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Lunes, 15 de agosto de 2022

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Cita con la memoria (2009)

Publicado en Cuentos para Toledo, Ed. Cylea, Toledo, 2009. Género: Narrativa

 

Aquella noche los perros ladraban como si quisieran comerse las estrellas. Eran los perros mansos de siempre, los que apenas  dejaban correr algún ladrido suelto por la calleja, dando sólo un tenue contrapunto al silencio sepulcral de las madrugadas. Pero aquella noche ladraban tanto que parecían ser ellos los que movían las ramas de los árboles. 22 de Septiembre de 1588. Ramiro miraba la diminuta ventana, apenas perceptible, que hacía de humilde puente entre la penumbra de fuera y la oscuridad del cuarto. En poco más de tres horas tendría que levantarse, andar aún a tientas sobre empedrados y barro, y bajar por la calle del Barco hasta la vaquería situada a la orilla del Tajo. Tenía que dormir, pero sus ojos seguían mirando el ventanuco como si quisieran escaparse por él y llevarse, de paso, su alma de muchacho. A sus nueve años, Ramiro se sabía de memoria  doce cancioncillas, había sido ayudante de cordonero, había asado peces junto al río y tenía una cicatriz en la sien derecha por obra de una pedrada. Llevaba cuatro años viviendo en casa de su abuela, desde que sus padres se fueron un día en un carro a trabajar en una gran hacienda a varias leguas de Toledo. De las pocas veces que volvió a verlos recordaba la tez oscurecida de su padre y todas las historias que su madre contaba. Eran historias sobre las señoras a las que servía y que en la cabeza de Ramiro batallaban por componer un relato con sentido. En ese relato tenían que encajar belleza y estupidez, distinción y crueldad, y todos aquellos atributos con los que su madre describía a esas mujeres de alta cuna, a las que parecía admirar y despreciar por partes iguales .Recordaba también el borboteo de los pucheros de conejo y los festines de miel negra y pan empapado en aceite. Cómo no recordar aquel pan tierno y el aceite que le resbalaba por los dedos. A los nueve años, Ramiro se había familiarizado con el olor de la vaquería que un año antes le había hecho vomitar en tres ocasiones. Sabía ordeñar, y gracias a eso eran pocas ya las veces que tenía que subir el cubo de madera lleno de leche por la cuesta del Miradero. Se bañaba en el río después de cada jornada. Sólo dejaba de bañarse en lo más crudo del invierno, cuando las vecinas de su abuela decían temer al hielo más que a las fiebres y relataban las caídas de las viejas por el Cristo de la Luz. El agua era la dicha, el premio y el refugio. Nadie le había enseñado a nadar, pero en las tardes de Agosto y de chicharras era de los pocos que se atrevían a cruzar el Tajo a nado. También era el primero en llegar a la otra orilla cuando jugaba y andaba en retos con los otros muchachos. Después de sus triunfos, subía hasta San Juan de los Reyes con la ropa mojada y desde allí trotaba feliz por las estrechas calles que conducían a casa de su abuela. 

Aquella noche, la ventana del cuarto de Ramiro parecía estar despierta como él y le decía cosas en silencio mientras los perros ladraban para acercar las estrellas a sus lenguas. Todo era diferente aquella noche y Ramiro quería burlar distancias. Ansiaba poder aparecer en cualquier esquina de Toledo sin que mediara tiempo ni recorrido alguno. Sólo deseaba volver a ver a aquel extraño que había visto el día anterior, cuando bajó hasta el puente de Alcántara como solía hacer los domingos. Allí, apoyado en el pretil y mirando el río, estaba el hombre en el que no conseguía dejar de pensar. No podía verse a  nadie más en el puente. Sólo estaban él y aquel hombre. Espoleado por la curiosidad que le despertaba la inusual indumentaria del desconocido, se había acercado a observarle. El extraño se volvió y, por unos instantes, sus ojos contemplaron al muchacho con amigable asombro. Apenas intercambiaron unas palabras, pero fueron suficientes para que Ramiro supiera enseguida que aquel hombre venía de muy lejos. Después, el extraño le ofreció la mitad de aquella breve torta de pan dulce que él no había visto ni probado hasta entonces. Ambos la comieron sonriendo en comunión gozosa y muda. Luego emprendieron juntos el camino de vuelta hacia las calles de Toledo. Ahora, en su cama, con los ojos clavados en el ventanuco, Ramiro tenía el pecho lleno de rostros y paisajes. Podía verlos dentro de la penumbra honda del cuarto, podía verlos casi con la misma claridad con la que los había visto cuando el extraño los descubrió ante él. Una a una, había ido quitando aquellas sábanas con las que estaban cubiertos cada uno de esos mundos. Uno tras otro, esos mundos se abrían ante él como ventanas a una vida nueva y portentosa. Y palabras que Ramiro nunca había oído acompañaban su asombro haciéndolo aún mayor: "pintura", "óleos", "cuadros"...esas palabras sonaban ahora en la oscuridad y se mezclaban con los ladridos de los perros ávidos de estrellas. Quería volver a aquel lugar, a la casa de los mundos pintados donde el desconocido vivía. Quería volver y contemplar una vez más aquella mano pálida y resuelta  abriendo para él un camino de colores infinitos. Quería, sobre todo, por encima de todo, que la mano del extraño pusiera sobre la suya un pincel como antes había puesto el trozo de pan dulce.

 

22 de Septiembre de 1624. Ramiro Covarrubias tomaba un jarrillo de vino en la soledad de su estudio. Por la mañana le habían entregado una carta y, tras leerla, había salido a buscar a su mujer. Recordaba ahora su propia impaciencia abriendo el sello de lacre y la expresión de su mujer, a la que había encontrado a la altura de Santa María la Blanca, ya cerca de su casa. A ella le gustaban los paseos, sobre todo en el otoño, pero éRamiro Covarrubias siempre podía verla, detenida en su estudio, con la mirada perennemente tierna que él le puso en el rostro hacía ya varios años. Apurando el vino, pensó que tenía por fin que encontrar los colores adecuados para el cielo en el que se perfilaba la torre de la Catedral, que sí había terminado de pintar para su total satisfacción, en un tono que la hacía a un tiempo corpórea y fantasmagórica. Pero esa tarde, Ramiro Covarrubias, en la soledad de su estudio, rememoró, como en tantas ocasiones hacía, su encuentro con el desconocido, a quien después conocería tanto, una mañana de de domingo en el puente de Alcántara. Recordó la casa a la que habría de volver y donde, un día, aquel hombre de pocas palabras puso en su mano un pincel. Rememoró sus años de aprendiz en el taller, los recados que hacía para el maestro, las chanzas de los otros muchachos, mayores que él, cuando dejaba caer algún tarro de pintura. Rememoró los días de fatiga, los días de tesón, lo días en los que se sentía dueño de Toledo y de su cielo. Rememoró el olor, la textura y el milagro de los colores. Dejó el jarrillo de vino vacío junto a la ventana y volvió a leer la carta: el encargo ansiado estaba entre sus manos. Se imaginó a sí mismo entrando por puertas palaciegas. Pero no tardó en verse de nuevo bajando de madrugada por la calle del Barco hacia la vaquería junto al Tajo. Se vio, una vez más, en el puente de Alcántara en comunión con el extraño. Ramiro Covarrubias siempre regresaba, en la soledad de su estudio, a aquel tiempo en el que cruzaba el río a nado y corría con la ropa mojada a casa de su abuela. Entonces, se reencontraba con aquel muchacho de nueve años que, desde la cama, ansiaba burlar distancias y aparecer en cualquier esquina de Toledo sin que mediara tiempo ni recorrido alguno. Y por la noche volvía a oír ladrar a los perros como si quisieran comerse las estrellas.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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