Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de octubre de 2021

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Los libros alejan de la realidad (inédito)

     Relato nacido al hilo de una frase que escuché en Florencia.

 

 

I libri allontanano dalla realtá

(ascoltato così a Firenze)

 

"Vero, i libri allontanano dalla realtá: los libros alejan de la realidad; esto es lo que le escuchaste casualmente haciendo cola frente al Palazzo Pitti a aquel hombre gris que por su apariencia impoluta y culta podría haber sido bibliotecario o conservador de los vastos museos que tenías ante ti en aquel octubre frío y redentor. No disientes hoy con él, hoy que finalmente sabes (raro privilegio en esta actualidad en que la mayor parte de la gente cree que nunca envejecerá y que seguirá siendo joven siempre) cuál fue el momento exacto en que comenzó la segunda parte, el segundo tomo del libro intangible de tu vida o tu mayoría de edad vivencial e intelectual (lo de antes eran bellos escarceos universitarios alejados de cualquier pragmatismo), convienes en aquello que ha dicho en su sabiduría; en que la tentación mayor, casi pecado de soberbia, es (ahora lo intuyes), la certeza de que ya no habrá progreso, de que el tiempo histórico se había detenido y de que todo estaba escrito para ti allí y entonces, de que había una Providencia que guiaría tus pasos hasta que inauguraras con mano de hierro y verbo dulce el Apocalipsis, el postrer Desvelamiento; la trampa ahora es creer que los demás son un decorado para lograr lo que tengas que llegar a ser en la vida, y todo esto lo reconoces en este día de luz dispersa y errabunda observando de nuevo, por la ventanilla de este avión que tan sólo porta tu cuerpo (tu aliento inmortal, tu estilo vital y tu estro yacen en tierra), el mar de nubes y las turbulencias del aire sobre algún punto del Mediterráneo, y entonces es cuando de tu mente se posesionan imágenes, lenguas y traiciones que ya creías muertas para ti, porque las viste, hablaste, maquinaste o sufriste hace ya muchos años, en tus anteriores reencarnaciones, esto es (y entre otras muchas menos emocionantes o más de andar por casa), cuando fuiste agente doble al servicio del Dogo de Venecia y del Rey de Romanos (cada día interceptando y descifrando comunicaciones de todos los puntos del orbe conocido, cada día vendiendo tu alma al mejor postor, cada día tu cuerpo encadenado en noches interminables al reciente descubrimiento del café), cuando te fugaste, en falso y cataléptico cadáver, de las duras y húmedas prisiones del Castel Sant Angelo para fundar, con una nueva identidad, nuevas y utópicas naciones en la colonia británica de Nueva Inglaterra, cuando lanzaste excomuniones desde el solio papal, cuando fuiste Inquisidor General y prohibiste in totum la libertad de pensamiento en tus vastos dominios espirituales, cuando fuiste hereje y reviviste todas tus efímeras felicidades ante la pira que se consumía por el fuego a tus pies en la Plaza Mayor de Madrid, cuando, en definitiva, eras otro (o al menos el mismo en cuerpos sucesivos e inicialmente incólumes) y aún no habías presenciado, como hoy haces, el fulminante despegar de las ciencias, la siempre teórica y a veces práctica consolidación de los derechos humanos y algunas nuevas utopías, algunas de ellas tan heróicamente absurdas como el Control Bibliográfico Universal o la Disponibilidad Universal de las Publicaciones. La tentación es (ahora lo sabes), la creencia en la eterna juventud, pero también la complacencia en la caída física y moral, la molicie y la retracción de tus huesos y tus sombras a oscuros rediles donde tu alma se repliega con el infinito recuerdo, que es la remembranza de tantas generaciones que han hecho posible que tú hoy finalmente puedas pronunciar esta especie de invocaciones sobre lo que ha sido, lo que es y lo que será en el decurso de los días de todos los filólogos in rebus antiquariis, expertos en todo aquello que sea antiguo, y dejémonos de complicaciones: hoy al fin sabes que todos los espejos azogados se pueden atravesar, que todas las ficciones ya han ocurrido en la realidad, que sólo merece la pena vivir lo que no se puede describir con la palabra. Y ya nadie de los que te conocen sabe entrever la tesitura, la hilazón con la que se fue forjando en tu alma recién despertada del trauma platónico la densidad de lo que venimos en llamar cultura, nadie se explica cómo pudiste hablar en lenguas muertas con los mendigos de extramuros para ofrecerles la mitad de tu metafórica capa, nadie se explica por qué te complaciste desde aquellas épocas de formación (que ya no volverán) en leer hasta los papeles rotos que hallabas en las calles, nadie se explica por qué no te dolió nunca (ni aún hoy lo hace) el mundo y su perversa podredumbre, todo el mundo se hace cruces de por qué extraña casualidad sobreviviste en aquel solitario verano al incendio de tu luminoso ático repleto de cadáveres seculares que conformaban una vasta biblioteca que siempre aspiró a ser la de Babel (yo personalmente creo que fue por tu insana adicción al café: algunos testigos tengo delante que te vieron acudir, como todos tus días desde que empezaste la universidad, desde que empezaste a dejarte penetrar por las agudas aristas de la eternidad en caracteres de imprenta, a la cafetería donde ya te lo tenían preparado a la misma hora de todos tus días).

Nadie tiene las respuestas a estas preguntas (flotan intactas en los etéreos archivos akásicos), pero ahora, precisamente ahora que te has desligado del barro y el aliento del que fuiste formado es cuando puedes volar en este avión que te llevará a la ciudad desconocida, que es a la vez todas las ciudades, para fundirte con el pulso universal, para no caer más en las tentaciones del espíritu (el Barroco y su horror al vacío han quedado finalmente olvidados en uno de los recovecos de tu mente), para que tu sangre pueda ir poco a poco destilando los horrores innúmeros de la letra impresa, que acumulaste antes de subir a este avión con el que te alejas de todas las tentaciones de permanencia para dejarte llevar por el ritmo de esta luz que, aunque dispersa y errabunda, tiene su dignidad, su sustancia esplendente y pura al fin, sin divagaciones de sombra ya, para sentirte bendecido por su tacto, por su armonía, porque por ella asciendes ahora lumínicas y ya no marmóreas escalas (has olvidado el humano artificio, que existió para ti cuando aún te complacías en la dificultad), por ella sabes en este preciso instante que conversarás sempiternamente y en espirituales coloquios con la comunión de los santos, por ella intuyes que alcanzarás la claridad de la ruptura con lo material, la iluminación después de tanta sombra como te cubrió antes en gélidas e incomunicables clausuras, después de tanta nigérrima y secular tipografía como tuviste que interpretar en tan diversos contextos, de tanto silencio rumoroso como no pudiste comunicar, porque sólo a ti te pertenecía esa dulce e impertérrita maldición de la lectura sin tasa ni medida".

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
Bookmark and Share

Comentarios - 0

No hay comentarios.


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias