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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 23 de octubre de 2020

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Sueños (La fragua del trovador, 2015)

Relato seleccionado en el IV Certamen de Relato Breve convocado por la editorial La fragua del trovador

 

Comenzó desanudándose la corbata al compás de la música, con movimientos lentos pero enérgicos, absolutamente medidos y estudiados; esos mismos movimientos que había ensayado, perfeccionado y repetido tantas y tantas veces en espectáculos similares, ante espectadores semejantes, con mínimas diferencias, para qué molestarse en innovar cuando la coreografía resultaba al mismo tiempo inocente y lasciva, completa; esos mismos movimientos que marcaban siempre, inevitablemente, el comienzo de su strip-tease: aquel contoneo prometedor que desataba el ruido y la lujuria sin llegar jamás a cristalizar en nada, tan sólo el aumento consecutivo de la velocidad de la sangre y de la fantasía masculinas; sobre todo las del futuro marido que pasaba su última noche de soltero disfrutando del baile y la juventud inaccesible de la chica. Mónica tenía sus trucos, sus manejos provocativos, y sabía obrar milagros: convertir el aburrimiento y la presión del día de mañana en alegres recuerdos sin remordimiento, en un anhelo imposible que poder evocar, al modo de las canciones tristes, en los momentos bajos, en las derrotas.

Fue Álex quien le sugirió la prenda, y de paso enseñó a Mónica cómo hacer un buen nudo y la mejor manera, la más rápida, de desbaratarlo para no perder demasiado tiempo con los preámbulos, cuya duración era siempre fija y no debía exceder más de los primeros gritos primitivos de los machitos de turno. Tras aquellas breves y básicas lecciones acerca de nudos simples, dobles, Windsor, medio Windsor y demás combinaciones propias de rudos marineros o aristócratas ociosos, la propia Mónica decidió incorporar la corbata a su número, llevara el traje que llevara: trató de convertirla en su pequeño homenaje a Álex, que siempre estaba a su lado, de su parte, ignorando los celos, tragándose el orgullo; o quizá fuese al revés, para el caso lo mismo daba porque el novio de una striper nunca dejaría de ser el novio de una striper, y siempre tendría para el resto algo de proxeneta, de calzonazos o de matón, aunque nadie se diera cuenta de que aquellos tres atributos eran simultáneamente incompatibles y que Álex sólo era un chico como otro cualquiera ligado a una chica como otra cualquiera buscando ambos un hueco común y privado en un mundo demasiado estrecho, asfixiante.

Aquella noche no fue distinta de tantas otras: su novio la condujo a un lujoso chalet en las afueras de Capital, la acompañó hasta la puerta para que el grupo de hombres que la hubiera contratado comprobara que no estaba sola y que otros sabían dónde estaba Mónica y lo que allí se hacía, que únicamente era un baile y un desnudo integral, pero que podría complicar las cosas si trascendiera, y luego esperó en el coche a que finalizara todo eso de lo que jamás hablaban, aunque supusiera una muy pingüe fuente de ingresos, realmente la única porque los trabajos temporales de Álex sólo podían llamarse de ese modo echándole imaginación al asunto.

Mónica hizo lo de costumbre, lo que mejor sabía hacer y, paradójicamente, como si fuera motivo de bochorno o de vergüenza, deseaba dejar de hacer. Después de la corbata, la camisa y la falda, cayó lenta la ropa interior, que fue a dar en el rostro congestionado por el calor y el autocontrol del homenajeado. Pero Mónica, a pesar de la precisión, las sonrisas y los jaleos, estaba más allá del baile, completamente fuera de la órbita de la realidad: el lujo del chalet, la despreocupación de los invitados, sus risas golosas y opulentas, además de la sensación incontestable de sentirse un trapo una vez dejara de moverse, la deprimieron. Sólo el movimiento de su cuerpo frenaba la tristeza. Ella y Álex nunca podrían tener nada de todo aquello: sólo les quedaban los sueños que se contaban a media voz en la frágil oscuridad de su pequeñísimo dormitorio.

Cuando cesó la música, abandonó el lugar y entró en el coche, seguía siendo la Mónica de siempre, vestida con su ropa de calle; pero no quiso que su chico notara de ninguna manera su abatimiento y su dolor: no lo merecía. Arranca, le dijo; y encendió dos cigarrillos con la misma llama, que durante unos segundos iluminó sus rostros en la profundidad irreversible de la noche sin límites.

 

Texto íntegro. Incluido en el Cuaderno de Narrativa nº 4 "Palabras contadas"

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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