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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 29 de marzo de 2020

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Gacelas de la selva alucinada (1991)

Finalista del Premio Adonais (4º puesto)

Madrid, Adonais, 1991

 

Gacela entregada

 
Tu risa es una desbandada de aves azules.
Tu cuerpo es la selva del universo,
y en tu vientre duerme un pájaro blanco.
Por tu espalda está bajando
una bandada tierna de palomas.
 
Eres todo de espuma
como los niños muertos a las orillas del mar.
 
Te pertenezco tanto
que en mi pecho tu ausencia es sólo herida.
 
 

 
Gacela de la cueva rumorosa
 
No conozco cueva alguna
que tengas más recovecos
ni más ciervos, ni más hadas
que la tuya, amor mío,
que la mía.
 
 

 
Gacela del insomnio de Polifemo
 
Sólo un ojo inmóvil
observa cómo le aumenta
la dimensión de su párpado,
y en cristales,
ese párpado indomable,
de repente,
arrastrado por el caos,
se convierte en diamante,
en un cuchillo de cristales,
y de ríos sin orillas
que nos cuentan
cómo los nenúfares viven ahora en mares,
donde el murmullo, los tigres y los cristales
flotan en sus aguas sin fondo,
y de hilos transparentes
que dirigen al ojo,
ahora pálido y blando,
hacia laberintos de visiones circulares,
que infinitamente le conducen
a una mano que le tiende
al precipicio del único hilo transparente,
y esa mano que lo envuelve,
erizando su piel frágil,
es la mano traidora de Galatea,
la última presencia infantil de su inocencia.


Gacela de la amistad

La amistad es una ráfaga de peces luminosos,
y te arrastra
hacia un océano feliz de mariposas.

La amistad es un plañir de campanas
que invocan el aroma de los cuerpos
en un jardín amanecido de heliotropos.

 

 Gacela de la caricia

Una duda infiel.
Un torbellino verde.
Un centímetro de ternura.
Un peligro vacío de palabras.
Un instante de cielo atropellado.
Un cerezo en las hebras del olvido.
Un arrullo, un roce de segundos...

 

 Gacela de la mano tibia

Bruma o cielo blanco en la noche.

En los párpados velados
todo era nácar, luz, cristal nimbado.
La mano, mariposa infantil, ardió silente.

 

 Gacela de la muerte

La piedra intacta
se yergue en nudo negro de grasa y sangre.

Los ojos, roedores de tinieblas,
viven al fondo de un pozo iluminado.

Marionetas y naranjas
se deslizan por tumbas sin sonido.

No hay cielo que resista el rayo y el incendio,
y los muertos duermen ajenos a sí mismos.

(El amor de los ataúdes tiene márgenes sensibles
y flores violentas.)

En los arrecifes duermen los nenúfares, Señor,
y los muertos se creen culpables.

Se ofician funerales en la línea de los tejados,
y desde el cielo canta un tigre del color del olvido.

 

 Gacela de la vida

Una lámpara tenue en la penumbra
un minuto olvidado de los dioses
un sueldo miserable a las palomas
una yegua de lluvia enloquecida
una oreja de toro ensangrentada
un manojo de truenos tartamudos
y un puñado de deudas a la luna.

 

 Gacela del niño malva

Una serpiente blanca entre los labios.
Los ojos -charcas firmes de morfina-
miran sin alas a Thánatos.

Un niño muerto es una metáfora malva.

 

Gacela entregada

Tu risa es una desbandada de aves azules.

Tu cuerpo es la selva del universo,
y en tu vientre duerme un pájaro blanco.
Por tu espalda está bajando
una bandada tierna de palomas.

Eres todo de espuma
como los niños muertos a las orillas del mar.

Te pertenezco tanto
que en mi pecho tu ausencia es sólo herida.



  Gacela visionaria

Yo he sabido esconder musgo en el muelle.
Vosotros no conoceréis nunca
cómo crece la mágica piel de la madera.

Yo he visto llover a muertos
sobre los muelles,
y bajo los botes acurrucarse la angustia como
leopardos.

Cuando las rejas espiaban la madera
y la bóveda del cielo era un túnel,
yo he hecho un fuego de astillas con la noche
cerrada.

Género al que pertenece la obra: Poesía
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Comentarios - 1

Pablo García Blasco

1
Pablo García Blasco - 16-07-2012 - 12:58:31h

Molap : D


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