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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de octubre de 2021

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La calle Raya y otros dislates (inédito)

 Relato primerizo de tintes plenamente biográficos, inscrito en la técnica cervantina del manuscrito encontrado.  

La calle Raya y otros dislates

 

Cuando ya seguramente muchos desesperaban de su recuerdo, entonces el filólogo eterno despertó de una de sus muchas noches de finisecular consunción y resaca -merecida, por otra parte-. Durante su escueta pero bien hallada comida, o quizás al roce del amargo del café con su paladar ya en los postres - no estaba seguro de cuándo-, comenzó a dudar de todo lo que le había venido pasando desde hacía casi un mes, empezó a poner en tela de juicio si realmente habían existido la calle Raya y todo lo que ella le había supuesto, o si este lugar y su memoria eran más bien producto de su exaltada y adusta imaginación.

Pero, qué demonios: existiese o no, en aquel su vetusto cuaderno de grandes hojas cuadriculadas y amarillentas, destinadas a desintegrarse, en el que tomaba notas garrapateadas y a vuelapluma para lo que un día sería su primera novela, empezó a escribir lo que recordaba y cómo lo recordaba, fuera esto o no ficción, y yo, en calidad de editor y amigo suyo, no hago más que transcribirlo fiel e íntegramente, y es como sigue:

 

El ratón de biblioteca se preguntó muchas veces durante aquel espléndido ocaso si la calle Raya era real o imaginaria, si estaba en aquel soleado barrio madrileño de nueva construcción en el que sabía que tanta gente acabaría finalmente devorada por las hormigas y por el cual había cambiado su estoico y estival retiro levantino en la Torre de la Horadada, o si era un espacio utópico situado a medio camino de la línea recta que une la "Babilonia de España" con Roma, si era como tantos otros lugares de morfología esencial y metafóricamente insular, se llamaran éstos Gandía, Ibiza, Marsella, If, Toulon, Mónaco, Córcega, Pianosa, Elba, Montecristo, Giglio, Civitavecchia u Ostia, lo mismo le daba. Sí, porque ahora más que nunca convenía con aquel poeta inglés en que todo hombre es una isla, porque su deseo era fundamentalmente insular, ver Roma como sólo él podía verla, ni mejor ni peor: Roma, sentimientos y percepciones que no podría más que mantener presos en fuertes y alienantes clausuras de hielo, aislados de toda posible comunicación. Y es que para ello había venido a construir aquel milagro inestable que era la calle Raya, por la que anduvo durante tantos días caniculares o tempestuosos, que de todo hubo, como bien lo atestiguaron sus empapadas prendas a la hora de tocar ciertos timbres y poder entrar en domicilios ignotos donde le esperaban alumnos que buscaban auxilio de su parva ciencia anticuaria, desconocedores de que su saber era incomunicable, es decir, que tan sólo tendría tiempo en aquellas exiguas horas de hacerles vislumbrar la corteza más superficial de toda la savia que encerraba en su alma, que quizá ni toda una vida valdría para poder expresarla, que en la hora de su muerte no lamentaría el bien y el mal que hizo, sino tantos libros que le quedaron por leer, tantos viajes que no pudo realizar antes de su destrucción, de su perecimiento por el vendaval que le asedió durante toda su existencia y que sabía que finalmente le habría de arrebatar a las alturas desde los inexpugnables muros que fabricó para él Apolo Loxías. Y, cesando los días con su frágil y cándida luz, venían las noches tan fecundamente largas, en las que empezaba a proyectar la temporada de estudios que estaba a punto de comenzar, y para ello tuvo que hacerse un cuadro sinóptico con todas las fechas clave de aquel curso definitorio de tantas cosas, venciéndose del lado de la "normalidad" y aliándose insanamente con la burocracia y el ordenancismo, que en este contexto actuaban bajo una máscara llamada seminario y casi estuvieron a punto de conseguir que no asistiera a la boda de una prima muy querida  y a la que le hubiera gustado conocer más, porque en el fondo pertenecía también a la República de las Letras, aunque ella no lo sabía porque cometió singulares e inconscientes traiciones matemáticas. También, en aquellas horas lumínicas, empezó a preguntarse por aquellos ojos esquivos por los que se perdería en el abismo, que no le preguntaban nada y exigían todo, que quería conocer en su esencia y no bajo las cómodas máscaras de los usos sociales y de lo que se supone que hay que hacer en cada momento, porque, pensó, no somos tan modernos como nos creemos, hemos de reconocer que nos sigue privando la fachada, que el ser humano no ha cambiado a lo largo de los sangrientos e imperiales eones de la Historia, que hay progreso económico, político y social, pero no humano. Por otra parte, y dejando fuera otra serie de disquisiciones que se hizo y que no vienen al caso, porque sería el cuento de nunca acabar o el de la buena pipa, para qué mencionar todos los libros en los que se embarcó denodadamente durante aquellos casi treinta días, ya sea para leerlos en su integridad, para tenerlos sobre ojo, como él suele decir, o simplemente por divagar, que, como ya sabéis, queridos lectores, es una de sus ocupaciones favoritas, y si no lo sabéis, os lo digo yo, que he penetrado hasta el último rincón de su pensamiento. Allí fueron las novelas de caballería, los ensayos filológicos y filosóficos, la novela moderna, y otros más que no quiero reseñar. En el fondo, no fueron tantos como él hubiera querido, porque el calor asfixiante y el hecho de que no estaba acostumbrado a trabajar en pleno verano le redujeron a la indigencia lectora -claro está, siempre desde su ambiciosa perspectiva de querer comerse el mundo del negro sobre blanco de un bocado y sin respirar, como ya se ha mencionado antes-. Y es que, pese a todas las dificultades, estaba decidido, aunque le costara un gran esfuerzo, a...

 

Y resulta que hasta aquí puedo transcribir, porque lo que falta (quizá lo más interesante, como casi siempre pasa en este valle de lágrimas) lo consumió el fuego de la chimenea de la casa de un amigo suyo, porque, no os lo perdáis, estuvo discutiendo allí con su círculo más íntimo de amigos sobre las correcciones que debía hacer y el final que debía dar a este relato, puesto que nos presentó tres para que eligiéramos el que más nos gustase, y no logramos ponernos de acuerdo. Empezamos todos a discutir agriamente entre nosotros mismos y con el propio escritor de estos humildes papeles, porque se originaron verdaderas facciones que apoyaban a muerte un determinado final,  y como ya estábamos todos medio borrachos (nuestro ratón incluido) en uno de nuestros habituales botellones de fin de semana, tuvimos un momento de rara lucidez, de aquellos por los que los griegos solían decir oínos kai alétheia -vino y verdad-, es decir, perdimos por un momento nuestro orgullo y vanidad de hombres y decidimos lo más cuerdo después de todo sufrimiento inexcusable, la renuncia. Es decir, decidimos, con el consentimiento del escritor,  rasgar  y quemar los tres finales que el filólogo eterno había escrito, y dejar el relato de este recuerdo abierto, para que cualquiera que supiera leer encíclicas cantadas pudiera intuir en un futuro, y por su cuenta y riesgo, lo que fue, lo que es y lo que será en la vida de este singular personaje. 

 

 

 

 

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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