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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 24 de mayo de 2022

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Las hadas de Arlington Row (2008)

Relato corto publicado en la publicación colectiva del  XI Certamen Jóvenes Creadores 2009. La magia de las hadas. Un sueño hecho realidad.

 

 

 

Connie Albedreen vivía en el número treinta y seis de Arlington Row, en la última casa de la fila, donde la hierba crecía más verde y las flores eran de un morado más oscuro que las de las demás.

Connie tenía una ligera idea de que ella era especial, diferente a los demás niños del vecindario y de la pequeña escuela en aquella localidad inglesa de noches frías e inviernos húmedos. Todo se lo debía a su padre, que le había dicho que no todas las niñas pueden hacer aparecer hadas, cariño, pues ellos dos tenían unos poderes mágicos por los que debían de estar agradecidos. Ella podía hacer aparecer flores y cactus de la nada en cualquier rincón de la casa, y todo gracias a que él se lo había enseñado.

Pasaban la mayor parte del tiempo juntos, ya que cuando Connie volvía del colegio, el señor Albedreen aparecía por la pequeña puerta trasera azul, con una puertecilla aún más pequeña para que los ratones Marllorie y Joyce de Connie pudiesen entrar después de sus largos paseos en busca de un amiguito que les acompañase en su plan de viajar a Francia, donde el queso era más delicioso. Él llevaba su cepillo mágico con el que barría las penas del pueblo que ensuciaban las calles, son de un color gris muy feo, Connie Sue, le explicaba, pueden convertirse en monstruos que peregrinan hambrientos en busca de más gente triste. Prométeme que nunca estarás triste, Connie Sue, le tocaba la punta de la nariz con un dedo delgado, y si lo estás, ya sabes, barre la tristeza antes de que lo ensucie todo un poco más. Tú tienes el poder, Connie Sue, saca tus polvos mágicos del bolsillo y espárcelos de un soplo para hacer feliz a todo el mundo, desde gigantes y dinosaurios hasta mariposas y ratones como Marllorie y Joyce. Y ella asentía, bizqueando un poco por culpa del dedo posado en su nariz, y el señor Albedreen aseguraba que tienes la sonrisa más bonita, Connie Sue y que, cada vez que sonreía, una nueva enredadera de color rosa ocultaba el viejo ladrillo que tiempo atrás tornaba de rojo la fachada de la casa.

Maggie, su madre, que tenía el vientre hinchado como si escondiese un balón de fútbol para jugar cuando nadie la veía y el pelo rojo que parecía encenderse cuando se enfadaba con Connie, no parecía tan contenta con su marido. Oh, vamos, solía decir, no le digas esas tonterías a la niña, y cuando Connie hacía que su dedo índice se convirtiese en un lirio durante unos segundos, Maggie no prestaba atención. Si fueses lechero al menos tendríamos la leche gratis, pero Connie no entendía los reproches de su madre, ya que estaba segurísima de que su padre tenía el mejor empleo del mundo porque ¿quién si no él podría borrar las penas de los demás? ¿Quién devolvería al mundo la alegría?

Pero un día, un día que recuerda borroso y difuso como si no hubiera sido real, sino sólo un mal sueño, cuando Connie volvió del colegio, tras saludar a los gnomos que se habían instalado en las setas rojas y azules que ella había hecho crecer en el jardín con semillas y unas palabras mágicas, Connie oyó gritos en la casa. Tiró la bolsa de los libros en el felpudo de la entrada, que tenía el pelo demasiado largo y no podía hablar porque se le metían sus fibras en la boca y estaba tan ocupado recibiendo a la gente que entraba y salía de la casa, como Connie y su padre, y su madre cuando volvía del mercado con queso y pan, que no tenía tiempo de ir a la peluquería. Entró en casa, viendo la mesa puesta con el mantel a cuadros azules y blancos que llevaba ahí desde tiempos inmemoriales, que nunca se movía de esa mesa, y los palitos de pescado abandonados sobre ésta como una broma cruel.

Las haditas voladoras empujaron a Connie para que no se acercara al salón, pero por más que lo intentaron no pudieron evitar que oyera trozos indescifrables de la conversación. No puedes hacerme esto, decía Maggie con enfado, ¿de qué vamos a vivir? Conseguiré que estéis mejor que ahora, aseguró su marido, cuyo cepillo mágico había sido abandonado en la puerta, junta al perchero que saludaba todos los días quitándose un bombín de forro desgastado y los libros de Connie. ¿Y qué le diré a Connie? preguntó Maggie con los ojos empapados, acariciándose su balón de fútbol. Yo hablaré con ella, dijo él en tono tranquilizador.

Tú nunca me has querido, es eso, eso es lo que pasa. Te avergüenzas de nuestra vida, ahora Maggie parecía más enfadada que disgustada y su pelo rojo comenzaba a encenderse con furia. No es eso, Maggie. Necesito salir de aquí. Necesito un cambio. No puedo ser barrendero toda mi vida, ¿no lo entiendes? Decía con un cierto deje de desesperación. Eres un cobarde, le reprochaba ella con rabia. Un cobarde y un cara dura. ¿Crees que yo me divierto siendo ama de mi casa y de las de Rutler Row? ¡Pues claro que no! ¡Sólo que yo no huyo! Enfrento mi destino. ¿Hay otra chica? ¡Hay otra chica y ya no me quieres porque tengo las manos llenas de callos y estoy gorda y embarazada! gritó. Connie se tapó los oídos y acarició a Marllorie, que pasaba por allí para almorzar. No, Maggie. Te aseguro que no. Pero estoy cansado... la voz de su padre sonaba ronca y rasposa como el día en que Connie se quedó una hora bailando bajo la lluvia en la fiesta de té que celebraron las petunias por su cumpleaños. Lo siento, Margaret dijo, dirigiéndose a alguien que Connie no conocía. ¿Y nuestro bebé? ¿Y el bebé que esperamos? ¡Dennis! dijo ella muy bajito, como si de repente se hubiera vuelto muy pequeña. No obtuvo respuesta.

Él salió y sonrió amargamente al verla sobresaltarse, apartándose de la puerta donde había estado apoyada escuchando. Tengo que irme, Connie Bell le dijo, y ella se apretó contra su cara de barba rasposa. ¿Adónde? preguntó, con los ojos muy abiertos. No lo sé, respondió con franqueza. ¿Cuándo volverás? preguntó, como si fuera la pregunta más obvia del mundo. Siempre estaré aquí, contigo, sólo tienes que cerrar los ojos y me tendrás junto a ti, tomó su pequeña manita entre las suyas, grandes y con durezas. ¿Te llevarás el cepillo mágico? inquirió la niña, enfocando a su padre con sus ojos castaños. Por supuesto. A no ser que lo quieras tú, dijo. No, es tu oficio. Es tu cepillo. Cada cepillo tiene un dueño. Algún día yo tendré mi propio cepillo mágico, o mejor aún, conseguiré hacer feliz a la gente haciendo crecer flores en el escalón de su entrada le aseguró, como una promesa vacía que en aquel momento parecía querer tranquilizar a Dennis. Estoy seguro de que sí, Connie Bell una lágrima rodó desde sus ojos azules, claros y limpios como el cristal. Connie trató de atraparla. Te quiero, papá murmuró con su vocecita de niña pequeña. Yo también te quiero, Connie. Se abrazó a su cuello enroscándose con fuerza alrededor de él, y después, cuando lo soltó, se esfumó entre sus bracitos en una nube de humo rosa.

Connie entró en la estancia donde Maggie se acariciaba el vientre y el cabello le tapaba la cara, llorando en el raído butacón verde. Mamá, susurró Connie. Mamá, no estés triste. Está limpiando la pena de los otros. En ese momento no se le ocurrió pensar que quizás tendría que preocuparse más por la pena de Margaret, sino que lo imaginó recorriendo todos los suelos del mundo, ese gran globo terráqueo azul y marrón que le enseñaban en clase de geografía, barriendo con su cepillo mágico toda la infelicidad de la gente en la selva, en el desierto, en las montañas. Simplemente pensó que le había dejado a ella de encargada. Así que tocó con la punta del dedo una de las lágrimas de Maggie mientras caían y la convirtió en un destello cristalino. Y luego otra, y otra más, hasta que la habitación se llenó de pequeños brillos que flotaban como luciérnagas en una noche de verano y Maggie consiguió sonreír, o al menos eso es lo que ella puede recordar vagamente, mientras canta una nana a un bebé de ojos azul claro y breves cabellos pelirrojos que mira un móvil con figuras de hadas.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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