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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 30 de octubre de 2020

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La primera mañana del mundo (Telegráfica 4, 2016)

Cuento breve incluido en Telegráfica 4, antología literaria publicada por la Editorial Maclein & Parker

Este número de Telegráfica está dedicado a la Vida salvaje

 

 

Cada año, sin que nadie se tomara la molestia de hacer esa terrible resta, iban quedando menos habitantes en aquel lugar, un terrible páramo inhóspito y desamparado alejado de la mano de dios y de los hombres; pero los pocos que aún resistían, haciendo alarde de una obstinación alocada, de una firmeza sin contemplaciones ni esperanza, conocían de sobra el almacén de Strand: cuatro tablas mal puestas, el porche desangelado, un letrero casi caído y medio borrado, el polvo irrespirable y la penumbra sobrecogedora en su interior, amén de todos los pertrechos necesarios para desafiar aquel desierto y aguantar, sin quererlo verdaderamente, solo por pura y simple supervivencia, una temporada más. El almacén siempre había estado allí, nadie recordaba nada diferente ni guardaba una imagen distinta; aunque pocos rebuscaban en el pozo del pasado o hacían preguntas: a fin de cuentas, aquella era la norma para todo en medio de esa nada.

Strand abastecía a colonos, exploradores, también a los nativos y por supuesto a los ocasionales aventureros que pretendían, desoyendo cualquier consejo, internarse en aquella condenada extensión inabarcable, envenenada y luminosa que quedaba más allá del almacén, convertido así en una ridícula frontera entre el mundo real y el delirio desconocido, ese infierno sugerente y tan temido. Aquel territorio era implacable, sobre todo del almacén de Strand en adelante, y los que permanecían en él tenían buenas razones para hacerlo: cada cual comprendía las del otro, y callaba. De aquellos que se atrevían a cruzar el límite, pocos regresaban; en realidad, ninguno. Todos sucumbían. Nadie los esperaba de vuelta.

Los personajes habituales, esos que se congregaban en el almacén de Strand cada mañana cuando no tenían nada que hacer, y esto ocurría casi siempre (la única ocupación respetada y valiosa consistía en protegerse del sol, sudar lo menos posible, aguantar), hacían apuestas cuando un incauto, después de comprar avituallamiento, municiones, quizá un amuleto indígena, ya obsoleto y sin garantías, abandonaba el refugio del almacén y comenzaba su último viaje, cuyo desenlace es seguro que presentía, pero fatalmente se negaba a admitir. Sin embargo, las apuestas no surgían por maldad, mucho menos por crueldad o sadismo, sino para matar el tiempo, para llenar los espacios vacíos del aburrimiento y no tener que hablar más de la cuenta. Allí las palabras eran pocas, y su significado había alcanzado la precisión, también la claridad, de los símbolos y de las profecías. Las predicciones de Strand nunca fallaban: ninguno alcanzaría ni siquiera la cabaña del viejo Himmel, el único habitante que vivía en medio del desierto; y el único que, llegado el caso, podría haberles prestado un poco de ayuda. Pero jamás llegó el caso, y Strand secretamente se alegraba: apreciaba al viejo Himmel, como todos por la zona, y prefería que nadie le causara molestias, aunque estas fueran de vida o muerte.

El viejo Himmel había aparecido un buen día, hacía ya bastante tiempo, huyendo de cualquier pecado, de algún malentendido; en definitiva, como casi todos por allí, huyendo del pasado. Estableció su residencia en mitad de aquella desolación salvaje emparentada con el infierno y cada tres meses, puntual y sorprendentemente (y la sorpresa principal radicaba en la proeza de esa misma puntualidad tan innegociable como estéril), se dejaba caer por el almacén de Strand, donde todos le esperaban. Recorría de noche el trecho que separaba su cabaña del almacén, y rayando el alba entraba en el local, mientras Strand limpiaba las estanterías y los habituales ya estaban sentados en los bancos, fumando en silencio, aguardando con expectación y mal disimulado nerviosismo el acontecimiento trimestral. (...)

 

Texto íntegro incluido en la antología Telegráfica 4 (Editorial Maclein & Parker, 2016) dedicada a la Vida salvaje

En el archivo PDF, está disponible el prólogo de dicha antología

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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