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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 24 de mayo de 2022

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El vuelo pálido de los pájaros (2010)

Relato corto ganador del Primer Premio del Certamen Jóvenes Creadores del Excmo. Ayuntamiento de Ávila, Modalidad Narrativa. El hogar como búsqueda.

****

Me desperté sobre las seis con el corazón latiéndome con fuerza, como si se me fuera a salir del pecho. Las luces estaban apagadas. Tú seguías a mi lado. Oí tu respiración. Volví a dormirme bajo la pesadez del calor en un sueño negro y profundo.

 

La luz entraba por la rendija de las persianas. Debíamos haberlas cambiado hacía ya años, pero tú te resistías a hacerlo. Eran parte de nuestro hogar, insistías. Y, además, no era necesario. Tú siempre te despertabas, como un reloj, a las nueve en punto.

Qué extraño, pensé. Miré el reloj de la mesilla y vi que eran las diez menos cuarto. Tú nunca dormías hasta tarde. Decías que no querías perder la vida durmiendo. A mí, que me encantaba dormir, me despertabas con besos y caricias para paliar el madrugón. Hiciste que amara más la vida de los despiertos que el mundo de los sueños.

¿Qué había pasado? Eran las diez menos cuarto y seguíamos en la cama. El calor de julio había empezado a azotar con fuerza la habitación. Me volví hacia tu lado y observé que seguías allí, tendido. En la misma posición que a las seis de la mañana. Cogí el vaso de agua de la mesilla y bebí un sorbo.

-¿Pasa algo hoy? -pregunté en voz alta.- ¿Hoy tienes sueño?

 

No me contestaste. Me giré y volví a tumbarme, más cerca de ti. Te llamé por tu nombre. Nada. Mi pensamiento empezó a dispararse, frenético, en distintas direcciones, como autopistas que se solapan a las afueras de una gran ciudad. Volví a llamarte. Finalmente te cogí la mano.

Fría. Fría como un témpano de hielo. Fría como el mar cuando nos bañábamos en octubre porque echábamos de menos el verano. Fría como las sábanas a tu alrededor, aquel mar de algodón que se te había tragado en tu última noche.

 

Qué hacer. Qué hacer. Que no cunda el pánico. Deprisa. Pensar algo, pensar algo. No dejar de pensar. No dejar de pensar porque si no pienso me paralizaré y empezaré a chillar como una loca y vendrán los vecinos y te encontrarán y… Y luego me quedaré sola. Sola. Más sola que la una. Sola como aquella mujer que perdió a su hijo y a su marido en un accidente de barco y que se volvió loca, tarumba, chalada. Empezó a coleccionar basura y a asustar a los niños. Yo no quiero coleccionar basura ni asustar niños. Tal vez me esté volviendo loca. Tal vez me haya vuelto loca ya. ¿Puedes volverte loco en menos de un minuto? ¿Cuánto tiempo ha pasado? Más del que yo creía. Las diez. Debería preparar el desayuno. Hacer café. Con una taza de café siempre se me despejan las ideas. Sí. Eso es.

Me puse en pie con dificultad porque me temblaban todas las extremidades. Tenía serias dudas acerca de si conseguiría llegar a la cocina. El camino se me hizo eterno. Un paso, después otro. Me paré a medio camino para coger aire, apoyada contra la pared. Entré en la cocina resoplando con alivio. La estancia, inundada de luz por la ventana que daban al patio trasero, me hirió las pupilas. No pensar. Café.

Abrí puertas de los armarios al azar hasta que al fin di con él. Me sentía como si no estuviese en mi casa y no supiera donde tenía guardadas las cosas ¿Dónde está el azúcar, señora? Oh, mire usted por ahí, en la alacena. Encontré un sobrecito. Con eso era suficiente. Calenté un poco de agua en el microondas y me serví tres cucharadas bien llenas del polvo negro. Los granitos se iban hacia el fondo, hundiéndose como si fueran tierra. Tierra. Muerte. Cementerio.

No pienses. Bebe.

El trago del líquido hirviente le hizo bien a mi garganta. Sentí que me abrasaba cada fibra de mi piel, extrayendo aquel terrible frío que se me había pegado por todas partes después de tocarte.

 

¿Qué hacer? ¿Qué podía hacer? Recordé que tú siempre me decías, cuando tenía veinte años, que me preocupaba demasiado. Fue cuando nos enteramos de que no podíamos tener hijos. Por mi culpa. Tú simplemente te encogiste de hombres y dijiste así es la vida. Así es la vida. Yo estaba avergonzada. Te habías casado con una mujer inútil, vacía, yerma. Pero tú sonreías mirando el mar y dijiste vamos a estar solos mucho tiempo. Mucho tiempo, asentí yo en un susurro. ¿Tú quieres viajar? ¿Tú quieres ver el mundo?

Y yo qué sabía. Sólo era una cría de veinte años recién casada a la que le acababan de decir que no iba a tener hijos. Nunca. En la vida. Nada de nietos, nada de familia numerosa, ni comidas familiares en Navidad, ni bisnietos si Dios quiere. La vergüenza de mi familia. De mi madre. De mis hermanas. De mis amigas. De tu familia.

Pero no de ti.

Yo qué iba a saber de ver el mundo. Era una hija de una familia de pescadores, con el olor a pescado metido hasta la médula. Para mí el mundo se acababa en el puerto. No había salido del pueblo en esos veinte años. No había considerado esa posibilidad.

Pues yo sí. Yo quiero ver el mundo, me confesaste. Tú también eras de una familia humilde. Tu madre tenía una tienda de chucherías donde íbamos siempre después del colegio con nuestras pesetas roñosas.

Solías llevarme golosinas hasta que te me declaraste, cuando rondábamos los quince años, en la plaza del pueblo. Eran fiestas, y bailamos una canción agarrados. El resto ya estaba previsto: terminar el colegio, comprar una casa, tener hijos.

 

Apuré mi café de un trago. El último trago, el que siempre se quedaba frío y demasiado azucarado. Me levanté y llevé la taza al fregadero como una autómata, sin pensar en mis movimientos. Casi se me resbaló la taza entre los dedos y se me cayó al fregadero. La sostuve a tiempo. La taza tenía un pequeño desconchón en el borde. Era la taza que compramos en Turquía, mientras trabajaste allí vendiendo mercancías baratas en una tiendecilla de poca monta con un fuerte olor a incienso.

Después cambiamos el olor a incienso por el olor a baguette y queso brie. Nos fuimos a Francia, a un pueblecito costero cerca de Burdeos. Nosotros, que habíamos crecido respirando el mar a todas horas, nos había costado pasar un año sin verlo. Encontramos trabajos humildes, que nos procuraban lo suficiente para vivir en un pequeño apartamento y comprar algo de comida. Tú distribuías paquetes como mensajero; yo cosía para una tienda. Aprendíamos francés a trancas y barrancas. A veces, en casa, intentábamos hablarlo, no pronunciar una palabra más en español, corregirnos el uno al otro. Pero el cansancio y la añoranza de la belleza de nuestra idioma podía con nosotros y terminábamos rindiéndonos ante la lengua de Cervantes.

Luego vino Londres. Las afueras de Londres, porque el centro era inasequible. Con su bruma, su lluvia, su suciedad de chimenea negra. El claustrofóbico metro, que parecía llegar al centro de la Tierra, y los educados ingleses, con ese idioma incomprensible que nunca fui capaz de llegar a aprender. El frío nos calaba los huesos. Paseábamos de la mano por los parques verdes y dábamos de comer frutos secos a las ardillas.

En Italia nuestra estancia fue de las más largas. La comida era buena, el idioma, sencillo y las gentes, alegres. Los fines de semana alquilábamos un coche para ver la Toscana. Disfrutábamos de cada segundo de nuestro tiempo libre bajo el sol. Hablamos de comprar una villa, pero el proyecto nunca llegó a materializarse. Éramos jóvenes, y ¡quedaban tantas cosas por ver…!

Y así tantos y tantos países, tantos y tantos lugares desconocidos, diferentes, ajenos, de cuyos nombres ahora sólo me acuerdo cuando miro la caja vieja de pastas escocesas que usé para guardar las postales que fuimos coleccionando. En casa hay algún recuerdo, pero prácticamente volvimos de recorrer el viejo continente con las manos vacías. Nuestros padres se extrañaron al vernos. ¿No habéis traído nada? ¿Para la familia, para vosotros mismos? Decidimos regalarle a tu madre y a la mía el juego de muñecas rusas que compramos en San Petesburgo en una tienda de segunda mano y que nos había dado pena tirar al mudarnos a Holanda. Le diste a mi padre tu pipa vieja de tabaco inglés porque querías dejar de fumar. El resto, no lo necesitábamos. Lo llevábamos grabado en las pupilas, en la piel que ya empezaba a arrugarse y a perder la tersura de la juventud.

Lo que nos sorprendió a nuestra partida fue la falta de cambios que habían acontecido a nuestro pueblo. Una antena parabólica aquí, un cibercafé allá, pero el resto seguía igual, inmune al paso del tiempo. También nuestros padres. Habían envejecido, evidentemente, pero sus rasgos, su pose, sus maneras, no se habían modificado un ápice desde nuestra partida. La única diferencia era que ahora se parecían más a nuestros abuelos, ya fallecidos, y nosotros nos parecíamos más a ellos en su madurez.

Supongo que habían decidido dejarnos por imposible, porque no hicieron demasiadas preguntas. ¿Adónde habéis ido? ¿Cómo es que habéis vuelto? Si es que como en casa no se está en ninguna parte. ¿No habéis pasado miedo en esos sitios con costumbres tan raras? No. A pesar de no haber salido de aquel pueblecito costero en mis veinte primeros años, no había tenido miedo la primera vez que pisé territorio internacional. Yo nunca me llegué a sentir vulnerable. Nunca sufrí la presión de ser extranjera. Y ahora sé por qué: porque siempre caminábamos de la mano.

 

Di vueltas por la casa sin atreverme a volver a entrar al dormitorio. No pienso. No estoy pensando. No voy a pensar. Tengo que hacer algo. Algo. Pero, ¿qué? Rodeo la idea que me acecha, amenazadora, peligrosa, como un animal salvaje. Rodeo el peligro. Aún no estoy preparada. En su lugar, miré por la ventana del salón, que daba a la plaza, y vi que ya estaban a poner los farolillos y las casetas de las fiestas. Las fiestas donde nos conocimos hace más de cincuenta años, cuando sólo éramos dos chiquillos de doce y nuestras pandillas se juntaron. Las fiestas de verano, el único momento de libertad en todo el año, cuando nuestros padres nos dejaban quedarnos hasta las tantas en la verbena y volver a casa pasadas las tres. Cuando me sacaste a bailar a los trece años, y me pediste que fuéramos novios a los quince.

Han pasado tantos años, y, no obstante, es como si aún pudiera verlo: la orquesta tocando los éxitos del momento, el pueblo en la calle, feliz, sin preocuparse de si al día siguiente la pesca iría bien, de si habría suficiente pan para alimentar a sus hijos. Lo veo, lo oigo, y, sin embargo, no está aquí. Ya no tengo quince años, sólo unas manos artríticas, el pelo canoso y ataques de reuma.

 

¿Por qué decidimos volver? Al comienzo, al origen, adonde empezó todo, después de haber visitado tantos lugares, tantos países, tantas ciudades. Ni yo misma podría responder con exactitud. Sólo recuerdo que llegó un momento en el que todos los sitios se me parecían, y ya me daba igual mudarme o no, porque llegué a comprender que aunque las costumbres, la comida o la ropa fuesen distintos, las personas, en el fondo, no lo eran. En todas partes había gente feliz y gente que no lo era, gente que amaba y gente que no, gente pobre y gente rica. En todas partes se veían árboles, puentes, cemento, arena, desierto. En todas partes contemplábamos, al atardecer, el vuelo pálido de los pájaros. Ya nada estaba demasiado lejos. Ningún sitio quedaba cerca. Las distancias carecían de sentido. Y tú me miraste y me preguntaste ¿quieres que volvamos a casa? Y yo asentí, porque realmente no me importaba, porque en verdad no había un lugar que yo asociase con la palabra casa más que… Tú. Y no estaba muy segura de si tú eras un lugar, un horizonte o una roca sólida y firme que se movía a cada paso que yo daba, para no abandonarme nunca.

Así que volvimos, ya pasado el ecuador de nuestras vidas, y compramos la casa, buscamos un trabajo, empezamos a ser personas casi normales, con nuestros pequeños hábitos, nuestras pequeñas rutinas, nuestros paseos por el mar, nuestro picnic del sábado en algún pueblo colindante…

Si hubiéramos tenido hijos, habríamos sido completamente normales. Pero no era algo que echásemos de menos. Cuando llegó la edad en la que nuestros compañeros de colegio empezaban a ser abuelos, nos preguntaban, ¿No lo echáis de menos? ¿No os gustaría haberlos tenido? Siempre respondíamos que estábamos bien así, que la vida era como era y no servía de nada imaginarse cómo habría sido si las cosas hubiesen sido distintas. Y lo creíamos de verdad.

 

Creo que ya he tomado una decisión. No, miento. La decisión se ha tomado sola. A lo largo de mi vida, me he podido dar cuenta de que, por mucho que las personas creamos que nosotros creamos los acontecimientos, que nosotros tenemos el control y tomamos decisiones y elegimos dónde queremos estar, haciendo qué y con quién, la realidad no es así en absoluto. Existe una inercia invisible, una cadencia que va hilando los hechos, las situaciones, uno tras otro, sin que nos percatemos. Así nosotros disfrutamos de una falsa sensación de poder sobre nuestras vidas que jamás existirá.

 

Primero voy cerrando todas las ventanas. Fuera se queda el soplo cálido del verano; ya no es bien recibido en esta casa. Fuera se queda también, tendida en las cuerdas de la terraza, la ropa de la colada de ayer. Ya no será necesaria.

Me dirijo a la cocina. Abro la llave del gas. No hay otra solución. No hay motivo para quedarse. No hay hogar.

No dejaré que me conviertan en aquella pobre vieja que enviudó y se volvió loca. La que un día se llevaron los servicios sociales porque el resto del vecindario se quejaba de sus manías. La que daba miedo a los perros, a los niños, a las embarazadas.

No tengo miedo de entrar en la habitación. Todavía está en la penumbra, ni siquiera llegué a subir la persiana. Menos esfuerzo. Cierro las contraventanas y empieza a haber en el aire un olor tenue, dulce y letal. Me tumbo en la cama.

Así, cariño, así nunca estaremos solos. No me enseñaste cómo estar sola. Tú me lo enseñaste todo, todo excepto la soledad. No puedo, no puedo. Quizás si fuese joven… Pero no. Ya no me quedan fuerzas. No puedo soportar esta soledad. Me pesa sobre los hombros. Me siento como si fuese el único ser vivo del planeta. Ya sólo hay silencio. Y yo ansío silencio, busco el silencio, busco paz...

A tu lado yo descanso. Duermo abrazando tu cuerpo, como antaño, con los ojos cerrados y la sonrisa dibujada en los labios. Caigo rendida ante un sueño profundo, que no temo, que no me hace llorar, que me llena de tranquilidad. Ya no pueden separarnos. No existe el miedo.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Comentarios - 3

lamisil otc

3
lamisil otc - 10-04-2013 - 23:04:46h

Very interesting article. Your post affects a lot of urgent problems of our minds. We can not be uninvolved to these issues. This article gives the light in which we may watch our reality. Very professional.

Emily Roberts

2
Emily Roberts - 16-03-2011 - 18:44:01h

muchas gracias, pablo!

Pablo García Blasco

1
Pablo García Blasco - 16-03-2011 - 10:20:00h

Uoo me ha sorprendido gratamente, muy conmovedor intimista y sentimental, pero para nada cursilón que es lo que suele pasar : D aunque ahora estoy triste!!!!


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
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