Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de octubre de 2021

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

La isla del fin del mundo (inédito)

 Homenaje épico-burlesco a la Literatura

 

 

La isla del fin del mundo: homenaje épico-burlesco a la Literatura.

 

Porque me han traicionado y me arriesgué a persistir en la idea platónica, porque perdono desde luego a todo el que lo ha hecho, porque busco la comunicación integrante, porque no puedo romper todavía estas clausuras de hielo que me atenazan, que me atan de cara al abismo insondable de la incertidumbre, verdadero filo de navaja tundidor de almas en primeras crisis gracianescas, recuérdame ahora, divina Minerva, que todo está por revelarse, que un día lo sabré todo y este juego se me hará con reglas asimétricas pero lógicas dentro de su interna vorágine, que el sufrimiento no va a debelarme los fuertes muros de la impiedad y la estulticia, que vivo, como cualquiera, de milagro, que nadie merece la desesperanza, que necesito voluntariamente exiliarme de este siglo de frialdad a través del agudo sentimiento de ser que es la escritura en negras horas del alma, atormentados piélagos de lacerante y conmovedora lejanía, siempre irrompible.

A veces me he preguntado por qué mi hermano no me felicitó por mi cumpleaños aquella remota tarde en que todo podría haber sido perfecto por breves horas. No sabe que en mi parva sabiduría estoy intentando ayudarle desde el día que nació, no conoce que hay cárceles peores que las físicas y reales, y que están hechas de un blanco y negro por su propia esencia inmarcesible, que no suelen facilitar la comunicación, que son espadas de doble filo en las que es muy fácil cortarse con tantos alientos inefables, con tantos hálitos de verdad desdoblada en contrapuestos espejos. Me ha dolido, sí, porque esta vez como pocas lo simbólico se vuelve pragmático y quemante en un desprecio que sólo puede venir de la ignorancia, de la juventud soberbia. Alguien dijo que no es bueno aquel que no es malo, sino aquel que, pudiendo serlo, no lo es. Ese alguien me gustaría haber sido yo mismo en alguna milenaria vida anterior. Aquí se cifra la Sabiduría, y no en dogmas inconmovibles que se cimentaron, no con sangre de toro como piensan ciertas autoridades modernas, sino con el sufrimiento de los eones, de humanidades que se nos olvidan en nuestras altas sillas de cómodas seguridades. De todas formas es seguro que mañana vendrá su gusto, su ataque de cobardía riéndose de la vida sin saber dolerse, doblarse ante la dignidad del perdón salvífico, de la palabra a tiempo, del gesto oportuno. Más aún me da que pensar el silencio calculado de unos labios traidores: sí, eran una terrible premonición, estaba claro que ningún sonido vivía en ellos, que llevaban aleve ligereza en sus comisuras, porque hace ya mucho que Minerva me estaba dando señales, con su historiada égida de ocurrencias peregrinas, otrora míticas, de que la traición estaba ya antes, por encima, en lo alto y oscuro de su mirada, en sus ojos, de que podía abandonarme y reducirme a una soberbia esquivez, desconocida de favores en los que deposité, tras crudelísima batalla y en inestable balanza de azar, el tiempo, la preocupación y el sentimiento cara a cara con la duda primigenia del impulso de las potencias una vez ejecutado, el regalo de los sentidos y el irresoluto problema de la amistad en relación con el seguro y potencial tiempo perdido ligado a la muerte (in extenso, todo lo que la vida es, todo lo que nos guarda en breves y dolientes astillas de tiempo detenido, de memoria, de instantes cadentes e irrepetibles desde siempre y para siempre).

Pero pido perdón ya, porque me doy cuenta de que soy yo el soberbio. Seguramente sea yo el que está errando el camino, el que se ha confundido siendo como es. Quizá es que se trata de una de las denominadas maldiciones bíblicas, que estoy condenado a cien años de soledad como el último de los Aurelianos porque me niego a ver que sólo puede amar quien ha llegado a odiar, aunque sea por breves segundos, con razón, quien, en definitiva, sabe lo que es la vida.

Haciéndome un favor excelso, una gracia apenas impagada, queridos lectores, ángeles de mi existencia que os dignáis oír amargos dejos del tiempo devastador, cuando vuestra dignidad requeriría muy diversas ocupaciones, os pido que penséis en mí el día en que me haya marchado a la isla del fin del mundo, día en que podré llamarme hombre, porque habré empezado a vivir en una vida que se me escurre, que me huye el rostro cubierto de sal y heridas de nociva erudición, cuando lo que se precisaría para atraparla, para domeñarla como a fiero tigre de Ocaña, sería haber sido ya a estas alturas atravesado como persona, destonsado como texto que soy, aunque muy mediocre, de la historia de la humanidad,  por la agudeza de esa espada blanca llamada experiencia, a la que he hecho oídos sordos en este decurso inconcluso de consciente conciencia, aunque solo hubiera sido en duelos a primera sangre, de esos que te permiten levantarte con la satisfacción de saber que podrías haber fenecido en el intento de haber pactado un duelo à outrance, a muerte en llano castellano alatristesco, con todos tus miedos, pero que, ciertamente, el maestro de esgrima que es la fatalidad, alias la Providencia, o como quiera que se venga a nombrar, te ha perdonado, porque ha visto en ti el valor del atrevimiento a mirar en su cénit a un Sol que ya no se estila, porque sabe que aplicas aquello del mundus senescit, de que el mundo envejece pero que hay cosas que no deben morir hasta que todo perezca finalmente por el fuego y por el agua en la gran conflagración universal del fin de los tiempos, cosas, conceptos, verdaderos estafermos apolillados como los duelos de honor con la duda mudable, con el movimiento desasosegante y pocas veces tranquilizador, con la vida al fin.

"La isla del fin del mundo"; qué poco espíritu en su letra, qué concepto tan vacuo de significado, si es que todo este escrito tiene significado o lo tendrá alguna vez para cualquiera que sepa leer encíclicas cantadas, visibles tentaciones de permanencia, de quietud en medio de un mundo que es todo movimiento y concertado caos, mal que les pese a algunos que cierto cuasi licenciado conoce.  Pero la isla del fin del mundo existe como y porque existen la Utopía de Saint Thomas More, el Paraguay jesuítico, la Nueva Atlántida de Bacon, la Ciudad del Sol de Campanella,  la Biblioteca de Borges,  el Macondo de García Márquez. Está en la fantasía de todos los transterrados de vocación ovidiana, como en la de aquel ratón de biblioteca que se instalará dentro de poco en sus territorios más periféricos, cuando no vea otra salida para conseguir el perdón de la humanidad por haber vivido conforme a la idea platónica que el retiro a un simple leño horaciano en medio de cierta corriente arrebatadora que amenaza tragárselo para aniquilarlo, si es que fue alguna vez polvo o sombra apenas. Pero, para entonces,  habrá leído en algún lugar, hace ya varios idílicos siglos de Arcadia personal, que el terror, el tragamiento primordial, podía ser blanco, aparentemente armónico, que quizá el único terror desencadenante era la "normalidad" burlada por soberbios aspavientos hechos en resguardadas torres de marfil. Esperará, incautamente de nuevo, como muchas veces antes de su angélica caída, alguna mano piadosa que se le alce y le agarre a la realidad. Serán duros aprendizajes los que adquirirá, porque sabe que, para sobrenadar, en un principio tendrá que pasar un tiempo de silencio acervo, de masticar el paso de las horas en correosas hebras de soledad. Esperará las delicadas notas de piano que conocía y nunca escuchó en esta tierra, cuando aún vivía en la caverna de sus cortos alcances humanos, todavía no divinos, cuando frecuentemente aportaba a las costas del silencio sonoro, a aquellos ojos verdes que cifraban el silente secreto de su existencia, para evitar las enormes fortunas que azotaban la grandiosa arboladura de su velamen; intuirá el perdón, que fue finalmente pronunciado por todos los que le ofendieron y a quienes él ya había perdonado, todo aquello que alguna vez pudo ser pero no fue en la faz del orbe y que hizo que cándidas almas se conmovieran, en el mismo mar de todos sus veranos, ante sus prófugos momentos de preclara lucidez, de  sólita felicidad imprevista.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
Bookmark and Share

Comentarios - 0

No hay comentarios.


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias