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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 24 de mayo de 2022

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Lila (2011)

Roger es un joven ingeniero que vive obsesionado con el recuerdo de Lila, su mejor amiga de la infancia y adolescencia, de la cual ha estado siempre profundamente enamorado. Cuando decide cambiar de apartamento, descubre un loft que le hubiera parecido perfecto para compartir la vida con ella. A raíz de ese encuentro fortuito, Roger invoca a su amada y le relata, de forma imaginada, todos los recuerdos que conserva de ella y de esos años que compartieron. 

Emily Roberts nos describe, en boca del protagonista de esta estremecedora novela, los años cruciales de la vida de dos adolescentes que no poseen las armas necesarias para enfrentarse a un mundo que no entienden. Y lo hace con una ternura producto de una prosa sencilla y delicada, alejada por completo de la superficialidad o lo almibarado. 

(Alberto Trinidad)

A continuación podéis encontrar el principio de la novela. A la venta aquí.

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Me acuerdo todos los días de ti, Lila. Intento no hacerlo, intento evitarlo y pasarme el día ocupado pensando en otras cosas, para llegar a casa y caer rendido en la cama y dormirme sin soñar, porque si soñase sé que lo haría contigo. Estos trucos me han funcionado bastante bien hasta ahora, hasta ayer, cuando fui a mirar apartamentos porque el que tengo actualmente es demasiado pequeño y el centro demasiado ruidoso y estoy harto de encontrarme vómito en las escaleras cada fin de semana. Fue entonces cuando lo vi, y me pareció perfecto. Perfecto para ti, para mí, para lo que hubiéramos podido ser nosotros. Era una vieja casa en las afueras del Greenwick Village (¿te acuerdas de cuando decías que querías irte a Nueva York, Lila Pues ahora estoy aquí. Sin ti), una especie de granero reconvertido, muy antiguo, de esos que apenas quedan, puesto que la mayoría han sido demolidos y reconvertidos en rasacacielos, en lofts de cristal sin paredes, de formas rectas y limpias. Había visto ya un puñado de esos lofts y no sé por qué, ninguno me terminaba de convencer. Eran demasiado fríos, demasiada seriedad y monocromía. Pero todo cambió cuando entré en el apartamento. De repente, todos mis esfuerzos por no pensar en ti se vinieron abajo después de tres años, y no pude evitar derrumbarme. Comencé a sollozar de rodillas, en el suelo, la mujer de la agencia se quedó en silencio, incómoda, con los brazos cruzados y sin saber qué decir. La dueña era una mujer mayor que había sido pintora; no llegó a cosechar ningún éxito y vivía de lo que lograba vender en ferias de artesanía: cuadros, manteles hechos a mano, bisutería, muebles restaurados. Era una mujer de cabello largo y blanco, de facciones dulces, cinceladas de arrugas como los meandros que hace un río, y manos nudosas revestidas de callos, que revelaban lo que había vivido. Fue ella la que nos enseñó el piso, pues no estaba dispuesta a vendérselo a cualquiera, y fue ella la que dijo, cuando me puse a llorar en la sala (como un crío; creo que no he llorado tanto desde aquella vez en que Tommy Webber me tiró del columpio del parque, cuando tenía cinco años. ¿Te acuerdas, Lila? No lloraba porque me hubiera hecho daño, sino porque tú estabas ahí, delante, mirándote las rodillas, raspadas como siempre, con el flequillo disimulando el pudor de tus ojos y viendo lo incapaz que era yo de defenderme, ¿y cómo podría protegerme de ti entonces, pensaba?), que podía quedármelo. Era una de esas personas que tienen un aura muy fuerte, Lila, un aura que mana como un buen perfume, que viaja a través del aire, se te pega y se te enreda en la piel, sentí que estaba allí, abrazándome, como al niño pequeño en el que me había convertido; que ella me miraba, con sus ojos casi transparentes y entrecerrados, y lo sabía todo. De ti, de mí, de tus padres, de los míos. Recuerdo que, al ver aquella sala, pude imaginar tu presencia allí como si te estuviera viendo realmente. Allí, sobre esa alfombra, estarías tú tumbada, con las piernas hacia arriba, en esa lánguida postura tuya tan característica de dejar la vida pasar, escuchando tus vinilos. El tocadiscos estaría sobre aquel cojín de lentejuelas, y la música (aquella música ecléctica, que variaba según tu estado de ánimo, que podían ser los Beatles hoy y Lez Zeppelin mañana) inundaría la sala como el mejor de los aromas a pan recién hecho. Yo llegaría de trabajar a las cinco, con algo de comida en una bolsa de papel marrón, y colocaría la chaqueta sobre un sofá (ya la recogería después), posaría un beso sobre tus labios azul cian e iría a la cocina para dar de comer a Milkshake, ya que tú, seguro, lo habrías olvidado. Luego abriría una botella de vino, me prepararía algo de comer y lo llevaría al salón, para sentarme en el sofá, junto a ti. Y te diría ¿quieres una mandarina?, y te ofrecería ¿te apetece chocolate caliente? Y me sentiría profundamente feliz cuando comieses unos gajos, o tomases algún sorbo, aunque después volvieras a tu estado de absorción absoluta. Sería feliz sólo de tenerte a mi lado, y sé que tú, en aquella estancia, alejada de Nueva Jersey, alejada de nuestras familias y las presiones que ejercían sobre ti, también lo hubieras sido, al menos un poquito. Y yo te hubiese cuidado, Lila, te aseguro que te hubiese cuidado; porque aunque Tommy Webber me tiró del columpio, no hubiera permitido que lograran arrancarte de mis brazos

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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