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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 5 de agosto de 2020

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Aquello que fuimos (La fragua del trovador, 2014)

Relato seleccionado en el III Certamen de Relato Breve 2014 Editorial La fragua del trovador

 

Llovía cuando salimos del Amanda Bar, y aquello fue lo mejor que pudo pasarnos, además de lo último que compartiríamos. Por otro lado, ninguno de los dos soportábamos la lluvia, sus incomodidades, los inseguros chapoteos, los charcos como minas ciegas y olvidadas a punto de estallar, las resentidas salpicaduras de los coches, los paraguas ajenos y sus peligros de varillas puntiagudas, las gafas empañadas y la ropa humedecida, casi oliendo a moho, abandono y putrefacción: todo eso era la lluvia que no soportábamos.

Sin embargo, fue lo mejor que pudo pasarnos en aquel momento crucial; precisamente porque, para evitar todas las molestias y los inconvenientes que ya podíamos presentir aun antes de ocurrir gracias a la terrible clarividencia de dolorosas experiencias previas, nos vimos obligados a despedirnos con rapidez, con un gélido y complicado apretón de manos, algo que jamás antes había sucedido y que jamás después volvería a suceder: en silencio nos lo prometimos, cada uno a sí mismo; no tuvimos que consultarlo con el otro. Le paré un taxi, la ayudé a subir, cerré la puerta con sumo cuidado y les vi alejarse para siempre de mi vida.

Minutos antes no llovía, y ambos habíamos acudido con fidelidad y nulas esperanzas a la cita pactada a una hora neutral, ni muy pronto ni muy tarde, permitiéndonos, de ese modo tan adulto y considerado que anticipaba la futura frialdad y el desconsuelo, la amputada, resignada continuación de nuestras respectivas existencias, cada uno por su lado siguiendo una divergente trayectoria sin fin, y en un lugar sobradamente conocido, donde tiempo atrás compartimos confidencias, cálidos abrazos, duros reproches, enfados y subsiguientes reconciliaciones; pero donde nunca antes, por lo que significaba o podría llegar a significar, habíamos asistido a un amago de despedida, como esta que ahora se nos antojaba amarga y definitiva, irrevocable. Ella acudió puntual, yo ya la estaba esperando en la mesa de costumbre, arrimado a la cristalera, mirando sin ver, nervioso y aturdido por mis pensamientos y la decisión, también por los recuerdos de todo aquello que fuimos y que a partir de entonces, a partir de ahora, dejaría de ser y carecería de futuro, hipotecando incluso el pasado, restándole toda la importancia que pudo tener o que nosotros le otorgamos por inocencia, por interés; porque guste o no el envite y la apuesta deben mantenerse hasta el final del juego; porque guste o no retirarse es de cobardes, y así era como yo había decidido comportarme, sin excusas ni perdón, con todo el egoísmo del que la inseguridad y el miedo son capaces.

Ella pidió agua con gas, estaba empezando a cuidarse, y yo no supe qué pedir, cualquier cosa, lo que fuera con tal de pasar aquel mal trago. El camarero se alejó, regresó y depositó nuestras consumiciones en la mesa; o eso creo, aunque no podría jurarlo, porque una inconsistencia de sueño surrealista impregnaba el ambiente y ofuscaba mi cerebro enfermizo. Nos miramos fijamente, y pude sentir la compasión dibujada en su rostro: me conocía mejor que yo mismo, y de ahí, de ese conocimiento instintivo e inútil, provenía aquella mirada mezcla de dureza y ternura, el escarmiento que se le da a un niño pequeño. Ella percibía mis temores, sabía de ellos y de la fuerza de su empuje, ese empuje suicida que me obligaba a encarar descarnadamente el asunto, afrontar la separación y decidir por los tres. No dijo nada; esperó a que yo terminara de hablar y fue entonces que tomó las riendas de su nueva vida, la de ella y la del hijo que esperaba, que también era mío pero que en unos segundos, de un modo sutil y tortuoso, dejaría de serlo para pertenecerle en exclusiva a ella.

Me pidió una última cosa: que la acompañara fuera y le pidiera un taxi porque había empezado a llover; yo no me había dado cuenta, como de otras muchas cosas, y allí terminó todo: sin más palabras, con un gélido y complicado apretón de manos, bajo la lluvia que no soportábamos.  

 

Texto íntegro. Incluido en el Cuaderno de Narrativa nº 3 Editorial La fragua del trovador

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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