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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 23 de octubre de 2020

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Artillería pesada (Tales Literary, 2016)

Relato incluido en el nº 3 de la revista Tales Literary (noviembre, 2016)

 

Cada año por estas fechas sucedía lo mismo, y Montero se preguntaba siempre cómo podía ser tan inocente, a pesar de su veteranía y de los antecedentes, a pesar de aquel único pro y el gran número de contras; por qué se empeñaba inútilmente en repetir una y otra vez idéntico error, sobre todo cuando sabía de sobra que la conversación, punto por punto, excusa tras excusa y mentira tras mentira, terminaba siendo igual o muy parecida a la del año pasado: esa ridícula conversación que mantenía con el director del colegio y en la que jamás llegaban a un acuerdo satisfactorio, al menos para Montero, que se veía obligado a ceder, a rebajar sus tímidas pretensiones, más bien a rechazarlas porque el otro nunca le dejaba hacer a su antojo y le convencía de justamente todo lo contrario. Sin embargo, cada año, a pesar de todo, Montero pedía permiso para exponer sus argumentos, y encerrados en aquel despacho en que ahora mismo se encontraban, entre los dos repetían la conversación, quizá por masoquismo o tal vez para no perder aquella extraña costumbre que casi tenía las características de un rito incomprensible para el resto de compañeros; puede que también incomprensible incluso para ellos mismos, para Montero y el director.

            Lo cierto es que ahí estaba una vez más Montero, el profesor con más antigüedad del colegio, sentado en una silla esperando pacientemente a que cada paso de la liturgia se cumpliera y el resultado de la entrevista resultara tan descorazonador como venía siendo habitual año tras años desde que aquella excursión, idea y apuesta personal del propio director del colegio, había quedado instaurada como una de las señas de identidad del centro. Y es que Montero era siempre el encargado de los preparativos y quien además hacía todo el trabajo didáctico que conllevaba semejante asunto: preparaba una charla sobre el tema, elaboraba una serie de preguntas breves y sencillas para los alumnos, mostraba cómo habían sido las cosas por aquella época y, lo peor de todo, eso que no podía sufrir y por lo que solicitaba siempre no participar en la actividad, narraba sus experiencias personales: unas experiencias que a nadie importaban ya, y que para Montero suponían revivir el drama, avivar el recuerdo y los sufrimientos más profundos. No quería, desde luego que no quería; pero esto tampoco le importaba a nadie.

Así que una vez más ahí estaba Montero, al pie del cañón. Su sentido del deber era más fuerte que cualquier escrúpulo, y él lo sabía. Como también lo sabía el director, que aprovechaba el carácter estricto del subordinado y terminaba saliéndose con la suya. De momento, como era ya tradición, recibió a Montero en su despacho; y una vez instalado en la silla del visitante, dejó a éste con la palabra en la boca, saliendo un momento de la habitación pretextando cualquier excusa, simplemente para intimidar al otro y dejarle a solas con sus propios pensamientos, que en el caso de Montero hacían las veces de remordimientos por su cobardía o de reproches por su supuesta falta de profesionalidad. Montero se culpaba; no hacía falta que otro le recordara sus debilidades, tampoco sus miedos. Finalmente, Montero siempre se culpaba: por eso terminaba accediendo a las peticiones del director, que en realidad no eran tales, sino que eran suaves, amables órdenes encubiertas: un imperativo suicida.

Hasta que regresara el director, Montero entretuvo su tiempo mirando por el amplio ventanal del despacho, y comprobó que la primavera avanzaba inexorablemente. Otra primavera más; y en pocos meses, otro curso más. Sin embrago, aún quedaba el penoso trámite de la excursión. Montero era consciente de que accedería y se encargaría de los preparativos, los apuntes, las preguntas y las anécdotas: nadie esperaba otra cosa distinta. Por otro lado, todo el mundo en el colegio estaba de acuerdo en que tal excursión, sin la participación del profesor Montero, el profesor más veterano del colegio, el último de los testigos de otra época, carecería de sentido, estaría coja y no serviría para nada. Precisamente la excursión era un mero pretexto para que Montero narrara a los alumnos cómo era el mundo cuando él era pequeño, cuando Montero tenía la edad que ellos ahora tenían: esa tierna e inocente, despreocupada edad que sus alumnos disfrutaban y que él jamás había saboreado. Su infancia había sido amarga, y los años posteriores trajeron un regusto ácido de sospecha y sorprendentes cambios. Muy pronto comenzó Montero a sentirse desplazado y fuera de juego. Y esa sensación le seguía acompañando fiel y obstinada, incluso ahora que estaba rozando ya el tiempo de la jubilación y el olvido. Durante todos esos años no pudo encontrar responsables convincentes del sentimiento de culpa ni destinatarios de su odio; fue así que Montero quedó reducido a una ruina del pasado, o mejor dicho, convertido en una especie de reliquia extravagante y patética, débilmente amenazadora, como esas mismas que sus pequeños alumnos visitarían durante la excursión a la frontera con el propósito de acceder a los misterios del pasado y la civilización. (...)

 

Texto íntegro incluido en el nº 3 de la revista Tales Literary

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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