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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 14 de agosto de 2020

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El efecto Pigmalión o la importancia de la mirada de los otros

En este pequeño cuento, una versión libre del mito de Pigmalión, se recogen las vicisitudes por las que atravesó el enigmático rey de Chipre hasta encontrar a la mujer de sus sueños. A través de esta narración libre se da cuenta de uno de los fenémenos psicológicos más estudiados por la Psicología clientifica, la llamada profecia autocumplida. ¿En qué consiste exactamente este tan cotidiano y a la vez decisivo fenómeno psicológico? ¿Qué efecto, aun sin darnos cuenta, puede tener en nuestras vidas y en la de las personas que nos rodean? ¿Hasta qué punto nuestras identidades se construyen con base en experiencias como las que están en la base de esta profecía autocumplida? Pigmalión, Efigenio y Galatea nos dan,a través de sus vidas imaginadas, claves para su entendimiento.

 

El efecto Pigmalión o la importancia de la mirada de los otros

 

El sol caía a plomo y la bruma espumosa de la bahía que subía hasta la colina del palacio no era suficiente para mitigar el sofocante calor vespertino. Muchos eran ya los días en los que la población chipriota hacía frente como podía a unas temperaturas más propias del infierno más temido que de aquellos lares del Mediterráneo oriental.

Todo parecía que, de un momento a otro, se derretiría como vela de cera a la que se le acerca impetuosamente una bocanada de fuego. La irritabilidad se apoderaba de toda alma viviente que era tocada por los tentáculos de aquel sol despiadado y la gente evitaba cualquier contacto cotidiano con sus vecinos, para no generar conflictos de los que luego se pudieran arrepentir.

El calor pegajoso y el hacinamiento en las casas por la cuarentena a la que se habían auto sometido durante el día, buscando un poco de sombra y fresco, no ayudaban a atemperar los ánimos. El clima de tensa tranquilidad contenida latía de fondo como un volcán en la víspera de su estallido más furibundo.

La atmósfera general era de que algo estaba por venir: algo, quizás peligroso, amenazante, inquietante o, simplemente, extraño... Pero lo cierto es que nadie se atrevía a hablar de ello por miedo a que se hiciera real aquel temor.

Sea como fuere, aquel extraño verano no pasaría a la historia solo por las inusitadas temperaturas estivales y los estragos psicológicos en la población chipriota sino, precisamente, por los sorprendentes acontecimientos que acaecieron en aquellos días y que hicieron realmente célebre a Pigmalión, rey de Chipre.

Leyenda que quedó plasmada en la magistral pluma del poeta romano Ovidio en sus Metamorfosis y que tantos y tantos remakes se han hecho en el arte con posterioridad: la pintura, la escultura, la literatura o el cine han retratado en infinidad de versiones las alucinantes experiencias que vivió Pigmalión en sus carnes.

Pero si esta historia, en la frontera entre lo real y lo fantaseado, ha trascendido realmente, no ha sido por hablar de una figura mítica, sino por el hecho de dar cuenta de un curioso fenómeno psicológico de consecuencias nada desdeñables en la vida cotidiana de cualquier persona.

Este fenómeno, que se ha venido a llamar Efecto Pigmalión, en honor a quien parece que lo encarnó por primera vez, pero que se ha popularizado con el nombre de la profecía autocumplida dentro de la Psicología, ha llamado la atención de innumerables investigadores precisamente por el enorme poder que tiene para construir la realidad, tanto para bien como para mal.

¿En qué consiste exactamente este tan cotidiano y a la vez decisivo fenómeno psicológico? ¿Qué efecto, aun sin darnos cuenta, puede tener en nuestras vidas y en la de las personas que nos rodean? ¿Hasta qué punto nuestras identidades se construyen con base en experiencias como las que están en la base de esta profecía autocumplida?

Vayamos por partes y dejemos, antes que nada, que nos arrojen luz las vivencias de nuestro insigne amigo Pigmalión. Muchas han sido las versiones contadas pero ésta, sin duda alguna, es la verdadera...

 

Cuenta la mitología que en una isla perdida, en mitad del angosto Mediterráneo...

 

Las uvas del huerto real, atestadas de moscas que bebían su néctar para refrescarse, se secaban como pasas a ritmos agigantados. Desde lo alto de la colina, el palacio de Pigmalión parecía brillar más que nunca, beneficiándose de los fulgurantes reflejos de cristal que se proyectaban en su imponente fachada, provenientes del mar a sus pies.

Su majestuosa belleza era realzada con la ayuda de los implacables rayos del sol sobre las aguas de la playa. «Nunca se sabe para quién juega el diablo», farfullaba el único pescador que, rompiendo la cuarentena, estaba absorto en sus quehaceres marineros. El hombre se secaba el sudor de su frente y miraba al imponente edificio en lo alto del cerro, como si adivinara lo que estaba por venir...

«Como sigamos con este calor, nos vamos a enfermar», le decía Pigmalión a su joven pupilo, ávido de enseñanzas y embelesado por las esculturas tan perfectas y sutiles creadas por las manos de su maestro. Sin duda alguna, el éxito del que gozaba el insigne escultor llegaba hasta el rincón más recóndito del vasto Mediterráneo, incluso más allá de las fronteras griegas, justo en el límite con el fin del mundo.

«Tienes razón, maestro. En verano el sol nos juzga sin piedad y en invierno las humedades nos rompen todos los huesos como si fueran de frágil cristal», exclamaba el joven artista, sacudiéndose las moscas de encima. No sabía si era peor el calor, las pegajosas moscas o la espesura en la que, a veces, quedaba apresado su maestro, como quien entra en un trance profundo que lo alejaba de este mundo.

Y precisamente hoy, vencido por el sofocante calor, Pigmalión estaba como en estado hipnótico: «esta es la naturaleza humana, amigo mío, un intento constante de mitigar la incomodidad y la insatisfacción que nunca se calma del todo. Una búsqueda eterna por encontrar nuestro sitio, mordidos siempre por la carencia y la incompletud...». Con gesto magnánimo, pero con mueca de dolor en su rostro, el artista del cincel se recostó sobre su silla, desvencijada por los años y el uso, dejando caer todo su cuerpo.

El joven aprendiz miraba a su rey y maestro, disimulando su perplejidad y haciendo como que le seguía en sus oscuras cavilaciones, pero lo cierto es que no entendía ni media palabra de lo que decía Pigmalión: «¿qué querrá decir este hombre con eso de la naturaleza humana y la carencia? y, sobre todo, ¡qué tendrá que ver todo aquello con el tiempo y las estaciones!».

Efigenio, que es como se llamaba el aristócrata que había sido seleccionado entre un buen puñado de efebos de la alta sociedad chipriota para dar continuidad a su legado artístico, prefería no cuestionar y, mucho menos, importunar a su rey. Se sentía demasiado afortunado y asustado a partes iguales como para poder mostrarse con naturalidad frente al gran Pigmalión. Qué duda cabe que le impresionaba en exceso y se mostraba complaciente con el regio artista por miedo a molestarlo.

Todo el afán de Efigenio era cumplir sus expectativas pues era vox populi en los círculos palaciegos que Pigmalión no era hombre fácil de complacer, aquejado, decían las malas lenguas, de alguna extraña enfermedad que le impedía disfrutar de algo en la vida y su excesiva búsqueda de la belleza lo acababa condenando a las mazmorras de la eterna insatisfacción: «nunca nada era suficiente para acallar su sed de quién sabe qué», confesaban en petit comité los que le conocían más de cerca.

«Además, ¡incompletud no se puede decir! ¡Eso es incorrecto! ¡Tremenda falta de ortografía!» criticaba en su foro interno Efigenio, en un intento de «vengarse» por las veces que Pigmalión le había hecho sentir mal con sus constantes críticas y correcciones en el arte de esculpir. Sometimiento y admiración a veces van de la mano y los resultados no pocas veces acaban en resentimiento por parte del que lo padece.

Efigenio sintonizaba con esa atmósfera de volcán a punto de estallar que reinaba por las callejuelas de la ciudad, pero no precisamente por la temperatura, sino por su propio mundo interno que debía contener por miedo a la desaprobación. Por razones distintas, maestro y aprendiz estaban atrapados en sus propias cárceles sin saber que eran poseedores de la llave que les podía llevar a la libertad. Pero esto, de momento, es harina de otro costal.

El joven aprendiz sabía que tenía mucho camino por delante en este noble arte de dar vida a la piedra y tenía muy claro que quería «exprimir» a su maestro al máximo. A pesar de lo extremadamente duro y exigente que el master en sus apreciaciones y devoluciones, tanto que a veces no le ayudaba a crecer como artista, era consciente de que esa era la factura que tenía que pagar por estar cerca del más elogiado artista del cincel.

De cualquier manera, Efigenio era incapaz de expresarle a su maestro cómo le hacía sentir. Su autoridad le atemorizaba, pero en el fondo, lo que más temía era perder el cariño de Pigmalión, hombre seco y distante, pero comprometido hasta el tuétano con su profesión. Era evidente que al rey de Chipre le interesaba más el arte que el gobierno de su pueblo, aunque pocos en el reino fueran capaces de darse cuenta de ello o, mejor dicho, osaran a verbalizarlo porque, efectivamente, aquello era obvio.

Se cuenta, de hecho, que en una cena regada por el zumo de la vid que tanto se cultivaba por aquellos lares, Pigmalión llegó a reconocer que «la belleza se encuentra escondida en el arte de dar vida, más que en la pericia de gestionarla». El rey chipriota nunca llegó a reconocer como suyas tales palabras, pues supondría un escándalo al evidenciar su falta de interés por la gestión política de su pueblo, pero en el fondo todo el mundo sabía fehacientemente que era así.

Sea como fuere, lejos de verlo como algo negativo o inmoral, Efigenio lo interpretaba como la mayor muestra de amor al arte y a la belleza, lo que hacía que idealizara mucho más a su rey-maestro y que le doliera aún más cualquier mueca de insatisfacción hacia su propio trabajo. El joven artista, que tenía a su maestro en lo alto de su Olimpo particular, estaba obsesionado con querer agradar a su maestro y que este lo llegara a considerar un digno sucesor de su estilo escultórico.

En el fondo, la cuestión tenía una mayor enjundia de lo que parecía, ya que la ausencia de un padre amoroso durante toda su vida, hacía que Efigenio buscara constantemente en Pigmalión la figura paterna que nunca sintió haber tenido. «Pero bueno, hoy el maestro está más raro de lo normal; quizás el sol, efectivamente, le esté pasando factura», se justificó, en un nuevo intento de apaciguar sus ambivalencias afectivas hacia Pigmalión.

Haciendo un gesto reverencial, el muchacho se retira una vez finalizada la jornada de trabajo y se pierde en la penumbra del taller, que se encontraba en un costado del palacio. Absorto y con la mirada perdida en el horizonte, Pigmalión permanece recostado en la terraza cubierta por cañizos y enredaderas de parra que hacía las veces de manto protector frente al implacable sol. Solo rompe el silencio de la tarde el estridente sonido de las chicharras en su escandalosa orgía musical, que hoy están más excitadas de lo normal.

Desde lo alto de la ladera se pueden divisar los barcos de guerra y las barcazas de pescadores atracadas anárquicamente por toda la costa chipriota. El mar está calmo como un plato y la vida transcurre con esa omnipresente calma tensa de calles vacías y olores de redes que se pudren al sol. La inactividad a la que se ha visto la gente con la cuarentena autoimpuesta arroja una estampa de la ciudad que a Pigmalión lo sumerge más en sus cavilaciones y sentires.

El insigne escultor, más que molesto por el calor del verano, se estaba refiriendo a la profunda insatisfacción que le atenazaba desde hacía ya tiempo. No conseguía despegar, sentía que no estaba disfrutando de lo que hacía, no contaba con la popularidad y el respeto social que consideraba se merecía y, prácticamente, su gestión política se estaba yendo al traste.

Si su situación no cambiaba en breve, se vería obligado a dejar el trono, presionado por grupos de poder en la sombra dentro de su propio círculo de confianza, que entretejían complicados juegos de artimaña con el afán de destronarlo. Hombre ensimismado sí que se consideraba, desde que era niño, pero desde luego que no ingenuo.

Tanto era su desazón que incluso estaba contemplando seriamente la posibilidad de renunciar al trono él mismo, abdicar y recluirse en una pequeña y discreta propiedad que tenía en el interior de la isla. Ahora en su terraza, mirando a la ciudad decrépita que le devolvía el reflejo del mar, se decía: «quizás encuentre la paz que no logro sentir en la ciudad y las alimañas, satisfechas en sus pretensiones de poder, me dejen en paz». Su cabeza era una olla a presión, como aquel volcán a punto de estallar.

Le abominaba, no obstante, ceder tan fácilmente el poder a aquellos que, él siendo conocedor y dejarlos actuar por desidia, le estaban haciendo la cama. Eso supondría una humillación tan grande que no sabía si podría soportar. Para la tradición griega, ya desde la época de Homero y que Pigmalión conocía a la perfección, la vergüenza era la peor de las emociones. Nada podía provocar más fuente de sufrimiento que la vergüenza de no ser un hombre ejemplar.

Dentro de una cultura de la vergüenza, tan propia de las tradiciones de aquello lares, lo más doloroso para un hombre no era verse amenazado por algún peligro o enfrentarse a un severo castigo, sino ser objeto de deshonra y desprestigio, de escarnio público por no haberse comportado honorablemente en su hacer con sus conciudadanos.

Si para las culturas de órbita católica la culpa lo tiñe todo, para griegos y fenicios de aquella época, la vergüenza es el monstruo a evitar: el fantasma que te persigue, mucho más que la parca con su guadaña.

Las cosas no pintaban nada bien para Pigmalión, atrapado entre la impotencia por no encontrar su sitio y la vergüenza, siempre amenazante, de no llegar a ser el inquebrantable y templado dirigente que tenía en su mente, así como el artista excepcional que los demás veían en él.

Aunque nunca lo confesara, le carcomía una pegajosa envidia por los logros alcanzados por otros reyes y dirigentes políticos coetáneos suyos. En concreto, odiaba furibundamente al actual gobernante de la antigua Mileto, colonia jónica del Asia Menor, por ser un hombre práctico y listo como el hambre.

Como a sus ojos él no disfrutaba de tales cualidades, Pigmalión lo despreciaba públicamente, explicando a todo aquel que lo quisiera escuchar, que había destacado más por sus dotes de seducción que por su verdadero talento. No tenía grandes ideas, argumentaba, pero había sabido vender muy bien el refrito de ideas y prácticas para la gobernanza que había robado a otros dirigentes, acusándolo de deshonesto y poco original.

En el fondo, no quería reconocer la envidia que le profesaba, por lo que prefería hablar de indignación, un sentimiento más digno y llevadero a su parecer. «El indignado -decía-, que ocupa una posición casi de virtud ética, sufre por los bienes ajenos inmerecidos. Por lo que tiene un alto sentido de la justicia», repetía solemnemente en casi todas sus liturgias políticas, cuando se «pescaba» en un exceso de envidia no confesada.

Como ya habían estudiado los filósofos de la época, en la medida en que el envidioso sufre ante los bienes ajenos y el maligno se alegra de los males de los demás, el indignado ocupa un lugar intermedio entre la una y la otra, como si fuera el equilibrio virtuoso entre esos estados emocionales que se le antojaba impropios.

En esos momentos de dialéctica feroz en sus interminables cenas con su equipo de gobierno, Pigmalión desprendía un ardiente deseo de justicia por los inmerecidos éxitos de los que presumía su homónimo y a quien consideraba, básicamente, un farsante.

En sus afrentas públicas le encantaba dar la imagen de un líder seguro de sus ideas y de artista coherente y exquisito, pero aquello no era más que la manera que había encontrado para compensar la verdad que palpitaba en su interior: esa incompletud que no entendía Efigenio.

Su aparente autosuficiencia tapaba su secreto peor guardado, la carencia insoportable, la enorme inseguridad y la atronadora soledad que lo sumía en un oscuro agujero. Su «pecado», se atormentaba a sí mismo, era no haber encontrado a la mujer de sus sueños, a la compañera que le apoyara en sus peores momentos y con la que disfrutar en los buenos.

Pigmalión era incapaz de disfrutar de la vida, aunque hiciera esfuerzos titánicos en conectarse a ella, aunque fuera a través de un personaje que ya sentía que tampoco le servía. Mejor dicho, nunca le había servido, pero ahora era capaz de decírselo a sí mismo. Estos eran los momentos de trance que con tanta extrañeza había observado su aprendiz tantas veces mientras esculpía.

Su mejor disfraz, aquel de ser un hombre ejemplar en el arte del gobierno, se desmoronaba por minutos. Es más, ya tampoco quería seguir sosteniendo aquella farsa; pero entregar sin lucha alguna el trono a un grupo de infames e indeseables ambiciosos de poder vacuo, le hacía revolverse tanto, que casi le rompía las costuras del cuerpo.

«¿Qué puedo hacer? Ya no puedo tirar más de este carro... necesito un soplo de aire fresco, algo que me indique el camino a seguir», se quejaba Pigmalión con un amargor a retama en la boca. Aquella sensación era nueva y no sabía entender los mensajes de su cuerpo. «¡Ya nada importa! ¡Maldita mi suerte!».

La jaula en la que él mismo se había metido cada vez le atenazaba más y ni siquiera tenía ya ganas de buscar la llave que perdió hace ya mucho tiempo: actuaba como autómata. Solo encontraba su remanso de paz en la escultura.

Sus bandadas de seguidores veían en Pigmalión el arte personificado en sus manos pero, para él, esculpir, era ante todo un bálsamo para tanto dolor. Llevarse horas y horas, absorto, picando fina piedra o perfilando elegante marfil, no era más que la escapatoria, la hermosa fuga, que había encontrado en este mundo de carne y hueso que tanto le apesadumbraba.

Esta era la llave que creía haber perdido para abrir el enjaulado que lo tenía apresado, pero no tenía la distancia suficiente de sí mismo para poder verlo en estos momentos. Esta llave la tenía todo el tiempo en sus manos en forma de cincel, pero estaba «a por uvas», nunca mejor dicho.

Este calor sofocante, aparte de secar las uvas tan características de sus huertos y estropearle las nuevas remesas de vino señorial, le estaba trastornando más de la cuenta. Le asfixiaba, el amargor de su boca le raspaba como lija y por su cabeza desfilaban imágenes inconexas de bellas mujeres que quería agarrar con sus manos, pero que se deshacían al tocarlas como humo.

«No puedo ya ni siquiera tocarlas, no alcanzo ni a retener en mi mente la belleza de aquello que tanto anhelo». Se aferraba tanto a ellas, que las imágenes se le rebelaban como amazonas en pleno combate selvático. Cuanto más quería alcanzarlas, más se desvanecían ante sus ojos en un eterno baile desolador.

Cuando el cóctel molotov de pensamientos en su cabeza no le dejaba en paz, sólo encontraba sosiego esculpiendo, así que decidió retomar de nuevo el trabajo. Ahora que se había marchado Efigenio, sin duda uno de sus más aventajados aprendices, era el mejor momento del día para retomar su obra más magistral y hermosa. Una escultura que había ido esculpiendo en el más estricto secreto. No es que no apreciara a su pupilo, sino que le desesperaba la mirada tan demandante que veía en sus ojos necesitados.

Una demanda que iba mucho más allá de la razonable admiración y ganas de aprender que puede sentir un aprendiz por su maestro. La cosa no iba por ahí y Pigmalión algo se olía, aunque no atinaba con el quid de la cuestión. Tanto era así, que no sabía cómo comportarse con él sin sentirse, a la postre, culpable por no darle lo que ni siquiera sabía que necesitaba en realidad.

Demasiado perdido estaba Pigmalión en sus diatribas internas como para poder darse cuenta que lo que este muchacho necesitaba era más ternura y calor paterno que estrictas recomendaciones técnicas sobre cómo esculpir. Una vez más, el gran rey de Chipre se ocultaba en la perfecta ejecución de la técnica y su maestría, por no poder sostener el encuentro tierno y amoroso con otra persona que así lo necesitaba: un joven más necesitado de afecto que de técnica artística.

Estaba a años luz de poder ver lo que se le movía con su discípulo: una necesidad de cuidar y desempeñar la función de padre que tanto anhelaba pero que se tenía que negar, en ausencia de mujer que le diera la tan esperada descendencia.

«Ahora no estoy para encargarme de otros y jugar a galimatías. Cada cual que sostenga su vela», se dice a sí mismo en tono enfadado, al descubrirse cómo la culpa empezaba a hacer acto de presencia. «Nada mejor que enfriarse emocionalmente ante la amenaza de empatizar y ver al otro en su necesidad», pareciera que se dijera inconscientemente, a modo de zafarse de sus contradicciones.

Haciendo un gesto de desprecio con su mano derecha, como si estuviera quitándose de en medio a Efigenio, Pigmalión se levanta de la vieja silla en la que llevaba un buen rato descansando y se dispone a encerrarse en su estudio. En él tiene oculta bajo llave a Galatea, la más impresionante y deslumbrante mujer que nunca nadie haya podido cincelar. Su belleza no tiene parangón y su contorneada figura, cuidada hasta el más mínimo detalle, le da un realismo inaudito. Pareciera que en cualquier momento esa bella mujer empezara a andar.

Hacía semanas que Pigmalión había acabado aquella escultura nacida de fino mármol rosáceo, pero hacía como que le faltara algo para darla por terminada definitivamente: a sus ojos, siempre le faltaba algún detalle, alguna arista por perfeccionar, algún gesto que enfatizar..., en fin, cualquier excusa era buena para no despegarse de aquella bella figura de mujer.

Tanta era la admiración y el deleite que sentía al ver su propia obra de arte, que en más de una ocasión cayó fulminado al suelo con pérdida de la conciencia. Después la iba recobrando poco a poco, como si saliera de un sueño profundo y embriagador que le hacía sentir pleno por unos minutos, hasta que acababa volviendo a su realidad.

Aunque fuera el escritor francés Henri-Marie Beyle quien describiera por primera vez este fenómeno tras quedar maravillado al visitar en 1817 la basílica de la Santa Cruz en Florencia y la psiquiatra italiana Graziella Magherini quien popularizara el nombre de Síndrome de Stendhal (que era el seudónimo del autor galo), lo cierto es que bien podría haber sido bautizado por nuestro insigne artista. Sea como fuere, la justicia mitológica le reservaba a Pigmalión, seguramente, un lugar mucho más destacado en el «Olimpo» de los fenómenos psicológicos más asombrosos.

Pero asombroso era realmente lo que estaba por llegar: Pigmalión no dejaba de mirar ensimismado la grandiosidad de aquella mujer de mármol. La acariciaba con una delicadeza y una pasión a partes iguales que habría hecho temblar a cualquier amante. La temperatura de aquellas dependencias aumentaba por momentos y no precisamente por el calor asfixiante de aquella tarde de verano.

No se sabe cuántas horas pasó Pigmalión haciendo como que seguía trabajando, simplemente por el deleite de sus pupilas. Su anhelo iba creciendo como aquel volcán a punto de estallar: en su interior palpitaba más fuerte que nunca el deseo de encontrar a la mujer perfecta con la que casarse.

Ahora se daba cuenta de que había estado esculpiendo con sus propias manos a la mujer de sus sueños. Todas aquellas imágenes de bellas mujeres que no podía retener en su mente, había sido capaz de plasmarlas en una estatua real. Ahora imaginaba con fervor que aquella hermosa mujer podía cobrar vida a través del hálito divino.

Pigmalión está exhausto de tanta intensidad. Los caballos desbocados de su pecho ya no pueden sostener la fuerza y cae desplomado al suelo. Para entonces, la noche ya estaba bien entrada y la oscuridad del taller apenas deja vislumbrar las dos figuras inertes en mitad de la estancia: una, hierática y esbelta; la otra, postrada a sus pies, tumbada en el suelo.

En aquel lugar fronterizo donde existe lo no posible; en ese espacio liminal donde lo uno deja de serlo para llegar a ser lo que todavía no es, se encuentra perdido Pigmalión. No sabe si está vivo o muerto, no sabe si está soñando o es real lo que está viviendo; pero de lo que tiene clara vivencia es del bienestar que le recorre el cuerpo de arriba abajo como un rayo. «Esto debe ser lo más próximo a la divinidad», se atreve a articular.

A lo lejos, en la penumbra de aquel extraño paraje onírico, nuestro artista divisa lo que parece un altar. Aquella pequeña estructura arquitectónica está flanqueada por imponentes velas que proyectan una luz limpia y clara nunca antes vista.

Pigmalión se acerca y, para su sorpresa, se encuentra sentada en su trono de marfil a Afrodita, la diosa de la belleza, la sensualidad y el amor. Con gesto solemne la deidad reclama al rey de Chipre para que llegue hasta sus pies. Haciendo una reverencia, el escultor permanece en silencio, a la espera de lo que tenga que acontecer. Pigmalión se entrega, aceptando lo que tenga que ocurrir. No hay pelea, no hay expectativas, no hay deseo... todo ha desaparecido.

Afrodita levanta los brazos y, como si invocara a la vida misma, exclama con voz serena y dulce: «he oído tus plegarias, rey de Chipre. He sentido el palpitar de tu corazón y, en un acto de amor pleno, te concedo tus deseos. Convoco aquí y ahora a todos los dioses para hacer real lo soñado».

De repente, fundido en negro y todo vuelve a desaparecer. Pigmalión se encuentra en el suelo de su taller. Tarda unos momentos en acomodar sus pupilas para poder ver dónde se encontraba y, poco a poco, va recobrando la conciencia. Aturdido, se incorpora extrañado, intentando discernir si aquello que ha vivido ha sido un sueño o realidad.

«Debo haber soñado pero, ¡ha sido tan vívido!», piensa mientras se incorpora, apoyándose en su tan amada escultura. Cuál sería su sorpresa cuando se percata de que Galatea ha cobrado vida: su frío mármol se ha convertido en cálida piel.

Aquella estatua inerte se ha hecho carne por influjo de la poderosa diosa del amor y Pigmalión no puede creérselo: se frota los ojos, al tiempo que llora desconsoladamente como un niño. Aquella nueva mujer lo mira a los ojos y lo abraza, fundiéndose ambos en la oscuridad, ahora más cerrada que nunca, de las dependencias de palacio.

Cuenta el viejo mito que Pigmalión había puesto tantas expectativas a la hora de esculpir aquella figura de mujer que acabó haciéndola realidad. Por mediación de la diosa, el escultor encontró así la felicidad.

Ambos, ya convertidos en marido y mujer, gobernaron el reino chipriota hasta el fin de sus días. Aquella época quedó marcada indeleblemente en la memoria de todos por aquel extraño verano de cuarentena pero, sobre todo, por la aparición de aquella misteriosa mujer que se acabó convirtiendo en su reina. El misterio ha perdurado hasta el día de hoy...

 

El gran hallazgo escondido en el viejo mito griego: algunos resultados aportados por la psicología social

 

En los años 60 del pasado siglo, el psicólogo norteamericano Robert Rosenthal y la profesora Lenore Jacobson realizaron un experimento muy curioso, con la fundada sospecha de que el mito de Pigmalión podría esconder una verdad incuestionable.

Estos investigadores engañaron intencionadamente a un grupo de profesores diciéndoles que habían realizado unas supuestas pruebas psicológicas y que disponían de los resultados de un test de inteligencia de sus estudiantes, el cual medía las potencialidades para el aprendizaje.

Les explicaron que quienes habían alcanzado puntuaciones elevadas en esta prueba tenían grandes posibilidades de ser buenos estudiantes y aprovechar mucho más el curso, mientras que los que habían obtenido puntuaciones más bajas, probablemente mostrarían un aprendizaje más lento y menos prometedor.

En realidad, se habían asignado aleatoriamente los resultados inventados al alumnado, por lo que no había manera de saber a ciencia cierta quiénes eran más o menos inteligentes. La única información de la que disponían de antemano los docentes eran los resultados del test ficticio. Una información que tendría que ser contrastada, en cualquier caso, con el propio comportamiento y desempeño del alumnado.

El objetivo real de esta investigación era determinar si las expectativas que los profesores se habían hecho de sus alumnos, fundadas en una información previa sesgada, podían incidir de alguna manera en el rendimiento real y concreto de los estudiantes.

Los investigadores descubrieron algo asombroso: cuando aplicaron realmente los test de inteligencia, un 47% de los chicos catalogados como «muy inteligentes» inicialmente obtuvo una media de 20 puntos más que el resto.

Estos resultados, que se contrastaron con las notas académicas, llevaron a la conclusión de que las expectativas que los profesores se habían hecho de sus estudiantes influyeron, de manera positiva o negativa, sobre el rendimiento y los comportamientos reales de los jóvenes.

 

¿Por qué se produce este fenómeno?

 

Tras el sorprendente hallazgo, Rosenthal y Jacobson decidieron profundizar aún más en este fenómeno. Así, descubrieron que los profesores le brindaban una atención especial a los estudiantes que tenían «más potencialidades»: les explicaban con más paciencia, estimulaban sus habilidades planteándoles nuevos retos y eran más comprensivos ante sus errores.

Al tener un entorno más rico y estimulante, es normal que estos niños se motivasen más por el aprendizaje y que sus resultados fuesen mejores. ¡Qué duda cabe de que un entorno más favorecedor va a despertar potencialidades latentes en los jóvenes! Tal es el poder que tienen los aspectos relacionales a la hora de construir nuestra identidad y nuestra forma de ser; pero, ¿por qué se produce? ¿Qué está en la base de la profecía autocumplida?

La clave la han encontrado los psicólogos sociales en lo que han denominado los esquemas sociales. ¿En qué consisten? ¿De qué están hechos estos esquemas?

 

Los esquemas sociales y su poder para construir mundos posibles

 

Los esquemas sociales se pueden definir como grupos organizados de creencias y de sentimientos referidos a personas, situaciones o algún aspecto del mundo. Estos actúan como «esqueletos mentales» que proporcionan una estructura para organizar e interpretar nuestras experiencias. En definitiva, nos permiten dar sentido al caótico mundo de constante información y estimulación en el que vivimos.

Con base en estos esquemas nos hacemos una impresión de una persona o una situación y, a partir de ahí, empezamos a «ver» con unas determinadas «gafas»: todo aquello que confirma nuestras ideas previas es reforzado, mientras que la información que no encaja en nuestros esquemas, casi sin darnos cuenta, es desatendida o directamente rechazada.

Estos esquemas pueden distorsionar o sesgar nuestras percepciones, en dos sentidos, según nos refiramos a nosotros mismos o a quienes dirigimos nuestras expectativas:

1) Nuestra tendencia a la consistencia cognitiva hace que las conductas que no concuerdan con la etiqueta impuesta tiendan a pasar inadvertidas o tiendan a ser deformadas para adecuarse a ella.

2) Las expectativas generadas en torno al esquema o etiqueta formada hacen que las conductas que le son compatibles sean finalmente realizadas por la persona objeto de tales esquemas o etiquetas.

 

La profecía autocumplida o el poder de los ojos de quienes nos miran

 

Estos dos procesos cognitivos están en la base de la profecía autocumplida, actuando como causas. Ver cómo funcionan dinámicamente estos esquemas mentales, que pueden referirse a personas, a nosotros mismos, a grupos sociales, a situaciones concretas, etc., nos permiten entender en su complejidad este fenómeno tan curioso.

Se trata, por tanto, de la manifestación de un determinado comportamiento que, guiado por estos esquemas mentales, hace que la persona a la que van dirigidos estos «moldes mentales» sea influida, de tal suerte, que acaba actuando en consonancia y coherentemente con la idea previa que ya el observador (o la persona influyente, en el caso del experimento, el profesor, por ejemplo) se había hecho de él o ella.

¡Qué importante es ser conscientes de cómo nuestras creencias, aun sin ser confirmadas, influyen en nuestra vida diaria! Los profesores con sus conductas y comentarios acabaron induciendo en los alumnos actitudes y comportamientos acordes con las expectativas de los docentes.

Sentencias como «es desobediente», «no es bueno en matemáticas», «nunca llegará a ningún lado», «es vago por naturaleza», etc. son solo algunos de los comentarios que pueden estar manteniendo las consecuencias negativas del efecto Pigmalión.

En el caso de nuestro escultor, las consecuencias fueron más que positivas pero, lamentablemente, los efectos de la profecía autocumplida en muchísimas ocasiones son negativos. Por desgracia, estas y otras expresiones son comunes en nuestro día a día y, a fuerza de repetirlas, se convierten en etiquetas que acaban siendo verdaderas losas sobre las espaldas de los demás.

Ni que decir de la importancia de este fenómeno en la educación de los niños, quienes configuran en buena medida su identidad, su autoestima, su desarrollo emocional etc. a partir de la interacción con padres, hermanos, profesores, etc. y la percepción que estos tengan de ellos.

La profecía autocumplida sería el efecto de la activación de estos esquemas cognitivos referidos a los demás. Una vez que la profecía se ha hecho real, como la Galatea de Pigmalión, se refuerzan aún más dichos esquemas mentales. Y así se cierra sobre sí mismo el círculo esquema-profecía cual «una maldición».

 

El efecto Galatea: el poder de nuestras propias creencias

 

También podemos hacer una relectura del mito desde el otro personaje: la bella Galatea. Así, en vez de poner el foco en cómo las expectativas y creencias de los demás determinan el comportamiento de una tercera persona, se puede ver desde cómo los propios esquemas mentales sobre uno mismo determinan su actuación en entornos sociales, su rendimiento en el trabajo, etc.

El efecto Galatea tendría que ver, entonces, con el poder de las propias creencias sobre uno mismo y sus competencias a la hora de relacionarse y desenvolverse en entornos sociales.

Es un hecho que personas que se perciben como más competentes para alguna tarea y tienen mayor confianza sobre sí mismas, acaban realizándola con menos esfuerzo y más satisfacción, al tiempo que obtienen mejores resultados.

Este fenómeno se relaciona con el sentimiento de autoeficacia que, cuando es realista y está ajustado al contexto (es decir, cuando no se trata de manifestaciones narcisistas), las personas refieren mayor bienestar y desempeño social.

Por el contrario, quienes sienten que no tienen los recursos necesarios para realizar algo con éxito, no tienen la suficiente confianza en sí mismos o se sienten inseguros frente a las exigencias del medio, acaban teniendo peores resultados y con mayores sentimientos de insatisfacción y fracaso.

Es muy posible que estas personas tengan un historial mayor de fracasos, los cuales refuerzan y reafirman la imagen que ya tienen sobre sí mismos. Aquí el esquema social negativo sobre sí mismo se refuerza en un espiral continuo.

 

El efecto Galatea y la psicopatología

 

El efecto Galatea podría explicar, al menos parcialmente, trastornos como la fobia social. En esta patología la persona presenta una alta sensibilidad a la opinión de los demás y a cómo estos lo puedan ver. Un síntoma típico es estar pendiente de si los demás lo ven sudar, tartamudear, enrojecerse, etc., y que los haga parecer como tonto, inseguro o incompetente.

La activación fisiológica y sus conductas pueden hacer que las demás personas presten más atención a rasgos que si se mostrara de forma más natural y espontánea, quizás pasarían totalmente desapercibidos o, al menos, no se les daría tanta importancia como sí lo hace el fóbico social.

De esta manera, se acaba perpetuando el círculo vicioso: Galatea y Pigmalión se encuentran en un perverso baile de autopercepciones y expectativas cruzadas.

En el trastorno de ansiedad generalizada, donde el sentimiento de pérdida de control es tan importante, también suelen actuar esquemas negativos sobre uno mismo acerca de cómo afrontar situaciones que son percibidas como amenazantes, sin cuestionarse realmente hasta qué punto lo son, por influencia de estos esquemas.

Deshacer el «maleficio» es totalmente posible si uno es consciente y puede llegar a romper el pernicioso círculo que se genera cuando Galatea y Pigmalión se encuentran en su faceta más negativa y oscura.

Decía el filósofo Nietzsche en Más allá del bien y del mal algo así como que en el hombre hay materia, fragmento, exceso, fango, basura, sin sentido y caos, pero también la enorme capacidad de crear: el ser humano, sin duda alguna, es un creador, un escultor.

En cada uno de nosotros late, como pura condición de existencia humana, esta capacidad de crear el mundo y de (re) crearnos a nosotros mismos, este arte de esculpir lo que somos y cincelar nuestras relaciones. Decía también el psicoanalista Erich Fromm que todo lo que no crea, destruye. En nuestras manos está la decisión de qué queremos hacer con este privilegio al que no podemos renunciar. 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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