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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 23 de octubre de 2020

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Segunda persona (Mordistritus, 2015)

Este cuento breve aparece publicado en la página Web del Fanzine Mordistritus (2015)

 

 

Oyes un sonido y despiertas. Abres los ojos y no ves nada, sólo oscuridad: estás muerto.

No, no lo estás. Has creído estar muerto, nada más; aunque no es poco. Quizá lo soñaste, quién sabe. Cuando has abierto los ojos y visto tan sólo esta negrura tan profunda y persistente, te has asustado.

Sigues oyendo el sonido, aun despierto: no ha cesado con tu vigilia. Te cuesta darle nombre porque al principio creíste que formaba parte del sueño, pero no es así: suena el teléfono. Ahora todo encaja. Sin embargo, no te tranquilizas: la explicación, completa e inexpugnable, no resulta suficiente. Cuándo lo han sido, suficientes, te preguntas de pasada, con cinismo. Parece que sonríes por tu ocurrencia.

Enciendes la luz de la mesilla de noche y compruebas la hora: madrugada. Maldices y reniegas, pero sabes que no puedes negar la evidencia del reclamo: responderás. Demoras un poco lo inevitable, por si fuera posible escapar de algún modo, engañar sutilmente al diablo: te incorporas despacio, estirando los brazos y flexionando las piernas; remoloneas infantilmente con las zapatillas, confundiendo adrede y divertido derecha con izquierda; restriegas los ojos hasta enrojecerlos y bostezas a placer, descoyuntando la mandíbula. Lo consigues, o permiten por caridad que lo consigas: el teléfono ha dejado de sonar. Pero también sabes que volverá a hacerlo, como también sabes quién llama y para qué: te buscan.

Aciertas, sabes que no tiene mérito porque era previsible teniendo en cuenta la fecha exacta. Son necesarios nada más que un par de minutos para que el sonido ajeno que se coló de incógnito en tu pesadilla reaparezca, estridente, familiar y molesto. Como ya estás prevenido y preparado, contestas rápido; no te haces de rogar más.

Te informan con exactitud, escuchas con atención y no te sorprendes, finges: hoy era el día señalado: hoy tenía que ocurrir la muerte anunciada.

Ahora no es momento de lamentarse ni hacerse preguntas estúpidas, sólo queda acudir y cumplir con el cometido asignado, que no es mucho, que tampoco has ensayado, y para el que intuyes el fracaso y presumes el ridículo, que por un motivo inexplicable temes más. Los demás ya están en la casa y faltas tú. Apuestas que te han dejado a sabiendas para el final, por nada en especial, por muchos motivos: no te ofende, aunque es cierto que podrías estarlo. Pero como has dicho antes, no es momento de lamentarse.

Llegas a la casa tan rápido como te ha sido posible: es lo primero que dices cuando te abren la puerta y franquean el paso. Suena a débil excusa. Siempre sucede lo mismo; acabas dando la vuelta a la tortilla para sentirte aún más culpable: en lugar de pedir explicaciones por haber sido relegado al último puesto en la cadena de llamadas, ahora eres tú quien se disculpa por la tardanza, fruto de este mal hacer. No importa. No es el momento. Calculas con precisión y lástima que no habrá otro.

Todos están allí, antes que tú. Te reciben con frialdad, con un silencio apropiado, de velatorio. Muchos te ignoran, la mitad por temor y la otra mitad por puro y simple rencor; el resto parece no haberse dado cuenta de tu llegada. Nadie te dirige la palabra ni busca tu compañía ni tu conversación, ambas incómodas, por su frialdad natural, por inapropiada la primera y estéril la segunda. Cedes y concedes la tregua, claudicas sin lucha: también tú les evitas, y de paso, condescendiente, les evitas el mal trago de preocuparse por ti. Cada cual hace lo que debe sin darse importancia, y tú no vas a ser menos: odias la vulgaridad y el recelo.

Deambulas como un fantasma por el salón, bien iluminado, como para conjurar un peligro que, de ser real, ya ha sucedido; te adentras en la cocina para tomar una copa, hay de todo, no han descuidado ningún detalle; y no dejas de apreciar el cuidado, el mimo y la mala conciencia con que todo ha sido dispuesto: el muerto dio instrucciones precisas y nadie ha osado discutirlas, contradecirlas o maquillarlas. Piensas un segundo en él, en el interfecto: hoy es su noche. Y te das cuenta que tú todavía no has entrado en el dormitorio a presentarle tus respetos. Aceptas el reto.

Te dejan vía libre, no van a impedirte el encuentro con tu destino. Entras solo en la habitación y te acercas a la cama, donde yace el cadáver. Te acercas lo justo para observar con detenimiento su rostro, que es el tuyo. Caes desmayado, inconsciente, y algunos acuden a tu llamado silencioso.

Oyes un sonido y despiertas. Abres los ojos y no ves nada, sólo oscuridad: estás muerto.

No, no lo estás.

Te equivocas: sí que lo estás.

 

 

Relato ilustrado por el dibujante Daniel Rodríguez

Género al que pertenece la obra: Narrativa,Literatura digital
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