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Viernes, 23 de octubre de 2020

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Un buen hombre (Palabras diversas, 2011)

Este relato apareció publicado por vez primera en el nº 28 de la revista Palabras diversas (Marzo‒Abril 2011) en la sección La prosa que no cesa

 

Puede que esté mal que yo lo diga, pero me considero un buen hombre.

El mundo está lleno de auténticos criminales que se pasean por ahí como si nada y yo, en mi vida, he hecho algo tan grave como para que me comparen con semejante chusma. Desde luego que he cometido alguna que otra pillería, pero nada más. Cosas pequeñas; sin importancia. Alguna vez me he ido sin pagar de algún sitio; también he cometido hurtos sin importancia, no voy a negarlo; pero nunca, nunca jamás he llegado a tanto como para que se me tenga de verdad en cuenta. Jamás, puedo jurarlo, me he pegado con nadie. Creo que ni siquiera he llegado a provocar una pelea; aunque motivos no me han faltado. Y no hablemos de algo más grave, como el darle una paliza a alguien, hombre, mujer o niño, o intentar un asesinato. Nada de eso se me ha pasado por la cabeza en toda mi vida, lo juro.

Quizá se me pueda decir que hay mucha gente como yo, que todo esto no me hace excepcional ni mejor persona. Debo decir que estoy totalmente de acuerdo: hay muchísimas buenas personas como yo que siempre se han mantenido fieles a sus principios y jamás han abusado de su poder o influencia. Estoy totalmente de acuerdo, faltaría más. Yo no soy mejor que todos ellos, desde luego. Pero ellos tampoco son mejores que yo: somos iguales, como hermanos. Somos buena gente. Nada más ni nada menos. No me creo el mejor en nada. Sólo digo, y lo repito, que me considero un buen hombre.

He trabajado durante toda mi vida a destajo y nunca me he quejado amargamente de mi suerte, que ha sido más mala que buena.

Trabajé desde pequeño, cuando tuve edad para ello, en el negocio de mi padre, que regentaba un bar, y a su muerte yo seguí con el local. Lo aprendí todo de él: la manera de tratar a la clientela, con solicitud pero sin resultar servil y con una sonrisa en la boca aunque por dentro estuviese francamente jodido: en una palabra, manteniendo siempre las formas y con educación, sin excesivas confianzas; la manera de tirar una cerveza, con lo justo de espuma; la manera de tomar nota mentalmente de todos los pedidos; la manera de llevar la caja con minuciosidad. Lo aprendí todo. Yo veneraba a mi padre: le creía el mejor. Él también era un buen hombre. Más que eso: era un auténtico santo. Y yo lo aprendí todo de él. Intenté llevar siempre el bar de la misma forma que él lo hacía para no perder a todos los parroquianos habituales que tenían adquiridas sus costumbres fijas y no apreciaban los cambios: hay quien toma el café bien cargado y hay quien lo prefiere como si fuera aguachirri; hay quien toma la clara de cerveza con gaseosa y quien sólo lo hace con limón. Toda esa gente confiaba en mi padre y luego depositaron sin reservas esa misma confianza en mí. Los sábados a la hora del aperitivo y los domingos después de misa llenábamos el local. No escatimábamos en esfuerzos ni en aceitunas, el acompañamiento favorito de la gente. Sudábamos la gota gorda, pero nos sentíamos felices. Era nuestra segunda casa.

Y eso mismo he seguido haciendo durante casi cuarenta años. Yo creo que si la gente sigue viniendo al bar, será por algo. Me conozco a casi todos los clientes por su nombre, sé lo que toman en cada momento y cómo les gusta que se lo pongan: es mi oficio. Yo les aprecio y ellos me quieren. Soy su camarero. Y me siento orgulloso de serlo.

Por eso creo que no se me puede echar nada en cara. Cumplo con mi obligación sin que nadie tenga que decirme lo que hacer: sé cuál es mi deber y nunca lo he olvidado. Jamás me he escondido ni me he escabullido como si fuera un fugitivo o un criminal.  (...)

 

Texto íntegro en nº 28 revista Palabras diversas  

Género al que pertenece la obra: Narrativa,Literatura digital
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