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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 24 de mayo de 2022

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Rutinas (2009)

Relato corto. Publicado en la publicación colectiva del XII Certamen Jóvenes Creadores 2010. Cómo ser uno mismo.

 

 

 

Kitty Flanagan siempre tomaba el desayuno a las ocho menos cuarto de la mañana. No importaba que fuera día de diario o festivo, invierno o verano. Kitty Flanagan era una mujer de costumbres fijas.

Se prepara un huevo duro, una taza de café, pan de centeno con dos lonchas de jamón y medio melocotón en almíbar. El menú nunca varía. Se sienta en la pequeña mesita de su apartamento junto a la ventana, con un fino jarrón y una rosa siempre fresca en el centro, su bata de felpa rosa sobre el pijama y el cabello negro recogido en un moño tirante. Y como siempre, comienza por el huevo duro.

Kitty tenía cuarenta y dos años, y trabajaba como profesora en un pequeño gimnasio de Bristol. Principalmente enseñaba aerobic, pero de vez en cuando cubría algún otro curso.

Nació en Surrey Heath, una pequeña localidad inglesa, hija de una familia normal y corriente. Su padre tenía un negocio de muebles, su madre era ama de casa. No pudieron tener más hijos después de Kitty, así que siempre pusieron en ella todas sus esperanzas, las de que elevaría su apellido a una buena posición, que tendría una posición distinguida y respetada, como médico o abogado, o de que al menos fuera la primera en la familia en tener un título universitario.

Pronto comprendió que sus padres no le exigían a ella lo que se exigían a sí mismos. Su padre era un jugador empedernido. La estabilidad que pudo haber dado a su familia con un buen negocio se venía abajo cuando perdían ingentes cantidades en el casino. Probablemente, aquel vicio había empezado con la ambición de tener más.
Para subsanarlo, su madre muchas veces tenía que limpiar otras casas a escondidas de su marido (que no consentía que su mujer trabajase, ni mucho menos como una fregona). Y como era una ciudad pequeña, todo el mundo se enteraba de las vidas privadas de los demás; todos se conocían y se saludaban por la calle, dándose la vuelta para chismorrear.

Éste era uno de los motivos por lo que Kitty odiaba ir al colegio. Las demás niñas se reían de ella y no la dejaban jugar, y gritaban al aire las desavenencias de su familia (aunque esto no significaba que ellas no tuviesen las suyas, y se las echasen en cara las unas a las otras, intentando quedar siempre por encima, pero Kitty no lo hacía, y esto la convertía en alguien más vulnerable que las demás).

Otro de los motivos para odiar la escuela empezó cuando Kitty se dio cuenta de lo mal que se le daba leer. Y escribir. Y después, las matemáticas. Por mucho que se lo explicasen, no lograba comprender las cosas, y en casa no tenía a nadie a quién preguntarle cómo se hacían los deberes, así que la mitad de las veces los llevaba sin hacer y la maestra la castigaba en un rincón, o a limpiar borradores en el recreo, con el consiguiente aumento del rechazo de sus compañeras.

A Kitty tampoco se le daban bien los deportes. No conseguía nunca marcar gol o meter canasta, o evitar que el equipo contrario le robase el balón, así que siempre era la última en ser elegida para hacer equipos.

Así pasó Kitty la primaria, con una única amiga, Madison, una chica irlandesa que los demás también rechazaban por su acento y porque tenía sobrepeso.
Sin embargo, Kitty tenía una pasión secreta que no contaba a nadie: el ballet. Siempre que podía, veía en la televisión competiciones de danza clásica o de patinaje artístico, y se admiraba de aquellas chicas, gráciles como cisnes, que expresaban la perfección al bailar al compás de la música. Nunca le pidió a su madre ir a clases. No podían permitírselo, y además estaba segura de que tampoco se le daría bien, como todo lo demás.

Kitty puso los pies por primera vez en un gimnasio cuando tenía catorce años, el momento en el que Madison decidió ponerse en forma. Como amiga suya que era, también tenía que apoyarla, así que escogieron un gimnasio que no fuera muy caro y se apuntaron a areobic. Cuando entró, quedó sorprendida por el lugar lleno de luz reflejada por los enormes espejos que cubrían las paredes y el aire diáfano y limpio.

Lo primero de lo que se dio cuenta Kitty, fue que allí nadie se fijaba en ella. Todo el mundo trataba de hacer los ejercicios lo mejor que podía, y no estaba al tanto de si las mallas de la compañera vecina eran demasiado ajustadas o de un material barato.

Además, por primera vez podía tener unas horas libres para ella, sin tener que pensar en nada, sin tener que oír las discusiones de sus padres porque este mes también comerían sopas de cebolla y pan, sin tener que escuchar la regañina de la profesora por hacer mal los ejercicios.

Allí podía ser, y a la vez desaparecer.


Cuando Madison se desapuntó y sus caminos se distanciaron, Kitty continuó yendo a clase.

Empezó a pensar en hacerse monitora durante el último año de instituto, cuando todo el mundo hablaba de manera frenética de carreras, universidades y exámenes de aptitud. A ella no se le daba bien nada. Miraba la lista de carreras y sentía que ninguna le atraía, que no quería pasarse la vida trabajando en una oficina, o en un quirófano, o en un laboratorio.

Así que le preguntó a la monitora, con la que apenas había hablado en estos cuatro años a pesar de verse tres tardes a la semana, qué tenía que hacer. Iba a graduarse por los pelos, y no estaba segura de que fuera a aprobar el examen de ingreso de ninguna universidad.
-Oh, pues, no sé, hacer cursos, conseguir alguna recomendación. ¿Es lo que de verdad quieres ser? Porque yo creo que se te da muy bien, pero no sé qué van a decir tus padres...

Kitty se quedó sin habla. Era la primera vez que alguien le decía que algo se le daba bien.


Por supuesto, su padre dijo que no pensaba financiar a su hija si no iba a la universidad, y en tal caso, la exigiría ponerse a trabajar.
-¡Habrase visto! -murmuraba por la casa- ¡monitora de aerobic! ¿Y qué será lo próximo? ¿Equilibrista en un circo? ¿Se puede saber en qué mundo vive esta niña? ¿De dónde ha sacado esas tonterías? ¡Ya te dije yo que debías haberla mandado a clases particulares, Rose, y no a mandangas de aerobic!
Rose se encogía de hombros y callaba, volviendo al asado que tenía en el horno.


Así que Kitty encontró un trabajo en una cafetería por las mañanas, y por las tardes asistía a los cursos que ella misma se financiaba.

Cuando tuvo suficiente dinero ahorrado y un título que la respaldase, con muy buenas notas, además, decidió buscar trabajo. Pero no se quedaría en Surrey. Apenas tenía idea de geografía, pero buscó en el periódico y vio que buscaban gente para un gimnasio que acababa de abrir en Bristol. Compró un billete de tren sólo de ida, empaquetó las pocas pertenencias que tenía y se marchó sin decir nada a sus padres.
Los dejaría allí, con sus rutinas, sus disputas y sus peleas.

En realidad, no tenía a nadie de quien despedirse. Había hecho algunas amigas en los cursos, pero casi siempre eran pasajeras y no tenía tiempo suficiente con el trabajo como para profundizar su amistad. Por un lado, no tener a nadie que la despidiese desde la estación, mientras ella miraba por la ventana, la puso triste. Pero por otro se alegró: no había motivo para entristecerse, no había motivo para volver.


El destino a veces hace cosas extrañas.
El mismo día en que recibió su trabajo (como monitora en algunas clases que la profesora principal no podía cubrir, y como chica de los recados en general), decidió tomar otro camino para volver a la pensión en la que se hospedaba hasta que encontrase un piso.

Sin querer, se equivocó de dirección y se encontró en un callejón sin salida, en el que anunciaban un pequeño ático en alquiler.
Decidió probar suerte.


La primera vez que entró en ese ático, sintió lo mismo que cuando entró en el gimnasio cuando tenía catorce años: el aire allí era como más limpio, más transparente. Le permitía ser y respirar.

Era además un piso barato de una mujer que acababa de enviudar y se volvía a su Dover natal. Kitty lo aceptó sin pensarlo. Tenía veintitrés años.


Los años pasaron y Kitty se fue haciendo cada vez más querida en el pequeño gimnasio de Bristol. Sus clases eran siempre las primeras en llenarse cuando se abrían los plazos. Los dueños del gimnasio estaban muy contentos por su eficacia, y porque no le importaba quedarse hasta tarde para cerrar.

Realmente no tenía ningún otro lugar adonde ir, y además le encantaba estar allí.


A Kitty le gustaba la gente. Nunca se había dado cuenta hasta entonces. Siempre había sido una niña solitaria.

Le gustaba observarla aunque nunca llevase a trabar amistad, le encantaba conocer las distintas historias de las personas que acudían a su clase. Ver que había tanta diversidad de personalidades la hacía feliz, porque allí nadie molestaba a los demás por ser diferente.

Como esa madre y esa hija que se estaban todo el día molestando porque a ella le molestaba que su madre se pusiera camisetas cortas y ajustadas para hacer aerobic, y le decía que ya tenía sus años.

Como ese chico delgaducho que había decidido ponerse en forma porque su novia se lo había pedido, a pesar de que él prefería pasarse el día delante del ordenador.

Como esa mujer de casi setenta años, cuyo marido e hijo habían muerto años atrás, pero ella continuaba adelante, regalando una sonrisa a cualquiera que se cruzase en su camino.

Como la joven empresaria estresada, que encontraba en el gimnasio unas horas para ella misma, aunque luego siempre recogía y se marchaba a toda prisa.


Sí, pensó Kitty Flanagan, terminando de beber la taza de café, si a ella le preguntasen si se sentía sola, siempre contestaría que no. Había mucha gente que la quería y la apreciaba tal y como era, aunque nunca hubiese ido a la universidad, aunque no se le dieran bien las matemáticas y nunca hubiese viajado al extranjero y no supiera cuál era la capital de Camboya, aunque viviese sola en un pequeño piso de alquiler con muebles de segunda mano.

No se había casado, aunque el monitor de defensa personal siempre coqueteaba con ella desde hacía años cuando la ayudaba a colocar el material para las clases. No tenía hijos, y sólo de vez en cuando se escribía una carta con su madre, para felicitarse la Navidad o los cumpleaños.

Pero le gustaba la soledad de su pequeño piso lleno de luz, donde vivía con Mocca, su gato persa. Le gustaban las pequeñas rutinas que se había establecido. Le gustaba la desconchada taza de porcelana en la que tomaba café todas las mañanas. Y le gustaba pensar que todo eso lo había conseguido ella sola, haciendo lo que de verdad se le daba bien, lo que le hacía feliz y quería seguir haciendo el resto de sus días. Ella, que siempre había recibido una educación sobre lo importante que era ser, tener y parecer, ahora había comprendido el significado verdadero de estas palabras.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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