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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 26 de enero de 2022

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El silencio está lleno de nombres (1996)

 

Premio Internacional Ciudad de Toledo (Rodrigo de Cota de Poesía) 1995

Edición del Excmo.Ayuntamiento de Toledo, 1996


COMIDA PARA TODOS

Hoy llevo locamente
unas migas de pan a las estatuas.
Las palomas del parque se me ponen de uñas
porque creen que la Historia
es sólo bronce,
una infinita piedra de granito
o un mármol de Carrara,
una mujer cubierta por los pájaros.

Yo le doy de comer,
a ver qué pasa.
Sé que pongo celosas a todas las palomas.

SOBRE RUEDAS

En la llanura estéril
que hay entre la dicha y la tristeza
busco el escalofrío
de ver nacer a un héroe en mi carne
respirando
doscientos kilómetros por hora.

En el limbo del deseo adormecido
donde reina
el sentido común de la otra gente
yo y mi Yamaha,
que arde entre mis muslos,
encendemos el aire
y colocamos ruedas en el tiempo.

En las fachadas negras
donde la lluvia pierde su inocencia
y chorrea envilecida hacia el asfalto,
escribo soliloquios brevísimos de letras:
desentierro mi voz.

En el sosiego de alquitrán de cualquier carretera,
camino, para tantos, de ida y vuelta,
me dejo seducir por el infierno,
por el deseo perverso
de saber hasta dónde
puede arrastrar el corazón al cuerpo.

SONETO AL MIRLO QUE SE COME MIS PERAS

Vienes todas las tardes, tan temprano,
aprovechas la ausencia de mi siesta,
llegas a tiempo, con la mesa puesta,
y te comes la fruta del verano.

Después desapareces, mini-hermano,
y tu canto visible es la respuesta
al coro de los árboles en fiesta
y al sol que te calienta tan cercano.

Mi frutal heredero, ladrón tierno,
con tu pico amarillo y tu impaciencia
pones a prueba al árbol cada día.

Quizá te eche de menos en invierno,
tu forma de llegar y tu insistencia.
Si no vinieras más te llamaría.

AQUILES, HIJO MÍO

Aquiles, hijo mío,
algo me vence más que tu grandeza:
el recuerdo de tu ser recién nacido.
Sólo yo, Aquiles, hijo mío, sé cómo fuiste niño.
Cuántas veces, a nuestros pies las olas,
con mis dedos quitaba yo la arena de tus cabellos rubios.
Siempre escondías tesoros diminutos en tus puños,
que se abrían como rosas
sin haber conocido aún el hierro de las armas.
Aquiles, hijo mío, tuyas son las victorias,
tu lucha es mi derrota.

Aquiles, mi guerrero,
al hacerte soldado
caíste prisionero de tu propia armadura.
El mundo está asediado,
y todos tus triunfos ponen nuevas murallas
en los pechos de los hombres y los héroes.
Tus pies ligeros no han de llevarte nunca más allá
de los confines de la guerra,
y con ellos te vas marchando lentamente de mí
porque te marchas para siempre.

Aquiles, hijo mío,
te vi vivir antes de verte con los ojos,
te oí sumergido en el silencio
y te toqué sin necesidad de usar las manos
mucho antes que la aurora de los dedos rosados.

Ahora que estás dormido y la luz de la luna
perpetúa el resplandor de tu espada,
a la vez que con su leche nutre esta nocturna tregua,
contemplo en tu talón la convulsión del tiempo,
y aunque tú no lo sabes, Aquiles, hijo mío,
como siempre
los dioses han vencido.
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