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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de octubre de 2021

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Dormición de los siglos (inédito)

 Uno de mis primeros relatos. La dedicataria es mi amiga la poetisa Verónica Aranda.

Dormición de los siglos: horas fronterizas del siglo XXI

 

 

 

A través de las frías callejas mojadas, oscuras de certidumbre, la melancólica figura del eterno estudiante se cernía sin prisas, sabiendo que la noche sería muy larga hasta aquel momento, todavía en lejana perspectiva, en que rayaría el alba. Y el alba no traería ese año inestables seguridades de humana vanidad satisfecha con olor a garrafón y pagada a precio de oro, en otro ciclo calendárico que se le deshilaba muy a su pesar.

Después de diez minutos de caminata vivificadora para sus sentidos -hace algunas horas que sólo poseía la vista, ojos que se escurrían con viva impaciencia por la calma secular de Cervantes, Gracián, Galdós y otros tales, que maliciosamente se sabían en fama futura pregonada por ratones de biblioteca como él-, entró en casa de sus tíos para tomar las uvas y captar así mínimos resquicios del amor de su familia, que se le escapaba entonces, instalados sus penates en el lejano Levante de berberiscas incursiones, en cierto torreón solitario y maltratado por los cañonazos del corso mediterráneo, firme desde hace más de cuatro siglos en la misma incómoda postura de acróbata al borde del mismo mar de todos sus veranos, estíos del estudiante que le servían para relajarse y pensar en su carrera, ya en trance de benéfico agotamiento, pues asomaba en la lontananza del pensamiento su último año universitario.

Tenía mucha razón, pensó, el sabio cuando dijo que lo propio del discreto era tener buen dexo en cualquier empresa que acometiese. Al eterno estudiante le habría gustado conocer en persona al jesuita aragonés que escribió la anterior sentencia para hablar con él sobre el concepto de discreción -por otra parte tan importante en el siglo XVII-, para contemplar la fuerza de los siglos, para comprobar que era verdad la famosa frasecita de Bernardo de Chartres, aquello de que somos -seguimos siendo- enanos a hombros de gigantes. Él no era lo suficientemente inmodesto para tildarse de hombre discreto, y creía que lo que necesitaba era tiempo para reaccionar ante una falta de voluntad alarmante en su carácter, normalmente bastante emprendedor en lo que a materias intelectuales se refería.

Estaba claro, lo determinante aquí respecto a la abulia mencionada -típicamente finisecular, por otra parte- era el agotamiento físico de tantos miles de páginas deliciosamente degustadas en principio, después infiltradas como droga dura en vena y posteriormente quemadas como leña de hoguera en riguroso y largo invierno. Además, estaba aquello que se decía popularmente, que todo parece más difícil cuando se está al borde de un final.

Decididamente, si esto fuera una novela, pensó la melancólica figura con sus huecas disquisiciones de quisquilloso tiquismiquis, cualquier lector, cualquier paciencia encarnada, cualquier sabia benevolencia, se desesperaría por encontrarles algún sentido, por paranoico que fuera.

Sí, era necesario olvidarse hasta dentro de un par de horas al menos,  para no violentar a sus familiares (que representaban ahora, para el simbolismo de su razonamiento, el trato humano socializado), de sus estudios, de sus problemas, de sus manías persecutorias, de que tenía una responsabilidad ante su conciencia que no se veía capaz de cumplir como convenía a la máscara de aspirante a intelectual satisfecho que se había forjado durante toda su adolescencia ante sus íntimos, rehusando con placer, por qué no decirlo, por qué no ser honesto, muchos placeres fáciles y deleitables para quemar su imaginación, lo único que daba aliento real, que era motor de vida para él, en la lectura asidua y el estudio constante, de que quizás era tan asquerosamente responsable que tenía miedo a un pequeño fracaso, a un pequeño retraso -porque en el fondo se confesó que todo seguía siendo cuestión de tiempo, pues la vocación no se evapora de un día para otro- en la consecución de su objetivo.

Haciéndolo como lo pensaba, volvió de su egoísmo, de su interior replección, y empezó a, más que comerse, atragantarse con el fruto de Baco, observando cómo sus tíos y su prima morían de felicidad al verse los rostros repletos cual piñata de cumpleaños a punto de reventar de regalos, intentando exclamar que su alegría era propia, que les pertenecía, que lo mejor era verse vivir con la bendición de la pureza, de las almas unidas en torno al calor de la hoguera. Allí también había penates familiares, allí también se sufría y se lloraba, pero con más perfección: parecía no haber un remordimiento demasiado excesivo ante los lastres que la vida nos va dejando en el cuerpo a los mortales. 

Acto seguido a los típicos abrazos y parabienes desvirgatorios del tiempo cíclico, su tía le preguntó si había pedido un deseo para Año Nuevo, que debía saber que si no se hacía se empezaba el año con mal pie -no dijo con el pie izquierdo porque sabía que a su sobrino le molestaba, porque, amén de ser zurdo total, tenía ciertos insanos prejuicios anticulturalistas, rara manía del nene a su entender, aunque en el fondo le consideraba como a un perro verde cariñoso, sin malas pulgas para matar una mosca-.

Nuestro héroe épico-burlesco, después de admitir que no lo había hecho por descuido de las venerables tradiciones de dicho momento religador, en realidad porque no deseaba nada tan fuertemente como para hacer el esfuerzo de interiorizar la petición, de enviar la orden a su cerebro -a tal punto llegaba su desidia-, pidió sólo fuerzas para afrontar lo que le viniera, para ser digno siempre y a todo trance, tanto en duelos a muerte como a primera sangre, para dejarse acunar, rendido pero satisfecho, en brazos de Lisboa de aguas doradas, herida sangrante y gloriosa de la barroca dormición española , en una última semana de Febrero futuro en que todo habría terminado, todas sus angustias se habrían disuelto en el marasmo de horas negras de exámenes ya pasados, pues en la ciudad antigua le esperaban personas que sabían que un ratón de biblioteca siempre sabe caer con las botas puestas, que le encontrarían con una sonrisa en los labios, porque intuyen benignamente que la esencia de todo eterno estudiante es el esfuerzo: si le roza la muerte disimula.

Pidió, en fin, redención de sí mismo.

 

                             ****

 

 

Espero, estimada amiga, que no te parezca demasiado pretencioso el en verdad humilde y mal dolado relato que aquí te mando. Creo que podrás afirmar con razón que un servidor habría sido un buen secretario de cartas latinas, pero no un brillante novelista, al menos ahora y con el escrito que te presento. Todo parecido que pudieras inferir entre la vida de este lector omnívoro y un poco masoquista y la realidad que has podido sentir del que te escribe estas líneas en su trato diario con él, en sus conversaciones con él, en sus reacciones espontáneas , en lo que de él te han contado, en lo que crees deducir de lo que de él te han contado, es pura casualidad y no tiene nada que ver con el verdadero ser del individuo que se dize Álvaro Feijóo y diz que estudia Filología Hispánica en la Complutense en tu misma promoción, ser que sólo lo es cuando su imaginación le acorrala en quijotescos y vastos proyectos lectores, de los que él ingenuamente se hace cargo sin dudar, ahí se las den todas, y cuando (te) escribe "epístolas latinas".

Todo lo demás que le ocurre y que ya muy detalladamente conoces es meramente accidental, podría haber sucedido en una de cuantas obras literarias le embargan al cabo del año, en una de sus "novelitas".

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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