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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 23 de octubre de 2020

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Cien veces (Registro, 2014)

Este cuento aparece por primera vez en el número 39 (mayo 2014) de la revista mexicana Registro

Dicho número tiene como temática el Castigo

 

Ni siquiera entre todos pudieron acertar con la suma, el número exacto de veces que Quiroga había sido castigado por la señorita Dolores a lo largo del curso; y es que iban siendo muchas, quizá demasiadas, y todavía, era bien seguro, tan seguro que en el recreo ya no se hacían apuestas ni ilusiones, quedaban más: por el capricho de la profesora, que inesperadamente pareció haberle cogido manía al tarado de Quiroga, con su cara de pillo y su cuerpo más desarrollado que el resto de sus condiscípulos, lo que le daba un aire a la vez desgarbado y fiero, pero sobre todo por la insistencia insensata de Quiroga, siempre con sus bromas de mal gusto, sus impertinencias, sus deberes sin hacer, o las raras, inusuales ocasiones en que estaban hechos, todos llenos de tachones, faltas de ortografía, frases incomprensibles o respuestas delirantes, de loco o de provocador impenitente.

Aquel día volvió a suceder lo mismo de siempre. La señorita Dolores, tan estirada ella, tan elegante y severa que daba miedo pero también hipnotizaba con su vertiginosa altura de tacones sobre un trapecio y su experta mirada acusadora enmarcada por la inquisitorial negrura circular del lápiz de ojos; la señorita Dolores explicando la lección, que cada día era diferente pero que siempre sonaba igual por el tedio de la repetición y el aburrimiento de la fría, gélida abstracción: los senos, los cosenos, las tangentes y toda la artillería trigonométrica aplicada a la geometría y la topografía castigando las defensas ya rendidas de los alumnos que tenían la mente puesta, ocupada en otra parte, cerca de la diversión del fin de semana, próxima a los cuerpos tersos de las archiconocidas chicas del colegio de monjas que a la salida, después del timbre que tocaba a rebato, se convertían en otras sin necesidad de mudar sus uniformes, tan sólo con dos o tres pases mágicos que consistían en dejar caer lánguidamente los calcetines que antes amenazaban roturas de tan estirados, en subir un poco el talle de la falda para permitir que muslos y rodillas brillaran al sol, en desabrochar calculadamente los primeros botones de las inmaculadas camisas almidonadas y deshacerse con violencia de los jerséis de recatada lana fina.

Así que aquel día volvió a suceder lo mismo de siempre: la señorita Dolores explicando y ellos pasándose de punta a punta notas subidas de tono, especulando con el lugar y el momento, con el comienzo y la finalización de la locura y la pasión, imaginando escenas que sólo en una tercera parte de los casos serían verdad y colmarían las pretensiones de sus dueños. Lo mismo de todos los viernes hasta que la nota, que ya era extensa y comprometedora, alcanzó la mesa de Quiroga.

Fue entonces que el chico tuvo que hacerlo, cumplir con su papel de bufón, sobresalir del resto a través del disparate y la exageración: la distinción del suicida. Sin disimulo, volviéndose para que toda la clase le prestase más atención de la que ya gozaba por ser el depositario de la nota que les unía en la confabulación vergonzosa y las hipótesis calenturientas, Quiroga extrajo del bolsillo de su pantalón un preservativo, que mostró a todos con el regocijo del triunfo, ignorando, o lo que es peor, despreciando por completo la presencia de la señorita Dolores o las consecuencias de su estéril bravuconada. Los chicos rieron la gracia del compañero más por costumbre, por afinidad o por espíritu correligionario que por verdadera diversión o simpatía. La señorita Dolores puso fin a la algarabía general con un sonoro y seco, incontestable golpe de regla en el tablero de la robusta mesa del profesor.

Cien veces "No volveré a comportarme de manera impúdica ante mis compañeros y mi profesora". La señorita Dolores eligió una frase extensa adrede, porque presumía que Quiroga no tendría tiempo de terminar antes de que sonara la ridícula fanfarria que ponía punto y final a la jornada lectiva y tendría que quedarse a terminar el castigo en el aula, a solas con ella, congestionado por el esfuerzo y rabioso porque sabía que iba a perderse la salida de las chicas, la metamorfosis de los cuerpos y el inicio del fin de semana, con sus proyectos, sus instintos y sus fracasos, también con alguna que otra pírrica victoria.

Los chicos bajaron la vista y siguieron con su tarea mientras la señorita Dolores paseaba su figura draconiana entre los pupitres, blandiendo la regla como espada de Damocles y sonriendo para sus adentros, dejando traslucir un sadismo y una crueldad que la hacían crecer aún más sobre las plataformas que dirigían sus pasos marciales. Nadie daba un duro por Quiroga, el muy idiota.

Sin embargo, en un alarde de concentración, de energía, de precisión y buen hacer, Quiroga puso manos a la obra y consiguió terminar el castigo a tiempo: la bocina sonó en el momento justo que el chico entregaba a su profesora, que contuvo el enojo como buenamente pudo, disimuló el disgusto y aceptó la derrota, la hoja perfecta y ordenadamente rellena con la misma frase repetida las veces impuestas con una caligrafía de exposición. La profesora recogió la hoja sin decir nada; no valía la pena ironizar, menos protestar: a pesar de todo y por esta vez, Quiroga salía ganador.

El chico abandonó el aula al mismo tiempo que sus compañeros, y todos juntos acudieron en busca de las chicas del colegio de monjas, a esa cita sin concertar que aceleraba los corazones adolescentes y daba sentido a la existencia común, al menos durante el breve espacio de tiempo de dos noches que no traerían consigo madrugadas ni redondos bostezos. La profesora guardó sus escasas pertenencias en el ajado maletín que llevaba con ella más años de los que pudiera recordar, también agarró la hoja con el castigo, y vio por la ventana cómo sus alumnos, entre empujones y risotadas, celebraban la derrota de su profesora, su miseria, su abandono y su soledad, aunque realmente sólo estuviesen aplaudiendo la anécdota que repetirían hasta la saciedad toda la tarde y toda la noche, quizá incluso toda la semana, adornándola con el maquillaje de la exageración y el perfume del peligro. La señorita Dolores esperó que desaparecieran de su campo visual, apagó la luz de la clase, cerró con llave, se despidió de los pocos colegas que todavía quedaban en el edificio y se marchó en silencio.

Ya en su casa, por la noche y a solas, cuando todos en la ciudad estarían compartiendo alegrías y confidencias, la señorita Dolores, completamente desnuda, con varios vasos de ginebra entre pecho y espalda, la hoja con las cien veces pulcramente escritas en una mano y la otra bien libre, acariciando su cuerpo arrugado y envejecido, pensaba en la rabia de su alumno, en su cara roja de furia y de deseo mientras completaba el castigo; y también pensaba en el cuerpo joven de Quiroga, en sus infinitas ganas y en sus manos inexpertas, en todo lo que habría que enseñarle para poder conseguir esto que ella, sin ayuda de nadie, estaba consiguiendo en aquellos momentos. El espasmo duró unos segundos y permaneció imborrable otros tantos, embotando todos sus sentidos. La señorita Dolores apenas pudo notar cómo unas lágrimas resbalaban por su cara desbaratando el riguroso lápiz de ojos y convirtiendo su rostro en una máscara de tristeza.

Género al que pertenece la obra: Narrativa,Literatura digital
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