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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 23 de octubre de 2020

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Cambio de planes (La fragua del trovador, 2016)

Relato seleccionado en el VII Certamen de Relato Breve de la Editorial La fragua del trovador

 

Dijo que esta vez no fallaría, y no fue fácil creerla porque llevaba varias rondas sin acertar la carambola, desperdiciando oportunidades excelentes y desbaratando las jugadas francas que Toni, como buen compañero y jugador que era, le iba ofreciendo en sus respectivos turnos; pero también estaba empezando a quererla, o algo por el estilo -tampoco él se tenía por un experto en el análisis o la descripción precisa de las emociones, ni siquiera las suyas, sobre todo las suyas-, así que confió fatalmente en Sandra y esperó acontecimientos. Como era previsible, la chica volvió a fallar, para fastidio del muchacho y regocijo de sus dos amigos, rivales en esta partida, que miraban a Sandra con una mezcla mal disimulada de desprecio y de burla que estaba empezando a cabrear de verdad a Toni, aunque en el fondo sabía que se lo había buscado él solito: de algún modo inconsciente pero definitivo, el chico había relegado a sus dos amigos, y ahora ellos querían cobrarse con creces aquella deuda infantil.

El local de los billares se había convertido poco a poco en una especie de santuario para los tres: allí habían iniciado su amistad, compartido confidencias irrepetibles y puesto a prueba su valía delante de los otros; allí se habían prometido muchas cosas y hecho planes suculentos, que ahora se veían amenazados por el oscuro peligro de la injerencia, de los caprichosos favoritismos. Desde que Toni llevó consigo a Sandra, las cosas cambiaron. Sus amigos no vieron con buenos ojos la presencia de la chica, porque no jugaba bien, porque hablaba demasiado y acaparaba a su amigo; además de no fumar ni beber cerveza, con lo que la división del dinero de las cuentas siempre terminaba siendo desfavorable para ellos, que no protestaban pero maldecían para sus adentros. Quisieron decirle algo a Toni, pero optaron por el silencio y un lento, ponzoñoso desarrollo del rencor. De ese modo, ellos tres, los mismos que se tenían por insobornables camaradas, fueron abandonando el territorio franco del aprecio mutuo para adentrarse sin remedio, sin retorno, en el terreno pantanoso del recelo y la venenosa animadversión.

Sandra no le daba ninguna importancia (al menos la importancia que los muchachos hubieran querido o inútilmente pretendían) a aquellas partidas, ni a lo que de verdad estaba en juego cuando cada uno de ellos agarraba el taco con una seriedad exagerada, pulía la punta con el dado de tiza azul, calculaba el tiro y golpeaba furiosamente con un ruido seco. Toni era el mejor, siempre lo había sido; los errores de su recién estrenada novia, por una especie de maldición vicaria, dejaban en entredicho su hegemonía infalible, también el ascendiente que pudiera haber conseguido por medio de aquellas victorias: eran los preámbulos de la traición.

Ahora, todo lo que se habían propuesto hacer juntos estaba en el aire. Los amigos lo sabían, Sandra también lo sabía, aunque no dijese nada y solamente sonriera porque estaba encantada con la nueva situación, que ella misma había provocado y se encargaba de alimentar; Toni estaba empezando a intuirlo, a aprenderlo con mucho dolor. Ya no pasarían juntos aquel verano, ya no alquilarían un coche e irían a toda velocidad por el camino de la costa desafiando normas y controles, parando en hostales de mala muerte y comprando (quizá también, según las necesidades, robando) cualquier golosina en las estaciones de servicio; ya no se acostarían de madrugada después de pasar toda la noche bebiendo, fumando, bailando en discotecas con chicas diferentes y apostando fuerte en las casas de juego que fueran encontrando; ya no serían los tres uña y carne, casi hermanos; ya sólo les quedaría la insoportable amargura por lo que pudo haber sido.

Sin embargo, Toni no estaba dispuesto bajo ningún concepto a renunciar a todos aquellos sueños, todos aquellos planes, porque los había ideado él y también porque parecían, desde la distancia y en la imaginación, sensacionales. Simplemente adaptaría ciertas situaciones y cambiaría la compañía. No los necesitaba, y Sandra sabría cumplir con su cometido llegado el caso. Estaba seguro de que su chica no se echaría atrás y tendría agallas. Vaya que si las tendría. No, definitivamente no los necesitaba.

 

Texto íntegro. Incluido en el Cuaderno de Narrativa nº 7 de la Editorial La fragua del trovador 

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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