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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 23 de octubre de 2020

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Melómano (2013)

Ilustración: Daniel Rodríguez

Este relato y la ilustración que lo acompaña, obra del dibujante Daniel Rodríguez, resultaron finalistas del V Premio Opticks Magazine de Relato Ilustrado, convocado en 2013 por dicha revista.

 

¿Pueden decirme sinceramente si esto no les ha ocurrido alguna vez, o si no supieron en algún momento de sus vidas de un familiar, de un amigo, de un conocido al que le hubiese sucedido? Yo les voy contando poco a poco, sin prisa, y ustedes me dicen después, cuando oigan todo; cuando sepan los detalles y calibren las consecuencias; cuando sopesen y repasen hechos, rellenen los huecos que puedan faltar y establezcan los parecidos, si es que los hay, si honestamente quieren reconocerlos y no engañarse una vez más.

Así que nunca se han sentido transportados por la música, embebidos de su magia y su poder; desarmados y entregados, embriagados, casi locos, sin remedio ni reparos. Yo he sufrido a menudo estos trances inevitables y traicioneros, porque no avisan y después queda únicamente la sensación inaprensible de haber sido testigo de un acontecimiento para el que no encontraremos las palabras adecuadas o definitivas, ni tampoco conseguiremos la evocación perfecta, ni siquiera un recuerdo sonoro parecido que poder silbar mientras caminamos como sonámbulos por la calle. Son momentos irrepetibles, en los que la mayoría de las veces no podemos calibrar las pérdidas que tendremos al terminar la música, el vacío que quedará con el cese del sonido: ese silencio tan absoluto que paradójicamente forma parte indisoluble de la propia composición musical.

He asistido a cientos de conciertos: conciertos de todo tipo: cuando la música funciona, cuando existen músicos de verdad, el estilo o el tipo son indiferentes y pierden peso en la valoración final; y me he sentido igual de cómodo en pequeñas salas de cámara, auditorios para orquesta sinfónica o estadios a punto de reventar con miles de personas coreando estribillos pegadizos. También he sido asiduo de multitud de garitos de mala muerte escondidos en los rincones más insólitos de la ciudad, donde solistas, dúos, tríos, cuartetos, quintetos o big bands de jazz, los perseguidores de la buena música, de la nota exacta y la unión perfecta, han hecho las delicias de los pocos iniciados que allí nos dábamos cita, mirándonos cómplices en la puerta al pagar la entrada, como si sólo nosotros conociésemos el santo y seña, como si sólo nosotros, entusiasmados por la coincidencia aunque ignorantes del motivo, hubiésemos sido por una noche los elegidos.

En uno de estos locales me encontraba cuando aquello sucedió. ¿De verdad que nunca les ha ocurrido? El humo del tabaco y los vapores del alcohol rondaban en el ambiente con la consistencia de algo sólido, y la música era la soñada: público y músicos lo sabían; de algún modo extraño pero incontestable todos lo sabíamos: batería y bajo marcaban el ritmo de forma magistral, las armonías del piano venían de otro mundo, y la melodía del saxo tenor flotaba por encima de todo, sobrevolando todas las miserias, las propias y las ajenas. Nada faltaba. Pero sí había algo que sobraba: aquellas dos personas hablando: insufribles, insoportables y de más, una pareja charlaba, y el ruido de sus palabras abortaba cualquier comunión trascendente. Y lo peor de todo es que yo les tenía a mi lado: mi mala suerte nunca se tomó unas vacaciones. Aguanté todo lo que pude, más de lo humanamente posible, hasta que estallé y en un instante que recordaré siempre les insulté y dije lo que pensaba de ellos, que allí sobraban, que no eran nadie, que mejor se fueran y dejaran de molestar, que era lo único que estaban haciendo con su cháchara mezquina y repetitiva. El hombre se encendió por mis palabras, y la virilidad y el orgullo reclamaban compensación, se veía en los ojos a pesar de la escasa iluminación de la sala; pero la mujer, aparentemente más cabal, o puede que sólo más astuta, cogió a su pareja de la mano y le arrastró a regañadientes fuera del lugar. Todos nos sentimos liberados, un peso desapareció y los ánimos se tranquilizaron; hasta yo mismo, incauto y confiado, me olvidé del suceso durante los minutos que siguieron, brindando por el triunfo de la música con amigos imaginarios, todos los que allí quedaban.

Sin embargo, a la salida, allí me esperaba la pareja vengativa, y en la mano del hombre no estaba esta vez la mano de la mujer que le frenara antes, sino una navaja que ni siquiera vi cómo se acercaba a toda velocidad a mi cuerpo y se hundía en mis carnes indefensas. Nadie gritó pidiendo ayuda, ni acudieron en mi auxilio. Caí solo y malherido, vencido y defraudado. Esta es mi historia.

¿Entonces esto no les ha ocurrido alguna vez? Es posible que no, que jamás hayan sufrido de tal manera la impotencia y la humillación, y sentido cómo la vida se iba escapando de entre sus manos sudorosas agarrotadas por el miedo y la vergüenza. Es posible que no, porque en caso contrario tendrían este recuerdo doloroso enquistado en el cerebro y una larga, aparatosa cicatriz cruzándoles el flácido vientre. Es más que posible que esto no les haya ocurrido jamás: por eso siguen vivos.

Género al que pertenece la obra: Narrativa,Literatura digital
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