pero provocándola sabiamente, ese conjunto de recuerdos fotográficos que me confirmaban que la mejor novela es la que nunca se escribirá, que la mejor poesía es la que se esculpe durante breves segundos en unos ojos que se sorprenden de estar vivos, que se duelen porque han sido traicionados, que se reconocen a sí mismos en la diversidad de todo lo que nos envuelve. 

 

3. Y luego está la cuestión de ella, que nunca me abandonó, ni siquiera cuando yo yacía todavía incólume en la cuna, aunque los ángeles siempre estuvieron conmigo. Pero qué le voy a hacer, era la soledad el pago que yo tenía que satisfacer por permanecer intacto a este mundo, por no ceder a la alienación, por poder mantener la calma secular que embarga los cipreses de los cementerios y las páginas de los incunables que consiguieron conservarse íntegros a pesar de la barbarie humana en todas sus formas, a pesar de la humedad y el calor de los trópicos, a pesar de la voracidad de las termitas y las platijas bárbaras e impías. Hablo, en fin, de la soledad existencial que atenaza al lector puro, de la que no se cura ni con amigos ni con familia, hablo de esa sensación concreta que viene de donde da la vuelta el aire de que sólo somos reales en el goce lector, de que todo lo demás es bueno y bello y lo necesitamos para seguir existiendo, pero no para hacernos reales, porque para ser reales sólo necesitamos perpetuarnos en el blanco y negro que hoy es posmoderno pero que tuvo tantas grafías, tipografías, idiomas y estilos como diversas son las inteligencias, las sensibilidades, las intenciones y los motivos de cada escritor a la hora de pasar a formar parte de uno de los infinitos hexágonos de la Biblioteca borgeana. 

 

 

 

4. Los pétalos de una rosa fragante, reciente, sobre mi lápida; ese ha sido el mejor homenaje que habéis podido hacerme, porque por mucho daño que os haya hecho ha sido todo por inconsciencia, por inmadurez. Nunca pretendí tocar a nadie con mi egolatría que ahora conocéis pero siempre presentisteis, nunca pretendí hacer sino bien a todo el mundo, siempre intenté que el austero cordón monacal ciñera todos mis actos, porque reconozco con San Francisco que yo amé (y amo todavía) a todas las criaturas, amé al que me injurió, al que me hizo de menos, al que me engañó, al que me agredió, al que me mostró las múltiples caras del mal, amé porque creo que el perdón puede otorgarse (Spiritu Sancto cooperante) hasta en los últimos momentos de toda vida que se reconoce a sí misma como vacua y nefanda, y ya no me bastan todas las bulas papales, excomuniones, privilegios, indulgencias y demás parafernalia de las aristocracias teológicas occidentales, porque cómo si no podemos intuir la verdadera Santidad: ella siempre se nos presenta desnuda, agotada y maltratada, y sin embargo con la felicidad intangible que le da la interna certeza de la unidad del Todo supremo. Y todo ello es porque, aunque exigua en número, realmente existe la santidad en esta tierra y yo una vez aspiré a ella.

Pero me quemé en las alturas del ideal y a partir de aquel día, illo tempore, tan sólo me conformé con ser digno a todo trance, con no molestar, con hacer todo el bien que pude porque sólo en ese espejo eterno, irrompible, he reconocido las continuas sucesiones de mi rostro y la luz que de él emana. 

 

5. Espero ahora en esta ingravidez incolora e insondable, en un lugar que es a la vez todos los lugares y ninguno, lugar donde tan sólo vive el sonido glorioso de las jerarquías angélicas en su increado y músico fragor, espero, digo, al Juez Terrible que llegará ante la humanidad con mano fuerte y espada de fuego a establecer la Jerusalén Celeste, a separar a los justos de los injustos, a aclarar todas las preguntas que siempre nos hemos hecho y nos haremos.

Por fin seré plenamente feliz, yo que siempre fui buscador de respuestas, yo que siempre estuve insatisfecho pero que intenté hacer feliz (lo brevemente feliz que se puede ser donde yo no estoy ahora) a todos, yo que siempre anhelé ver el rostro escogido entre los rostros, la palabra evocante de todas las palabras, la perfección de todas las perfecciones.

 

6. Acaece ahora, certera y cercanamente, de todas las almas la ascensión que no cesa, el tragamiento primordial, la fusión con los coros angélicos y los santos, la luz indescriptible que responde a todas las preguntas de la humanidad. Ya toda palabra sobra, todo sonido cesa. La luz nos envuelve, somos, después de tanto sufrimiento, pura luz, pura perfección emanada y emanante".      

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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