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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 26 de noviembre de 2020

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RELATOS

Inéditos

 

AZUFRE


Nubes a barras de cielo. Cien muertos, no más. Y yo pasaba por allí como un transeúnte cualquiera.
Habían levantado la acera igual que se levanta un verano y se peina las canas. Los obreros del gas recorrían no sé qué intransigencia en las tuberías con artefactos ingeniosos, tratando de detectar una fuga de dos o tres demonios. Alrededor, los curiosos de siempre con sus camisas de siempre, y a su lado un sin fin de esposas, o eso creo. Hasta los niños se habían llevado a la inútil oración. Algún obrero se dedicaba a mirarse el ombligo, so pena del desayuno.
-¡Eh! ¡Trae la cuerda! -gritaban allí.
-¡No se puede! ¡Está sujetando más de mil doscientas riendas de un solo fusible!              -respondían en el otro lado.
Parecía que la actividad era febril, como suele y no debería decirse (porque la fiebre es más bien sedante), pero después de varias horas estábamos como al principio. El olor a suelto había inundado el barrio y sus componentes artesanos, en una promesa que no auguraba nada bueno. Las autoridades de postín ordenaron la imposible evacuación del vecindario, que no paraba de reírse de tanta tontería, como es frecuente ver en toda inminencia de comunión final. Sólo un tal Alvarado, mendigo para más señas, no sé si iluminado por su estado natural o simplemente intuitivo que siempre fue, tuvo una premonición y, viéndome como amigo, me sacó de allí.
Oye, ni medio minuto. En lo que es una apuesta chascando los dedos todo saltó por los aires: obreros, niños, artefactos..., el barrio entero, como quien dice.
Ya está, el gas, pensé yo.
-Que gas ni gas -dijo Alvarado, pillándome las ideas a su manera-. Ha sido un volcán como la copa de un pino.
En efecto, al día siguiente todos los periódicos traían la noticia de la erupción de un recién nacido y amamantado volcán en las afueras de Madrid. Unos cien muertos entre vestidos y desnudos. Las cenizas sepultan cierta carretera muy conflictiva. Se desconocen las causas del pillaje que tuvo lugar tras la visita de unos científicos al lugar de la catástrofe.
Alvarado me guiñó un ojo mientras me ofrecía un tiento a la garrafa.


*****

 

LA CIENCIA DURA


Proponerles la revolución a mis amigos del barrio chino es como ponerle bragas rosa a Marlon Brando. Tú háblale a alguien que ha vendido hasta el hollín y no hace otra cosa que contar el polvo, alguien que lleva la vida de adorno, y verás cómo hace una novela con tus adverbios. Mis amigos te ponen el archivo al día y el dorado en ácido, si ven que eres de ésos que nacieron con comodines en el babero y pretendes enseñar salmos al pastor. Más de cuatro andan con los pies de prestado, es decir, con la condicional, y evitarán siempre que puedan hacer cuadrados con compás, pero como piensen que tienes su número o intentas venderles pingüinos, son capaces de librarte de los médicos.
Yo he visto muchas treguas rotas porque alguien de costra en la crema pero capaz de torcerse un tobillo al afeitarse, en un momento dado, o ha querido pagar con el billete del espejo, o ha echado whisky en los cereales, o simplemente se ha salido del guión en la comisaría. Inútil entonces intentar ponerse lazos en los espolones y hacer como que miras los precios. Quien pretenda arrimarse al cristo después de cazar zorros con gallinas es que está con Blancanieves o es de los que van de baile un lunes, por mucho que se sepa el santoral.
También están los que conocen a una esponjita con cuerpo de primeros auxilios, guapa de manual, que hace llaveros con los hombres. Normalmente vestidas de tómbola, se pintan de minio antes de acercarse al violín, a quien mirarán como leyéndole la saliva, para después terminar mojándole las cerillas. Como besan de libro y están siempre dispuestas al requesón, no les resulta difícil hacer que sus víctimas cambien los ases por los doses y se les ponga aspecto de trofeo, sobretodo si en ese momento se les ve el calcio o se encuentran como para ir de putas con el confesor. Ellas, ¡si será por experiencia!, aparte de aguantar el premio, hace mucho que limpiaron la agenda y suelen tocar el piano en primera línea, conque saben muy bien a quien le entra la tos siempre que canta, acostumbradas como están a oler los colores, hablar al peso y poner de verano al lucero del alba si se tercia; de esa manera les va de joyería.
Así que, amigo, si te falta un hervor, aunque tengas el cuerpo de abecedario y estés sólo para restar, deja que la gente tome el sol, y prohibido asar sardinas en la galería. Sé respetuoso y no invites a putas a un castrado por si se los dejó con tu madre.
Y perdona si me esquino. Es que estoy como para fumarme las uñas y además hoy llueve de entierro.


*****

 

SI EL PUEBLO LO SUPIESE


Iba uno al que llaman el Anguila por la cuadra del callejón a beberse el mundo.
Era un fulano gracioso con aspecto de calambre, vestido casi siempre en gris pesadilla y principalmente a boina, que caía bien a todo bando porque sabía mantenerse a distancia. Sin embargo, cuando alguien andaba muy de mal día, no dudaba en permitir que se le acercasen al lloriqueo en el hombro. Por eso no es de extrañar que pollos de toda ralea picotearan entre el barro que dejaban sus zapatillas a cuenta de otros silencios.
Un día, en mala hora exista la necesidad, se le acercó un antiguo dolor de muelas de ésos que simulan importancia. Ni los relojes en hora tienen tal cantidad de orgullo. Chupito arriba, chupito abajo, el mequetrefe fue alicatando los montes del Anguila, hasta dejar su paciencia en subterráneo. Y quiso la coincidencia que hasta el culo le gustase a la lapa aquella de pinta innombrable.
Pues señor, vino el invierno a lo duro, para castigo de gentes sin interés en legislativas ni otras memeces, y el Anguila y su vampiro tuvieron que retirarse a vegetar de mala manera, que ya se sabe dónde golpea la riqueza para evitar cualquier reparto. Transcurrió el invierno, pero pudimos aguantarlo.
Y cuando se vio reaparecer a los dos interfectos, la duda se hizo una paja. Resulta que no estaban muertos ni asesinados, sino repletos de ideales prodigiosos que planteaban un nuevo sistema de organización social, onanización fiscal, zipizapación total y no sé cuántos blablablás numerados y vulnerados. La cuadra del callejón, que en ese intermedio de las cosas intermedias había iluminado las paredes con arcángeles sin por ello perder la furia, tembló al unísono ante semejante disparate. Nada menos que el Anguila metido a capellán.
Fue cuando habló Comillas, un verdadero criminal, libre de todo escrúpulo y por lo tanto de toda culpa, para tirar esta primera piedra:
-¿Sabéis lo que significa vuestro acto? Os lo explicaré. Interfecto. Definición del Diccionario de la Real, ¿oís?, "Real"... Academia Española: "Dícese de la persona muerta violentamente, en especial si ha sido víctima de una acción delictiva". ¿Está suficientemente claro? Así pues, por las leyes, en nombre de las leyes, y porque asistís a las leyes, demos cumplimiento a las leyes y hagamos que seáis lo que las leyes dicen que sóis.
Todo el personal dejó las copas y asintió a placer. Habría que haber filmado la persecución que se inició, para deleite de cronistas amigos del navajeo, porque en un ahivá rodaron sillas y mesas al más puro estilo epopeya, mientras las matonas salían de los bolsillos con afán automático propio, a degollar dos cuellos dignos de serlo. Baste decir que el amigo del Anguila quedó desparramado a trozos muy pequeños, y si el Anguila mismo pudo escapar de su puesta a definición, fue más gracias a la exactitud de su nombre que al disimulado perdón por lo que pueda ocurrir de alguno de sus perseguidores.
Hoy el Anguila es vecino nuestro, y gane el partido que gane en no importa qué elecciones, siempre es él el presidente de gobierno.
Tengo que dejar el tabaco, porque ha sonado el teléfono.


*****

 

LOS ECLIPSES NO TRAEN NADA BUENO


No más que el resto. Yo también, pero si empiezan a perseguirme deja de ser paranoia. Sin duda alguna hay influencia del ambiente con mayúsculas, no sé si por parte de la magia o de la ciencia, pero cuando duelen los huesos, por qué no van a cruzarse los cables. Entonces, las humedades más invisibles han aparecido.
Se inició un sábado en que la muy puta se dejó dar el gran bocado. Desde ese momento los muñequitos de las cabezas han estado chinchorreando los sentimientos y emociones en la zona humana del planeta. Más tarde, ¡también en sábado!, el padrazo ese de la esfera en chicharrón, no sé si por envidia, fue así mismo mordido sin resistencia alguna en plan raja de sandía. Entre medias, la sinrazón menos maravillosa se extendió como niebla de película, haciendo semicrustáceas las relaciones. Peor aún, ensuciándolo todo con vómitos y palabrerías lo más fascistas posible. Y no puedo imaginar cómo acabará la cosa.
Estaba yo tan tranquilo viendo los patos. Los andamios en torno al monumento del estanque me habían obligado a cambiar la perspectiva de mi manía por otra menos plomo, pero a pesar de ello la dulcetarde templadita se comportaba de buena ley y los niños del parque no estaban demasiado coñazos. Alguna parejita me distraía algo el ronroneo con innecesarias nostalgias, porque nada es perfecto; sin embargo, como me lo hacía de nirvana, no me sentí muy pájaro. El caso es que en aquellos momentos la vida se podía pasar.
Acababa de encender un cigarrillo y el chapoteo me sonreía, cuando uno que se marchó de mercenario en épocas gloriosas había regresado de su viaje y supo reconocerme. Ya en otros tiempos este individuo parecía pavo en todos los sentidos, pavo inteligente para mayor matraca; pero ahora, el alcohol mal digerido y el perfeccionamiento de su inútil colorín lo habían barnizado con puñetería de saldo. Lo peor del circo.
Se sentó a mi lado como quien viene desde hace un rato, y era asunto de dos décadas o así. Enseguida empezó a darle hachazos a la calma con un esto y un aquello, completamente a mala uva, poniéndome el elástico en kilómetros. Y ya el colmo fue cuando casi me exige que le deje chupar a mis chicas, y que si no lo hago es porque soy un cerdo de élite.
Para qué las prisas... Me revolví igual que un mono, eché la mano al bolsillo y saqué la...
No, qué va; no hice nada de eso. Simplemente me levanté del banco y silbé un poco fastidiado. Si fuera uno a degollar a cada gilipollas que se encuentra, habría que dar número.
Después está lo del entorno. Ocurre durante estos últimos días y son legión los que te saltan a la cara. Creo que yo también. Por eso digo lo de los mordiscos.


*****

 

SABERES


Andaba el viejito mexicano con esas barbas que siempre son sólo de varios días, y la botella desconyuntándole el bolsillo a la chaqueta que ya estaba muerta de penas. Canturreaba como un carromato en su ir y venir por las eses tan poco originales como nunca pasadas de moda, y los vecindones le gritaban "canta, Liciano, canta; que el que canta se folla a la elefanta", a lo que él como gallo viejo contestaba apenas entre dientes "ni chus, ni mus; me follo a vuestras abuelas y meo en sus calaveras", y seguía como si nada, haciéndole extraños el brillo de los ojos cuando se torcía de repente algún pensamiento que vaya usté(d) a saber.
Andaba el Liciano que si daba un chupe que si tenía que dejarlo, cuando brotó la escaramuza allá arriba, donde la churrería del Manolo, y corrieron las navajas muy a las verdades, entre vistos y no vistos que pronto terminaron en un degüello normal y corriente. Tendido en mitad de la acera estaba el mozo, con el rajao del cuello manando borbotón a borbotón según el ritmo que marcaba su escaso ventrículo, y los de siempre miraban la sangría como pasmaos. Llegó el Liciano, sacó el trapo de los mocos, taponó como pudo el desaguisado (el muestrario de ungüentos más bien oscuros, que en forma costrosa exhibía el tal pañuelo, muy bien pudo colaborar a la coagulación) y se sentó a hablarle despacio al desdichado. Al muy poco llegó uno diciendo "¿qué pasa? soy médico ¿qué pasa? soy médico", y el Liciano se levantó y se marchó.
"Cuando uno ha hecho lo que ha podío, ende entonces, lo mejor que se pue hacer es no estorbar", me susurraba el Liciano al terminar de contarme la peripecia.
(Naturalmente yo he suprimido todos los adornos con que él salpicó su historieta, porque aunque ya se sabe que no hay mejor palabra en directo que la de un borracho con experiencia, aquí no he querido resaltar más que el hecho en sí, la importancia de tener en el barrio un pelanas de éstos que se saben de memoria el libro de instrucciones cuando bosteza la marabunta. No es éste lugar para argumentos de primera.)


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MADRE ACUÁTICA


¿Quién no ha sentido uno de esos escalofríos instantes, únicos capaces de dignificar al ser humano, cuando sonaba la música, aun sabiendo de su especie procedencia tan poco envidiable?
Una selva atormentada percibe hoja por hoja hasta el más mínimo crepúsculo en sus oídos, sin tiquismiquis para estas alturas, sobretodo si, por qué no decirlo, el que sea hizo bien su trabajo.
A contraluz de la luna, la silueta del jinete sobre el caballo, fundidos los dos en un recorte, parecía el orgullo mismo de una historia terrible. La laguna de alpaca tenue en serpientes como movimiento del aire amó mucho al hombre que, tras espolear la montura, se lanzó a gritar la vida galopando. La reina noche se durmió sin cuidar a sus hijos, y la laguna posó su reflejo en mujer. Así transformada, su cuerpo era de norte, igual que las cuchillas. El hombre era joven, era fuerte, era del sur; la mujer era de invierno, y había venido desde unos prados siempre verdes, nunca vistos hasta el momento por aquellas leyendas.
Corrió ella tras el filo del caballo, por atrapar al bandolero, y en el camino conoció a los niños y cómo eran hermosos sus cabellos muy negros y su sangre. Pensó entonces en hacerse madre si al fin hallaba a quien podría haber sido río. Y lo halló.
Con besos que hierven hirvió la nieve de aquel cuerpo hasta la aurora. Sintiéndose de nuevo laguna, recordó la forma en que los hombres dejan la simiente, con tanta bravura como mansedumbre; recordó mucho, porque el ladrón que la tomó era guapo y agreste.
"El vientre de mis aguas se hincha -decían las olas-. Pronto nacerá un nuevo jinete, con ojos de varón tan fieros como los de su padre, y el cabello siempre negro para el gris de mi mano al llenarse la luna". Era gris su mano en aquel lugar de hechicerías, donde nunca entra la mañana por completo.
Pasaron las hileras de trashumantes haciendo fiestas con el latón, las campanillas y los dientes; pasó la guerra repleta de malhumor hacia el campo y los cuerpos que se desnudan en el trigo después de alguna guitarra; pasó el que huye de la justicia y la justicia que huye del que persigue; pasó el invierno y el tiempo de espera, y al cabo nació un niño más pálido que el ciervo de la belleza. Reunidos los buhos, grillos y luciérnagas ante el parto, vieron crecer las lágrimas de la laguna hasta matar sin piedad y desbocadas, porque la maldición se introdujo de puntillas en medio del amor, en el instante del amor. Y el niño tenía piel de plata, por completo cubierta de terciopelo gris; fervientemente suave, pero gris.
La laguna arrasó el mundo y arrasó al esposo impostor cuando éste se encontraba en mitad de una reyerta por honra, navaja en mano, los músculos calculados, el dolor esperando. Había acabado ya con uno del que no quedaba más que luto y mujeres cubiertas de rezos, y se disponía a sentar su firma sobre el corazón del otro hijo de alguien, pero la que dio el ser al monstruo fue más rápida con la inundación que ninguna cuchilla pudiera ser con su relámpago. Y el de color aceituna se mezcló con las algas.
El hijo del pelo gris llovió muy niño.


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SEMEN Y LÁGRIMAS


En cierta ocasión una actriz porno me confesaba:
"Existen dos clases de directores: los calientapollas, que son legión, y los visionarios. No creas que estos últimos, por el hecho de jugarse a sí mismos, se duermen en los ardores, sino que, muy al contrario, saben muy bien lo que es el trabajo duro y, sobretodo, serio.
"A lo largo de mi carrera, que muy pocos comprenden -ni siquiera la mayoría de mis correligionarios-, me han hecho pruebas de lo más pintorescas, cuyo contenido no es el momento ni la puesta en escena más oportunos para desvelar. Que si esto, que si lo otro; ya sabes. Pero en muy contadas excepciones he tenido la dicha de encontrarme con auténticos eruditos de los pelos de punta.
"Recuerdo que un día, el famoso aunque casi desconocido Antón Cav, en una de esas amarillas sesiones en que se busca normalmente la dilatación ideal, se dirigió de entrada a las veintitantas chicas que nos encontrábamos allí con las siguientes e inesperadas palabras: "¿Qué clase de piel habéis traído para esto?". Y puedo jurar que, una a una, fue estudiándonos minuciosamente el tacto, el escalofrío, la densidad del vello imperceptible que cubre la casi totalidad del cuerpo humano, todas las características esenciales para el desarrollo de la única sensación absolutamente personal en todo contacto de dos temperaturas; y que de ninguna manera puede dar en pantalla.
"Naturalmente, en aquel momento no me eligió (aunque sí lo hizo en alguna de sus películas posteriores), porque entre nosotras se encontraba la reina, aquella inteligente y abrumadora mujer que todos conocieron por su nombre de renuncia a la pila: Uña Dorada, ¿la recuerdas?; aún estaba viva en aquella época, y se había presentado al agotamiento por puro afán de ejercicio, pero al examinarla el señor Cav -que como es lógico en personajes de su calibre, no se deja nunca llevar por presuntas e insistentes famas-, tuvo que admitir que la preparación epidérmica de Uña era tan perfecta o más que su contorsionismo de lo obsceno, y las demás no tuvimos nada que hacer.
"Ya en tiempo posterior, esta vez trabajando con él, le vi presa de un delirio rompelanzas, cuando mi primer actor, en más de una ocasión, o no se ponía en marcha o caía en el lanzamiento por las buenas. "¡Porco Dio! ¡Pero qué te pasa! - chillaba, escupiendo-. ¡Se te paga por hacer las cosas a su tiempo, no por venir a tocarle el culo a ésta! ¡Si quieres correrte por gusto, ve luego a ver mis películas y te desangras, si quieres! ¡Pero mientras estés trabajando, sólo quiero que acaricies como se lo harías al mismísimo Cristo de tu pueblo!" Y se marchó como un elefante, murmurando "majadero..., majadero...", al tiempo que, ¡asómbrate!, pude ver cómo debajo de esas gafas oscuras que no se quita jamás, aparecían dos minúsculas lágrimas, mil veces más apasionantes que las que pudiera derramar, qué sé yo, Orson Welles, por ejemplo.
"(Al pasar por mi lado, me dirigió su oculta mirada, me pasó su mano por el pelo igual que lo haría el más emotivo de los padres, y me susurró muy deprisa y muy instantáneo: "Ti prego, seamos serios. Nada de lágrimas. La energía es demasiado valiosa. No me descubras.", de modo que no sé porqué te lo cuento. Supongo que me traicionarás, pero tus gafas me recuerdan su presencia.)
"Estuvo más de dos semanas sin aparecer por el estudio; y si eso es económicamente grave en cualquier rodaje, no puedes imaginarte lo que supone en esta clase de industria. Pues bien, cuando volvió, se rascó el talonario como no tienes idea, para zanjar cualquier desastre financiero; medio mató al semental, sustituyéndolo por un ariete menos tremendo, pero más engrasado de válvula; y continuó su trabajo como si nada.
"Aquel año, la Academia Paralela, y todo eso; ya sabes.
"Un gran tipo, Antón Cav."
Esto me contaba una actriz porno, y como muy bien predijo, yo la he traicionado.


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BIOGRAFÍA SUFICIENTE DE UN ARTISTA


No había hecho más que enamorarse, y ya estaban decidiendo que no era tiempo aún. Sucedió cuando contaba unos cuatro años de edad. De manera que lo separaron de la niña y lo condujeron al patio de los varones. Tras una serie de vicisitudes incoherentes, fue centro de escarnio a causa de su cristalidad, y en más de una ocasión se vio envuelto en sudorosas vergüenzas por incapacitado para la superficie. No obstante, su género era más fuerte de lo que parecía, y consiguió sumarse al vocerío con gran arte y discernimiento.
Ya por entonces comenzó a sensibilizarse ante algún maullido al margen de la órbita, o al percibir un hálito de gloria en ciertos invertebrales personajes, que, no sabía muy bien porqué, todo el mundo trataba de ocultarle. Al parecer, si bien era reconocida la impregnación como una corona suprema, la poderosísima exigencia de lo práctico no veía con buenos ojos el peligro de determinadas conductas, por otra parte tan lógicas según el cínico criterio envolvente. Ni pensar en conciliar cielo e infierno. Te condenaban a muerte en cualquiera de los dos lugares.
Pasó el tiempo, y cada vez se fue afianzando más en sus troceos de la conciencia, hasta desbordarse por todo el círculo del extraño vaso, y penetrar en la mala manera con que recibe el cerebro al impaciente. A partir de ahí la vida se hace doble y el misterio afila las líneas paralelas.
Pero un día se encontró con la Mandrágora Que Todo Lo Sabe Y No Sabe Nada, y tuvo una caterva de hijos con ella. Nada más convertirse en esposa y ama del Rey, le puso cortinas de humo al palacio, afeitó sus raspaduras con verbos al iridio, limpió todo el polvo que quedaba en la paja, instaló corriente eléctrica en los amasijos, perfumó con orden alfabético la 'e' de los eructos, le besó el pellejo y no cesó de llamarle "Excelsísimo Señor". A cambio sólo le exigía renunciar al confinamiento, esto es, entrar en la Historia bien lavado. Menuda minucia.
La hechicera se sintió muy segura. Tenía tal cantidad de prestidigitaciones que no podía imaginar a nadie desenmascarando sus supercherías, que además estaban bendecidas por innumerables iglesias en nada diferentes a las teológicas. Sin embargo, nuestro ejemplo, convertido en Gran Borrador, hizo añicos la seda y el afeminamiento de mala calidad, y después de follarse brutal y felizmente a la empaladora, la mandó al cuerno de donde nunca tendría que haber salido.
Nunca más se embebió de salvamentos.


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TIEMPO GLORIOSO


Había un sótano donde se practicaba el andergraun. Se ponían velas y bombillas a pelo por aquello del desastre, y se bebía de todo lo extremo para ver los ladrillos crudos de las paredes en color compromiso. También se tragaba alucinógeno a pasos agigantados, aunque la anfetamina parecía ganar la disputa, y nunca faltarían unos bongos y una guitarra ritmando toda subversión en las sombras. Siempre surgía una primera sin jersey que demostraba lo pechos que eran sus ideas libertarias, ante la mentirosa indiferencia de los adormilados con o sin barba. De vez en cuando susurraba lo 'pink floid' o lo más dantesco o lo mejor emocionado en el tocadiscos con bajorrelieves de antiguas y abundantes vomitonas, y los cuerpos eran iguales a humillos de incienso que presentaban caderas como principio de interminable ondulación en balada dulcísima. Los rincones servían, por la propia naturaleza de las cosas, para fusiones de mucho sobo y grande confraternización, preludio de besos como guerras y penetraciones hasta el alma. Cuando tocaba hablar, se resaltaba la corrupción de la primavera, y la prisión de los últimos, y filmes que se rodaron en países secretos donde los libros de Henry Miller podían adquirirse en las librerías, y el proyecto de sabotaje por parte del más hierático (al que amaban todas nuestras chicas malditasea), y Allen Ginsberg nos visitaba en alfombra voladora con sonrisa de padrazo, aullándonos como debe ser hasta que se nos pasaba el efecto. Algunos, los menos, se quedaban dormidos y se lo perdían todo, pero luego fueron quienes más y mejor vivieron, o eso decían. No faltó quien, asolado por su propia lucidez, hizo una mueca grisácea, llamó despacito por teléfono, y muy conscientemente se suicidó.


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SATORI


Se levantaba por la mañana temprano, después de un sueño que no puede explicarse muy bien, y se dirigía al lavabo. Era muy gordo, como es costumbre esculpir a los budas en occidente, por lo que las noches le resultaban harto sudorosas e interminables. Al mirarse en el espejo sacaba la lengua y comprobaba el estado de suciedad de la misma, símbolo inequívoco de que el estómago iba haciéndose arenisca, se oprimía las ojeras, ensayaba la sonrisa de ese día, se cepillaba los dientecillos y terminaba con el consabido afeitado de cráneo. Contra lo que pueda creerse, el desayuno era copioso y nada vegetariano: un vaso de chocolate caliente para abrir boca, tres huevos con abundante azúcar, dos lechoncillos, varios plátanos, medio jamón de búfalo asado, cinco o seis hígados de cordero y cerca de medio litro de leche de mujer. Claro que hay que tener en cuenta que el resto del día no le era permitido comer nada, en parte por el mal efecto que causaría la idea de un buda interrumpiendo su quietud para entregarse a la ilusión, en parte por el hecho de ser de piedra. Ya comido y bebido, se dirigía a la hornacina del cuarto de estar, donde después de trepar trabajosamente, se sentaba en la forma usual, piernas cruzadas, apoyando ambos empeines en los muslos, espalda bien erguida, brazos doblados en perfectos ángulos rectos, con el dorso de las falanges de cada mano enfrentado y tocándose, juntas las puntas de los pulgares sin formar montaña ni sima, respiración completa y principalmente ventral, concentrándose sobretodo en la espiración... Así se pasaba el día, y después de tanto tiempo haciendo siempre lo mismo, llegó un momento en que la capa de barniz se resquebrajó y empezó a salírsele la espesa arcilla de su barriga por las grietas, de modo que se veía grotesco y monstruoso, y su humor cada vez se hizo más sombrío. Harto ya de repetir la monserga de dormir mal, procurando que los humanos no le echasen en falta durante la noche, cuando la hornacina permanecía vacía y gastando incienso en balde, y despertarse antes que nadie para cumplir con su misión de imagen venerada, continuamente inmóvil, hasta el punto de tener la columna mineral con las vertébras amenazando ruina y, a pesar de ello, disimulando el terrible dolor con la más estática mueca que pudiera esculpirse, se decidió un día a intentar iluminar de verdad a quien de vez en cuando le sacaba brillo a la calva. De modo que habló su espíritu y se metió en la conciencia de aquel que creía su devoto.
Por eso lo he echado a la calle. Aquí tenía pan y cobijo, pero un pacto es un pacto. Él adornaba mi casa a cambio de un techo, siempre y cuando no se metiera en mis asuntos. Así se lo dije el día que vino en un paquete certificado desde la Universidad de California, porque a pesar de su aspecto de estatua nunca debe uno fiarse de los mitos. Son maya. Ilusión. Peor para él.


*****

 

RAÍCES


La noche del camaleón no era una noche como la de los demás inculpados. El camaleón se sentaba en equilibrio sobre un taburete apoyado en la esquina más color sepia de tabernas que sólo pueden existir en los sueños con aire de pesadilla. Desde su posición, admiraba el conjunto entornando los ojos, y se volvía amarillo, amarillo, amarillo... A veces, lagrimeaba un poco y hubiérase dicho que se encontraba como triste. Resultaba acurrucado y prácticamente estático, si no fuera porque de eternidad en eternidad se pimplaba un vaso de alcohol oscuro que era reemplazado casi de inmediato por otro lleno. Los taberneros del mundo del delirio conocen bien su oficio y las tendencias de los clientes según su jeta.
Los espacios donde el camaleón se hacía visible solían estar adornados con carteles de toros entre marrones y momificados que tapaban desconchones con olor a meados y ladrillos desnudos repletos de minúsculas historias para niños aburridos. En el conjunto, eran legión las rayaduras en cualquier objeto que pudiera verse o adivinarse: mesas, asientos, barra, paredes, techo, vasos, espejos, tabernero, clientes y cucarachas. Incluso el humo del tabaco, único componente del aire en esos interiores, parecía querer estar arañado y, además, disfrutar con ello. En tales lugares, es raro ver entrar a nadie con la dentadura completa.
En general, la vida del camaleón era así, salvo en alguna ocasión en que se despertaba durante el día para echar un bocado; aunque de forma muy esporádica, el camaleón también tenía que comer. Lo cierto es que sus movimientos se reducían a lo justito y, a veces, ni eso. Cuando iba desde su nido a los antros, lo hacía a una velocidad inapreciable, confundiéndose con las arquitecturas. Y al volver, lo mismo; hacía funcionar sus músculos al compás del silencio. Por eso jamás consiguió detenerle la policía. Aunque la gran pregunta es qué podía tener la policía contra él, si nunca dispuso de la capacidad de movimiento suficiente como para cometer un delito. Quizás algún día un escritor desvele ese misterio.
Pero aquella noche no fue como las demás.
Es bien sabido que, desde la catástrofe planetaria a causa de la fuga de energías malvadas, ningún insecto había vuelto a caer jamás en ningún líquido. Los científicos, sin tener ni idea, elaboraron una hipótesis que, como siempre, sólo buscaba salvarles las espaldas en su calidad de sabiondos:  "una mutación (¡cómo no!) inter-especies había desarrollado en los insectos un rechazo insalvable hacia la humedad". ¿Y por qué ningún "ignorante profano" les advirtió de que, a pesar de semejante disparate, aún existían insectos acuáticos? Ése es otro misterio para poner en manos de otro escritor. El caso es que era cierto que, aparte de los insectos acuáticos, ningún otro insecto había vuelto a caer en un líquido.
Aquella noche el camaleón estaba triste, muy triste; y esta vez era de verdad, y sin lágrimas. Durante el trayecto inmenso en que ocupaba su tiempo de oscuridades, sucedió algo asombroso. Una de las infinitas moscas que compartían atmósfera solidificada con el resto de bichos allí presentes dio en caer en el vaso del camaleón, mientras éste esperaba uno de esos momentos mágicos en que le daba por beber. Tal y como sucedieron las cosas, es dificil entender la simultaneidad de las acciones y demás. Él contempló el suceso desde la rendija de sus ojos. Su cerebro adquirió una condición superior a la estupefacción. Los músculos se convirtieron en un objeto extraño, tenso y elástico a la vez. La sangre inundó su cabeza. Un resorte hizo que se le abriera la boca como un cepo. Otro resorte disparó, desenrollándola, la lengua; una lengua enorme, kilométrica, que el camaleón nunca sospechó poseer. Con la punta, embadurnó literalmente de pegamento a la mosca que pataleba desesperada en la bebida. El mismo resorte que había desenrollado la lengua volvió a enrollarla, con la mosca metida en el interior de aquel extraño muelle. La mosca se deslizó hacia el estómago del camaleón y él notó que así ocurría. Y todo esto de un solo golpe; no paso a paso, que es la única forma de contarlo.
Después del increíble momento, el camaleón perdió la noción de las cosas durante un buen rato. Al recobrarse, le sacudió primero un asfixiante sentimiento de culpa y luego una tristeza infinita. Y es que él, a pesar de odiar a los suyos, sentía un enorme aprecio por la vida de los animales. Saber que había sido capaz de comerse una mosca no le producía ninguna repugnancia, pero sí un amargo remordimiento por haberle arrebatado la vida a un ser inocente. Poco le importó ser detenido poco después, tras el aviso del tabernero al Departamento de Interés Científico, cosa inevitable ante un hecho de tal magnitud, por mucho que, tanto el tabernero como el resto de clientes, no fueran muy amigos de comunicarse con la autoridades. Llegaron en seguida unos tipos vestidos con plásticos blancos y se llevaron al camaleón, a quien le daba igual lo que pudieran hacer con él a partir de ese momento.
La noticia recorrió el mundo. Los científicos dijeron que "debido a un restablecimiento en la humedad atmosférica, la capacidad de resistencia de los insectos se está invirtiendo y sus mutaciones empiezan a recular". Con respecto al camaleón, "parecía ser que, durante el proceso evolutivo de los seres inteligentes, algún antepasado de este individuo se emparentó con especies extinguidas que se alimentaban de insectos". Y se quedaron tan anchos.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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