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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 3 de julio de 2020

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La epopeya del laberinto (2001)

Palma de Mallorca, Calima, 2001

 

Escribir es descifrar la secreta arquitectura de la penumbra. Es invocar a la dulce daga del tiempo, habitar extramuros de la pena y no tener más que los afectos como equipaje hacia la muerte.
Y nos vierte el pasado sus légamos incurables, arroja más insania que el destino, aprendiendo la cotidiana costumbre de la renuncia, que nos convida al dolor como una flor extraña y necesaria, y nos deja en el desamparo de ese esfuerzo diario que es vivir.
Pero existe un espejo leal, un viento cálido que brota de las entrañas, un amor sin nombre que ofrece y no pide, un afecto silencioso que grita a los árboles de la historia: no estamos completamente solos. Y esa soledad se hace minúscula, infinita, porque suma el desaliento colectivo de todos los seres, que brindan su hospitalidad a la esperanza, al deseo unánime de dar cobijo al hombre deshabitado que somos todos nosotros.

 

Reseña de Francisco Díaz de Castro (El Cultural, 14/11/2002)

"Sola, con sus voces, una mujer conjura la historia y su infancia, fugitiva de las calles y traiciones, transitando oráculos y laberintos, invocando a la memoria que permanecerá en el verso, porque la eternidad consiste en que sólo existimos para los que creen en nosotros". Estas palabras de la crítica literaria y poeta Beatriz Hernanz Angulo (Madrid, 1961) en la solapa de su último libro, La epopeya del laberinto orientan la lectura alegórica que ordena el cúmulo de referencias al mundo de la Ilíada y de los mitos griegos en que se fundamentan las voces de los poemas, que se cruzan en retazos de monólogos dramáticos orientados por la figura central de una Perséfone que se desliza por los espacios cambiantes del sentimiento y de la memoria, esos laberintos.
Los poemas de La epopeya del laberinto sugieren e intranquilizan. Sugieren porque el discurso se abre a una imaginería múltiple, de interesantes hallazgos. Su disgregación, sin embargo, intranquiliza porque, en su recorrido por la buscada ambigöedad de espacios, tiempos y figuras que dramatizan el contenido del sentir se presta a dejarnos perdidos en ese mismo laberinto que nos hace transitar.
Tal vez de eso se trata: de introducirnos en un teatro privado y ser espectadores de una imaginación y un desamparo en acto.

 

Adagio
No me acuerdo de las calles, de los primeros fuegos.
Tú me esperabas silencioso y azul como una ofrenda.
Tu mano me retenía tardes enteras,
con la claridad de los pájaros,
recorrías la monotonía de tejados y alamedas.
He reconocido con sorpresa y piedad
el frío sonámbulo de una tregua.
Reconstruyo con extrañeza
tu delgadez de pequeño elfo.
Tengo tierra y sangre hasta mi tranquilidad más recóndita.
Hace tiempo que he renunciado a vaciar mi buzón,
a recorrer los jardines invisibles de tu sexo,
y me cubro de escalofríos desde el principio de los tiempos.

 

 

 Andante
La noche del eclipse de luna
bebías el cobrizo reflejo de la bruma en la marisma.
Mil incendios palpitan en la penumbra.
Penitencia oculta en una piel de lirio,
albero y negro de silencio.
Cabalgo al ritmo de mi temor,
ruido seco de tambores,
-el tiempo humilla con laureles-.
En los pantanos suaves el barro
cruje como las sienes sin luz de una muchacha.

 

 

Lento

Un bosque de cuchillos ciñe un traje de novia.
Es la patria del fuego y la ignominia
que habita en los suburbios calcáreos de la memoria.
Los pájaros siempre son una despedida,
silente y pálida,
como ciertos atardeceres en el mar.
Crece un muro con la lumbre del abandono,
con las palabras del fango,
-tinta de la sangre o de la piedra-.
Las manos viven dentro del espejo,
desatan sin asombros la crueldad del estigma
negro, de mares de furia estéril.
El velo está roto y en silencio.
Los puentes se extienden como tigres
en el ocaso.
Pálidos musgos y pianos enredan un aire antiguo.
En la selva cantan los muslos tristes de una muchacha.

 



Vivo
Una luna de alfanje corta el valle de Morna.
La húmeda niebla envuelve
el asiento trasero del destino.
Una hoguera de almendros
esclarecía el desamor.
El viento se acerca,
como una presencia
infinita.
La carretera serpea en la distancia,
como los cuerpos olvidados que van a dar al mar.
El fósforo de la tarde se dilata en los campos,
y el mar hace creer en otra vida.
Suenan, a lo lejos,
los tambores de la playa,
una pavana ausente,
el agua desamparada.
Las palabras comen de tu mano,
como gaviotas de fuego,
como úlceras de la madera.
Tañedor de cuerpos,
tu tez se ilumina en la brisa y en la pena,
aldaba de la lluvia.
Pero la isla se cierra, como un amante,
sobre sí misma.
Recordó la noche en que casi perdió la razón.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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